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Va por ti

Dime. Sí, tú, contéstame…

¿Será posible que, al fin, mis esbozos, mis dubitativos trazos realizados en el aire sin pincel ni papel, hayan cobrado forma, voz, cuerpo?

Desde siempre supe que existías, que tenías que existir. Que en algún sitio, en algún día de mi futuro, me estarías esperando con esa sonrisa contagiosa, simpática, cálida, amable, con esos ojos socarrones, brillantes y profundos.

Conocía tu aroma, aunque no supiera la marca de tu perfume. Saboreaba el dulzor de tu boca, la frescura de tus labios sin saber dónde encontrar ese manjar. Ya te deseaba, desde siempre, y ocupabas el papel protagonista de mis más ocultas fantasías. Te conocía aunque no pudiera describirte. Me conocía tu piel, suave, fina, y cada uno de tus poros sin haberte tocado jamás. Había participado en nuestras conversaciones, en nuestras risas comunes, en nuestras cómplices confidencias, sabía de tu vida ignorándolo todo.

Pero ahí estarías, esperándome. Ineludible, inevitable. Yo quemaba las semanas  y los años buscándote inútilmente entre las grises multitudes que me rodeaban, esperando ese destello de color luminoso que te delataría. Tenía la inquietud de no saber verte, de no reconocerte a pesar del convencimiento de la inexorabilidad, de la confluencia forzosa de nuestros caminos, determinada eones atrás por fuerzas inmensas y divinas.

¿Eres tú, al fin? ¿Ya ha llegado nuestro momento?

Dime, contéstame. Cuéntame si eres aquella a quien busco desde antes de nacer, ese ser maravilloso, etéreo hasta ahora, que me está predestinado y con el que nos complementaremos y completaremos de una manera perfecta.

Dime, contéstame. ¿Eres la mujer a quien, al fin, podré hacer feliz? ¿Aquella a la que podré adorar, admirar, amar, mimar? ¿Eres tú quien corresponderá a esos gritos de demanda hasta ahora sin eco?

Dime ¿eres tú?

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Probablemente lo haría

Las oportunidades que malogras no vuelven. Quizás se presenten otras, nuevas, distintas, incluso tal vez mejores. Pero la desaprovechada, esa en concreto, ya está perdida. Te puedes arrepentir, tirar de los pelos, maldecir en ruso, llorar, patalear, o invocar a cualquier dios, da igual, no vuelve. Y, además, es posible que ni siquiera te hayas dado cuenta de que estés desaprovechando esa opción, que creas que ese camino va a seguir abierto durante más tiempo o que ni siquiera seas consciente de que ahí hay un camino.

Sea cual sea la causa, el resultado es que has dejado marchar algo, alguien, que tiempo después, con otras circunstancias, otros conocimientos y distintas sensibilidades, se revela como la opción que querrías haber cogido, la que por la razón que fuere se convierte en el tren que crees que tendrías que haber tomado y solo viste pasar por delante, sin subirte a él.

Hace tiempo conocí a una mujer. Su nombre, que hasta ese momento me había parecido un nombre insulso, se convirtió en el más sonoro y hermoso: Ana.  La conocí a través de la red, pues ambos manteníamos sendos blogs y éramos aficionados a escribir. A través de estos medios electrónico-mágicos, tomamos contacto a través del correo. Amables, simpáticos, y cada vez más frecuentes. Llegaron a ser cuasi obsesivos. En una noche, y con los emails saltando en los móviles, podíamos llegar a intercambiar más de doscientos correos. Sí, doscientos. Chats, teléfono, post “cifrados” con referencias cruzadas, que pensábamos ininteligibles para todos los demás, y más chats, mails, teléfono…  desarrollamos sueños imposibles, ilusiones hermosas pero vanas, vivencias compartidas, de futuro y de pasado, que nunca fueron y nunca serían, pero que nos acercaban, nos hacían sentirnos juntos. Sabíamos que todo era imposible. Las circunstancias personales de ambos hacían que esa historia fuese nada más que una novela. Del color que se quiera, pero ficción al fin.

Hasta que, a pesar de las dificultades de horarios, conseguimos encontrarnos cara a cara. Una mañana, con tiempos robados y algunas mentiras, conseguimos vernos. Ni el sitio, ni las circunstancias eran idóneas y además, los nervios, mis nervios, estuvieron a punto de jugarnos una mala pasada. Pero pese a mi torpeza y en la escasa hora de que habíamos dispuesto, superamos la prueba de las feromonas, del “face to face”, y nos concedimos un segundo encuentro.

