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Mi deporte favorito.

Mi deporte favorito es hacerle rabiar.

La  afición nació poco a poco. Al principio ni sabía que era un deporte, me salía solo y sin querer. Recuerdo que incluso al principio del todo, le pedía perdón: ” uy cariño..lo siento..no pretendía molestarte“.
 
Poco a poco fui encontrándole la gracia, y además vi con sorpresa que si me lo proponía podía encenderle como una bombilla en un par de segundos. Era fantástico. Algo tan tonto como dejar mal cerradas las puertas de los armarios de la cocina producía una relación en cadena que me hacía partirme de risa. Entraba en la cocina, se paraba notando que había algo que estaba mal, giraba sobre sí mismo y lentamente se acercaba a cerrar cada puerta con cuidado. Yo me había preocupado de no dejarlas demasiado abiertas, sólo ligeramente entornadas que casi no se notara…pero sabía que a él le ponía a cien. Cuando terminaba de cerrar todas, se giraba murmurando: no hay manera de que se hagan las cosas bien.
 
Dada la  satisfacción que me provocaba el hacerle rabiar, decidí hacerme profesional y dedicar un ratito cada día a hacer algo que le atacara: descolocar el armario de las escobas, colocar la leche en el estante del zumo, utilizar su maquinilla, dejarme las llaves puestas por dentro de la puerta, colocar toda mi ropa en la silla del vestidor para que no tuviera donde sentarse al ponerse los calcetines,  descuajeringar el periódico antes de que él lo cogiera y tirar los panfletos de la publicidad a la basura, olvidarme de sacar la basura, no tener jamás dinero en efectivo y cogérselo de la cartera…un millón de pequeñas chorradas que sé que le hacen rabiar.
 
Me lo pasaba en grande.
 
Lo malo es que no contaba con él que se aficionara también a ese deporte. Ahora me encuentro jurando en arameo cada vez que me encuentro la colcha mal doblada, la puerta cerrada con llave, sus calcetines por medio, cuando se pone mayonesa en todo lo que cocino,cuando quedamos en la calle y nada más verme empieza a hacerse el cojo o cuando   se mete en la cocina a preparar alguna comida que odio, o lo que más me ataca de todo: a mi eso no me lo habías dicho. Ahí me noto hervir la sangre y tengo que reconocer que en el deporte de hacer rabiar, él es el campeón.

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La relatividad de la vida

Año 2050, todos estaremos muertos.

El agua es el bien mas preciado y hace varios años que se acabo. No hubo tercera guerra mundial, fue la guerra definitiva. No hubo división por raza ni por religión, unos tenían agua y otros la necesitaban.

Nos remontamos diez años atrás, las reservas se agotaron y mientras unos procuraban encontrar agua por sus propios medios, con sus propias manos, otros esperaban con impaciencia para quitársela, armados hasta los dientes, para eso habían sido las grandes potencias mundiales durante varios siglos.

Los primeros la encontraron y se desato una guerra que nadie años atrás podía haberse imaginado, sangrienta, injusta, desproporcionada, lanzas contra armas sofisticadas, hombres contra maquinas. Fueron millones de personas las que murieron tantas que murieron todas las que tenían agua, ironías de la vida.

Año 2050, todos estaremos muertos, pero….¿a  eso podemos llamarle vida?.

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La novia de Culiacán (leyenda urbana)

Apenas tenia veinte años, hermosa, con toda una vida por delante. Se había enamorado perdidamente de Jesús y él también de ella. Eran amigos de Ernesto, quien toda su vida la había amado.

 

Guadalupe Leyva Flores, se llamaba pero le decían “Lupita” de cariño. Aquel día, Jesús le pidió matrimonio. Ella encanta aceptó. Todo estaba perfecto, la felicidad no podía ser mayor. Ernesto no se enteró hasta que Jesús le pidió de favor que fuera su padrino de bodas. Éste, con la furia en la sangre fue a la casa de Lupita a reclamar, porque el sentía un amor muy grande por ella, desde que eran niños. Lupita, tiernamente, explicándole las cosas amablemente le dijo que ella lo quería como un hermano, que amaba a Jesús y que por favor lo entendiera.

 

Llegó el día de la boda, en la ciudad de Culiacán Sinaloa México. La catedral lucía esplendida, Jesús, llegó primero y esperaba con ansias a su hermosa novia. Su padrino lo acompañaba en aquel momento.

 

Cuando la vio llegar, sus ojos se le iluminaron, era tanta la felicidad que sentía que nada que pudiera pasar se la quitaría. La abrazó, la dio un beso en la frente.

