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Doce hombres sin piedad

Tras ejercer un golpe en la mesa con el martillo de madera, el juez Dickson pronunció la, para él, repetitiva frase: “Visto para sentencia”. Acompañados por el alguacil, todos los miembros del jurado se adentraron en una pequeña sala que, una vez traspasada por su último componente, inmediatamente quedó cerrada. Una larga mesa, con cinco sillas apostadas en cada uno de sus laterales más otras dos en ambas cabeceras, se encontraba ya predispuesta con el mismo número de cuadernos. Como si fuese una predicción sobre la dificultad de la decisión a tomar, los cuadernos se hallaban acompañados de unos simples lapiceros que incluían, en su parte superior, una pequeña goma de borrar. En uno de los extremos de la habitación la única puerta de la sala, excepto por la que se habían adentrado a la misma, conducía a un pequeño cuarto de baño totalmente equipado aunque, en el lugar de la bañera se había optado por ubicar una simple ducha. Una ventana que, nada más traspasar el alféizar, curiosamente estaba enrejada. Era la única salida hacia el exterior, si por exterior pudiera considerarse el patio interior del edificio que allí se mostraba. A su izquierda, vistiendo uno de los rincones de la habitación, un mueble aparador daba cobijo a dos cafeteras así como al resto del servicio suficiente para su elaboración y degustación.

La primera decisión que tuvieron que tomar era la de nombrar presidente del jurado. Aunque simple, empezaron las primeras discusiones acerca de si debía ser una votación secreta o no. Después, si tenían que escribir el nombre de cada uno de ellos en las papeletas o simplemente un número, ya previamente asignado en función de su orden de colocación en la mesa. Y la tercera, sin que todavía las dos anteriores hubiesen sido resueltas, lo fue consecuencia del absurdo acaloramiento de las intrascendentes decisiones. Así es como, el número 6, sacó un pitillo que no logró encender ante la protesta del número 10. Decidieron, esta vez por simple y escasa mayoría, y a cara descubierta, que se podría fumar. Quizá fuese el efecto placebo del ya consistente humo que pululaba en la habitación pero, cierto es, que encontraron rápidamente solución a los anteriores dilemas y, es así que, las papeletas reflejaron que el número 3 fuese nombrado presidente.

El brutal asesinato de Jimmy, un pequeño de tan solo seis años y que previamente sufrió violación sexual, había escandalizado a buena parte de la opinión pública. Desde el primer instante las sospechas apuntaron a Tobías Hindle, un grandullón de raza negra que no había desarrollado sus facultades en relación a su edad. Sin embargo Tobías, nunca había hecho mal a nadie. Es verdad que se le veía muy a menudo, en el parque, cerca de los niños; jugaba con ellos no solo por mera distracción sino, más bien, porque él era un niño embutido en un cuerpo grande. Las madres de los pequeños lo apreciaban y, en esa continua vigilancia que se efectúa al mismo tiempo que departes con las amigas sentada en uno de los bancos del parque, observaban como Tobías ayudaba a los pequeños a deslizarse por el tobogán, único sitio en el que él, por su gran cuerpo, no podía utilizar.

Aquella tarde Tobías decidió acercarse al parque Larrigton. Tan solo debía atravesar la avenida Stanford y allí aparecía a su vista el mejor parque de la ciudad. Frondosos árboles salteados en una inmensa pradera verde, con césped bien cuidado. En su centro, un pequeño lago en el que plácidamente se deslizaban por sus aguas unos bellos cisnes blancos acompañados por un buen número de patos de diferentes plumajes. Se encaminó al lugar de juego de los más pequeños para, también él, disfrutar en su compañía de los columpios y toboganes. Sin embargo, la inmediata respuesta de las madres allí congregadas una vez se dieron cuenta que Tobías jugaba con los niños, fue elocuente. Había traspasado el límite de lo permitido. La avenida Stanford era la línea que dividía la ciudad según el color de la piel de sus ocupantes. Tobías no era bienvenido allí y, aún cuando el pequeño Jimmy insistía tirando de la mano de Tobías para que continuara el juego con él, debió de marcharse raudo ante la súbita aparición de un pequeño revólver sacado de uno de los bolsos de una madre.