También, siempre, con ratos de escasos minutos robados a base de excusas y mentiras, nos vimos una segunda vez. Una fría mañana,  en un público parque, nos miramos, hablamos, nos besamos… y comenzamos a echarnos de menos. Nuestra particular historia continuó con breves y apasionadísimos encuentros, siempre como adolescentes, tanto por el sito, en un triste coche, como por la ilusión irracional, la pasión, y la desesperanza de la incertidumbre.

Al fin, tras unas complicadas historias, montajes y demás funambulismos, logramos encontrar el momento y el lugar para hacer el amor. Esperado con ansia, con ilusión, con enormes ganas por fin llegó el día. A fuer de ser sinceros, y como en casi todas las primeras veces, aquello no fue lo que podríamos llamar un gran éxito. La excitación, los nervios, el desconocimiento del otro, las ganas de que todo fuera bien trabajaron en contra de un éxito fulminante, y además, la orquesta contratada para tocar la banda sonora adecuada, como en las mejores películas de Hollywood, no se presentó. Allí sólo estábamos nosotros con nuestras ganas y nuestros nervios,

Pero al menos fue lo suficientemente bien como para querer repetir. La historia con teléfono, chat, mails iba in crescendo y aún sabiendo que el final sólo podría ser un gran batacazo, creíamos que aquello merecía la pena de ser vivido. Logramos encontrar un segundo hueco, una segunda oportunidad y como todo, al final llegó el día. Pero, ay, cuando la vida tiene otros planes da igual lo que tú prefieras. Un terremoto en mi vida dio al traste con esa oportunidad y me hizo desaparecer del radar durante una temporada, ocupado en graves asuntos.  A ella, la situación la llenó de incomodidad y quizás, de remordimiento. No lo sé. Cuando, al fin, tiempo después, pude, supe  intentar retomar nuestra relación, esta había fallecido de inanición. Ana me lo certificó en dos educados mails, que aún hoy día guardo, y a los que no supe reaccionar de la forma adecuada. Poco después, o poco antes, mi silla fue ocupada por otras posaderas y la comunicación cesó pese a mis pesados esfuerzos por revivirla. Se había acabado. Del todo.

Hoy, un par de años después, no ha vuelto a existir ningún contacto. Leo sus escritos, me siguen encantando, continúo admirándola, y me pregunto una y otra vez si pude, si debí hacer las cosas de otra manera. Desconozco si hubiese habido una forma mejor de gestionar aquel terremoto, si… Bueno, muchos sies. Pero el final es el vacío. Y como toda historia inconclusa, cortada de raíz cuando aún estaba creciendo, te deja un hueco, incómodo, triste, al que vuelves muchas veces, muchas noches de soledad, añorando lo que pudo haber sido y no fue.

Si supiera qué hacer hoy, o como volver el tiempo atrás para reescribir la historia, probablemente lo haría a pesar de saber, de seguir sabiendo, que el final sería inevitable. Más tarde, más tiempo, pero inevitable.  De todas las historias, de todas mis historias, esta, sin final aunque acabada, es la que me ha causado mayor desasosiego. Querría poder revivirla y reconducirla, repetirla, inventarla de nuevo. Pero es evidente, tristemente, imposible.

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Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego (proverbio árabe)

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”, “El amor es ciego”, “Soñaba el ciego que veía y soñaba lo que quería”… y frases y refranes y más frases y más refranes. Todas estas muestras de sabiduría popular, que le dicen, me las han espetado en un momento u otro. Y siempre relacionándolas con el amor. Con mi amor. Con mi extraviada capacidad de enamorarme, siempre, de quien no debo. Algo que, al parecer, ven con claridad los demás en su debido momento y que yo no soy capaz de sentir hasta que tengo encima las consecuencias de mi ceguera.

Quizás yo intente aplicar ante todo el otro refrán. La frase justificativa definitiva que excusa las locuras, tonterías y faltas de juicio de las que hago gala “El corazón tiene razones que la razón no entiende” Y con esto ya está todo argumentado.

Pero al parecer, tienen razón. Meto la pata una y otra y otra vez y como animal, pero hombre, tropiezo las veces que me da la gana en la misma piedra. Y debo de tener muchas ganas. O, tal vez, como alguna vez me dijo alguien que no recuerdo, lo que me suceda es que me enamoro del amor más que de la persona. Esta no sería sino la excusa para sentir, para ilusionarme de nuevo, para dejarme llevar…

Busco la sensación una y otra vez. Incansable. Quiero tener mariposas en el estómago, la sonrisa, bobalicona o no, pintada permanentemente en la cara, los ojos brillantes, el corazón acelerado y en un tris de saltar de gozo. Quiero que las simplezas diarias, el viento, al que llamaré brisa, en tu cara, el sol, que en lugar de deslumbrar, templa, el mar, que no rugirá sino mecerá, tengan un valor especial, cuasi mágico, que sólo adquieren cuanto te sientes enamorado.

