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Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.

No quiso abrir sus ojos, simulando seguir encerrada en la carcasa del sueño que acababa de terminar. Aún cuando lo recordaba como placentero, un escalofrío recorrió todo su cuerpo que se desparramaba desnudo sobre la cama. Con la punta de uno de sus pies logró alcanzar la arrugada sábana desplazada en el punto más lejano de la cabecera del catre. Fueron suficientes unos suaves tirones, en los que el dedo gordo cumplió perfectamente con su misión, para que Alicia pudiese acariciar con los dedos de su mano la ligera prenda. Encogido todo su cuerpo en estado fetal, poco tiempo pasó para sentir en su piel los primeros síntomas de placer. El escalofrío se diluía y, al escuchar el sonido de la puerta cuando se cerraba, decidió que sus ojos continuarían en la misma posición.

 La habitación, decorada sus paredes con un desvencijado papel pintado, de color verde olivo, tenía como único adorno un crucifijo –por cierto bastante desnivelado de su vertical con el suelo-, curiosamente emplazado enfrente de la cabecera de la cama. Esa inclinación podría dar a pensar, a quien estuviera postrado en ella, que se ejercía una vigilancia especial sobre los hechos que allí acontecían. A la derecha de la puerta, según se entraba, un perchero oxidado aguantaba el escaso peso de dos perchas. Sobre una de ellas descansaba un precioso vestido de seda y encajes, donde el rosa pálido se mezclaba en armonía con el azul cielo. A sus pies, unos preciosos zapatos de tacón alto, con un aspecto que en absoluto hacían envidiar a los llamados de marca, aún cuando, sobre sus suelas, todavía descansaban las etiquetas y el precio delator pues, habían sido adquiridos en una tienda de los chinos. Encima de la única mesilla, una lamparita con un extenso cordón que subía entrelazado por el soporte del lateral del cabecero de la cama, desde el que se accedía fácilmente al interruptor. Sobre ella, perfectamente plegada, se encontraba la ropa íntima de Alicia. También según se entraba, a la izquierda de la puerta, se abría un pequeño hueco de no más de dos palmos de alto, que accedía al pasillo general y que era el único orificio de ventilación de la habitación. Debajo de él, un simple lavabo con un solo grifo, daba compañía a la pequeña pastilla de jabón de Heno de Pravia cuya delgada silueta daba a entender que debía ser reemplazada. Al no existir toalla, sería la sábana quien soportaría tal función, en el caso que alguien decidiera realizarse un mínimo aseo.

 Unos fuertes golpes en la puerta, acompañados de un grito imperativo en tono muy desagradable, hicieron rebotar a Alicia de su cama. “Vamos, zorra, levántate ya. Necesito la habitación para otro servicio”. Alicia conocía bien las reglas. El horario debía ser cumplido a rajatabla, bajo pena de pagar una penalización por el efímero alquiler, que bien podría suponer mucho más de lo que, con suerte, podría haber recaudado. Se enfundó, en un solo movimiento, el frágil vestido rosa pálido para, antes de colocarse los zapatos de tacón, introducir delicadamente en su bolso el sostén y las bragas que descansaban en la mesilla. Sin embargo, antes de salir de la habitación en la que, a buen seguro, alguien estaría esperando para ser de nuevo ocupada; retrocedió unos pasos e irguiéndose de pies, descolgó el crucifijo. “Estoy harta que me vigiles”, le dijo, y a continuación lo depositó en el suelo debajo de la cama.

 Como todos los días, a excepción de los sábados y domingos, tomó el tranvía 27 que le dejaba cerca de casa. Era un trayecto corto, de no más de quince minutos, pero esta vez, consecuencia de su despiste y de la ansiedad acumulada, el recorrido se le hizo más largo de lo habitual. Sabía que la pequeña Tatiana, de tan solo siete años, debía tomar puntualmente el autobús escolar. No había ninguna excusa. “Tatiana. Asistir al colegio y estudiar mucho, te darán el día de mañana la oportunidad de elegir lo que tú quieras para tu futuro. Bajo ningún concepto debes faltar a clase”. Esa era, repetitivamente, la frase que Alicia machacaba a su hija.