A la mañana siguiente la noticia sobre la violación y asesinato de Jimmy produjo la inmediata detención de Tobías por la policía. Tanto es así que, suerte tuvo Tobías que el primero en llegar fuese el jefe de policía pues, pocos minutos más tarde, un buen gentío rodeaba la casa de Tobías apreciándose claramente como, en su mayoría, iban fuertemente armados.

La reunión no se hizo esperar. Alrededor de una hoguera los pitillos se consumían al mismo ritmo que las brasas siendo así que hasta difícil se hacía diferenciar el humo del tabaco del producido por la propia leña. Las túnicas blancas que envolvían los cuerpos de los asistentes fueron recompuestas añadiendo a las mismas un estilizado capirote blanco. Entre la maraña de gente surgió el definitivo grito de guerra: “Justicia para Jimmy”. El todopoderoso Ku Klux Klan había hecho acto de presencia y Tobías había sido el elegido.

( Continuará…. )

JOSE MANUEL BELTRAN

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Nada valgo sin mis celos

– No me encuentro bien, me siento presionado en este sin vivir.

– ¿Por qué?

– No lo sé, pero no puedo más. Cuando estoy muy cerca me quedo pegado a ella y me cuesta mucho despegarme.

– ¿Y es malo?

– Al principio pensaba que no, pero nada más pensar que…

– ¿Qué? ¿qué? ¡qué!

– Que si no estoy junto a ella puede venir alguien más.

– ¿Inseguridad?

– No, no, es algo físico.

– ¿Fisiológico?

– No, no, físico.

– ¿No hay nada que te alivie?

– No. Me reconcome por dentro. Cuando me alejo un poco de ella todo cambia, no es lo mismo.

– ¿Qué cambia?

– No puedo volver a estar junto a ella tan cerca como antes. Me siento despegado de ella.

– ¿Y te pasa mucho?

– Desde que tengo uso.

– ¿Y mejora con el tiempo?

– Me temo que no.

– ¡Celos, celos y más celos! ¡siempre igual! volved a vuestra cola, estáis en la de pegamento de cola.

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Caso resuelto

Había pasado ya más de una semana y Tarragüell esperaba, cada vez más impaciente, la llegada del correo de manos de quien, a buen seguro, no podía equivocarse. Andrés, el cartero, llevaba destinado en el barrio mucho tiempo tanto que el Ayuntamiento había sustituido ya dos veces las farolas de alumbrado por otras que, aunque más modernas, no eran del total agrado de los vecinos. Hoy, martes y trece, consecuencia del dicho popular lo único que deseaba es que Andrés no tuviese a bien, como era su costumbre, llamar personalmente al timbre de su puerta para anunciarle la llegada del correo. Sin embargo, su premonición no se hizo realidad.

–          ¡Aquí está!, Luisito, la carta que esperabas.  Después de tantos años, Andrés seguía llamándole por el diminutivo de su nombre de pila, siempre de forma cariñosa.

–          ¡Hostias, hoy no!, exclamó Tarragüell sin que tal improperio llegase a los oídos de Andrés.

–          ¡Venga, ábrela!, o es que después de tantos años no voy a compartir este momento contigo.

–          Andrés, estoy muy nervioso, quizás no me hayan admitido.

A Tarragüell le temblaban tanto las manos que no era capaz de introducir ni uno solo de los dedos en la solapa del sobre para proceder a su apertura pero, al fin, lo logró. La misiva era elocuente: “Nos complace comunicarle su admisión en el Centro Superior de Investigaciones Científicas –Sección de Investigaciones Especiales-, dado el excelente expediente aportado”.

Más de ochenta complicados casos resultaron totalmente cerrados, por resueltos, en los dos años y medio en los que Tarragüell estuvo destinado, como inspector, en la Comisaría Central. Allí, también hay que decirlo, junto a un extraordinario equipo Tarragüell dejó en suspenso, pues los casos no resueltos siempre quedan en este apartado que nunca olvidados, tres carpetas marcadas con los nombres de las víctimas. Los cadáveres, a simple vista, no ofrecían peculiaridades externas llamativas. Sin embargo, las distintas autopsias mostraban diferentes órganos vitales extraordinariamente dañados por unas razones nunca acordes a la edad de las víctimas ni a compuestos hasta ahora conocidos. Los forenses, en sus dictámenes finales, no lograron concretar las consecuencias de tales daños y ese era uno de los motivos por el que los casos quedaban en suspenso.

