A quien corresponda

Estimado Director Comosellame,

                Me he sentido en la necesidad de expresar mi decepción para con la compañía, y el medio elegido parece ser el único para llegar a usted en estos días -si es que efectivamente funciona-. Ah, toda una potestad, el señor. Pero ese no es mi tema: usted tiene el derecho de dirigir como se le cante  esta orquesta, aunque al parecer (y con todo respeto) lo hace sin mucha gana, sin mucho talento, y sin mucho éxito.

                Me imagino que recibe cartas como estas todo el tiempo. También me imagino que maldice muy seguido últimamente, pues no creo que la empresa esté hoy a la altura de sus expectativas; al menos no de aquellas que tenía cuando era primerizo y se empeñó con este ridículo proyecto. A mí, en lo particular, un fracaso de tales dimensiones me haría maldecir muy seguido. Y las cartas como esta me harían maldecir muy seguido. Sin embargo, sería una decisión inteligente que la leyera hasta el final. Tal vez no le guste hacerlo. (Tal vez si revisara más seguido el correo podría darnos una mano a los pobres empleados con todas nuestras vicisitudes. Pero no, usted debe estar muy ocupado). En mi caso, prometo apelar a la brevedad, así esto es más rápido para los dos. Ambos tenemos cosas que hacer, vidas de las que encargarnos.

                Parto del supuesto de que conoce los expedientes de sus empleados, y por ende el mío. No voy a divagar sobre mi experiencia aquí: si bien las crisis salpicaron todos mis años de trabajo, he de remitirme a la que estoy atravesando hoy. Tampoco voy a ponerme a parlotear sobre esas crisis enormes y trilladas que atraviesa la empresa: de esas (me supongo) está bien informado. Quiero hablar de mí, como empleado, como persona, como ser humano, como “átomo malamente encaramado a un insignificante piojo de su Reino”, diría aquel célebre autor. Espero no le moleste con mis nimiedades.

            Voy al punto: creo que has sido injusto conmigo. Ojo: tal vez no sea tu culpa. Tal vez usted no tenga nada que ver. Pero uno tiene que descargarse, señor. De verdad, me das cosas que no necesito, ¿y qué hay de lo que realmente necesito, de lo que añoro vívidamente en el fondo de las entrañas? Dicen las lenguas (largas) del pueblo que sos algo así como omnipotente, omnisapiente, omnisciente (¿es lo mismo que lo anterior?), y un montón de omnis más, probablemente hasta ovni seas. Yo no sé nada de eso: me gustan las palabras simples. Tampoco me gusta garronear miguitas de pan de abajo de la mesa: soy de los que gustan ganarse y realmente ganarse las cosas. Por eso esto no es un “pedido” de ayuda ni de auxilio ni nada.

Sé y me avergüenzo de que hay cosas que no me he ganado: cosas que no merezco, que no necesito, y que no quiero. Son cómodas, sí, por eso siguen en la vuelta. No creo que sea hipócrita, porque de lo que realmente necesito tengo poca cosa. No, no poca cosa, tengo mucho. Sé que tengo mucho. Pero necesito algunas cosas más, unas poquitas, para seguir vivo. Y en vez de lo que necesito…no sé, tengo pavadas. Chucherías. Espejitos de colores que sirven de cortina de humo para el alma. Buen latinoamericano, resulté ser.

            ¿Cuál es el objetivo concreto de esta carta? Me temo que no lo sé. No se preocupe: no es mi renuncia, mi dimisión; no creo ser lo suficientemente fuerte para abandonar esta empresa que, a pesar de los altibajos y las tediosas rutinas, tantas alegrías me ha dado. Ya estoy viejo para andar de mundo en mundo pidiendo entrevistas, y por algún lado hay que ganarse el pan y la leche pa’ la panza y pa’l corazón. Tal vez el objetivo de mi carta sea simplemente denunciar: sepa, señor, que no soy lo que se dice “feliz”.

            Una propuesta: redefina felicidad, por favor. Agarre el DRAE, meta un borronazo y escriba arriba algo así como: “Felicidad: ¡Cuidado! Algo que NO se siente todos los días, que no es un estado indefinido de tiempo, pero que es lo más hermoso del mundo. No se sienta mal si no la siente ahora, ya va a volver…”. Digo, esto de la redacción no se me da, pero seguro a vos se te ocurre algo decente para poner, y más realista que lo estándar. Con un concepto de esa naturaleza que fuera aceptado por todos, no me sentiría presionado por aquellos imbéciles que creen o dicen ser felices.

Lo que me pregunto es… ¿y si lo son? ¿Y si el problema es mío?

            Realmente no sé a quién se le ocurrió todo esto de la felicidad, pero es un concepto de mierda que me hace sentirme anómico. Y bueno, ya que usted regula todo eso, ¿no podría hacer algo al respecto?

            Supongo que no. Supongo que ni siquiera lees tu correo.

            Había que intentarlo.

            Hasta la próxima, jefecito.

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5 comentarios

Archivado bajo Daniela_

5 Respuestas a “A quien corresponda

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  2. Te has quedado a gusto, eh, Dani?? No sé si es una hipótesis, o algo que se aplica a ‘nuestra empresa’, el jefe le dará el sentido que le venga bien 😉 De todas formas, siempre digo que eres una maga de las palabras, y esta vez no iba a ser menos.
    No obstante, no me cuadran los saltos que haces del tuteo al usted.

    Un besazo, un gusto leerte, compañera.

  3. Estupendo texto, Dani 😀

    Besazos!!

  4. me quedo con la reflexión de la felicidad, serán imbéciles los que dicen ser felices o es que acaso lo son?

  5. Aspective

    Muy buen texto y buena reflexión.
    Cada día te superas Dani.
    Un besazo

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