 Ya en su destino, la parada del tranvía le alejaba tan solo dos calles de su domicilio. Decidió colocar los zapatos de tacón alto junto con su ropa íntima e iniciar, con ágiles pasos que más bien se asimilaban a una carrera, un “sprint”. Miró su reloj y supo que Tatiana habría tomado el autobús. Los nervios le impedían acertar a introducir la llave en la cerradura de su vivienda. Cuando al fin lo consiguió, lanzó el bolso al sofá cercano y pasó por la cocina. “Eres un cielo, Tatiana. Te quiero”. Tomó el biberón. Dejó caer unas gotas sobre su muñeca y comprobó que estaba perfecto. Una cara de felicidad, alejada ya de la angustia, se mostró en el rostro de Alicia. Su bebé, Álvaro, de tan solo cinco meses, seguía durmiendo sobre una cuna muy artesanal. Le tomó sobre sus brazos, y antes de empezar a llorar le dijo: “Ahora, y siempre, junto con tu hermana, tú tendrás todo mi amor por el resto de los días y es que, el riesgo en el que incurro vale la pena”.

 Que insignificantes somos si no logramos comprender que los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.

 JOSE MANUEL BELTRAN.

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Recuerdos imborrables

Echada la vista atrás bien podía decirse que María había experimentado experiencias que no todas las mujeres de su edad podían contar. Cada tarde, desde hacía ya más de veinte años, la reunión de amigas alrededor de unas tazas de café con leche proporcionaba relatos, algunos de ellos todavía novedosos, que en determinados casos producía tal tristeza entre las asistentes como si de verdad en ese momento estuviesen reviviendo lo ya acontecido.

Sin embargo, cuando María tomaba la palabra, todas las asistentes omitían realizar interrupciones a lo por ella contado –cuestión que no sucedía con ninguna de las demás- quedando absortas no solo por el contenido sino por la manera en que María contaba las historias. Tan solo un par de ellas, las más jóvenes, y a quienes cariñosamente el resto se referían a ellas como “las niñas” habían nacido después de la guerra civil. El resto habían vivido la tragedia en primera persona desde distintos lugares y por ello, desde diferentes puntos de vista, según la zona estuviese controlada por los denominados “nacionales” o por los republicanos.

Las trincheras, el estruendoso sonido de las bombas, el silbido de una bala perdida que provocaba otra irreparable pérdida: la de una vida; el hambre, el miedo y la angustia, por desconfianza, de saber si cualquier comentario tuyo podría ser escuchado por oídos ajenos que, posteriormente, te delatarían. La escasez de noticias de tus propios familiares, abandonados a su propia suerte en el otro bando. Las noticias, que por esperadas, son nunca deseadas. El hurto, el pillaje y el engaño necesario para la subsistencia. En todos esos parámetros eran coincidentes los relatos de la mayoría de las mujeres allí reunidas, salvo los de María. Por eso, cuando ella empezaba a hablar, las demás le prestaban tal atención que ni siquiera las magdalenas que acompañaban a los cafés se veían parcialmente mutiladas con mordisco alguno.

Les contó que ella logró traspasar, junto con sus padres, la frontera hacia Francia. Los inicios en un país extraño y ya no solo por su lengua, para ella desconocida, fueron muy difíciles. Sin embargo pronto se dio cuenta que allí empezaba a descubrir un estilo de vida nada encorsetado, en cuanto a tradicionales costumbres. Observaba como los jóvenes, y los no tantos, se besaban en las calles a la vista de todos. Los vestidos de las mujeres dejaban ver, gracias a sus generosos escotes, parte de sus bellos cuerpos y el arte del flirteo era mucho más directo. A pesar de la oposición de sus padres mantuvo una primera relación con un apuesto joven de bellos ojos azules. Gerard, estaba prendado, a su vez, de su cabello moreno y, sobre todo, del moldeado cuerpo que María lucía sobre todo cuando se embutía un ceñido vestido rojo. Sus caderas eran perfectas para la extensión de los brazos de Gerard quien las acariciaba suavemente cuando paseaban por los Champs Elysee. Luego ya en Montmartre, en un ambiente más festivo y libertino, visitaban los cafés y tabernas de todo su entorno departiendo con artistas llegados de distintos países. A María aquello le parecía el paraíso de la libertad y donde su única preocupación era la mirada a su reloj, al objeto de llegar a su casa antes de las ocho. Escondidos en el portal, Gerard endulzaba sus labios con apasionados besos haciendo revolotear su lengua dentro de su boca.

