Archivo del Autor: Daniela

La celeste

Decían que estábamos muertos. Y si no estábamos muertos, que nos quedaban pocas horas de vida, como si fuéramos tres millones de enfermos de cáncer de pulmón terminal… Después de todo, por algo es este el país más fumador de América…

Pero algo pasó, algo cambió. ¿Habrá sido por la ley que prohíbe fumar en lugares públicos, por toda esa publicidad espantosa antitabaco que de sólo mirar las cajillas con bebés moribundos uno se muere de asco?

Mmm… poco factible. Yo creo que no estábamos en el lecho de muerte, que nunca lo estuvimos. Creo que estábamos escondidos, bien escondidos entre el humo y el cigarro.

Y acá nos tienen. Pasó la vicecampeona. Pasó el locatario bafana. Pasaron los poderosísimos aztecas. Pasaron los dragones rojos.

Acá nos tienen: dejando boquiabiertos, silenciando estadios de nuevo. Los únicos que pudimos hacer callar las vuvuzelas, las reputaquelasparió de las vuvuzelas.

El aire es puro de nuevo: ya no hay humo. No hay nubes.

Todo es celeste como siempre y como nunca. Maravillosamente celeste.

Y el viernes, sin importar el resultado, el cielo va a seguir siendo celeste. Porque el punto está claro, clarísimo.

La celeste no está muerta, pero ni cerca.

Anuncios

6 comentarios

Archivado bajo Daniela_

puaj sopa-

Creo que estamos todos algo acongojados esta semana.
Estoy maquinando todo el tema, y tengo una certeza: no debería preguntarme ¿por qué irse?, sino ¿por qué quedarse? ¿Qué estamos haciendo, todos nosotros acá juntos–muchos, íntimos conocidos, muchos, íntimos desconocidos? ¿Qué tiene este lugar, que nos supone un gustoso compromiso? Porque son raros los compromisos gustosos, en un mundo en el que los compromisos y los gustos rara vez vienen de la mano.
Y la respuesta, al menos en mi caso, es simple, y es que acá soy libre. Puedo ser quien yo quiera, o quien verdaderamente soy; aún no lo tengo claro. Puedo hablar y escribir sin importarme que me juzguen, sin importarme lo que piensen de mí. Puedo hablar por hablar, o nada más callarme. Puedo hacer posts de lo más horribles y largos y entreverados, que más bien parecen una asquerosa sopa de letras -vamos, la sopa es asquerosa!-, o estrujarme la cabeza y desparramar el corazón por las teclas, logrando un post pequeñito que saque lo mejor de mí del momento… Pero nadie me presiona, yo hago lo que se me cante. 

Para mí, este lugar extraño es parte de ese mundo que no es el mundo real, pero que a veces es muchísimo más increíble. Es una pequeña parte del mundo en el que soy quien quiero, en el que soy real, porque en el mundo real no soy sino una mentira muchas veces. ¿O es al revés?
Bueno, ya no importa. Pessoa lo puede explicar mejor que yo.

(Esta visión es enteramente personal. Como cada vez que escribo espero que no me juzguen, no pienso juzgar a quien se vaya, ni mucho menos. Sólo puedo decir, Sonvak, que, como ves, todos te extrañaremos demasiado)

Tabaquería – Fernando Pessoa
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