Por ser uno de los últimos en llegar, Tarragüell no pudo elegir su periodo de vacaciones hasta el mes de Diciembre, máxime cuando él no contaba con hijos en edad escolar que le hubiese permitido disfrutar sus días de descanso en los meses veraniegos. La verdad es que no le importó mucho. Desde hacía bastante tiempo le venía rondando en la cabeza unas relajantes vacaciones en el Caribe. Deleitarse con la visión de un mar endiabladamente azul, en contraste con la blanca y fina arena de sus playas debía ser, según le habían comentado ya otros compañeros que disfrutaron de su viaje de novios, una delicia no solo para el cuerpo sino para la vista, en función de la agradable presencia femenina que pudiera encontrarse.  Así que, dicho y hecho, tan solo una semana después recibía la llamada de la agencia de viajes para que retirase los billetes de avión y toda la documentación del hotel de lujo en la República Dominicana.

Graziela no paraba de hacerle arrumacos sin que le importasen las miradas ajenas. Su imponente cuerpo y su elegante andar obligaban, por mucho que molestase a las recientes novias, hacer girar la cabeza a los también recientes maridos. Tarragüel, ávido de nuevas sensaciones, había entablado relación con Graziela tan solo pasados dos días de su llegada. Era una chica, a la vez que bella, humilde y con una gran sensibilidad. Se conocieron en la playa, en su día de descanso, pues Graziela trabajaba en el hotel contiguo a dónde se hospedaba Tarragüel. Y, aunque ella no se lo puso nada fácil, habían disfrutado ya de momentos íntimos al igual que la mayoría de las parejas que allí se hospedaban.

La noche de Navidad, Graziela quiso invitar a Tarragüell a cenar en casa de su familia. A pesar de las primeras reticencias, Tarragüell aceptó denotando una extrema alegría en Graziela. Los familiares le recibieron como a un hijo más y Graziela no paraba de tener detalles cariñosos con él, tan propios como los de cualquier pareja. Avanzada la noche, y después de dar buena cuenta de los manjares de la cena, comenzó la fiesta caribeña dónde el ron y todo tipo de bebidas fluían por doquier. Tarragüell, al igual que muchos, bebió más de lo necesario o, lo suficiente para que su boca no pudiera quedar cerrada, pues solo sabía hablar y hablar. Fue en una de esas incomprensibles frases, producto ya de su avanzado estado, cuando delante de toda la familia se abalanzó sobre Graziela y, levantándola en sus brazos, le solicitó que se casase con él a lo que el resto de la familia aplaudió fervorosamente. Graziela le otorgó el sí antes de besarle ardientemente.

El día antes de su regreso a España, establecido para el 29 de Diciembre, Graziela y Tarragüell mantuvieron una fuerte discusión. Ella quería que hiciesen el viaje de regreso juntos y Tarragüell se negaba. Graziela se sentía, más que disgustada, ofendida pues cuando le recordaba a Tarragüell su compromiso éste le contestaba que eso lo había dicho por el efecto de la bebida, aún cuando los días pasados juntos habían sido inolvidables. De regreso a su casa, y una vez que la abuela de Graziela tuvo conocimiento de las intenciones de Tarragüell, no se efectuó ningún comentario más por parte de la familia pues todos habían observado que la abuela, después de decirle al oído de Graziela unas frases, depositaba en su mano un pequeño objeto.

Pasadas las fiestas de los Reyes, Tarragüell se incorporó a su puesto de trabajo si bien se disculpó con sus jefes dado que, desde hacía días, soportaba unos inmensos dolores de cabeza a la vez que sentía dolores agudos en su brazo izquierdo. Por insistencia de sus compañeros al final dio su conformidad para que el doctor del centro le realizase un examen, sin que éste llegase a su final pues lo que estaba sufriendo era un fuerte ataque al corazón por lo que, rápidamente, fue trasladado al hospital. Tras más de una semana de hospitalización en la que su vida pendió de un hilo, los médicos le dieron el alta no para trabajar sino para continuar con el reposo en su domicilio.