Solo con las miradas que en ese momento de la narración le dirigían a María sus amigas, quedaba implícita la pregunta. Sin embargo María, nunca les desveló ese, para ella, secreto. Como máximo les describió lo bien formado del cuerpo de Gerard, añadiendo algunos detalles que hiciesen volar la imaginación de quien los escuchaba.

Habían establecido un riguroso turno de intervención. Cada día, serían tres de ellas las que comentasen historias del pasado. También habían acordado que, la última media hora, el coloquio se abriría a todas dejando lugar a todo tipo de comentarios en los que, ya sí, podrían interrumpirse en el uso de la palabra. Sin embargo todas coincidieron que María merecía un día entero para ella sola. En bastantes ocasiones, y cada vez con más frecuencia, el camarero que les atendía se colocaba discretamente cercano a ellas. Mostraba tanto interés por las historias de María como cualquiera de las reunidas y, su sonrisa, no era muy diferente a la de los demás.

A todas les extrañó mucho que María llevase más de dos semanas faltando a las reuniones. Es cierto que, en el transcurso de esa media hora de charla libre, había comentado que, quizás, su hija le hiciese acompañar en sus vacaciones aunque, a ninguna de ellas, se lo había confirmado. Las reuniones sin María eran, realmente, aburridas. Puesto que no estaban del todo seguras si se encontraba de viaje o no, decidieron telefonearla. Nadie contestó y es así que supusieron que se encontraba de vacaciones.

Más de un mes después fue la hija de María quien se acercó a la reunión de todas las amigas. Les explicó que no se encontraba bien y que la noticia recibida de los médicos les había pillado totalmente de sorpresa. Lo habían intentado, siguiendo sus consejos, por medio de todo tipo de estímulos. Le hablaban del pasado, le enseñaban las fotografías de los viejos álbumes –casi todas en blanco y negro-, le leían cartas que ella guardaba celosamente en su escritorio pero, nada de eso le había estimulado. Es así que, aunque una locura pareciera, quería que le pudiesen hacer un favor.

Todas las allí reunidas, pasado el primer momento de incredulidad, por supuesto que accedieron a tal petición. ¡Como se iban a negar!. María les había hecho pasar, mediante sus recuerdos, momentos felices. María había rebuscado en su memoria historias de su vida con el mismo empeño en que uno quiere resolver esos juegos de mente llamados sopas de letras. Y, ahora, les tocaba a ellas corresponder con su esfuerzo en ese difícil juego.

La reunión pasó de ser semanal a diaria. La hija de María se encontraba complacida en compartir, durante varias horas, la totalidad de su salón con tal número de personas. De hecho, al escucharlas, quedó arrepentida de no haber asistido ella antes a esas reuniones. ¡Dios mío, cuánto habría aprendido de su madre!. Ahora, quizás ya tarde y después de haberlo intentado todo, esa reunión de contadoras de cuentos e historias reales pudiese ser la solución para luchar en contra del Alzheimer de su madre.

JOSE MANUEL BELTRAN

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La vela de la ilusión

Llevaba ya mucho tiempo esperando y, cada vez que llegaba el día, notaba las mismas sensaciones. Sin darse cuenta había hecho del acto un ritual, debidamente preparado en casi todos los detalles. Para nada le afectaban las variadas condiciones climatológicas pues, al fin y al cabo, la distancia a recorrer no era demasiado larga aún cuando tampoco se pudiera considerar corta. Siempre lo hacía sola, pues eran ya muchos años en su condición de viuda.

En ese espacio de tiempo, mantenía consigo misma una conversación que otros pudieran considerar superficial pero que, a ella, le suponía mantener totalmente encendida la vela de su ilusión. En muchas ocasiones, ella misma se preguntaba si tenía sentido lo que hacía. Nadie podía sospecharlo, pues tampoco era dada a dar excesiva rienda a su expresividad y es que, al fin y al cabo, no salía ningún sonido de su boca.

La conversación se iniciaba, siempre, de la misma forma. A forma de preámbulo, repasaba la lista de los incluidos colocándolos en un orden clasificatorio que, de acuerdo a sus necesidades actuales, había podido ser modificado en relación a la semana anterior.  Lo que no cambiaba era la consiguiente reflexión, muy parecida a la que se realiza cuando, de hinojos, comienzas tu confesión ante un sacristán.  No pedía ningún beneficio para ella. Le recordaba a su interlocutor etéreo todo su pasado, basado fundamentalmente en el trabajo y la familia. Nunca había dicho una palabra más alta que otra y, además de no quejarse, todos los que la buscaban encontraban su mano tendida. Creía que era su obligación y así lo hacía.

