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El blogueador

La casa se encontraba envuelta en una penumbra misteriosa y atemorizante, los espectros se regocijaban de manera orgásmica ante tal ambiente. La familia no tenía tan buena cara; se encontraban desconcertados ante tal actitud. – ¡Nada le importa! Nos tiene aquí sufriendo sin que le importe ni un demonio-.

Xotchil, su mujer, a diferencia del resto de la estirpe, se mantenía callada. Ya había pasado por esto cientos de veces y sabía como lidiar con ello. Por supuesto no le gustaba la manera en que el los ignoraba ¿Pero acaso quedaba otra alternativa? No abría la boca ni para comer… ¡en 3 días!

Irma, su hija, fue la única que se atrevió, debido a su desesperación, a quebrantar las reglas y entrar a la habitación principal. Un ambiente lleno de humo, gracias a las enormes cantidades de cigarros que fueron suprimidos de manera demente, dificultaba la visión a tales magnitudes que estuvo cerca de caerse 2 veces, tropezando con libros, ropas y demás trastes viejos que se encontraban decorando el suelo de la habitación.

Entonces lo vio: Acurrucado a su bolígrafo, empedernido escritor, con el rostro desfigurado por el terrible desgaste de 3 días sin comer ni dormir, solo escribir. Le gritó, pero el no la escuchó. La visión de su padre, haciendo aquello que tantas satisfacciones económicas le habían traído a la familia, fue excitante. Un impulso eléctrico fue recorriendo todo el escultural cuerpo de la hija del escritor. Tuvo que salir corriendo, la impresión era tal que nunca quiso volver a ver un solo libro en su vida.

A eso de las 3 de la madrugada del día 4, el salió de sus aposentos. Pulcro como nadie, son una sola ojera, ni signos visibles de tal desgaste, una sonrisa le cruzaba como rió su rostro. Se limitó a pronunciar únicamente 3 palabras: Ya esta listo. Todos lo comprendieron, su post para el blogguercerdario, por fin, lo había terminado.

*Una disculpa a los lectores y blogguers de el blogguercedario. Por motivos de fuerza mayor no logré escribir nada para el tema pasado. Les ruego, me disculpen.

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Piénsatelo bien y déjame seguir pensando

Cuando despertó, todo su cuerpo se encontraba al amparo de un sudor frío. Las sábanas, que inicialmente se encontraban perfectamente plegadas al colchón, conformaban un verdadero revoltijo junto con el edredón y la almohada. Su mente, siempre intranquila, había sido el campo de batalla de un sinfín de memorias y recuerdos aunque él prefería denominarlos deseos. Otros, más realistas, le hubiesen dicho que sólo eran sueños.

No dudó ni un instante. Prefirió, para no perder más tiempo, tomar los primeros folios que encontró y el bolígrafo Bic, siempre elegantemente vestido con su caperuza, empezó a desparramar tinta sobre ellos. No le importó que las ideas expuestas no tuvieran un orden lógico –los sueños tienen esa característica- y, además, esperaba que su destinatario fuese lo suficientemente inteligente para hilvanarlas. Sin embargo, a la vista de los hechos, las dudas sobre esa inteligencia se incrementaban de la  misma forma que lo hace la distancia hasta el infinito. Aún así, inició su carta.

“Un hijo, con padres naturales conocidos, pero adoptado por un desconocido. Un alumbramiento sumido en un posterior misterio sobre las circunstancias de la madre y una infancia olvidada, han generado una leyenda sobre la que recae el juicio hacia los demás.  En su nombre se han ordenado asesinatos, efectuado intrigas políticas, permitido el acceso directo al disfrute carnal aún cuando sus propias leyes lo impedían. Dicen, que trabajó descansando un solo día de cada siete para que todo eso no fuese así; dicen, que la imagen y semejanza propuesta se dilapidó en un instante y desde ese momento acuñan la idea sobre el sexo débil. Guerras en su nombre, han llevado a la avaricia y a la codicia a ser señas de su identidad real. Quienes querían evolucionar explicando el por qué de las cosas han sufrido el castigo de las llamas; quienes decidieron apostar, en los más recónditos destinos, por una práctica efectiva de ayuda a los débiles sufrieron el olvido y la indiferencia, manteniéndose así hasta el día de hoy. Son muchos los que continúan, perfectamente encajada y sin disimulo, con la careta hipócrita del carnaval. Ostentan, amparados en una sabiduría etérea, el poder de decisión sobre sus rebaños; la dirección de las vidas de los presentes y de los que han de venir; la imposición de sus creencias a quienes, todavía, no tienen el uso de la razón por su propia inmadurez.

