Ya veré cuándo.

Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba / engánchalos a tu alma con ganchos de acero.
William Shakespeare

—No tenías que venir hasta acá.
—Claro que tenía.
—No, no tenías. Ojalá no hubieras venido.
Se miraron por un segundo a los ojos, impasibles, y luego ambas desviaron de nuevo la vista hacia el desvaído paisaje.
Julieta largó un suspiro, sin saber bien si de resignación, de tristeza, o simplemente de cansancio.
—Quería venir—murmuró al fin. Tras un silencio, añadió: —Cuando mi mamá murió, sólo éramos tres en el funeral: mi hermano, papá y yo. Yo tenía diecisiete y me sentía miserable, muerta, y por sobre todo sola.
Miró hacia atrás, hacia el vetusto edificio donde se llevaba a cabo el servicio. Varios ojos las observaban con cautela. Julieta sabía bien lo que se esperaba de ella, pero no le importó. En ese momento, algo frío le estrujaba el pecho; esa cosa anudada y pegajosa que sienten los amigos ante el dolor compartido, ante la lluvia ajena, y que, como un proceso parásito o simbiótico, sólo desaparece cuando el otro se alivia. Volvió a mirar a Clara, ya sin saber bien que hacer: esa cosa fría que quemaba como el hielo le impedía razonar con claridad.
—Hay mucha gente allá adentro que quiere estar contigo. Espero que entiendas lo importante que eso es…
—Ya cállate, ¿quieres?—la cortó Clara, secamente y sin mirarla. Julieta apretó los labios. El frío del pecho se hizo más pesado, como si una ventisca lo hubiese endurecido, solidificado en un cubo enorme. —No me importa si eras una idiota sin amigos, o si tu madre era una idiota sin amigos, o una perra tan fría que nadie quiso siquiera ir a escupir su tumba.
Ahora, el frío se extendió por todo el cuerpo de Julieta, y la endureció entera. Apretó con las manos blancas como papel el barrote que separaba la terraza del vacío, y se mordió la lengua.
— ¿Sabes qué? Ya estoy harta de que me pregunten cómo estoy, y de que me digan que están conmigo, y qué se yo cuántas otras mierdas insípidas. ¡No me importa!—la voz de Clara se había ido elevando, hasta convertirse en gritos. Se enderezó y se puso de frente a Julieta, que la miraba callada, sus ojos tan agitados como un mar tormentoso, pero callada. Los músculos de su rostro estaban inmóviles, congelados, sin embargo, sus ojos fulguraban toda su alma.
— ¿Y qué, si sólo estabas con tu padre y tu hermano? ¡¡Tuviste suerte!! ¡Estas cosas son siempre iguales! ¡La gente siempre actúa igual! “Estamos contigo”—imitó en un tono burlón tan exagerado que sonó demente. —“Todo va a estar bien”. ¡Claro! ¡Como si les importara! ¡Como si les importara, ahora que está muerta, que nuestra familia estuviera destrozada! ¡¡Ni siquiera tienen idea!! Nadie, nadie tiene idea de quién fue mi madre, nadie sabe…nadie… ¡Nadie sabe…!
No supo qué siguió diciendo, porque en ese momento Julieta se le acercó y la rodeó con toda su fuerza en algo que difícilmente podía llamarse un abrazo, inmovilizándole los brazos, e impidiéndole sucumbir a las convulsiones que parecían inevitables e inherentes al llanto que también estaba a punto de dominarla.
Al principio, intentó liberarse, forcejeando, ordenándole a su amiga que la dejara en paz. Pero Julieta forzó más el abrazo y se mantuvo firme, estrujándola, y todavía apretando los labios.
La lucha silenciosa duró apenas unos instantes; finalmente, Clara cedió. Detuvo los violentos forcejeos y se largó a llorar, ocultando su rostro cerca de la clavícula de su opresora. La otra volvió a suspirar, ahora aliviada, y aflojó los brazos sin dejar de abrazarla.
—Está bien—le susurró con suavidad al oído. —Está bien.
—Ella no me quería.
—Claro que te quería. Eras su hija.
Clara negó impetuosamente con la cabeza, separándose de su amiga.
— ¿Por qué, si me quería, siempre prefirió a Virginia? ¿Por qué siempre me fue indiferente? ¿Y por qué no hizo nada para… para evitar que nos separáramos?
Las lágrimas caían al piso seco con una rapidez asombrosa, dejando las marcas de los gotones, casi como si estuviera comenzando a llover. Era difícil entenderla entre los sollozos y los ocasionales hipos.
—No me digas que ella no vio hacia dónde…iba…la relación con mi hermana. Siempre fomentó que compitiéramos…Y yo siempre…yo siempre sentí que tenía que hacer algo extraordinario para ganarme su amor. Y siempre me ganaba Virginia. Y ahora…está muerta…y todo ya se fue a la mierda…Y…y no sé qué hacer, Julieta. No sé como sentirme. Siento que todo está echado a perder.
Se enjugó las lágrimas como pudo y respiró ondo, intentando calmarse.
Las dos viejas amigas se quedaron en silencio. Un silencio que, después de todo el griterío, pareció más silencioso que nunca. Los vigilantes del velorio aguzaron los sentidos, atentos, pero no se acercaron.
—Perdóname por lo de tu madre—dijo de repente Clara, en voz baja y visiblemente avergonzada. —No era en serio. No sé por qué lo dije. Soy una estúpida.
—Olvídalo.
—No, no está bien. Esto está sacando lo peor de mí, y me doy asco.
Volvieron a apoyarse en el barrote y a mirar la ciudad descolorida. El frío turbio que las había poseído había comenzado a diluirse lentamente, a decolorarse para quedar a tono con el paisaje.
—Gracias por venir hasta acá—murmuró más tarde. – ¿No te irás mañana, verdad?
—No, no me iré mañana. Ya veré cuando me voy.
Aquella asintió, y juntas asistieron el seco atardecer sin sol que precedió a las oscuras horas que vendrían.

