Archivo diario: 11 mayo 2010

Pánico escénico

Siempre me pasa lo mismo. Dudo. La voz me tiembla, las manos me sudan. Un nudo se me cierra en la garganta y no puedo respirar con normalidad. El corazón me late a mil por hora. Me atraganto y debo tragar saliva varias veces. Las orejas me arden de lo colorado que se pone mi rostro: la sangre se me sube a la cabeza. A veces, tartamudeo. El sonido a mi alrededor se va tornando borroso, arrastrado, insoportable… Y luego todo termina de repente, y es como si por fin me pudiera tragar (o escupir) el nudo de pelos o de palabras que tenía atorado, y mi garganta se aflojara, y pudiera ya respirar y hablar y sonreír de nuevo.

No sé por qué, si me caracterizo por pensar y escribir con agilidad, encuentro la expresión oral tan dificultosa, imprecisa, lenta, engorrosa. Fea. No me gusta, no me gusta nada. Me pongo nerviosa. Tengo pánico escénico. Una vergüenza que resulta o bien asqueante o bien divertida para cualquier escucha.

Hoy pensaba en esto, y, buscando en la mente, aparecieron algunos recuerdos de cuando era más bien niña, y la maestra me mandó a dar una clase sobre la guerra de Vietnam. Emocionadísima, salté al frente, dibujé como pude en el pizarrón un bosquejo del mapa de Vietnam, y me puse a relatar, mientras agregaba flechitas con barquitos por todo el Océano Índico y otras flechitas con aviones y con camioncitos, todos los frentes de ataque. La maestra me puso la mejor nota, claro, y mis compañeros hasta me aplaudieron por mis locas ocurrencias.

Mientras, a duras penas, intento recordar detalles de aquella niña confianzuda, me pregunto dónde carajo habrá quedado enterrada. ¿Estará todavía dentro de mí?

Aquella pequeña insufrible no se callaba ante nada: si sabía una respuesta, respondía; si tenía una pregunta, dejar de preguntar por vergüenza o miedo a parecer idiota era algo inconcebible. Como debería ser, supongo.
¿Cuándo me empezó a temblar la voz al hablar frente a un puñado de desconocidos? ¿Y peor, ante buenos conocidos? ¿Cuándo me agarré la costumbre de sonrojarme mientras hablo sobre algo tan monótono como los resultados de las elecciones de octubre de 1920 en el pueblo de Solís Chico?

Qué molesto se está volviendo todo esto. ¿Habrá alguna suerte de antídoto mágico para vergonzosos crónicos, o tendré que irme directo al psicólogo?

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