Tengo dudas, sí, pero no creo que pueda despejarlas ante el recuerdo de todo lo acontecido. No me sirven las parábolas, ni las buenas intenciones. No me sirven las letanías ni el recurso del perdón. No me sirve el ejemplo impuesto pues, por impuesto, deja de ser ejemplo. Me sirve mi libertad; la misma que tengo para renegarte o, por qué no, para dudar por mí mismo de esa renegación. Deja de controlar mi vida, directa o indirectamente. Dile a los tuyos, si es que existes, que empiecen ellos por sí mismos. No sigas aparentando creer ser el mismo padre desconocido que mantiene el privilegio de la adopción general. No te pido nada que no crea que puedes intentar hacer. Simplemente te pido que recapacites pues todos cometemos errores y tú, desde luego, si quieres ser creíble como director de esta orquesta, debes reconocer que también los cometes. Hasta entonces, déjame seguir pensando”.

El frío, que ya había arraigado por completo en su cuerpo, le hizo terminar de escribir aún cuando todavía le quedaban más recuerdos de su sueño. Tomó un sobre de color verde esperanza, introdujo los folios manuscritos y sin molestarse en aplicar saliva sobre la solapa del mismo, anotó la identificación de su destinatario en las letras mayúsculas: AL DIOS QUE CORRESPONDA.

JOSE MANUEL BELTRAN.

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La sopa fría

-Hola, soy yo.

-Me lo imaginaba. Casi no me das tiempo.

-Es que… he calculado muy bien.

-Bueno, porque… no me he entretenido nada.

-Y, ¿con quién tenías que entretenerte?.

-Es un decir, mujer.

-Ya… pero seguro que habrías querido ¿no?.

-Que no, que no. Todo eso está olvidado por mi parte.

-Tú sabes que yo te quiero ¿verdad?

-Yo también te quiero.

-Pero.. ¿cuánto?; ¿me quieres mucho?.

-Sí, con toda mi alma.

-¿Por qué me lo dices tan bajo?. Lo ves, como no me quieres mucho.

-Es que hay alguien por aquí, ya sabes. Muaaa.

-Queeé… ¿qué ha sido eso?

-Te he mandado un beso, mi amor.

-Espera, que me pongo el teléfono sobre mis labios. ¡Venga, repítelo!.

-No seas tonta.

-Lo ves… ¡no me quieres!.

-Vale, venga, colócatelo.

-Ahora, ya.

Muaaaaa, muaaaa, muaaaa. Los mismos sonidos se repetían una y otra vez sin que, por suerte, ninguna cámara de vídeo recogiese ambas, ridículas, escenas. Otra voz femenina, no tan lejana, pudo ser escuchada por ambos: La cena está preparada. Todos a la mesa.

-Me tengo que ir. No sé si has escuchado.

-No, no. Todavía no. Espera un poco. Dímelo otra vez.

-¿El qué?

-Que me quieres mucho. Lo ves, ¡ya no te acuerdas!.

-Pues, claro que me acuerdo.  Te quiero, te quiero, te quiero….

-Yo también, luego me llamas ¡vale!.

-Vale, venga.. cuelga.

-No, no. Cuelga tú.

-Pero… así podemos estar hasta mañana.

-No me importa, yo estaré aquí, te quieroooo.

La puerta de su habitación se abrió totalmente. Era su madre, quién, con no muy buen gesto le exclamó: ¡Quieres venir a cenar ya!, estamos todos esperándote.

-Sí, mamá, ya voy.

-Pero hijo, si os acabáis de dejar. Además, mañana la volverás a ver.

-No lo sé mamá, quizás… mañana, no iré.

-¿Cómo? ¿qué has dicho?. La voz, de nuevo, salía del otro lado del auricular.