Necesito trastocar mi orden de valores de tal forma que en lugar de desear la primitiva o la loto, prefiera soñar con un paseo en un velero, desmadejado en cubierta, mecido por las olas y rozando con las puntas de los dedos la mano de mi amada. Que sueñe, cual niño nuevamente, con hazañas increíbles y aventuras sin fin, que me permitan demostrarle a mi siempre hermosa acompañante mi gallardía, aplomo, valor, arrojo y mi disposición, romántica a más no poder, a empeñar mi vida en cualquier empresa que ella desee. Quiero imaginar el brillo de su mirada, la sonrisa que me dispensa ante tamaños esfuerzos, la suave caricia de su mano, el sonido armónico, maravilloso de su risa…

Todo esto no existe, por supuesto. O yo no lo conozco salvo en mi imaginación y en mis espejismos, producidos al buscar, sin criterio, a mi amada, a la persona precisa para volcar sobre ella todas mis fantasías y deseos. Pero como yo lo necesito, (enamorado del amor) la creo una y otra vez y la encarno en cualquier mujer dispuesta, en principio, a dejarse amar por un loco como yo. El sexo vendrá después, por supuesto, pero aún no tiene cabida en mi imaginación, en mis fantasías, en mis locuras.

Y claro, el camino lógico, el que los refranes anuncian, el que quienes me rodean ven con claridad, se recorre una y otra vez. Y los batacazos, desilusiones, desesperanzas, los brucos aterrizajes y encontronazos con la realidad se producen vez tras vez sin pausa.

Y sin embargo aquí es el punto en el que mi ánimo no decae y ante cualquier nueva oportunidad se inflama de nuevo el corazón, las mariposas despegan, la ceguera vuelve y ya estoy dispuesto, otra vez, a disfrutar de aquello que sólo yo veo, siento, creo. Y aunque sé cómo terminará nuevamente la repetida historia, soy incapaz de vivir sin esta ilusión.

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Era parte de la rutina.

Cuando las noticias de medianoche emitían sus títulos de crédito, comenzaba a pensar en acostarse. Le costaba. Sabía que en la cama le estaba esperando ella y que de nuevo tendría que intentar, como fuera, practicar el sexo con ella. Sexo, no amor. El amor, si alguna vez había existido, estaba muerto y desterrado de su corazón hacía mucho tiempo. Creía que tal vez…

Se obligó a abandonar la ensoñación y se dirigió hacía el cuarto de baño. Procedió a realizar las habituales abluciones nocturnas, demorándose, si cabe, unos segundos más de lo normal. Mientras se cepillaba una y otra y otra vez los dientes, se miraba en el espejo con la mirada perdida. Estaba decidiendo qué famosa, qué actriz, qué compañera del trabajo sería quien la acompañaría esa noche, quien le intentaría inspirar algo de excitación, para que la viagra pudiera hacer su efecto. Maravillosa pastilla azul sin la cual ya no habría disimulo posible. Seleccionó a una de sus favoritas y revisó, con parsimonia, una manoseada revista masculina en la cual aparecía ella, desnuda, provocativa, retándole a no fallar.

Al fin, como el condenado que se dirige al paredón, se encaminó hacia el dormitorio común. Y efectivamente, allí estaba ella, sonriente, esperándole. Se quitó la ropa, se metió en la cama e inmediatamente comenzó a oír, de fondo, el ruido que componían sus palabras, quizá cariñosas, o tal vez excitantes. No sabía. No podía escucharla, perdería la concentración y la pastilla no sería suficiente. Sin más preámbulos la abordó, volteándola hasta quedar subido en su espalda. No podía aguantar verle la cara. Maquinalmente comenzó a propinar golpes con la cadera, con los riñones, mientras con los ojos cerrados repasaba las fotos favoritas, las imágenes más atrevidas de la musa de turno. Al fin, por fin, escuchó los gemidos de ella y supo que una noche más había logrado pasar la prueba.