5 comentarios

Archivado bajo Daniela_

Hay llamadas y llamadas…

Una llamada de teléfono te puede cambiar la vida. Sin embargo, sufro de una condición rarísima en las mujeres, y especialmente rara en las mujeres adolescentes, sino es única en sus características: odio, odio, odio el teléfono. Odio hablar por teléfono.
Quiero explicarme bien: lo o d i o y lo repudio con todo mi ser. Cada vez que el maldito aparato suena, lo miro con desdén, como si fuera un niño impertinente llorando a mares en la sala del dentista, o un boludo que chifla y baila en el estadio mientras los demás cantan el himno nacional. No, es más que desdén: es un asco inmensurable. Como si ese niño impertinente del dentista parara de llorar y se pusiera a pegar mocos en la pared. Esa, esa es la mirada que busco. Así lo miro. Frunciendo un poco el seño, entornando un ojo casi sin querer, estirando los músculos, apretando los labios crispados.
Y el tipo, ignorando mi odio que reverbera estómago arriba, suena, tan tranquilo y superado como siempre, como si su riiing fuera una melodía de Mozart y no un repulsivo chirrido…
No sólo lo odio a él, aclaro. También al celular. Es más: pocas veces atiendo cuando desconozco el número en el captor. Pienso que deben ser los de Movistar con alguna propaganda idiota, y rechazo la llamada. Bueno, es que ni siquiera cuando mis contactos me llaman me gusta atender. Los atiendo, sí, a no ser que sepa la razón exacta del llamado (una salida, por ejemplo), y no tenga ganas de hablar. Una amiga, sólo a los efectos de romperme las pelotas, me agregó como favorito. ¡Llamadas gratis de por vida, yupiii!
Ésta. Nunca la atiendo. Le corto y le mando un mensaje del estilo de: “¿Qué hablamos de las llamadas?”, o, “No te atrevas”. Já.
Algunas de las noticias emocionantes que he recibido las he escuchado en el correo de voz, por no haber atendido.

“Hola, este es un mensaje para Daniela de los Santos. Mi nombre es Gabriela, soy de la Universidad Católica, y querríamos comunicarnos contigo a la brevedad, Daniela, así que por favor, cuando recibas este mensaje llamanos al 026015452. Ganaste la beca por toda la carrera, pero hay un par de formalismos que tenemos que completar, por favor llamanos. Nos hablamos pronto, Daniela, gracias, mi nombre es Gabriela”

“Hola, Daniela, soy de Antel, esta llamada era para comunicarte que has sido seleccionada como becaria por el verano, por favor llamanos al 026005020, interno 20…”
“¡Hola Daniela! ¡Soy Titina! ¡Te ganaste el pasaje a Buenos Aires! Llamá al Instituto”

Y así. Este tipo de llamadas, por más que me pierdo de muchas por mi infantil capricho de no atender, están buenas. Más, cuando a uno lo toman completamente por sorpresa. Eso está todavía mejor.
Hay otras llamadas, también. Esas no las odio. Más bien, en esos casos, agradezco que haya teléfonos y haber atendido. Sin embargo, son más feas. Noticias feas. Esas siempre las atiendo. No sé por qué.
¿Será porque uno lo presiente? Me ha pasado: miro el captor, y me pasan por la cabeza ideas algo locas. A veces, el número de alguien que nunca te llama aparece en la pantalla…y sabes que hay algo raro en todo el tema. Especialmente porque la gente que me importa sabe que no me gusta que me llamen.
Tal vez, por eso sé a veces cuando algo anda mal.
¿Estoy divagando?

6 comentarios

Archivado bajo Daniela_

A quien corresponda

Estimado Director Comosellame,

                Me he sentido en la necesidad de expresar mi decepción para con la compañía, y el medio elegido parece ser el único para llegar a usted en estos días -si es que efectivamente funciona-. Ah, toda una potestad, el señor. Pero ese no es mi tema: usted tiene el derecho de dirigir como se le cante  esta orquesta, aunque al parecer (y con todo respeto) lo hace sin mucha gana, sin mucho talento, y sin mucho éxito.

                Me imagino que recibe cartas como estas todo el tiempo. También me imagino que maldice muy seguido últimamente, pues no creo que la empresa esté hoy a la altura de sus expectativas; al menos no de aquellas que tenía cuando era primerizo y se empeñó con este ridículo proyecto. A mí, en lo particular, un fracaso de tales dimensiones me haría maldecir muy seguido. Y las cartas como esta me harían maldecir muy seguido. Sin embargo, sería una decisión inteligente que la leyera hasta el final. Tal vez no le guste hacerlo. (Tal vez si revisara más seguido el correo podría darnos una mano a los pobres empleados con todas nuestras vicisitudes. Pero no, usted debe estar muy ocupado). En mi caso, prometo apelar a la brevedad, así esto es más rápido para los dos. Ambos tenemos cosas que hacer, vidas de las que encargarnos.

                Parto del supuesto de que conoce los expedientes de sus empleados, y por ende el mío. No voy a divagar sobre mi experiencia aquí: si bien las crisis salpicaron todos mis años de trabajo, he de remitirme a la que estoy atravesando hoy. Tampoco voy a ponerme a parlotear sobre esas crisis enormes y trilladas que atraviesa la empresa: de esas (me supongo) está bien informado. Quiero hablar de mí, como empleado, como persona, como ser humano, como “átomo malamente encaramado a un insignificante piojo de su Reino”, diría aquel célebre autor. Espero no le moleste con mis nimiedades.