 

Ernesto no podía soportar aquello, era como si se estuvieran burlando en frente de él. Sacó una pistola y le dio un balazo en la cabeza a Jesús. Todos estaban espantados, Lupita no lo podía creer, de hecho nunca lo creyó, lloró sobre su cuerpo, mientras que Ernesto se daba un tiro también cayendo muerto al instante.

 

Pasaron los días, los meses los años, Lupita jamás se quitó el vestido de novia, incluso se le veía hablar sola, ida, ilusionada, muchos dicen que veía a su novio muerto. Durante más de treinta años se le vio pasear por las calles de la ciudad, con su vestido desgarrado de novia, hasta que un día murió.

 

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De rubias, negros y otras leyendas

Cuenta la leyenda, no por antigua menos cierta, que en algún paraje castellano habitaba una bella dama junto a su marido labrador. Ambos se dedicaban en cuerpo y alma a su tierra, en las cuales se dejaban las manos con el único fin de tener algo de comer cada día y cada noche. Su armonía era tal que no necesitaban nada más, se complementaban y querían plenamente hasta el punto de no relacionarse con nadie más, no era necesario, no era vital. Una única cosa les diferenciaba, su aspecto físico. Ella, melena rubia, ojos azules y piel clara. El, un ogro, grande y feo como el mismísimo diablo. Como les decía nada de eso les importaba. Un “buen” día cuando caminaba nuestra doncella dirección a su morada se encontró un caballero cortándole el paso. El apuesto caballero de piel negra, fornido y elegante, a lomos de un corcel blanco que impresionaría a cualquiera, no dudo en dirigirse a ella. Su melena rubia y ojos claros le habían nublado, hasta el punto de ofrecerle marchar con el hasta su castillo, donde le esperaba la riqueza mas grande que ella podía imaginar. Nuestra doncella dudo un instante pero echando la vista atrás pensó que era una oportunidad única y que su amado encontraría otra persona mas acorde a su belleza y además pensaría que ella habría muerto y así pues el daño al corazón seria menor que si se lo dijera ella misma. Y así fue.

 Con el paso de los años, muchos años, la cosa cambio. El apuesto caballero de piel oscura se arruino y tuvieron que vender el castillo con todo lo que en el había, nada les quedo para ellos, tan solo una pequeña porción de tierra. Cuentan que en esa época cierto campesino se había hecho rico con su trabajo y había comprado las tierras de su vecino y que poco después compro las tierras de su otro vecino y así hasta poseer todas las tierras de cultivo de la región castellana en cuestión. Dicen que llego un momento en que dicho campesino lindo sus tierras con las del arruinado caballero de piel morena y dicen que no les arrebato esas tierras, que se construyo un castillo alrededor de ellas y continuamente hacia fiestas en sus torres. Dicen que ese nuevo rico era algo así como un ogro, grande y feo como el mismísimo diablo, pero rico. De aquí podríamos deducir que las rubias son tontas y que al final los que no paran de follar son los negros, pero también podríamos concluir que una historia son solo palabras y que algo importante debe constar con el paso de los años para que se pueda hablar de leyenda, urbana, rural, etc..o simplemente leyenda.

Lino

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Voy a contarles algo…

Dieciocho de marzo de 1993 son las 16:00 h (aprox.) en la ciudad de Sevilla, cuatro chicos de entre 15 y 16 años se reúnen como cualquier otro día para pasar la tarde juntos, entre risas y juegos, entre amigos. Jose, Pedro, Miguel Ángel y Benjamín podrían ser cuatro chicos cualquiera porque en esa época y por estas tierras la gente se reunía en la calle, no había móviles y si no salías a la calle nadie te llamaba, nadie se acordaba de ti. El día se había despertado gris y frió, el tiempo amenazaba lluvia desde por la mañana temprano, bueno, mas que lluvia tempestad y mirando hacia arriba el cielo gris tornaba a rojizo con el paso de las horas, daba la sensación que en breve este se caería sobre ellos. Así las cosas, el chico llamado Jose ofreció bajar a su “cuartillo”, una habitación medianita que tenia cada propietario en los sótanos del edificio, una habitación siniestra en una planta baja deshabitada por completo, y allí buscar algún entretenimiento. Fue comentar eso y escucharse un trueno como nunca antes habían escuchado, primero un estruendo brutal y después un flash inmenso, tanto como el cielo de Sevilla, y en medio un rayo directo desde…. quizás desde el infierno. No dio tiempo a caer la primera gota y los cuatro amigos ya marchaban, porque la tarde empezaba a ponerse fea, Miguel Ángel tomo la iniciativa y nadie tuvo mejor idea- Joder eso ha tenido que caer cerca, vamos abajo-. Una vez en el habitáculo todos se preguntaron a que demonios iban a jugar allí, tres o cuatro metros cuadrados libres y alrededor estanterías con libros viejos de su padre, un astrónomo famoso en el barrio pero con mala reputación en su casa, que desapareció en extrañas circunstancias o mejor dicho nadie supo nunca las circunstancias.