Como todos los jueves de cada semana la asistenta hizo entrada en el apartamento de Tarragüell. Solo necesitó un vistazo para darse cuenta que tenía más trabajo del acostumbrado. Las maletas del viaje todavía se encontraban sin deshacer y, tras preguntar a Taragüell como se encontraba, se predispuso a introducir la ropa sucia en la lavadora. Al desplegar, para plancharla, la única americana que se había llevado de viaje, pues Tarragüell no se fiaba en demasía de las lavanderías, notó que la plancha efectuaba un pequeño tropezón a la altura del bolsillo superior. Introdujo sus dedos y sacó un objeto que, por cuyo gesto, no era de su agrado. Una vez que se lo enseñó a Tarragüell sintió como, de nuevo. el dolor de cabeza y de brazo aumentaba de intensidad creyendo entender ya no solo su por qué sino el de algunos otros.

No perdieron tiempo con los saludos. Ramírez y Ortuño, inspectores de la Comisaría Central, se presentaron en casa de Tarragüell con los expedientes que éste les había solicitado. Tarragüell, abriendo todas y cada una de las carpetas, fue directo a la información que le interesaba. Todas las víctimas contaban con un nexo común: un viaje, días previos a su muerte, a la república Dominicana. Tan sólo faltaba el remate final y es por eso por lo que les urgió que regresasen de nuevo a comisaría para coger todas las bolsas que contenían las pruebas de la investigación de los tres casos. Pasados pocos minutos, el contenido de las bolsas estaba a la vista de los tres inspectores.

– ¿Lo veis?, inquirió Tarragüell.

Fue Ortuño el primero que reaccionó, aunque por los gestos Ramírez también coincidía con su compañero.

–          ¡No me jodas!, Tarragüell. Eso no se lo cree nadie. Me parece increíble que tú, ahora y a estas alturas, creas en estas leyendas urbanas.

Tarragüell, con sumo cuidado, tomó en su mano los cuatro objetos incluido el suyo. Fue en ese momento cuando sintió un gran pinchazo en su corazón al igual que si fuese atravesado por una lanza, cayendo desplomado al suelo.

–          ¡ Ortuño!, avisa a una ambulancia. Déjalo, no hay nada que hacer. Está muerto.

–          Pero, ¿cómo puede ser esto?, si se encontraba más o menos bien, respondió Ortuño.

–          ¡Y yo que sé!, pero ni se te ocurra tocar esos jodidos muñequitos que, encima, tienen atravesados alfileres por todo el cuerpo.

JOSE MANUEL BELTRAN.

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Te quiero, hermanito.

Se lo decía bajito, con cariño, susurrándole suavemente al oído mientras con su mano le acariciaba los cabellos. Él estaba en un duermevela, en coma lo habían llamado los médicos, del que no sabía si podría despertar. “No es fácil, en casos como este, predecir cómo va a evolucionar”, habían dicho. “Va a depender, en gran parte, de sus ganas de vivir”.

 

Sus ganas de vivir… ¿Cómo se pueden medir las ganas de vivir de alguien? Miró a su hermano postrado en una cama de hospital, desecho por dentro, consumido por la enfermedad, con llagas abriéndose por doquier,  sucio, con una melena grasienta y descuidada, uñas roídas, rotas y ennegrecidas  y el color de quien ha pasado demasiado tiempo a la intemperie. Sin embargo ella lo vio tan guapo y alegre como su recuerdo le permitía.