Pasada esa presentación previa, se lamentaba de no tener más que ofrecer y, aún cuando insistía en no querer nada para ella, sabía que los demás podrían solucionar en justa medida gran parte de sus problemas. La crisis había hecho demasiada mella en la situación familiar de sus hijos y los nietos, todavía pocos, si bien mantenían cubiertas sus necesidades básicas, sabía que no sería por mucho tiempo.

Nunca obtenía respuesta a pesar de haberse expresado claramente, y era algo que no entendía. Su corazón siempre colocaba mejor las palabras que su garganta, y por ello, insistía una y otra vez. Le resultaba molesto ser pesada, pero lo que ella solicitaba era de total justicia.

Llegó a la misma hora que las innumerables ocasiones anteriores. Le gustaba ser la primera para así encontrar la complicidad necesaria. Al otro lado del cristal, siempre encontraba un saludo esbozado con una cómplice sonrisa. Su respuesta, siempre mesurada, era recíproca aunque de forma mucho más leve. No necesitaban palabras, pues sus miradas lo decían todo. La suya era sincera, limpia y evocaba un poco de tristeza aunada con mucha resignación. Tras abrir lentamente su  monedero y extraer una sola pieza, dobló y guardó cuidadosamente el trozo de papel. Suspiró y volvió a emitir un amago de sonrisa sin necesidad de abrir los labios.

En el transcurso de la semana, ni siquiera de forma tímida, su mente quedó desligada de esas sensaciones. Minutos antes de las diez de la noche del jueves, encendió el televisor. Sobre una libreta de color verde esperanza anotó unos signos que, aún descolocados, ella entendía perfectamente. Con mano temblorosa efectuando un pequeño pliegue en una de las solapas de su monedero, ya abierto, extrajo otro papel que se conservaba con un pliegue intacto. Lo desplegó y contrastando los signos antes anotados en el papel verde esperanza no tuvo más remedio que, al igual que en muchas semanas anteriores, fruncir el ceño y decirse a sí misma “ ¡Bueno, no me ha tocado, pero seguro que la semana que viene si acertaré La Primitiva!.

JOSE MANUEL BELTRAN

P.D.: Me disculpo ante todos vosotros, ciudadanos, por no haber cumplido con la obligación personal adquirida en estas últimas semanas. Mucho trabajo, tensión, fatiga, etc…  que no son disculpas válidas pero sí reales. Agradezco los comentarios ante esta ausencia de algunas de vosotras. Sois unos cielos. Ahh, informaros que en mi visita a los Madriles de hace dos ó tres semanas conocí a nuestro querido Aspective. Disfrutamos de un buen momento en una terrazita en plena Plaza Mayor con excelente acompañamiento. Ciudadano Aspective, eres muy grande (en todos los sentidos, amigo).

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El mensaje misterioso

La escasez de sus recursos económicos, aunque cierto es que también lo eran otros muchos distintos a los pecuniarios, habían dejado su teléfono móvil sin operatividad. Apuró, hasta su extremo inferior máximo, la última botella de güisqui que le quedaba sin contar, por supuesto, las que se apilaban desordenadamente y ya totalmente vacías en el cubo de la basura. Su consciencia, como era por otro lado habitual al final de cada noche de todos los viernes –que más valdría decir, ya sábado-, era insensible a cualquier mínimo acto de normalidad. Sobre la mesa del salón el cenicero rebosaba multitud de colillas, en muchos casos mal apagadas, lo que producía que la habitación despidiese un olor asqueroso para todo aquel que, procedente del exterior, quisiera adentrase en ella. Su estado era tan lamentable que, ni siquiera las dos hileras de polvo blanco alineadas en paralelo sobre la misma mesa del salón, podían ser observadas por él mismo. Se encontraba “ciego”, como en muchas ocasiones le habían recriminado tanto sus amigos como su hermano con quién compartía la vivienda.