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10 comentarios

Archivado bajo Daniela_

10 Respuestas a “Ya veré cuándo.

  1. Uaffff, me has dejado, casi, como una de las protagonistas…. helado.

    No entiendo muy bien, perdóname mi torpeza, el por qué de los insultos hacia la madre de Julieta. No lo centro en el relato. Lo que si creo es que los celos entre hermanos/as, lógicos en la infancia, no debieran extrapolarse más allá de esa edad, aunque la realidad, cierto es, es otra. Siempre existen, en mayor o menor grado, esos celos.

    Lo malo es que se quiera uno retrotraer en el tiempo para, en momentos tan difíciles como el que nos cuentas, echarle la culpa a quién ya no está con nosotros.
    Excelente relato, Daniela. Muy bueno.
    Un saludo, ciudadana

  2. Perdón Daniela, saludo no…. para vosotras siempre es un beso.

  3. Pingback: Bitacoras.com

  4. Ciudadano:
    Lamento darme cuenta que tienes razón. Probablemente el relato se entiende muchísimo mejor en el inmenso e intranscribible contexto que anda por mi mente… Es difícil acotarlo a un par de páginas.
    En adelante, voy a tratar de centrarme en esto, que no me sale: reducir mucho y dejar todo clarísimo. Es la mejor manera de escribir.

    Gracias por tu opinión, y otro beso para ti! 🙂

  5. Madre mía!! que manera de escribir, que decirte Daniela? que tengo un nudo en la garganta ahora mismo, que lo he vivido.. que comprendo los insultos, que comprendo la rabia… yo no cambiaría ni una coma del relato, ni la de la frase de la semana, esa coma que tanto me gusta. Un beso.

  6. soberbio, impresionante de verdad Daniela, me ha encantado, y me doy cuenta de lo bueno que es porque a cada momento veía escenificada en mi imaginación los momentos que describías, me ha llamado mucho la atención una visión que he tenido de las lágrimas llegando al suelo a toda velocidad, has conseguido meterme de lleno en el relato y eso tiene mucho mérito, enhorabuena

  7. obsidianablack

    Muy buen relato con multitud de emociones por ahí a flor de piel Daniela.
    Me encanta la cita de Shakespeare. No creo que haya que haya que poner a prueba a los amigos, la vida ya se encarga de ello.
    Un besazo.

  8. Gracias, chicos, me subieron la autoestima
    jajaja 🙂

  9. Aspective

    Genial, Daniela.
    Escalofrios y tristeza me has dejado como recuerdo de este vívido relato.
    Un besazo

  10. La verdad es que hace apenas quince días que una de mis mejores amigas perdió a su madre… y tu texto se me hacía familiar mientras lo leía.

    Como te tengo dicho muchas veces, tienes mucho talento. Besos.

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