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Caso resuelto

Había pasado ya más de una semana y Tarragüell esperaba, cada vez más impaciente, la llegada del correo de manos de quien, a buen seguro, no podía equivocarse. Andrés, el cartero, llevaba destinado en el barrio mucho tiempo tanto que el Ayuntamiento había sustituido ya dos veces las farolas de alumbrado por otras que, aunque más modernas, no eran del total agrado de los vecinos. Hoy, martes y trece, consecuencia del dicho popular lo único que deseaba es que Andrés no tuviese a bien, como era su costumbre, llamar personalmente al timbre de su puerta para anunciarle la llegada del correo. Sin embargo, su premonición no se hizo realidad.

–          ¡Aquí está!, Luisito, la carta que esperabas.  Después de tantos años, Andrés seguía llamándole por el diminutivo de su nombre de pila, siempre de forma cariñosa.

–          ¡Hostias, hoy no!, exclamó Tarragüell sin que tal improperio llegase a los oídos de Andrés.

–          ¡Venga, ábrela!, o es que después de tantos años no voy a compartir este momento contigo.

–          Andrés, estoy muy nervioso, quizás no me hayan admitido.

A Tarragüell le temblaban tanto las manos que no era capaz de introducir ni uno solo de los dedos en la solapa del sobre para proceder a su apertura pero, al fin, lo logró. La misiva era elocuente: “Nos complace comunicarle su admisión en el Centro Superior de Investigaciones Científicas –Sección de Investigaciones Especiales-, dado el excelente expediente aportado”.

Más de ochenta complicados casos resultaron totalmente cerrados, por resueltos, en los dos años y medio en los que Tarragüell estuvo destinado, como inspector, en la Comisaría Central. Allí, también hay que decirlo, junto a un extraordinario equipo Tarragüell dejó en suspenso, pues los casos no resueltos siempre quedan en este apartado que nunca olvidados, tres carpetas marcadas con los nombres de las víctimas. Los cadáveres, a simple vista, no ofrecían peculiaridades externas llamativas. Sin embargo, las distintas autopsias mostraban diferentes órganos vitales extraordinariamente dañados por unas razones nunca acordes a la edad de las víctimas ni a compuestos hasta ahora conocidos. Los forenses, en sus dictámenes finales, no lograron concretar las consecuencias de tales daños y ese era uno de los motivos por el que los casos quedaban en suspenso.

Por ser uno de los últimos en llegar, Tarragüell no pudo elegir su periodo de vacaciones hasta el mes de Diciembre, máxime cuando él no contaba con hijos en edad escolar que le hubiese permitido disfrutar sus días de descanso en los meses veraniegos. La verdad es que no le importó mucho. Desde hacía bastante tiempo le venía rondando en la cabeza unas relajantes vacaciones en el Caribe. Deleitarse con la visión de un mar endiabladamente azul, en contraste con la blanca y fina arena de sus playas debía ser, según le habían comentado ya otros compañeros que disfrutaron de su viaje de novios, una delicia no solo para el cuerpo sino para la vista, en función de la agradable presencia femenina que pudiera encontrarse.  Así que, dicho y hecho, tan solo una semana después recibía la llamada de la agencia de viajes para que retirase los billetes de avión y toda la documentación del hotel de lujo en la República Dominicana.

Graziela no paraba de hacerle arrumacos sin que le importasen las miradas ajenas. Su imponente cuerpo y su elegante andar obligaban, por mucho que molestase a las recientes novias, hacer girar la cabeza a los también recientes maridos. Tarragüel, ávido de nuevas sensaciones, había entablado relación con Graziela tan solo pasados dos días de su llegada. Era una chica, a la vez que bella, humilde y con una gran sensibilidad. Se conocieron en la playa, en su día de descanso, pues Graziela trabajaba en el hotel contiguo a dónde se hospedaba Tarragüel. Y, aunque ella no se lo puso nada fácil, habían disfrutado ya de momentos íntimos al igual que la mayoría de las parejas que allí se hospedaban.