–Ya se a que podemos jugar tío, mira lo que tenía mi padre  aquí – dijo José para intentar pasar la tarde, sin mas.

– Eso es una güija “killo” déjate de rollo que eso es chungo, pudo decir Pedro perfectamente.

– ¿Chungo?, eso no vale para nada yo me rio de eso y de todos ustedes si jugáis a eso, exclamo Benjamín.  

– ¡Venga! pues entonces vamos a jugar y nos reímos, sentencio Miguel Ángel.

Y así fue, los cuatro chicos de rodillas en una habitación con suelo de…. bueno sin suelo, de rodillas en cemento puro, y húmedo, muy húmedo, tanto como el ambiente, casi irrespirable, algo así como el calabozo tetrico de una pelicula terrorifica de serie B . Cada dedo en un vaso, ¿allí había un vaso?, si señores allí había un vaso, inexplicable pero ya saben que la realidad supera siempre a la ficción je je. Primera pregunta. Jose toma la palabra y pregunta…. “¿Papa estas entre nosotros?”. Corazones paralizados, todos habían escuchado hablar de ese rollo pero la situación era totalmente propicia para que sucediera algo malo, muy malo. El vaso se movió y se situó encima de la casilla que contenía en su interior como respuesta “SI”, ya se les podía pinchar y no notaban nada, fríos como el hielo y al borde de gritar un “vasta”, pero nadie se atrevió. Siguieron así unos veinte minutos pero fue una vida entera para ellos, más preguntas y más respuestas, alguna no tenía sentido pero la mayoría tenían un sentido aterrador. Y ya imagínense, cada uno preguntando aquello que creía que podía ser definitivo para saber de verdad si había alguien más allí y alguien que por desgracia no era terrenal. Pero todo se trunco cuando……

– ¡Al carajo con tu padre!, Benjamín le pego un manotazo al tablero y el vaso salio despedido como si hubiera estado cargándose con energía cinética todo ese tiempo, para chocar contra la puerta de la habitación.

Todos sintieron que algo iba mal, que aquello no se había terminado de una manera normal y que ninguno estaba seguro allí. De repente suena la puerta de arriba, la que permite acceder a la planta baja por medio de unas escaleras, se abre y se cierra seguidamente. Los cuatro a la vez abren la puerta del zulo y se dirigen por un pasillo, sin ventanas, solo puertas, un corredor de la muerte, hacia las escaleras sin dirigirse la palabra, en el silencio más absoluto.

Jose iba el primero y de repente se detiene justo delante del primer escalón….

– ¡“Killo” esto no puede ser!, yo no puedo dejarle el marrón este a mi madre aquí esperarse un momento. A nadie le gusto la idea evidentemente pero el chico tenía razón.

 – ¡Y que coño quieres que hagamos, cojones!, dijo cualquiera de los tres.

– Os voy a decir lo que vamos a hacer, voy a por la güija y la voy a traer aquí, ¿veis ese extintor de esa pared?, pues tendrá un numero de serie seguro, vamos a ver si de verdad dejamos alguien aquí o no. Y como no, otra vez como en las películas también apareció un bolígrafo para apuntar el numero que supuestamente iba a contestar…. alguien.

 Bueno, lo de aquella habitación ustedes saben aquello del poder de la mente y todas esas cosas, que yo me las creo a pies juntillas, pero que cada un piense lo que quiera. En cada pregunta al menos uno sabia la respuesta y conscientemente o inconscientemente podía moverla o ayudar a moverla, nunca iban a estar seguros. Pero lo que había propuesto Jose era lo bastante definitivo para que tragaran saliva los cuatro a la vez y asintieran con la cabeza. Jose marcho por el tablón diabólico y lo trajo de nuevo antes ellos junto con el vaso, ese horrible recuerdo volvía ante sus ojos. Se arrodillaron y Jose tomo la palabra.

– Papa, si estas aquí, muéstranos por favor el número de serie de ese extintor.