Habían pasado ya muchos años en los que había disfrutado de las ventajas de ser un “yuppie”, en lo que a diversiones y alto nivel social se refería. Todo comenzó cuando conoció a Michelle, una acaudalada millonaria de edad ya avanzada que se encaprichó de lo que, entonces, era un bello cuerpo de Adonis. Sin quererlo se convirtió en su “gigoló” particular y es así como conoció mundo, disfrutó de caprichos y lujos y se relacionó con personajes de otro entorno. Sació las fantasías sexuales de Michelle sin importarle a ella que tipo de métodos utilizase y hasta logró convencerla que su disfrute sería mayor si el número de personas intervinientes, de ambos sexos, se ampliase. El resultado fue una continua serie de orgías en las que él quedaba más extenuado que Michelle, sobre todo cuando en el caos sexual –que él buscaba con más ahínco- su relación era con otros hombres.

Ahora, cuando encontraba cierta lucidez en su cabeza –que no sobrevenía nunca antes del martes o miércoles-, se lamentaba de todas aquellas acciones. Convivía con un diagnóstico de SIDA, que no quería del todo reconocer. Ya hacía tiempo que había despilfarrado todos sus ahorros al haber sido despedido del importante cargo –aunque figurativo- en el que Michelle le había instalado en una de las empresas del grupo. No podía ser de otra forma pues Michelle falleció, también de SIDA, hacía cinco años e inmediatamente la única hija heredera de toda su fortuna se deshizo de él sin contemplaciones.

Tardó en darse cuenta que su teléfono móvil había emitido el clásico pitido de recepción de un mensaje. Al cogerlo pudo observar torpemente, pues por su estado le costaba centrar la visión, que había varias llamadas perdidas que procedían de su hermano. Imposible responder pues su compañía ya le había cortado la posibilidad de efectuar más llamadas.  Intentó leer el mensaje y, como en otras muchas ocasiones, maldijo a su hermano. ¡Qué manía con escribir en el dichoso lenguaje de “sms”!. Por mucho que lo intentó no supo descifrarlo así que dejó el teléfono sobre la mesa y dejó que su cuerpo reposara sobre el sofá quedándose dormido.

A la mañana siguiente, la policía tocó el timbre de su puerta. No se anduvieron con rodeos tras la obligatoria presentación.

–          Señor Valdivia, su hermano ha fallecido al despeñarse por un barranco junto con otra persona. ¿Conoce Vd. a Gloria Bertrand?.

–          ¡Por Dios, qué me dice!. Sí, por supuesto que la conozco. Es la hija de Michelle Rhode, pero ¿qué tiene que ver con mi hermano y con su muerte?, inquirió él.

–          Todavía no lo sabemos, señor. Hemos llegado hasta aquí al descifrar el mensaje que anoche le envió su hermano-, le respondió el policía.

–          Si, no pude leerlo. Bueno mejor dicho, no pude entenderlo. Siempre he odiado ese tipo de mensajes que se comen todas las palabras.

–          Bueno señor, le tendremos informado y necesitaremos también de su ayuda. Por favor, le rogamos que mañana pase Vd. por comisaría.

Los policías abandonaron su casa quedándose él totalmente desconcertado. ¿De qué conocía su hermano a Gloria?; ¿Por qué se habían suicidado?; y, sobre todo, ¿Qué decía ese mensaje?.

JOSE MANUEL BELTRAN

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Ribeiro y queso de tetilla

Como de costumbre, minutos antes de las siete de la tarde, se encontraron para tomar unas últimas tazas antes de regresar a casa. Seguían siendo fieles a esa cita a pesar de los muchos años que habían transcurrido desde que abandonaron su niñez. A esa hora la calle Real era transitada, en su ir y venir desde la elegante Plaza de María Pita hasta su fin en calle Nueva, por todo tipo de público. El sonido acompasado de los viandantes, producto del golpeo de los tacones contra el empedrado de la calle, se difuminaba cuando el reloj de la plaza empezó a anunciar por medio de sus campanadas que eran las siete en punto.  Las tazas de ribeiro estaban servidas y, nunca como simple adorno, acompañadas por un buen queso de tetilla especialmente delicado para el paladar de ambos.

Andrés portaba una bolsa grande que contenía el dispendio de sus últimos ahorros. Dos pantalones, un jersey y una cazadora, todos ellos de color oscuro, adquiridos en la aledaña tienda de Zara. Es curioso como la climatología marca normas en el color de nuestras vestimentas y es por ello que, los habitantes del norte suelen vestir prendas de color más oscuro que los del sur.