La noche de Navidad, Graziela quiso invitar a Tarragüell a cenar en casa de su familia. A pesar de las primeras reticencias, Tarragüell aceptó denotando una extrema alegría en Graziela. Los familiares le recibieron como a un hijo más y Graziela no paraba de tener detalles cariñosos con él, tan propios como los de cualquier pareja. Avanzada la noche, y después de dar buena cuenta de los manjares de la cena, comenzó la fiesta caribeña dónde el ron y todo tipo de bebidas fluían por doquier. Tarragüell, al igual que muchos, bebió más de lo necesario o, lo suficiente para que su boca no pudiera quedar cerrada, pues solo sabía hablar y hablar. Fue en una de esas incomprensibles frases, producto ya de su avanzado estado, cuando delante de toda la familia se abalanzó sobre Graziela y, levantándola en sus brazos, le solicitó que se casase con él a lo que el resto de la familia aplaudió fervorosamente. Graziela le otorgó el sí antes de besarle ardientemente.

El día antes de su regreso a España, establecido para el 29 de Diciembre, Graziela y Tarragüell mantuvieron una fuerte discusión. Ella quería que hiciesen el viaje de regreso juntos y Tarragüell se negaba. Graziela se sentía, más que disgustada, ofendida pues cuando le recordaba a Tarragüell su compromiso éste le contestaba que eso lo había dicho por el efecto de la bebida, aún cuando los días pasados juntos habían sido inolvidables. De regreso a su casa, y una vez que la abuela de Graziela tuvo conocimiento de las intenciones de Tarragüell, no se efectuó ningún comentario más por parte de la familia pues todos habían observado que la abuela, después de decirle al oído de Graziela unas frases, depositaba en su mano un pequeño objeto.

Pasadas las fiestas de los Reyes, Tarragüell se incorporó a su puesto de trabajo si bien se disculpó con sus jefes dado que, desde hacía días, soportaba unos inmensos dolores de cabeza a la vez que sentía dolores agudos en su brazo izquierdo. Por insistencia de sus compañeros al final dio su conformidad para que el doctor del centro le realizase un examen, sin que éste llegase a su final pues lo que estaba sufriendo era un fuerte ataque al corazón por lo que, rápidamente, fue trasladado al hospital. Tras más de una semana de hospitalización en la que su vida pendió de un hilo, los médicos le dieron el alta no para trabajar sino para continuar con el reposo en su domicilio.

Como todos los jueves de cada semana la asistenta hizo entrada en el apartamento de Tarragüell. Solo necesitó un vistazo para darse cuenta que tenía más trabajo del acostumbrado. Las maletas del viaje todavía se encontraban sin deshacer y, tras preguntar a Taragüell como se encontraba, se predispuso a introducir la ropa sucia en la lavadora. Al desplegar, para plancharla, la única americana que se había llevado de viaje, pues Tarragüell no se fiaba en demasía de las lavanderías, notó que la plancha efectuaba un pequeño tropezón a la altura del bolsillo superior. Introdujo sus dedos y sacó un objeto que, por cuyo gesto, no era de su agrado. Una vez que se lo enseñó a Tarragüell sintió como, de nuevo. el dolor de cabeza y de brazo aumentaba de intensidad creyendo entender ya no solo su por qué sino el de algunos otros.

No perdieron tiempo con los saludos. Ramírez y Ortuño, inspectores de la Comisaría Central, se presentaron en casa de Tarragüell con los expedientes que éste les había solicitado. Tarragüell, abriendo todas y cada una de las carpetas, fue directo a la información que le interesaba. Todas las víctimas contaban con un nexo común: un viaje, días previos a su muerte, a la república Dominicana. Tan sólo faltaba el remate final y es por eso por lo que les urgió que regresasen de nuevo a comisaría para coger todas las bolsas que contenían las pruebas de la investigación de los tres casos. Pasados pocos minutos, el contenido de las bolsas estaba a la vista de los tres inspectores.