            Voy al punto: creo que has sido injusto conmigo. Ojo: tal vez no sea tu culpa. Tal vez usted no tenga nada que ver. Pero uno tiene que descargarse, señor. De verdad, me das cosas que no necesito, ¿y qué hay de lo que realmente necesito, de lo que añoro vívidamente en el fondo de las entrañas? Dicen las lenguas (largas) del pueblo que sos algo así como omnipotente, omnisapiente, omnisciente (¿es lo mismo que lo anterior?), y un montón de omnis más, probablemente hasta ovni seas. Yo no sé nada de eso: me gustan las palabras simples. Tampoco me gusta garronear miguitas de pan de abajo de la mesa: soy de los que gustan ganarse y realmente ganarse las cosas. Por eso esto no es un “pedido” de ayuda ni de auxilio ni nada.

Sé y me avergüenzo de que hay cosas que no me he ganado: cosas que no merezco, que no necesito, y que no quiero. Son cómodas, sí, por eso siguen en la vuelta. No creo que sea hipócrita, porque de lo que realmente necesito tengo poca cosa. No, no poca cosa, tengo mucho. Sé que tengo mucho. Pero necesito algunas cosas más, unas poquitas, para seguir vivo. Y en vez de lo que necesito…no sé, tengo pavadas. Chucherías. Espejitos de colores que sirven de cortina de humo para el alma. Buen latinoamericano, resulté ser.

            ¿Cuál es el objetivo concreto de esta carta? Me temo que no lo sé. No se preocupe: no es mi renuncia, mi dimisión; no creo ser lo suficientemente fuerte para abandonar esta empresa que, a pesar de los altibajos y las tediosas rutinas, tantas alegrías me ha dado. Ya estoy viejo para andar de mundo en mundo pidiendo entrevistas, y por algún lado hay que ganarse el pan y la leche pa’ la panza y pa’l corazón. Tal vez el objetivo de mi carta sea simplemente denunciar: sepa, señor, que no soy lo que se dice “feliz”.

            Una propuesta: redefina felicidad, por favor. Agarre el DRAE, meta un borronazo y escriba arriba algo así como: “Felicidad: ¡Cuidado! Algo que NO se siente todos los días, que no es un estado indefinido de tiempo, pero que es lo más hermoso del mundo. No se sienta mal si no la siente ahora, ya va a volver…”. Digo, esto de la redacción no se me da, pero seguro a vos se te ocurre algo decente para poner, y más realista que lo estándar. Con un concepto de esa naturaleza que fuera aceptado por todos, no me sentiría presionado por aquellos imbéciles que creen o dicen ser felices.

Lo que me pregunto es… ¿y si lo son? ¿Y si el problema es mío?

            Realmente no sé a quién se le ocurrió todo esto de la felicidad, pero es un concepto de mierda que me hace sentirme anómico. Y bueno, ya que usted regula todo eso, ¿no podría hacer algo al respecto?

            Supongo que no. Supongo que ni siquiera lees tu correo.

            Había que intentarlo.

            Hasta la próxima, jefecito.

5 comentarios

Archivado bajo Daniela_

Ya veré cuándo.

Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba / engánchalos a tu alma con ganchos de acero.
William Shakespeare