Después de repasar, de forma breve pues ambos habían leído las crónicas en el periódico, la mala fortuna del Deportivo en el último partido la conversación giró sobre cuestiones más bien intrascendentes. Anxela reposó sus labios sobre la taza de ribeiro de una forma tan sensual que Andrés quiso entenderlo como si de una sugerencia se tratase máxime cuando, en ese mismo instante, entrecruzó sus piernas provocando que su ya menguada falda dejase al descubierto buena parte de sus esbeltos muslos.

–          ¿Sabes?, el otro día leí unas colaboraciones por internet en las que diferentes personas explicaban y rememoraban el momento de su primer beso-

–          ¿ Y eso que tiene de particular?, respondió Andrés.

–          La verdad es que nada. Simplemente sentí curiosidad al denotar las diferencias de sensibilidad, según fuese un hombre o una mujer, quien las narraba. Anxela, repitió de nuevo el mismo gesto al volver a beber de su taza.

–          Quizás, dijo Andrés, es que nosotros seamos más enrevesados, ¡ya me entiendes!, y queramos alardear de todo aquello que, generalmente, no hemos llegado a finalizar y por tanto conseguir-.

La conversación siguió, aportando Anxela multitud de detalles, cada vez más subidos de tono en lo que al primer beso se refería. A Andrés le resultaba difícil la concentración. Anxela, de vez en cuando, se mesaba sus cabellos introduciendo sus finos dedos sobre su larga melena, para deleite y al mismo tiempo excitación de Andrés. Queriendo interpretar que era una forma de seducirle tomó entre sus dedos unos de los trozos de queso sin darse cuenta que, el elegido, formaba parte de la parte final, esa que se asemeja a la tetilla y de ahí su denominación. Ensimismado en Anxela, paseó la pieza por sus labios sin mordisquearla y acercándose a ella le susurró al oído.

–          Andrés, ¿estás de broma?, le respondió Anxela.

–          No, si tú no lo estás. Andrés sorbió totalmente el contenido de su taza y miró fijamente a los ojos de Anxela no sin antes desviar, de nuevo, la vista hacia sus piernas.

–           ¿ Son ya las ocho?, se preguntó a sí misma Anxela mirando su reloj. La señora de la limpieza habrá terminado, sentenció ella. Veamos hasta dónde llega tu broma.

Abonaron la cuenta y salieron juntos en dirección al despacho de Anxela. Efectivamente, se encontraban solos. Solo fue necesario encender la luz de una pequeña lamparita ubicada en una de las esquinas. Desalojaron todo lo innecesario, para ese momento, de la mesa de reuniones y allí mismo dieron rienda suelta a toda su expresividad corporal gozando al máximo de toda su sensualidad.

Anxela y Andrés se conocían desde niños habiendo compartido cursos completos de escolaridad y, posteriormente, en la Universidad de Santiago. Su longeva amistad no había sido impedimento para que cada uno encontrase, por separado, a su respectiva pareja. Anxela tenía un niño de ocho años y Andrés, a pesar de los adelantos médicos, todavía no había compartido fortuna con su mujer para obtener ese fruto.

Eran casi las diez cuando, cada uno por su lado, llegaron a sus hogares. A la mañana siguiente Anxela recibió un mensaje personal en el ordenador de la oficina.

“Gracias por todos estos años de amistad. Quizás debí hacerlo hace mucho más tiempo pero, a buen seguro, como ayer tú relatabas mi memoria no lo recordaría ni tampoco lo disfrutaría como ayer lo hice. Fue nuestro primer y último beso. Andrés”.

Anxela le respondió inmediatamente. “ Hoy, como todos los días, tomaremos nuestras habituales tazas. Te ruego, por favor, dejemos a un lado el queso de tetilla y el agradable recuerdo de ese primer beso. Anxela”.

JOSE MANUEL BELTRAN

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Una íntima conversación

La carta reposaba plácidamente sobre el alféizar de la ventana. No fue necesario extenderse mucho en su lectura pues, después de una necesaria pero breve introducción, lo descrito era absolutamente elocuente. En el fondo era conocedor de la intención de la misma, ya que muchas habían sido las jornadas sobre el mismo tema de conversación, pero aún así el sentimiento de rabia era superior al de la tristeza. De todas formas Julio avisó inmediatamente al notario, en cumplimiento del pacto acordado, y dio gracias a que el descubrimiento de la misiva lo hiciese conjuntamente con la enfermera jefe, pues ambos habían entrado a la habitación al mismo tiempo. A él, consecuencia de las secuelas del accidente, le era imposible realizarlo solo.