El vaso se movió bruscamente hacia el 0, después hacia el 1, cada vez mas rápido, prácticamente no daba tiempo ni a apuntarlo, tenían que acordarse entre todos del que había dicho antes, al fin se detuvo y todos se quedaron en silencio mirando el numero, como memorizando, eran muchos números, pero ¿quién iba a comprobarlo?. Decidieron ir todos juntos y fue darle la vuelta al extintor y ……bueno el final pensaba contároslo la siguiente semana que venia muy bien al tema, pero la verdad solo pensar tener en la cabeza ese recuerdo una semana miedo me da.

Imagínense, una pegatina mas grande de lo esperado les sorprendió con un numero exactamente igual que al que habían escrito, patadas en el culo y codazos en la cara para subir el primero por la escalera, no eran personas eran fieras subiendo por una montaña. Y claro como no, la puerta tenia truco y no se abría, hasta que consiguio llegar Jose hasta ella y ….una vez fuera, bueno.. un sol esplendido recibio a los cuatro chavales que incredulos miraban el cielo azul, y una vez mas sin hablarse.

Para terminar dejar claro, por si alguien no se había dado cuenta, que este relato se parece en algo más a una película, de los cuatro chicos tres nombres son reales pero Pedro, ese chico en realidad no se llamaba así….Y desde entonces os puedo jurar algo, yo no creo en dráculas ni hombres lobo ni nada por el estilo, pero en que hay algo mas ahí fuera… eso es seguro.

 

Lino

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Me entregué a la policía

Por  R – Gorio-  Activo

Me entregué a la policía porque sabía que ya no podría seguir huyendo sin rumbo. Entré en la comisaría que había muy cerca del campo de fútbol. Me acerqué al mostrador y le espeté a aquel agente que yo era ese a quien estaban buscando.

Se incorporó de la silla y me indicó que me diera la vuelta para a continuación ponerme las esposas y acompañarme hasta el despacho del comisario. Era como el de las series de televisión baratas; rechoncho, con bigote y  mal peinado.

Me estuvieron interrogando durante casi cinco agotadoras horas, hasta que me llevaron a una celda. Allí conocí a Jimeno, un gitano que se dedicaba a pasar heroína y se me hizo más llevadera la estancia en ese lugar el poco tiempo que duró.

A los tres días me trasladaron a la prisión de máxima seguridad. Había oído que los novatos son carne de cañón, pero en esa cárcel, debías ser más cabrón que el mayor de los cabrones, y yo ya iba con un buen currículo.

Fui a parar al módulo siete, el de los que tenían condenas por asesinato. Tuve suerte con mi compañero de celda. Ricardo, se llamaba el tipo. Era casi de mi edad y su caso era muy parecido al mío, se había cargado a su jefe tirándolo por la ventana de un décimo piso, y se hubiera librado sino fuera por que todos los compañeros de la oficina fueron testigos del suceso. Fue una venganza, claro, lo quería despedir después de 20 años en la empresa, para darle su puesto a su cuñado, cosas de la vida cotidiana, pero a él parece que no le sentó muy bien.

Pasaron dos semanas hasta que apareció el abogado de oficio, y me requirió a su presencia. Me dijo que mi caso era muy complicado, pero que lo iba a llevar, por que le gustaban los retos. Me calló bien, aunque era joven, no daba la impresión de ser inexperto.

Ya llevaba tres meses y la verdad es que todo parecía muy tranquilo, nadie se metía conmigo. Pero aquella tranquilidad se iba a terminar muy pronto.

Sucedió en la cola de la comida, se acercaron por detrás y me clavaron un punzón en el costado, me caí al suelo desplomado, porque me atraveso un pulmón. Cuando me desperté, estaba en el hospital, custodiado por dos policías en la puerta de la habitación. Una enfermera me estaba tomando la tensión y cambiando el suero, me sonrió y salió del cuarto.

Por la tarde, después de comer, apareció mi abogado. Me explicó que un tipo de la banda de Leo fue el que me atacó, y que lo metieron en incomunicados, que si quería poner la consiguiente denuncia. Yo le dije que no, que esas cosas se arreglaban dentro…

Al día siguiente, el fiscal que me había acusado,  se acercó a verme para hacerme una proposición.

Próximo turno para W – Cuauhtémoc – Activo

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¿Dónde estaba mi satisfacción?

Por: Q-Sara

Parecía el vengador justiciero atravesando las llanuras de Castilla.  Nada más y nada menos que 5 años había pasado buscando a ese grandísimo hijo de puta que me había arrebatado lo que más quería. Ahora que él estaba muerto, y yo corriendo huyendo con una orden de detención pisándome los talones, no me sentía en absoluto satisfecho. Pensaba que el día que llegara el momento de acabar con él, me iba a sentir repleto de júbilo, e incluso podría morir tranquilo. Pero, ¿dónde estaba mi satisfacción?