– ¿Lo veis?, inquirió Tarragüell.

Fue Ortuño el primero que reaccionó, aunque por los gestos Ramírez también coincidía con su compañero.

–          ¡No me jodas!, Tarragüell. Eso no se lo cree nadie. Me parece increíble que tú, ahora y a estas alturas, creas en estas leyendas urbanas.

Tarragüell, con sumo cuidado, tomó en su mano los cuatro objetos incluido el suyo. Fue en ese momento cuando sintió un gran pinchazo en su corazón al igual que si fuese atravesado por una lanza, cayendo desplomado al suelo.

–          ¡ Ortuño!, avisa a una ambulancia. Déjalo, no hay nada que hacer. Está muerto.

–          Pero, ¿cómo puede ser esto?, si se encontraba más o menos bien, respondió Ortuño.

–          ¡Y yo que sé!, pero ni se te ocurra tocar esos jodidos muñequitos que, encima, tienen atravesados alfileres por todo el cuerpo.

JOSE MANUEL BELTRAN.

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Un ángel protector…

ángelSIP

Era un día como cualquier otro. Yo apenas tenía 10 años. Nunca antes había ido a la casa de Tomasa, pero mi madre no daba a basto y me pidió que fuese hasta allí a comprar una docena de huevos.

Esa era la forma en que Tomasa se ganaba la vida, vendiendo huevos caseros. Vivía a poca distancia de nuestra casa y yo la conocía a ella y a su hijo, Tomás, de verlos pasar de vez en cuando por aquella calle que apenas conocía de tráfico rodado.

Y me fuí hasta allí, feliz de poder ayudar a mi madre.

Llegué hasta la casa, solitaria en aquella parte del camino que llevaba a ella, y llamé a la puerta. Me abrió Tomás. Yo tenía miedo de Tomás y no sabía exactamente el por qué. Que yo supiera nunca había hecho nada malo. Tomás era algo retrasado y a pesar de tener ya 28 años era como un niño y con ellos le gustaba jugar. Yo sentía que él me miraba de una forma diferente y de ahí nacía mi temor.

Al verlo a él en la puerta me sobresalté, pues esperaba que la que abriese fuese su madre, esa mujer encantadora que siempre me saludaba con una sonrisa y alguna palabra bonita.

-¿Está tu madre?

Él parecía sorprendido y contento de verme, y respondió:

-Sí, pasa que ahora la aviso.

Entré y me encontré en el interior de una cocina acojedora donde flotaba un delicioso olor. A mis espaldas oía como Tomás cerraba la puerta.

-La verdad es que mi madre no está -yo me volví cuando le oí decir tales palabras- pero volverá enseguida… podemos jugar los dos mientras la esperas.

No sabría explicar lo que ví en su mirada, pero era ese brillo que de siempre me había hecho pensar que había algo malo en él.

-No… si no está prefiero irme y volver después, sino mi madre se preocupará -él se interponía entre la puerta y yo.

-No. No te vayas. Yo quiero jugar contigo…

Comencé a retroceder según él avanzaba hacia mi. Algo muy dentro me decía que aquellos juegos que él deseaba a mi no me iban a gustar.

Prescindiré de contaros todo lo que él me hizo, solo decir que peleé como nunca antes lo había hecho. Pero yo era pequeña y él tenía mucha más fuerza que yo. Arrasó con mi inocencia y cuando quise darme cuenta no podía más que contemplar mi cuerpo, yaciendo sin vida, en el suelo de la cocina. Aquella cocina acojedora y de delicioso olor.

Observé como me envolvía en una manta. Observé como se hacía con una pala. Observé su caminar conmigo en brazos. Observé como me enterraba en un bosque no demasiado lejano.

Observé el dolor de mi madre cuando yo no dí aparecido y contemplé a todos en los días y días de búsqueda que dedicaron para encontrarme. Observé el abatimiento que cayó sobre la gente de mi pueblo cuando se rindieron en la búsqueda. Y observé como poco a poco, la vida de mi madre se iba apagando.