Faltaban pocos meses para que se cumpliesen diez años del accidente. Poco recordaba del mismo, dado el alto grado de alcohol que su cuerpo transportaba, salvo que lo fue a la vuelta de la celebración de su fiesta de graduación. La llamada al domicilio familiar, ya una vez en el hospital, tuvo una nueva respuesta trágica. Sus padres, asustados por la noticia, no dieron ninguna importancia al parte meteorológico y emprendieron una marcha, tan rauda como imprudente, hacia el origen de la llamada. Sus cuerpos y parte de su mente llegaron al mismo hospital horas más tarde.

En todos esos diez años, ambos ocuparon la misma habitación. Por su expreso deseo, salvo cuando era necesario para las labores de higiene u otras asistenciales, las camas se encontraban unidas como si del lecho conyugal se tratase. Las lesiones en el cerebro habían cercenado toda comunicación con el exterior, salvo la de emitir lágrimas por sus ya envejecidos ojos así como el movimiento lento y parsimonioso de dos de los dedos de una de las manos, en el caso de él, y solo uno, el meñique, en el de su esposa. Pero los médicos habían comprobado, en ambos casos, que eran capaces de escuchar y comprender todo lo que se les proponía. En consecuencia, eran lúcidos.

Por medio de un sofisticado sistema de pantallas los dedos hábiles manejaban una especie de “ratón” de ordenador por el que se comunicaban con Julio y los doctores. Julio pacientemente, y no por culpa del sistema, aguardaba el tiempo necesario para que los dedos de sus padres completasen las frases que daban paso a su única preocupación. Querían que su hijo, a pesar de las graves secuelas que seguían siendo evidentes para su visión, pudiese rehacer su vida sin que ellos fueran impedimento alguno. Para ello, con la disconformidad total de los doctores y las, al principio y durante mucho tiempo serias dudas de su hijo, era necesaria la aceptación de sus deseos. Todos los informes, incluso los de los galenos especialistas provenientes del extranjero, eran concordantes: la situación de ambos cónyuges era irreversible.

Los padres de Julio se preguntaban ¿por qué esperar más?. ¿Qué clase de vida era la que disfrutaban? Ellos se sentían muertos y querían romper con esa hipócrita mortalidad en vida. ¿Cuándo estaremos más muertos que ahora? Ahora, podemos hablar de la muerte en vida y nosotros, no ustedes doctores, -les suplicaban a ellos, en su continua alocución diaria- ustedes, si eso es posible, podrán hablar de la vida una vez muertos. Si acaso tienen alguna duda de que esto último, por irracional, sea posible, dejen que seamos nosotros los que lo experimentemos .¡Déjennos morir, por favor!.

El notario llegó y, junto a Julio y la enfermera jefe, corroboró la muerte de la pareja así como el contenido de la carta. La policía y el juez instructor no consiguieron pruebas definitivas de cómo se había llegado a ese último extremo. Julio, siempre acompañado de una silla de ruedas y otras asistencias complementarias, rehizo su vida. Nunca podrá expulsar de su corazón el ingrato recuerdo de su graduación pero, todos y cada uno de los días, en la misma pantalla y con el mismo “ratón” de ordenador que ellos usaron, tomándose el mismo tiempo que ellos se tomaban…….. entabla una íntima conversación con sus padres.

JOSE MANUEL BELTRAN

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¿ Acaso esto no es magia ?

La gran mayoría de la clase llevaba varias semanas tremendamente inquieta máxime desde que, la profesora recién llegada al centro, les había anunciado una excursión relacionada con la naturaleza. A pesar de los llantos de los primeros días, pues cada comienzo de curso se asimila más a una tragedia que a una obligación, la relajación en el aula se había conseguido en buen grado consecuencia de la simpatía que emanaba la nueva profesora. Alicia, pues ese era su nombre, trataba a los niños de una forma especial por lo que le resultaba muy fácil ganarse rápidamente su confianza. Había observado que muchos de ellos, y en mayor grado los niños y ya desde tan pequeños, tenían unas normas de convivencia y también de expresividad excesivamente rígidas. Era consciente que había podido entrar en ese centro, catalogado como el de mejor estatus de toda la ciudad, por su excelente historial académico así como por la recomendación expresa de varios miembros de la alta sociedad de la que, parte de su familia, formaba parte.