—No tenías que venir hasta acá.
—Claro que tenía.
—No, no tenías. Ojalá no hubieras venido.
Se miraron por un segundo a los ojos, impasibles, y luego ambas desviaron de nuevo la vista hacia el desvaído paisaje.
Julieta largó un suspiro, sin saber bien si de resignación, de tristeza, o simplemente de cansancio.
—Quería venir—murmuró al fin. Tras un silencio, añadió: —Cuando mi mamá murió, sólo éramos tres en el funeral: mi hermano, papá y yo. Yo tenía diecisiete y me sentía miserable, muerta, y por sobre todo sola.
Miró hacia atrás, hacia el vetusto edificio donde se llevaba a cabo el servicio. Varios ojos las observaban con cautela. Julieta sabía bien lo que se esperaba de ella, pero no le importó. En ese momento, algo frío le estrujaba el pecho; esa cosa anudada y pegajosa que sienten los amigos ante el dolor compartido, ante la lluvia ajena, y que, como un proceso parásito o simbiótico, sólo desaparece cuando el otro se alivia. Volvió a mirar a Clara, ya sin saber bien que hacer: esa cosa fría que quemaba como el hielo le impedía razonar con claridad.
—Hay mucha gente allá adentro que quiere estar contigo. Espero que entiendas lo importante que eso es…
—Ya cállate, ¿quieres?—la cortó Clara, secamente y sin mirarla. Julieta apretó los labios. El frío del pecho se hizo más pesado, como si una ventisca lo hubiese endurecido, solidificado en un cubo enorme. —No me importa si eras una idiota sin amigos, o si tu madre era una idiota sin amigos, o una perra tan fría que nadie quiso siquiera ir a escupir su tumba.
Ahora, el frío se extendió por todo el cuerpo de Julieta, y la endureció entera. Apretó con las manos blancas como papel el barrote que separaba la terraza del vacío, y se mordió la lengua.
— ¿Sabes qué? Ya estoy harta de que me pregunten cómo estoy, y de que me digan que están conmigo, y qué se yo cuántas otras mierdas insípidas. ¡No me importa!—la voz de Clara se había ido elevando, hasta convertirse en gritos. Se enderezó y se puso de frente a Julieta, que la miraba callada, sus ojos tan agitados como un mar tormentoso, pero callada. Los músculos de su rostro estaban inmóviles, congelados, sin embargo, sus ojos fulguraban toda su alma.
— ¿Y qué, si sólo estabas con tu padre y tu hermano? ¡¡Tuviste suerte!! ¡Estas cosas son siempre iguales! ¡La gente siempre actúa igual! “Estamos contigo”—imitó en un tono burlón tan exagerado que sonó demente. —“Todo va a estar bien”. ¡Claro! ¡Como si les importara! ¡Como si les importara, ahora que está muerta, que nuestra familia estuviera destrozada! ¡¡Ni siquiera tienen idea!! Nadie, nadie tiene idea de quién fue mi madre, nadie sabe…nadie… ¡Nadie sabe…!
No supo qué siguió diciendo, porque en ese momento Julieta se le acercó y la rodeó con toda su fuerza en algo que difícilmente podía llamarse un abrazo, inmovilizándole los brazos, e impidiéndole sucumbir a las convulsiones que parecían inevitables e inherentes al llanto que también estaba a punto de dominarla.
Al principio, intentó liberarse, forcejeando, ordenándole a su amiga que la dejara en paz. Pero Julieta forzó más el abrazo y se mantuvo firme, estrujándola, y todavía apretando los labios.
La lucha silenciosa duró apenas unos instantes; finalmente, Clara cedió. Detuvo los violentos forcejeos y se largó a llorar, ocultando su rostro cerca de la clavícula de su opresora. La otra volvió a suspirar, ahora aliviada, y aflojó los brazos sin dejar de abrazarla.
—Está bien—le susurró con suavidad al oído. —Está bien.
—Ella no me quería.
—Claro que te quería. Eras su hija.
Clara negó impetuosamente con la cabeza, separándose de su amiga.
— ¿Por qué, si me quería, siempre prefirió a Virginia? ¿Por qué siempre me fue indiferente? ¿Y por qué no hizo nada para… para evitar que nos separáramos?
Las lágrimas caían al piso seco con una rapidez asombrosa, dejando las marcas de los gotones, casi como si estuviera comenzando a llover. Era difícil entenderla entre los sollozos y los ocasionales hipos.
—No me digas que ella no vio hacia dónde…iba…la relación con mi hermana. Siempre fomentó que compitiéramos…Y yo siempre…yo siempre sentí que tenía que hacer algo extraordinario para ganarme su amor. Y siempre me ganaba Virginia. Y ahora…está muerta…y todo ya se fue a la mierda…Y…y no sé qué hacer, Julieta. No sé como sentirme. Siento que todo está echado a perder.
Se enjugó las lágrimas como pudo y respiró ondo, intentando calmarse.
Las dos viejas amigas se quedaron en silencio. Un silencio que, después de todo el griterío, pareció más silencioso que nunca. Los vigilantes del velorio aguzaron los sentidos, atentos, pero no se acercaron.
—Perdóname por lo de tu madre—dijo de repente Clara, en voz baja y visiblemente avergonzada. —No era en serio. No sé por qué lo dije. Soy una estúpida.
—Olvídalo.
—No, no está bien. Esto está sacando lo peor de mí, y me doy asco.
Volvieron a apoyarse en el barrote y a mirar la ciudad descolorida. El frío turbio que las había poseído había comenzado a diluirse lentamente, a decolorarse para quedar a tono con el paisaje.
—Gracias por venir hasta acá—murmuró más tarde. – ¿No te irás mañana, verdad?
—No, no me iré mañana. Ya veré cuando me voy.
Aquella asintió, y juntas asistieron el seco atardecer sin sol que precedió a las oscuras horas que vendrían.