Habían pasado unos dos meses, y yo seguía sin poder irme de la casa de Tomás. Algo me retenía allí… y cuando vi a Elena entendí el por qué. Elena era una compañera mía del colegio… muchas veces habíamos jugado juntas en el patio. Al verla sentí miedo, miedo de que Tomás hiciese con ella lo que había hecho conmigo.

-Elena!! -la llamé.

Elena me miró, sorprendida y contenta e intentó acercarse a mi pero yo me alejé.

-Elena, no entres en casa de Tomás. Corre, escápate!!!! Escápate ya!!!! -no pude mantener el contacto y entonces, para ella, desaparecí.

Elena corrió de vuelta a su casa para contarles a todos que me había visto, que tenían que volver corriendo a buscarme… Y tal cosa hicieron pero sin resultados.

Después de Elena avisé a otras 12 niñas más… Aquello se había convertido en mi misión. Velar porque Tomás no pudiese arrebatar la inocencia de ninguna otra niña.

Poco a poco, niña a niña, mi madre que se había convertido en un suspiro de lo que antes era, comenzó a sospechar. Fue a la policía y rogó con lágrimas en los ojos que investigaran a Tomás… Eran demasiadas niñas transmitiendo el mismo mensaje de mi parte.

Al final encontraron mi cuerpo y Tomás fue encarcelado. Yo me convertí en una leyenda urbana y en el ángel protector de la niñas del pueblo… Ahora ya puedo descansar en paz.

SONVAK

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¿Todas las rubias son tontas?

¿Todas las rubias son tontas?

Siempre me he preguntado si detrás de esta pregunta hay algo de verdad o es una leyenda urbana, sin embargo no encontré a nadie que me lo aclarara.
Hay quien define a la leyenda urbana como una historia que nunca ha sucedido contada como si de algo cierto se tratara y que se transmite de boca en boca a través de los tiempos.
Algo parecido pasa con la afirmación de que “todas las rubias son tontas”, hay cientos de chistes sobre eso ¿Por qué será?
Por ejemplo:
– ¿Qué entiende una rubia por sexo seguro?
– Cerrar la puerta del coche
O
– ¿Cómo consigues hacer reír a una rubia el sábado?
– Contándole un chiste el miércoles.
O
– ¿Por qué las rubias abren los envases de yogurt cuando todavía están en el supermercado?
– Porque en la tapa dice: abrir aquí

Éstos son sólo unos ejemplos de la crueldad satírica de la gente popular, aunque para ser exactos, los prejuicios contra las rubias esconden un atisbo de realidad.
Y quedó demostrado por un psicólogo de la Universidad Internacional de Bremen. El experimento se llevó a cabo entre 80 estudiantes de la universidad, entre ellas 40 rubias. Las estudiantes fueron sometidas a un test de inteligencia que medía la velocidad y exactitud de sus respuestas.

Para ello, tuvieron que leer una colección de chistes, entre los cuales había muchos de rubias.

Según los resultados del test, los cuentos surtieron efecto entre las rubias, y, si los prejuicios eran falsos, consiguieron hacerlos realidad. La lectura de los cuentos provocó inseguridad entre las que se sentían aludidas por la picaresca popular. Las rubias que habían leído los cuentos, no dieron un rendimiento como el de sus compañeras, sino que tardaron más en solucionar las tareas. Sin embargo, fueron más eficientes en su trabajo. A pesar de no prestar el rendimiento esperado, cometieron menos fallos.

La conclusión del estudio destaca que las rubias, “tuvieron peores resultados debido a que se esperaba menos de ellas. Ninguna rubia cree que es estúpida”, dijo el psicólogo, “Sin embargo, después de exponerse a estereotipos sociales negativos sobre ellas, las participantes de pelo rubio trabajaron con más lentitud en las pruebas”, agregó.

