Recuerdos imborrables

Echada la vista atrás bien podía decirse que María había experimentado experiencias que no todas las mujeres de su edad podían contar. Cada tarde, desde hacía ya más de veinte años, la reunión de amigas alrededor de unas tazas de café con leche proporcionaba relatos, algunos de ellos todavía novedosos, que en determinados casos producía tal tristeza entre las asistentes como si de verdad en ese momento estuviesen reviviendo lo ya acontecido.

Sin embargo, cuando María tomaba la palabra, todas las asistentes omitían realizar interrupciones a lo por ella contado –cuestión que no sucedía con ninguna de las demás- quedando absortas no solo por el contenido sino por la manera en que María contaba las historias. Tan solo un par de ellas, las más jóvenes, y a quienes cariñosamente el resto se referían a ellas como “las niñas” habían nacido después de la guerra civil. El resto habían vivido la tragedia en primera persona desde distintos lugares y por ello, desde diferentes puntos de vista, según la zona estuviese controlada por los denominados “nacionales” o por los republicanos.

Las trincheras, el estruendoso sonido de las bombas, el silbido de una bala perdida que provocaba otra irreparable pérdida: la de una vida; el hambre, el miedo y la angustia, por desconfianza, de saber si cualquier comentario tuyo podría ser escuchado por oídos ajenos que, posteriormente, te delatarían. La escasez de noticias de tus propios familiares, abandonados a su propia suerte en el otro bando. Las noticias, que por esperadas, son nunca deseadas. El hurto, el pillaje y el engaño necesario para la subsistencia. En todos esos parámetros eran coincidentes los relatos de la mayoría de las mujeres allí reunidas, salvo los de María. Por eso, cuando ella empezaba a hablar, las demás le prestaban tal atención que ni siquiera las magdalenas que acompañaban a los cafés se veían parcialmente mutiladas con mordisco alguno.

Les contó que ella logró traspasar, junto con sus padres, la frontera hacia Francia. Los inicios en un país extraño y ya no solo por su lengua, para ella desconocida, fueron muy difíciles. Sin embargo pronto se dio cuenta que allí empezaba a descubrir un estilo de vida nada encorsetado, en cuanto a tradicionales costumbres. Observaba como los jóvenes, y los no tantos, se besaban en las calles a la vista de todos. Los vestidos de las mujeres dejaban ver, gracias a sus generosos escotes, parte de sus bellos cuerpos y el arte del flirteo era mucho más directo. A pesar de la oposición de sus padres mantuvo una primera relación con un apuesto joven de bellos ojos azules. Gerard, estaba prendado, a su vez, de su cabello moreno y, sobre todo, del moldeado cuerpo que María lucía sobre todo cuando se embutía un ceñido vestido rojo. Sus caderas eran perfectas para la extensión de los brazos de Gerard quien las acariciaba suavemente cuando paseaban por los Champs Elysee. Luego ya en Montmartre, en un ambiente más festivo y libertino, visitaban los cafés y tabernas de todo su entorno departiendo con artistas llegados de distintos países. A María aquello le parecía el paraíso de la libertad y donde su única preocupación era la mirada a su reloj, al objeto de llegar a su casa antes de las ocho. Escondidos en el portal, Gerard endulzaba sus labios con apasionados besos haciendo revolotear su lengua dentro de su boca.

Solo con las miradas que en ese momento de la narración le dirigían a María sus amigas, quedaba implícita la pregunta. Sin embargo María, nunca les desveló ese, para ella, secreto. Como máximo les describió lo bien formado del cuerpo de Gerard, añadiendo algunos detalles que hiciesen volar la imaginación de quien los escuchaba.

Habían establecido un riguroso turno de intervención. Cada día, serían tres de ellas las que comentasen historias del pasado. También habían acordado que, la última media hora, el coloquio se abriría a todas dejando lugar a todo tipo de comentarios en los que, ya sí, podrían interrumpirse en el uso de la palabra. Sin embargo todas coincidieron que María merecía un día entero para ella sola. En bastantes ocasiones, y cada vez con más frecuencia, el camarero que les atendía se colocaba discretamente cercano a ellas. Mostraba tanto interés por las historias de María como cualquiera de las reunidas y, su sonrisa, no era muy diferente a la de los demás.