Sin decir palabra, se dejó caer en su lado de la cama. Aguantó, estoico, el baboseo, el manoseo que ella le concedió, agradecida y cuando al fin todo acabó y ella se giró para buscar su postura acostumbrada para dormir, unas lágrimas rodaron hacia la almohada. También esto era parte de la rutina, repitiéndose noche tras noche. Como siempre, como cada noche, se preguntaba en qué estaba pensando cuando se casaron, cuando dio el famoso “sí”, cuando creyó que podría amarla pese a todo. No era capaz de olvidarlo. Pasada la novedad, los primeros tiempos de excitación, de morbo, se había arrepentido con todas sus fuerzas y cada vez sentía más ¿asco? ¿pena? por si mismo. No sabía cómo se podía haber engañado tanto como para convencerse de que podría amar para siempre a un transexual.

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¿Quién sería?

Encendió el cigarrillo, intentado que no se le notara el temblor de las manos, y exhaló el humo con fuerza. Entre la bruma creada continuó observando, incrédulo, horrorizado, el resultado de su acción.

¿Cómo había podido hacerlo? Era necesario se decía a sí mismo una y otra vez. Era necesario. No podía apartar la mirada del cadáver. Cinco disparos a quemarropa con una S&W del 38, que ahora reposaba en el suelo, a sus pies,  habían destrozado la cara y el cuerpo de lo que había sido un hombre. Sus restos, caídos de cualquier forma delante de él, le preguntaban en silencio ¿cómo pudiste hacerlo?

El hombre. El muerto. No era culpable de nada. No le había robado, ofendido, ni le había causado mal alguno. De hecho, nunca le había visto antes. Era un hombre anónimo, un hombre cualquiera escogido al azar. Le había tocado la china. A punta de pistola le obligó a meterse en el maletero del vehículo y lo condujo hasta ese aislado y sombrío sótano sin hacer caso de sus preguntas, protestas, gritos y lloros. Sí, había llorado y eso casi le hizo imposible terminar su cometido.

Abstraído, contemplando entre el humo del cigarrillo que consumía calada tras calada, con ansiedad, los restos del hombre, no era consciente del jaleo que había a su alrededor. Con una sacudida de cabeza, como despertando y volviendo a conectar con la realidad, el volumen de su entorno fue subiendo y fue consciente de repente de las felicitaciones, bromas, enhorabuenas que todos los de su alrededor le estaban dispensando.

Sonrió como pudo, intentó hacerse cargo de la situación y volver a la realidad poniendo un gesto acorde con el festivo ambiente general. Sus colegas le felicitaban y le daban la bienvenida. ¡Lo había conseguido! ¡Había cumplido el necesario rito de iniciación y ya estaba dentro! ¡Ya era uno más del grupo! ¡Le habían aceptado!

Un grupo de motoristas. De Ángeles del Infierno, como les llamaban algunos, aunque ese no era el nombre real de la banda. Toda la parafernalia incluida: cuero, botas, gorra, y una burra de gran cilindrada que era su orgullo. Y ya estaba dentro. Ya podía comenzar a realizar su trabajo.

 Infiltrado. Era policía.

 Debía pasar informes de toda la actividad de la banda, tráfico de drogas, asesinatos por encargo, robos, chantaje… una extensa variedad de delitos que abarcaba todo el código penal.

Sabía que podía hacer mucho bien. Prevenir muchos delitos y ayudar a desmontar una de las bandas más activas del país. Pero… ¿y él? ¿Era lícito haber matado a un inocente a fin de salvar otras vidas? Podría salvar a muchos, evitar muchos males, pero ¿y el muerto? ¿y su familia? No le habrían admitido de no hacerlo, pero ¿podría vivir con ello? ¿Qué sería de sus sueños y pesadillas? ¿tenía conciencia? Muchas preguntas, angustia… volvió a mirar el cadáver de reojo, entre el humo del cigarro y las lágrimas que irrefrenables surgían de sus ojos. ¿Quién sería? ¿Cómo se llamaría?

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Sopa de letras. Pensamientos desordenados.

Ella decía adiós. Se iba. Sin más. Iba a desaparecer y con ella su ración semanal de espera, de ilusión, de risa, incluso de conciencia social.

La iba a echar de menos. Mucho más de lo que había podido pensar. Fue leer su post de despedida y sentir un vacío en el estómago, una tristeza, una sensación de falta que lo sumió inmediatamente en la tristeza y la melancolía.

El único medio, el cordón umbilical que los conectaba se iba a romper y a partir de ese momento no sabría más de ella.

¿Cómo podría prescindir de sus post, de sus comentarios?