 

“Te quiero, hermanito”

 

Antes no fue así. Antes de conocer a Sonia, no era así. La historia, reflexionó, era casi vulgar. Estaba cantada. Conoció a Sonia y se enamoró de ella. Locamente. Pero no era la mujer adecuada y eso estaba claro. Claro para todos, menos para él, que cada día se levantaba, andaba, respiraba sólo pensando en ella. Pero ella se fue, la historia terminó y, como todos habían predicho, mal. Se quedó sólo, se hundió en su interior y no pudimos o supimos sacarle de ahí. “Te quiero hermanito, perdóname si te fallé, si no supe anclarte al mundo, elevar tu ánimo, calmar tu doliente corazón, perdóname”. Poco a poco él cayó en una negra depresión, en un pozo cada vez más profundo, habitado únicamente por ataques de pánico, manías y obsesiones enfermizas. Perdió el trabajo, dejó de atender las llamadas de sus amigos, se encerró en casa, en la cama, en sí mismo, hasta que un día  desapareció. No dejó recado, ni notas, ni se despidió, simplemente se fue sin un adiós. Por supuesto le buscamos, denunciamos su ausencia, pusimos anuncios y pasquines y recibimos llamadas de bienintencionados que creían haberle visto. Incluso llegamos a la TV a un programa de esos en los que vomitas las tripas a cambio de conseguir que su foto saliera en pantalla. Pero fue inútil. Sencillamente, no estaba.

 

Habían trascurrido cuatro años, cuatro largos años sin noticias, hasta recibvn046ir la llamada de la policía en la que nos informaron de que le habían encontrado tirado, medio muerto, en una calle cualquiera, cerca de un barrio marginal conocido por el trapicheo que allí se daba. Nos comunicaron a qué centro médico de la ciudad le habían trasladado y el diagnóstico fue demoledor: “Tiene el VIH, ha desarrollado la enfermedad y está destrozado interiormente. Se ha debido meter de todo. Además, tiene hepatitis y…” La retahíla era larga, sobrecogedora.

 

Ella le miraba con los ojos húmedos mientras le seguía acariciando con ternura y hablándole al oído. Quería que recordara, que regresara con ella, que volviera a ser, como siempre, su hermano mayor. Aquel que desde que ella tenía memoria la acompañaba cada día al colegio, agarrados de la mano. El que cada vez que alguien se metía con ella, le tiraba de las coletas, o se burlaba de cualquier cosa, se erigía en su paladín y con su presencia o con sus puños, conseguía que las cosas volvieran a su sitio. Su hermano mayor, que se la llevaba a su cuarto y la distraía con juegos y tonterías cuando sus padres decidían dirimir sus diferencias a gritos e insultos. El que la fue a recoger a la salida de sus primeras fiestas. El genio en matemáticas que conseguía que dejara de odiar a Pitágoras y Gauss. El hermano que le ayudaba con las tediosas láminas de dibujo técnico que ella no tenía paciencia para acabar. El que le prestó su hombro y engujó sus primeras lágrimas cuando llegaron los juegos de amor adolescentes. Aquel del que todas sus amigas estaban enamoradas porque era alto, guapo, inteligente y tenía la sonrisa, esa media sonrisa, que las dejaba embobadas.

 

Te quiero, hermanito. Pero no te vayas. Te he echado mucho de menos: tus palabras, tus sonrisas, tus consejos, tus miradas cómplices. Todo lo que me has enseñado y me has querido. Siempre un puerto seguro, un refugio cálido frente a un mundo cada vez más hostil. No te vayas, quédate conmigo, por favor. ¿Qué voy a hacer sin ti?

P – Montse – Activo

 

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Definitivamente soy gay

Soy un hombre. Sí. Un hombre hecho y derecho. De los de pelo en pecho y feo como el oso del refrán. Estoy casado. Llevo casado casi quince años y tengo la parejita. Dos hijos maravillosos que han salido listos, guapos como su madre, obedientes, estudiosos…

Mi mujer es, no sé como explicároslo, simplemente perfecta. Es una mujer amable, inteligente, trabajadora, dulce, alegre, una madre maravillosa. Es guapísima y tiene un estilazo impresionante. A sus “taitantos” sigue haciendo que los hombres se vuelvan con descaro para seguirla con la vista. Ambos somos eso que se llama profesionales de éxito. A pesar de la crisis los dos tenemos un buen trabajo, reconocido y bastante bien remunerado.

La verdad es que he tenido mucha suerte en esta vida. Todo me ha salido como lo hubiese planeado cuando era joven, si me hubiera detenido siquiera un instante a pensarlo. Pero en aquella época pararse, aunque fuese a pensar, era algo que no hacíamos. Todo era terriblemente emocionante, con tanto cambio, y sucedía tan rápido que con vivirlo era suficiente. Si lo hubiese hecho, si me hubiera detenido a pensar, tal vez, sólo tal vez, me hubiese dado cuenta. Y ahora no tendría este dilema.