A todas les extrañó mucho que María llevase más de dos semanas faltando a las reuniones. Es cierto que, en el transcurso de esa media hora de charla libre, había comentado que, quizás, su hija le hiciese acompañar en sus vacaciones aunque, a ninguna de ellas, se lo había confirmado. Las reuniones sin María eran, realmente, aburridas. Puesto que no estaban del todo seguras si se encontraba de viaje o no, decidieron telefonearla. Nadie contestó y es así que supusieron que se encontraba de vacaciones.

Más de un mes después fue la hija de María quien se acercó a la reunión de todas las amigas. Les explicó que no se encontraba bien y que la noticia recibida de los médicos les había pillado totalmente de sorpresa. Lo habían intentado, siguiendo sus consejos, por medio de todo tipo de estímulos. Le hablaban del pasado, le enseñaban las fotografías de los viejos álbumes –casi todas en blanco y negro-, le leían cartas que ella guardaba celosamente en su escritorio pero, nada de eso le había estimulado. Es así que, aunque una locura pareciera, quería que le pudiesen hacer un favor.

Todas las allí reunidas, pasado el primer momento de incredulidad, por supuesto que accedieron a tal petición. ¡Como se iban a negar!. María les había hecho pasar, mediante sus recuerdos, momentos felices. María había rebuscado en su memoria historias de su vida con el mismo empeño en que uno quiere resolver esos juegos de mente llamados sopas de letras. Y, ahora, les tocaba a ellas corresponder con su esfuerzo en ese difícil juego.

La reunión pasó de ser semanal a diaria. La hija de María se encontraba complacida en compartir, durante varias horas, la totalidad de su salón con tal número de personas. De hecho, al escucharlas, quedó arrepentida de no haber asistido ella antes a esas reuniones. ¡Dios mío, cuánto habría aprendido de su madre!. Ahora, quizás ya tarde y después de haberlo intentado todo, esa reunión de contadoras de cuentos e historias reales pudiese ser la solución para luchar en contra del Alzheimer de su madre.

JOSE MANUEL BELTRAN

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6 comentarios

Archivado bajo José Manuel Beltrán

6 Respuestas a “Recuerdos imborrables

  1. Beltrán… no te imaginas cuánto me ha gustado… Realmente he disfrutado mucho… Es como si tú fueses María y yo una de sus amigas, embelesada, mientras ella contaba sus historias…

    Me ha parecido magnífico este post…
    De lo mejor.

    Gracias por compartir tanto talento.

    Un besazo muy grande!!!

  2. Podría pasar horas y horas escy

    Estupendo y emotivo relato. Sin duda alguna nuestros mayores pueden aportarnos tanta sabiduría por ellos recopilada que nunca deberíamos dejarlos de lado. Nuestros padres y abuelos tienen mucho que contar, escuchémosles antes que sea demasiado tarde.
    Besitos ciudadano responsable

  3. ¡Vaya, si que sois rápidas comentando!. Es un honor y un placer.

    Hola compi Sonvak,
    Muchas gracias por tus palabras. Si, por lo que dices, te involucras en el relato eso… para quien escribe es ya satisfactorio. Un besazo, como siempre, ciudadana.

    Hola Nuria,

    Esta vez se te ha adelantado Sonia ehhh… haber si prestas más atención a lo que escribo jajaja
    Me parecen acertadísimas tus palabras, que suiscribo totalmente. Nuestros mayores lo merecen todo pues ellos son la fuente de nuestra sabiduría.
    Tenía en mi cabeza tal sopa de ideas que no sabía como enlazar mi reflexión con la frase sugerida… bueno, por lo menos lo he intentado…
    Un besazo, ciudadana compañera.

  4. Pingback: Bitacoras.com

  5. Obsi

    Hola, tarde pero yo tampoco falto a mi cita semanal.
    Precioso relato y tremendo tema.
    A mi la memoria me parece casi tan importante o más que la salud del cuerpo. Es libre y es de cada uno y creo que cuando uno envejece es una de las cosas que hace querer estar vivo.
    Açun recuerdo a mi bisabuela contándome historias de la guerra y de mi bisabuelo.
    Un abrazo!

  6. Hola Obsi,

    Preciosa frase, la tuya: “.. cuando uno envejece, la memoria es una de las cosas que te hace querer estar vivo.”.
    Estoy totalmente de acuerdo contigo. De hecho, esas historias contadas por nuestros mayores (en muchas ocasiones hasta repetidas) lo son, por su repetición, como prueba de falta de memoria. Esa falta no es importante; la otra, la de la pérdida de la historia si que es un drama.
    Muchas gracias por tu comentario. Un besazo, ciudadana.

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