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El psicópata del campanario

Las leyendas urbanas son aquellas historias que se transmiten oralmente de generación en generación, basadas probablemente en algo que ocurrió una vez, pero que se han exagerado tanto que al final se convierten en leyendas por su escasa credibilidad.

Los de mi generación hemos crecido con la chica de la curva, el loco de la gasolinera, Ricky Martin, la nocilla, el perro, etc, en sus múltiples versiones. Todos conocíamos a alguien que conocía a alguien al que alguien al que le había pasado le contó la historia. Y compartíamos la información con nuestros amigos, para no pasar el miedo solos, y qué mejor escenario para ambientar la situación que sentados a media noche sobre una tumba en el cementerio.

Desde luego, nuestra imaginación daba mucho de sí y cuando intentábamos contactar con los espíritus por medio de la ouija, las nubes tapaban la luna llena, las puertas del cementerio se cerraban emitiendo un agudo quejido y una ráfaga de viento sacudía los árboles y nos provocaba escalofríos. Sin olvidarnos, por supuesto, de la omnipresencia de un desconocido gato negro.

Nuestras leyendas urbanas cobraban forma a la luz del día, en el patio de mi amiga Lydia, desde el que se divisaba el campanario de la iglesia. Y un día, una de las dos campanas no resplandecía bajo el sol. Una presencia humana se encontraba delante, impertérrita. Un hombre alto, moreno, de pelo largo y bigote, al que identificábamos como Alfred, el del ‘Quién es quién’, pero en moreno, miraba fijamente en nuestra dirección. A pesar de que nos encontrábamos fuera de su alcance, corrimos a escondernos.

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Hasta que un día lo vimos de cerca. En el patio de la iglesia, bajando por las escaleras de campanario, y en la mano llevaba un cuchillo jamonero. Con semejante panorama, ¿quién se atrevía a entrar en misa? Por supuesto, no volvimos a aparecer por allí, pero el misterioso hombre seguía en el campanario. Alguien nos habló en una ocasión (debía de ser el cura) de un personaje histórico, un tal Jesucristo, que había realizado milagros hacía casi 2.000 años. Los sorprendente era que su descripción física coincidía con el hombre que habíamos visto en el campanario. Hablaba de él como un héroe, como el fundador de una doctrina que se había extendido por todo el mundo, y en la que el cura basaba su vida. Lydia y yo nos miramos, preguntándonos con los ojos cómo le íbamos a decir a aquel hombre que su líder Jesucristo era en realidad un psicópata y que estaba en el campanario esperando para su golpe final.

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Definitivamente soy gay

Soy un hombre. Sí. Un hombre hecho y derecho. De los de pelo en pecho y feo como el oso del refrán. Estoy casado. Llevo casado casi quince años y tengo la parejita. Dos hijos maravillosos que han salido listos, guapos como su madre, obedientes, estudiosos…

Mi mujer es, no sé como explicároslo, simplemente perfecta. Es una mujer amable, inteligente, trabajadora, dulce, alegre, una madre maravillosa. Es guapísima y tiene un estilazo impresionante. A sus “taitantos” sigue haciendo que los hombres se vuelvan con descaro para seguirla con la vista. Ambos somos eso que se llama profesionales de éxito. A pesar de la crisis los dos tenemos un buen trabajo, reconocido y bastante bien remunerado.

La verdad es que he tenido mucha suerte en esta vida. Todo me ha salido como lo hubiese planeado cuando era joven, si me hubiera detenido siquiera un instante a pensarlo. Pero en aquella época pararse, aunque fuese a pensar, era algo que no hacíamos. Todo era terriblemente emocionante, con tanto cambio, y sucedía tan rápido que con vivirlo era suficiente. Si lo hubiese hecho, si me hubiera detenido a pensar, tal vez, sólo tal vez, me hubiese dado cuenta. Y ahora no tendría este dilema.

Porque me he enamorado. A pesar de mi mujer, mis hijos, mi trabajo, de mi vida perfecta, de manual, me he enamorado. Puede, ojalá, que sea la crisis de los cuarenta que, dicen, te asalta y te trastoca las neuronas y hace que te comportes como si fueras otra persona. Puede ser. Tengo amigos que se han liado con sus secretarias, diez años más jóvenes que sus mujeres y has puesto sus vidas patas arriba. A alguno le ha dado por el gimnasio, la moto supermegaguay y los trajes de firma. Y otros, simplemente, se han deprimido. Pero yo me he enamorado.

Y quiero a mi mujer, lo juro. Y por nada del mundo querría hacerle daño. Ni a ella ni a los niños. Pero me he enamorado hasta las trancas. Y lo que me resulta incomprensible, lo que me extraña, lo que no me cabe en la cabeza es que haya sido de Jorge. Un compañero de trabajo. ¡Estoy enamorado de un hombre! ¡Yo! No sé cómo ha sucedido, no sé cómo ha podido suceder. Pero es así.