Porque me he enamorado. A pesar de mi mujer, mis hijos, mi trabajo, de mi vida perfecta, de manual, me he enamorado. Puede, ojalá, que sea la crisis de los cuarenta que, dicen, te asalta y te trastoca las neuronas y hace que te comportes como si fueras otra persona. Puede ser. Tengo amigos que se han liado con sus secretarias, diez años más jóvenes que sus mujeres y has puesto sus vidas patas arriba. A alguno le ha dado por el gimnasio, la moto supermegaguay y los trajes de firma. Y otros, simplemente, se han deprimido. Pero yo me he enamorado.

Y quiero a mi mujer, lo juro. Y por nada del mundo querría hacerle daño. Ni a ella ni a los niños. Pero me he enamorado hasta las trancas. Y lo que me resulta incomprensible, lo que me extraña, lo que no me cabe en la cabeza es que haya sido de Jorge. Un compañero de trabajo. ¡Estoy enamorado de un hombre! ¡Yo! No sé cómo ha sucedido, no sé cómo ha podido suceder. Pero es así.

Me di cuenta hace poco. Desde hace una temporada llevábamos conjuntamente un proyecto y compartíamos mucho tiempo de trabajo. Jorge es agradable, joven, guapo si me atrevo a decirlo, y me encontraba a gusto en su compañía. Pensé que éramos dos compañeros que se entendían bien y que hacíamos un buen equipo. Se trabajaba bien con él. La otra tarde salimos más tarde de lo normal porque teníamos que hacer una presentación del estado del proyecto y resultó muy bien. Hubo felicitaciones y decidimos irnos a tomar una copa para celebrarlo y hablar de la continuidad del mismo. Y allí, en la barra del bar, mientras charlábamos me encontré mirando su boca. No recuerdo de qué hablábamos, únicamente sé que su voz sonaba armoniosa, cálida y profunda, que sus labios eran rojos, brillantes y sentí que me apetecía besarle. Me excitó esa ide2 hombresa y noté como comenzaba una erección y mi miembro se endurecía. Apurado, crucé rápidamente las piernas, pero mi mente seguía su propio rumbo y mientras él seguía hablando de algo y yo intentando responder de forma coherente con monosílabos, no podía dejar de imaginarnos juntos, desnudos, sudorosos los cuerpos, enlazados en un abrazo mientras nuestros penes se tocaban excitados y nuestras lenguas recorrían las bocas con ansia. Las manos no encontraban reposo tocando, acariciando, reconociendo cada rincón del otro.

De repente, turbado y casi jadeando, volví de mi ensoñación y la realidad me aterró. Estaba tomando una copa con Jorge y yo…

Puse una excusa creíble y rápidamente regresé a mi casa. Aquella noche le hice el amor a mi mujer. Con furia, casi con sadismo. No sé si estaba intentando demostrarme que todo era normal o estaba excitado recordando lo imaginado esa tarde. Porque no lograba quitármelo de la cabeza. Al final, cuando ella se durmió, lloré.

Los días siguientes en el trabajo fueron difíciles. Me encontraba muy incómodo en su presencia, a la par que caliente, como un quinceañero que empieza a acariciar los tersos pechos de su primera chica. Durante esas fechas tuve que ir al los baños varias veces. A masturbarme pensando en Jorge; en los dos haciendo el amor. Lo imaginaba y lo sentía dentro de mí, deslizándose su pene, gozosa y dolorosamente, en mi interior mientras me abrazaba con pasión. Esa montaña rusa de sentimientos y sensaciones no cesa y me va agotando día a día.

Y aquí estoy. Tengo que aceptarlo. ¿Tengo que aceptarlo? Definitivamente soy gay. Aunque yo siempre habría dicho maricón. Pero ¿y ahora? ¿Qué he de hacer? Ni siquiera sé si Jorge es gay o bisexual o qué puñetas es. No me atrevo a que se note nada. Y quiero a mi familia. ¿Tendré que fantasear mientras practico el sexo con mi mujer? ¿Le pediré que use sus dedos para que yo pueda pensar en él? Quiero mirar a las mujeres, a todas las mujeres y desearlas y soñar con cada una de ellas y olvidarme de Jorge. Pero luego su voz, o mi imaginación o cualquier detalle me hacen volver a vivir mis fantasías vívidas, casi reales, y el sudor me empapa y la respiración se me entrecorta.

