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¿Dónde estaba mi satisfacción?

Por: Q-Sara

Parecía el vengador justiciero atravesando las llanuras de Castilla.  Nada más y nada menos que 5 años había pasado buscando a ese grandísimo hijo de puta que me había arrebatado lo que más quería. Ahora que él estaba muerto, y yo corriendo huyendo con una orden de detención pisándome los talones, no me sentía en absoluto satisfecho. Pensaba que el día que llegara el momento de acabar con él, me iba a sentir repleto de júbilo, e incluso podría morir tranquilo. Pero, ¿dónde estaba mi satisfacción?

Todo empezó una noche de invierno, de fuertes heladas, cuando yo volvía a casa de hacer negocios con mi camello de confianza. Portaba una buena carga, no estaba el tiempo como para salir cada día a hacer tratos ilícitos. Al entrar en casa, encontré todo revuelto, los cajones fuera de su sitio, los armarios abiertos… y llamé a Mónica. Mi novia no respondía, y avancé lentamente por la habitación hasta llegar a la cama, temiéndome lo peor. Pero nuestro lecho estaba vacío y las sábanas revueltas como si alguien hubiera estado durmiendo allí. Nervioso, la llamé al móvil, que comenzó a sonar sobre la mesita de noche.

A pesar del bloqueo mental que tenía, logré entender que no podía llamar a la Policía, ya que estaba hasta el cuello, y de la única forma que podría salir de allí sería esposado y con todo el alijo de droga incautado. De aquella manera estaba claro que no podría averiguar lo que le había ocurrido a Mónica. Deseché la idea y me puse a buscar alguna pista que me indicara lo que había podido pasar allí. Al cabo de un rato, que se me hizo eterno a pesar de mi frenética actividad, alguien me llamó al teléfono.

Era Mónica. Por su voz pude adivinar que estaba llorando y muy asustada. Rápidamente me esclareció el misterio de su desaparición. Después de acostarse, oyó un ruido de alguien que forzaba la puerta, y al momento irrumpieron en la casa varios hombres de forma violenta. A la mayoría no los conocía, pero sí al que llevaba la voz cantante. Se trataba de Leo, uno de los mayores traficantes de droga de la ciudad. Sabía que desde hacía tiempo me la tenía jurada por haberme negado a ayudarle a pasar una importante cantidad desde Marruecos, pero no hasta tal punto de llegar a secuestrar a mi novia.

Leo le arrebató el teléfono y me habló de modo autoritario. Sabía del negocio que tenía entre manos aquella noche, y me reclamaba el alijo de cocaína a cambio de dejar libre a Mónica, sana y salva. Ella era lo que más quería, y hubiera dado la vida por su bienestar, así que sin dudarlo accedí al chantaje. La entrega sería en un par de horas, en el descampado que había tras el polígono industrial. Acudí allí con la esperanza de ver a Mónica y abrazarla, y con el fajo de cocaína escondido en la cazadora. No tardó en aparecer Leo al volante de un coche, acompañado por dos de sus secuaces.

En el interior del vehículo también estaba ella, aparentemente en buen estado físico, aunque se la veía nerviosa. El traficante me requirió: –Dame lo que te pedí. –Suelta a Mónica.- Le ordené. Uno de los colegas de Leo bajó del coche sujetando a mi novia por un brazo, mientras que ella no oponía resistencia alguna. Asombrosamente, la dejó marchar y yo cumplí con mi parte del ‘trato’ entregándole a Leo la droga. Éste se apresuró hacia el coche y Mónica corría hacia mí. El otro hombre que aún no había salido del vehículo, bajó la ventanilla, y como si de una película a cámara lenta se tratase, entregó un revólver a su jefe quien disparó contra ella.

No llegó a mis brazos, antes de desplomarse en el suelo con un grito ahogado, los asesinos ya habían huido dejando tras de sí una nube de polvo. Me lancé a abrazar el cuerpo inerte de Mónica, gritando de rabia y desesperación. En aquel mismo instante juré mi venganza.

Venganza que perseguí durante 5 años, tras la huella de Leo. El día que lo encontré no me lo pensé dos veces. Saqué la pistola y le disparé a bocajarro, mientras me venían a la mente imágenes del fatídico día en el que Mónica murió a mis pies. Pero esa venganza no me la había devuelto, sino que había añadido un crimen más a currículum. Por eso no me sentí bien del todo.

Corría y corría sin destino, y sin que mi perseguidor me hubiera localizado aún. Pero tenía que correr y no detenerme por nada del mundo. Al llegar a la ciudad, aminoré mi marcha para no levantar sospechas. ¿Qué iba a hacer? Las fuerzas ya me fallaban, no tenía dónde esconderme, y ya estaba la orden de detención en todas las comisarías del país. Agotado, entré en un bar, bebí una cerveza de un trago y salí rendido.

Ya no tenía más que perder. Me entregué a la Policía.

Próximo turno: R- Gorio

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