Me di cuenta hace poco. Desde hace una temporada llevábamos conjuntamente un proyecto y compartíamos mucho tiempo de trabajo. Jorge es agradable, joven, guapo si me atrevo a decirlo, y me encontraba a gusto en su compañía. Pensé que éramos dos compañeros que se entendían bien y que hacíamos un buen equipo. Se trabajaba bien con él. La otra tarde salimos más tarde de lo normal porque teníamos que hacer una presentación del estado del proyecto y resultó muy bien. Hubo felicitaciones y decidimos irnos a tomar una copa para celebrarlo y hablar de la continuidad del mismo. Y allí, en la barra del bar, mientras charlábamos me encontré mirando su boca. No recuerdo de qué hablábamos, únicamente sé que su voz sonaba armoniosa, cálida y profunda, que sus labios eran rojos, brillantes y sentí que me apetecía besarle. Me excitó esa ide2 hombresa y noté como comenzaba una erección y mi miembro se endurecía. Apurado, crucé rápidamente las piernas, pero mi mente seguía su propio rumbo y mientras él seguía hablando de algo y yo intentando responder de forma coherente con monosílabos, no podía dejar de imaginarnos juntos, desnudos, sudorosos los cuerpos, enlazados en un abrazo mientras nuestros penes se tocaban excitados y nuestras lenguas recorrían las bocas con ansia. Las manos no encontraban reposo tocando, acariciando, reconociendo cada rincón del otro.

De repente, turbado y casi jadeando, volví de mi ensoñación y la realidad me aterró. Estaba tomando una copa con Jorge y yo…

Puse una excusa creíble y rápidamente regresé a mi casa. Aquella noche le hice el amor a mi mujer. Con furia, casi con sadismo. No sé si estaba intentando demostrarme que todo era normal o estaba excitado recordando lo imaginado esa tarde. Porque no lograba quitármelo de la cabeza. Al final, cuando ella se durmió, lloré.

Los días siguientes en el trabajo fueron difíciles. Me encontraba muy incómodo en su presencia, a la par que caliente, como un quinceañero que empieza a acariciar los tersos pechos de su primera chica. Durante esas fechas tuve que ir al los baños varias veces. A masturbarme pensando en Jorge; en los dos haciendo el amor. Lo imaginaba y lo sentía dentro de mí, deslizándose su pene, gozosa y dolorosamente, en mi interior mientras me abrazaba con pasión. Esa montaña rusa de sentimientos y sensaciones no cesa y me va agotando día a día.

Y aquí estoy. Tengo que aceptarlo. ¿Tengo que aceptarlo? Definitivamente soy gay. Aunque yo siempre habría dicho maricón. Pero ¿y ahora? ¿Qué he de hacer? Ni siquiera sé si Jorge es gay o bisexual o qué puñetas es. No me atrevo a que se note nada. Y quiero a mi familia. ¿Tendré que fantasear mientras practico el sexo con mi mujer? ¿Le pediré que use sus dedos para que yo pueda pensar en él? Quiero mirar a las mujeres, a todas las mujeres y desearlas y soñar con cada una de ellas y olvidarme de Jorge. Pero luego su voz, o mi imaginación o cualquier detalle me hacen volver a vivir mis fantasías vívidas, casi reales, y el sudor me empapa y la respiración se me entrecorta.

¿Qué debo hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a pasar con mi vida? ¿Qué pensarán mis hijos si descubren que su padre es gay? ¿Qué pasará con el trabajo? ¿Y mi mujer? ¿Se lo podré ocultar? ¿Tendré que divorciarme si se entera?

P – Montse – Activo

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Vuelvo a estar soltero y vivo

Vuelvo a estar soltero y vivo.-

¿Qué es lo que tiene el hombre que nunca esta conforme?
Cuando es soltero, casado quiere estar,
y cuando está casado quiere su soltería,
y una vez divorciado vuelve a recomenzar…

El que es pobre quiere volverse rico,
más lo que tiene el pobre el oro no lo da,
príncipe y mendigo intercambian papeles,
pero nada les gusta, nada los tiene en paz…

El niño quiere ser adulto,
el viejo, joven anhela ser,
el que vive en el mar mira hacia la montaña,
quien vive en la montaña suspira por el mar.

Por eso es que disfruto lo poco que yo tengo
porque el día de mañana no sé lo que vendrá,
alto, bajo, superfluo o profundo,
créelo… trátalo de gozar
 

Fin del Juego

Fin del Juego

D – Rosma – Activo

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