¿Qué debo hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a pasar con mi vida? ¿Qué pensarán mis hijos si descubren que su padre es gay? ¿Qué pasará con el trabajo? ¿Y mi mujer? ¿Se lo podré ocultar? ¿Tendré que divorciarme si se entera?

P – Montse – Activo

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El poder corrompe

El poder corrompe“.

El candidato a presidente del club universitario leyó el reverso de su propia tarjeta personal de presentación con un dejo de sorpresa. La letra era clara, armónica, abundante en curvas. Parecía escrita por alguien con carácter frontal. Tenía algo de femenino, aunque no se hubiera podido asegurar si la frase había sido escrita necesariamente por una mujer.

Pensó quién le habría dejado esa tarjeta, en qué momento, cómo. Su oficina permanecía cerrada cuando no estaba y él era el único que tenía llave.

El poder corrompe“.

Leyó varias veces la frase. No acertaba a adivinar quién podría haber dejado esa tarjeta ahí, aunque más lo inquietaba el comprobar que la oficina no era tan segura como el viejo Zabala le había asegurado.

Estaba módicamente molesto. Si bien no utilizaba la oficina para guardar nada de valor ni nada que contuviera información confidencial, ciertamente era un inconveniente comprobar que alguien más tenía llave pese a que dos días antes había hecho cambiar la cerradura o que, de cualquier forma, habían logrado violarla.

El poder corrompe“.

La frase era taxativa, lapidaria. Su asertividad no dejaba lugar a dudas. El candidato no podía evitar sentir su tono implícitamente acusador, su espíritu casi amenazante, la sensación de sentirse observado por unos ojos anónimos pero presentes.

El candidato había hecho de las promesas de saneamiento económico y moral, y de lucha contra la corrupción en cualquiera de sus formas, los ejes de su campaña. Estaba sinceramente resuelto a terminar con esas rémoras, que tanto mal, decía, habían hecho en la confianza de los afiliados a la institución.

Pensó, simplemente, que la maniobra sería autoría de alguien del grupo de sus opositores. No le gustaba, sin embargo, la modalidad. Había como algo fuera de lugar, fuera de tono en el tipo de acción elegida. Como si la intensidad del mensaje y su espíritu amenazante no correspondieran a su verdadera posición ni relevancia, aún como candidato a la presidencia del club de una universidad de renombre internacional.

Hastiado de darle vueltas a la situación, resolvió dos cosas. Primero, intensificar los controles y la vigilancia. Alguien había logrado entrar a su despacho y dejar una de sus propias tarjetas de presentación con un mensaje escrito en el reverso. Eso no podía suceder otra vez. Segundo, romper la tarjeta en dos.

Los dos trozos cayeron dentro del cesto de la basura, mezclándose con papeles arrugados y servilletas sucias. La mañana transcurrió sin otros sobresaltos. Luego, salió y apagó la luz.

Nadie pudo verlo, pero ambos pedazos de la tarjeta brillaban débilmente en la oscuridad.

Veinte años más tarde, el ahora candidato a presidente de la nación enfrentaba serias acusaciones de sus opositores de haber recibido contribuciones económicas de sectores non-sanctos y de haber favorecido, durante su anterior gestión como diputado, contratos con empresas muy cuestionadas por grupos ecologistas. El tema había tomado estado público en los medios masivos de comunicación y sus posibilidades de ganar las elecciones estaban seriamente amenazadas.

El candidato entró a su oficina y descubrió, sobre su escritorio, una antigua tarjeta personal suya rota en dos pedazos. Tomó uno y lo volteó. Se leía “rrompe.” En el otro, “El poder co“.

Fue lo último que vio antes del paro cardiorrespiratorio que se lo llevó de este mundo.

Nadie encontró ninguna tarjeta rota junto a su cuerpo.

L – Juan Diego Polo – Activo

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