Las materias impartidas, sin que ella pudiese discutir que no fuesen beneficiosas para la formación de los alumnos, le resultaban demasiado serias para alumnos que, en muchos casos, no depositaban sus pies sobre el suelo cuando de sentarse en un sofá se trataba. El estudio de la música, los idiomas –mínimo tres-, la equitación, el protocolo, la forma de comportarse en una mesa, así como el correcto uso postural y de los cubiertos, el aprendizaje y uso de las nuevas tecnologías, unido a un continuo uso de los apellidos cuando de dirigirse a alguien se trataba –por supuesto anteponiendo el señor o señorita- haría de estos niños, con el tiempo, unos miembros más consolidados de esa clase alta a la que ya pertenecían.

¡Por fin!, llegó el día tan esperado de la excursión. El autobús se encontraba preparado para la marcha. Diligentemente, todos y cada uno de los viajeros tomaron ocupación de su asiento, ya previamente asignado y Alicia, tras el recuento obligatorio previo, dio al conductor la orden de partida. De cara a la dirección del centro el destino programado era el Museo de Ciencias Naturales pero Alicia tenía otros planes, que no desveló a nadie salvo al conductor a quién ya previamente había advertido, en total complicidad, del destino final.

Días antes, y de su propio peculio, había efectuado la compra de un total de quince camisetas, pantalones cortos, calcetines y zapatillas más apropiadas para el lugar a dónde se encaminarían. Los alumnos creyeron que se trataba de otro de los divertidos e innovadores juegos con los que Alicia les tenía acostumbrados. Dentro del mismo autobús ordenó primero que las niñas ocupasen los últimos asientos del mismo, dejando una separación de más de cinco filas con el que ocupaban los niños. Desplegó una sábana, también adquirida por ella misma, que evitaba la visión entre ambos ambientes. Y así es como, primero las niñas y después los niños, utilizando el mismo método cambiaron totalmente su vestimenta.

El autobús, bajo una atmósfera más acorde con la edad de sus componentes, hizo su entrada en el lugar pactado por Alicia notándose ya que el piso asfaltado por el que antes transitaba había modificado su aspecto por el de la tierra y la hierba. Aún cuando, en un principio, los niños parecían un poco asustados Alicia les reconfortó con unas suaves palabras. Les propuso disfrutar al máximo de esta aventura y compartirla con otro grupo de jóvenes que, en iguales circunstancias de vestimenta, habían llegado minutos antes.

La jornada, por intensa de emociones y vivencias, fue larga. Las caras de felicidad, nada habituales en un regreso que se asimilan más al cansancio, eran ilustrativas de que el objetivo que Alicia se había impuesto en total complicidad con el conductor había dado sus frutos. Sabía que un buen número de padres y madres estarían esperándoles a la llegada al centro, pues ese detalle había sido especialmente solicitado por ella. El autobús llegó con puntualidad. Al bajar del mismo, todavía con la misma vestimenta que habían utilizado en su destino, las caras de sorpresa de los familiares iba en aumento. Alicia ordenó a los niños que formaran un semicírculo para que cualquiera de ellos pudiera responder a las preguntas que, a buen seguro, les efectuarían sus padres. Efectivamente así fue y, como era de esperar, la pregunta fue unánime:

–          ¿Pero hijos, de dónde venís?.

Sin que nada de ello estuviese pactado, Alicia se mostró más que satisfecha con la respuesta que, al igual que la pregunta, también fue unánime.

–          Papá, mamá. Hemos visto y ayudado a nacer a un cordero; hemos ordeñado a una vaca cuyo líquido hemos bebido y estaba mucho más rico que la leche; hemos cogido unos huevos de unas gallinas que después nos hemos comido de forma diferente a como lo habíamos hecho antes; hemos visto también pollos que se movían continuamente y que eran distintos a los de Mc.Donald; hemos extraído espárragos de la tierra….. y así sucesivamente.

Pero la respuesta que más le agradó a Alicia fue la de Inés, pues siendo la misma que la de sus compañeros, solo tenía una frase añadida: Papá, mamá, yo hoy he visto MAGIA.

JOSE MANUEL BELTRAN.

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