Los resultados demostraron que cuando a alguien se le dice que no puede realizar bien una tarea, tiende a trabajar con más lentitud, pero con más cuidado, para tratar de cometer pocos errores. “El estudio muestra que incluso prejuicios infundados, que a menudo se descartan por falsos, pueden afectar la confianza que una persona tiene en sus propias destrezas. A partir de ahí, se podrían encontrar estrategias para ayudar a las personas a luchar contra influencias negativas”, concluyó el científico.

Si las rubias son tontas o no, todavía no ha sido demostrado científicamente. Sin embargo, lo que si se demostró es que la “cruel sociedad” las hace inseguras y, por lo tanto más lentas en reaccionar.

Después de esto, pensé que debía ser una de tantas historias que se dan por ciertas sin serlo, pero claro, siempre hay un roto para un descosido y fue entonces cuando una amiga me envió la foto de una de las participantes de la última competición ciclista femenina a la que asistió, aquí os la dejo para que opinéis si la chica rubia es tonta o demasiado lista….

Sandra

Chica Rubia en bici

Chica Rubia en bici

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El hombre del saco. (Una leyenda urbana)

romasanta

Era una noche oscura, típica de Galicia, con mucho viento, humedad y esa llovizna (poalla), que se te pega a la ropa.

Por el camino del bosque que se aleja del pueblo, apenas se veía a un palmo de distancia, y el caminar era pesado y lento.

Eulogio el médico, debía llegar cuanto antes a la casa de Mariño, el señor que vivía a cinco quilómetros del pueblo, y que había enfermado de unas extrañas fiebres que le hacían convulsionarse y vomitar sin parar, para intentar curarlo.

Por fin llegó y empujó la puerta. Entró en la casa y sintió un alivio muy grande. Pero la casa estaba fría, y no se pudo quitar la ropa.

Subió las escaleras de la galería que llevaba al dormitorio, y allí estaba Mariño, el herrero, impedido en la cama y con sudoraciones intensas.

_¡Dios mío!,¿Pero que te ha pasado?. Le preguntó Eulogio.

Mariño apenas podía articular palabra. Pero contestó:

_Mi buen doctor, gracias por venir.

Ayer volvía del trabajo, como siempre a última hora del día, y en el camino de casa me atacó algo que yo describiría como una especie de lobo, pero iba erguido y tenía manos.

Se me avalanzó hacia el cuello, y me mordió en la espalda porque lo pude esquivar. Corrí como alma en pena y conseguí llegar a casa, cerré la puerta y me escondí en la habitación.

Por la mañana cuando vino el panadero le dije que me encontraba mal y que avisara al doctor para que vieniera, porque yo no podía ni andar.

Romasanta!, exclamó Eulogio.

Hay que avisar a la guardia civil de que ese monstruo anda por estos alrededores.

De repente, Mariño empezó a echar espuma por la boca, y con las convulsiones se cayó de la cama quedando inmóvil en el suelo.

El médico le tomó el pulso y comprobó que había muerto. Lo subió a la cama y tapó su cuerpo con la sábana.

No quería tocarlo más por si se contagiaba de su mal.

Bajó de nuevo las escaleras con la intención de regresar al pueblo y dar parte de lo sucedido en el cuartelillo, pero tuvo miedo de salir y se fue directo a  la chimenea para encender un fuego. Había decidido que era mejor pasar la noche allí, y luego por la mañana volvería.

Ya estaba calentándose cuando escuchó un ruido en la parte de arriba de la casa. Creyó que podría ser una ventana mal cerrada que se golpeaba por el temporal, y no hizo caso.

Pero el ruido regresó al poco rato, alguien bajaba por las escaleras, ese sonido de los peldaños de madera crujiendo era inconfundible.

_Pero si Mariño vive solo.., ¿Habrá alguien más en la casa?. Pensó.

Se dio la vuelta y vio con pavor como el herrero se abalanzaba sobre él . No pudo reaccionar y acabó devorado.

Gorio

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