Todo empezó una noche de invierno, de fuertes heladas, cuando yo volvía a casa de hacer negocios con mi camello de confianza. Portaba una buena carga, no estaba el tiempo como para salir cada día a hacer tratos ilícitos. Al entrar en casa, encontré todo revuelto, los cajones fuera de su sitio, los armarios abiertos… y llamé a Mónica. Mi novia no respondía, y avancé lentamente por la habitación hasta llegar a la cama, temiéndome lo peor. Pero nuestro lecho estaba vacío y las sábanas revueltas como si alguien hubiera estado durmiendo allí. Nervioso, la llamé al móvil, que comenzó a sonar sobre la mesita de noche.

A pesar del bloqueo mental que tenía, logré entender que no podía llamar a la Policía, ya que estaba hasta el cuello, y de la única forma que podría salir de allí sería esposado y con todo el alijo de droga incautado. De aquella manera estaba claro que no podría averiguar lo que le había ocurrido a Mónica. Deseché la idea y me puse a buscar alguna pista que me indicara lo que había podido pasar allí. Al cabo de un rato, que se me hizo eterno a pesar de mi frenética actividad, alguien me llamó al teléfono.

Era Mónica. Por su voz pude adivinar que estaba llorando y muy asustada. Rápidamente me esclareció el misterio de su desaparición. Después de acostarse, oyó un ruido de alguien que forzaba la puerta, y al momento irrumpieron en la casa varios hombres de forma violenta. A la mayoría no los conocía, pero sí al que llevaba la voz cantante. Se trataba de Leo, uno de los mayores traficantes de droga de la ciudad. Sabía que desde hacía tiempo me la tenía jurada por haberme negado a ayudarle a pasar una importante cantidad desde Marruecos, pero no hasta tal punto de llegar a secuestrar a mi novia.

Leo le arrebató el teléfono y me habló de modo autoritario. Sabía del negocio que tenía entre manos aquella noche, y me reclamaba el alijo de cocaína a cambio de dejar libre a Mónica, sana y salva. Ella era lo que más quería, y hubiera dado la vida por su bienestar, así que sin dudarlo accedí al chantaje. La entrega sería en un par de horas, en el descampado que había tras el polígono industrial. Acudí allí con la esperanza de ver a Mónica y abrazarla, y con el fajo de cocaína escondido en la cazadora. No tardó en aparecer Leo al volante de un coche, acompañado por dos de sus secuaces.

En el interior del vehículo también estaba ella, aparentemente en buen estado físico, aunque se la veía nerviosa. El traficante me requirió: –Dame lo que te pedí. –Suelta a Mónica.- Le ordené. Uno de los colegas de Leo bajó del coche sujetando a mi novia por un brazo, mientras que ella no oponía resistencia alguna. Asombrosamente, la dejó marchar y yo cumplí con mi parte del ‘trato’ entregándole a Leo la droga. Éste se apresuró hacia el coche y Mónica corría hacia mí. El otro hombre que aún no había salido del vehículo, bajó la ventanilla, y como si de una película a cámara lenta se tratase, entregó un revólver a su jefe quien disparó contra ella.

No llegó a mis brazos, antes de desplomarse en el suelo con un grito ahogado, los asesinos ya habían huido dejando tras de sí una nube de polvo. Me lancé a abrazar el cuerpo inerte de Mónica, gritando de rabia y desesperación. En aquel mismo instante juré mi venganza.

Venganza que perseguí durante 5 años, tras la huella de Leo. El día que lo encontré no me lo pensé dos veces. Saqué la pistola y le disparé a bocajarro, mientras me venían a la mente imágenes del fatídico día en el que Mónica murió a mis pies. Pero esa venganza no me la había devuelto, sino que había añadido un crimen más a currículum. Por eso no me sentí bien del todo.

Corría y corría sin destino, y sin que mi perseguidor me hubiera localizado aún. Pero tenía que correr y no detenerme por nada del mundo. Al llegar a la ciudad, aminoré mi marcha para no levantar sospechas. ¿Qué iba a hacer? Las fuerzas ya me fallaban, no tenía dónde esconderme, y ya estaba la orden de detención en todas las comisarías del país. Agotado, entré en un bar, bebí una cerveza de un trago y salí rendido.

Ya no tenía más que perder. Me entregué a la Policía.

Próximo turno: R- Gorio

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