10 comentarios

Archivado bajo Daniela_

cuatro pesos

Un post sobre doble sentido da para muchas cosas.

Pero hoy hay un problema crucial: víctima del azote de la terrible época de parciales, he dormido tres espantosas y agitadas horas, y no doy más. Me esperan varias horas más de repulsiva lectura, un termo de café, y…probablemente me duerma sentada luego de terminar este post, pero bueno.

El punto es que, hoy, un post sobre doble sentido no da para nada.

Así que les dejo esta canción. El “doble sentido” no tiene por qué implicar bromitas pornográficas y esas cosas, ¿no?

Un grupo de acá, buenísimo: Cuatro Pesos de Propina. Valen más la pena en vivo, pero igual se disfrutan sus letras cargadas de ironías y acidez.

Escuchen si quieren, a no ser que tengan sueño. Ahí se les perdona 🙂

8 comentarios

Archivado bajo Daniela_

Pánico escénico

Siempre me pasa lo mismo. Dudo. La voz me tiembla, las manos me sudan. Un nudo se me cierra en la garganta y no puedo respirar con normalidad. El corazón me late a mil por hora. Me atraganto y debo tragar saliva varias veces. Las orejas me arden de lo colorado que se pone mi rostro: la sangre se me sube a la cabeza. A veces, tartamudeo. El sonido a mi alrededor se va tornando borroso, arrastrado, insoportable… Y luego todo termina de repente, y es como si por fin me pudiera tragar (o escupir) el nudo de pelos o de palabras que tenía atorado, y mi garganta se aflojara, y pudiera ya respirar y hablar y sonreír de nuevo.

No sé por qué, si me caracterizo por pensar y escribir con agilidad, encuentro la expresión oral tan dificultosa, imprecisa, lenta, engorrosa. Fea. No me gusta, no me gusta nada. Me pongo nerviosa. Tengo pánico escénico. Una vergüenza que resulta o bien asqueante o bien divertida para cualquier escucha.

Hoy pensaba en esto, y, buscando en la mente, aparecieron algunos recuerdos de cuando era más bien niña, y la maestra me mandó a dar una clase sobre la guerra de Vietnam. Emocionadísima, salté al frente, dibujé como pude en el pizarrón un bosquejo del mapa de Vietnam, y me puse a relatar, mientras agregaba flechitas con barquitos por todo el Océano Índico y otras flechitas con aviones y con camioncitos, todos los frentes de ataque. La maestra me puso la mejor nota, claro, y mis compañeros hasta me aplaudieron por mis locas ocurrencias.

Mientras, a duras penas, intento recordar detalles de aquella niña confianzuda, me pregunto dónde carajo habrá quedado enterrada. ¿Estará todavía dentro de mí?

Aquella pequeña insufrible no se callaba ante nada: si sabía una respuesta, respondía; si tenía una pregunta, dejar de preguntar por vergüenza o miedo a parecer idiota era algo inconcebible. Como debería ser, supongo.
¿Cuándo me empezó a temblar la voz al hablar frente a un puñado de desconocidos? ¿Y peor, ante buenos conocidos? ¿Cuándo me agarré la costumbre de sonrojarme mientras hablo sobre algo tan monótono como los resultados de las elecciones de octubre de 1920 en el pueblo de Solís Chico?

Qué molesto se está volviendo todo esto. ¿Habrá alguna suerte de antídoto mágico para vergonzosos crónicos, o tendré que irme directo al psicólogo?

21 comentarios

Archivado bajo Daniela_