Realmente él había escrito siempre para ella, pensando en ella, dedicándole toda la intención y todos sus pensamientos. En silencio, implícitamente, cada entrada que había publicado iba dedicada a ella. Y ahora se marchaba.

Le invadía una sensación de desánimo, de desesperanza pues algo tan importante para él se iba a difuminar en el éter para siempre. ¿Qué sería de ella? ¿Qué sería de él? Nunca había habido un ellos aunque él había soñado a menudo con ello. Y ya nunca lo habría.

La distancia, las circunstancias personales, el día a día de cada uno impedirían siempre un acercamiento. Pero para él desaparecía algo importante, quizás perteneciente al mundo de los sueños, pero que formaba una parte sustancial de su vida.

Planeaba mil y una formas de convencerla pero sabía que era inútil. Cuando ella tomaba una decisión, decisión que le costaba mucho tiempo y esfuerzo asumir, no había vuelta atrás. Se iba.

Iba a dejar un gran vacío. En todos seguramente, pues era claramente el alma, el espíritu de ese grupo de desconocidos cercanos, pero en él iba a dejar también un enorme hueco en su alma, en sus ilusiones, en sus sueños, en sus esperanzas.

Tanto que había imaginado, tantos imposibles que había planificado iban a quedar en nada en el momento en que ella se volatilizara. Y lo hacía con un simple adiós.

Que fácil es irse, y cuantas heridas se pueden dejar con una sola palabra.

Quedaría siempre, cada semana, pendiente del viernes, el día mágico que le correspondía, a ver si alguno sus oraciones eran escuchadas y se producía un inesperado regreso que le permitiera volver a respirar.

Mientras tanto la iba a echar de menos, a añorar, a sentir su ausencia, y a intentar, no sabía como, rellenar el vacío que dejaba.

Adiós… o hasta pronto…

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No sé hablar por teléfono

El teléfono, en general, no sólo el móvil o celular, es un invento que considero útil. Pero de lo más esclavizante.

Quizás lo primero sea decir que no sé hablar por teléfono. Entendedme bien. Por supuesto que sé responder, llamar, y mantener una conversación. Pero corta. Directa. Considero que el hablar por teléfono es un acto de transmisión inmediata de información y punto. Es decir, llamas para dar un mensaje, un recado o similar y te despides. No llamas para no decir nada y estar pegado al aparato durante ¡¡horas!! sin tener nada que contar ni que te cuenten. Para eso están los bares. Te tomas unas cañas, te ponen unas tapas y dices las chorradas que te dé la gana. Pero ¿por teléfono? ¿sentado en un sofá? O lo que es peor ¿a gritos en el autobús?

Esas llamadas que empiezan “Hola, ¿Qué tal? Bien ¿y tú? En la que es evidente que no hay nada que comunicar pero se pueden prolongar durante un tiempo indefinido es para mí algo incomprensible además de enervante. Por eso me dicen siempre que soy seco y que no sé hablar por teléfono. De acuerdo.

Sin embargo el aparatito me ha tenido, como a todos, pendiente de él, de su sonar, durante largas temporadas casi siempre cargadas de angustia: esperar una llamada de teléfono es un ejercicio pasivo capaz de dejarte agotado y con los nervios de punta si él insiste en mantener su silencio. Las llamadas de “ella”, que no se producen. Las de la entrevista de trabajo en la que te dijeron “ya le llamaremos” y tú te lo creíste. Ese “ya hemos llegado” que se va retrasando y retrasando y parece que no llegan nunca ¿les habrá pasado algo? La que te tiene que informar sobre el estado de salud o el resultado de una intervención quirúrgica y da la impresión de que el médico de turno se ha ido a tomar café porque no terminan y tú aguardas las noticias impotente… Hay muchas ocasiones en que el teléfono se ha convertido en un tirano que hace que estemos pendientes de él hasta la extenuación.

Pero quizás hay otro tipo peor. Las llamadas inesperadas que se producen en mitad de la noche. Las respondemos con angustia, además de sueño,  y con una gran aprensión mientras repasamos mentalmente la lista de enfermos y ausentes entre familia y amigos. Las veces que afortunadamente no son nada más que una equivocación, nos volvemos a dormir entre la irritación por habernos despertado y el alivio porque no ha sido nada.

Con la llegada del móvil todo esto se ha exportado a la calle, a cualquier lugar público en el que hablamos (o simplemente charlan de nada) a grito pelado delante de todos con una impudicia total.  La verdad es que no me gustan los móviles. Será por eso que siempre llevo dos que nunca apago.

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