-Sí, Sofía. Me lo he pensado bien. Parecemos dos colegiales al teléfono y, aunque hoy no me he atrevido, ahora no es quizás; ahora, ya es seguro que ni mañana, ni pasado…  Que lo dejamos o, mejor dicho, que te dejo. Buenas noches.

Felipe no pudo tomarse la sopa, por supuesto ya en un estado frío. Esa era su misma sensación, desde hacía muchos años, en su relación con Sofía. Los momentos más cálidos solo se habían producido por teléfono y en conversaciones tan intrascendentales como las que, dos adolescentes, suelen tener para regocijo de las compañías telefónicas.

El teléfono no dejó de sonar durante toda la noche. Felipe se mantuvo firme: No, no y no. Mañana no iré.

JOSE MANUEL BELTRAN

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Abdulah

Mirando hacia la colina las nubes despuntaban, con su color grisáceo, una incesante descarga de todo tipo de elementos, bien fuesen líquidos, sólidos o eléctricos. Los animales, presagiando el devenir, habían desaparecido; sin embargo, en la lejanía, todavía se podían ver a los que, por sus incapacidades físicas o por su enfermedad, su movilidad era más torpe. Abdulah, en función de su cargo dentro de la tribu, ordenó que todo el mundo recogiese los enseres más imprescindibles. No tardaron mucho en hacerlo pues los mismos eran de escasa cuantía; y es así que todo el poblado inició su camino por la misma sendera que los animales habían utilizado.

Quien hubiese ordenado que los cielos se portasen de tal forma no reparó en la magnitud de la catástrofe. No hubo ningún tipo de clemencia para nadie. Los cadáveres se acumulaban en el remanso de las aguas y fueron, muchos más, los que yacían envueltos en lodo y barro. La inmensa sabana se había convertido en un océano gigante de olor putrefacto. Al cabo de varias semanas Abdulah, a duras penas, bajó de la colina mostrando interés por un destello procedente de un árbol que, milagrosamente, se mantenía erecto. Le costó mucho esfuerzo llegar pues, como consecuencia del lodo, el peso que soportaban sus piernas hacía muy lento su caminar. Cuando, por fin lo hizo, observó a un hombre blanco cuya cabeza estaba resguardada por un casco metálico de color amarillo. Su vestimenta, si bien muy sucia, era extraordinariamente peculiar y nada acorde al lugar. Un traje, sin costuras y de una sola pieza, que cubría hasta sus pies. Al lado y entre las ramas, como si la providencia quisiera dar respuesta a lo sucedido, pudo ver una enorme placa metálica que justificaban los destellos. En ella se podía leer: Nuclear Station of Kinsaha. Danger. No Entry.

JOSE MANUEL BELTRAN

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Un beso enorme para todas ellas

El día amaneció triste. Las nubes, aparentemente más bajas de lo normal, escondían en su interior tal revoltijo de gases que hacían presagiar una estruendosa tormenta. Sin embargo, mirando la frondosa arboleda, visible desde cualquier habitación, la placidez era total. El Dios Eolo se había concedido un descanso, quizás, temiendo la previsible tempestad.

El reloj no marcaba más allá de las nueve de la mañana. La operación había sido preparada con total pulcritud y meticulosidad. Llevaban ya muchos meses recogiendo datos, que inicialmente fueron sólo sospechas, y por ello la vigilancia a la residencia se había ampliado las veinticuatro horas del día. El juez, siendo realmente escéptico ante la multitud de pruebas aportadas, finalmente consignó su firma en el dichoso papel. Se autorizaba un registro total, y todos los empleados debían ser cuidadosamente apartados para que no pudiesen mostrar coincidencia en sus declaraciones, consecuencia de preacuerdo entre ellos. Era el día ideal pues, todos los dirigentes habían acudido la noche anterior a  una fiesta que, periódicamente, ellos mismos organizaban para la captación de más miembros.

Patricia no pudo pegar ojo durante toda la noche. Sabía que era la máxima responsable de todo el operativo aún cuando esa no era su verdadera preocupación. Su mente se había anclado, ya hace mucho tiempo, cuando de la noche a la mañana su madre desapareció. Los resultados obtenidos tras una intensa búsqueda que, en muchas ocasiones, sobrepasaban sus obligaciones profesionales habían sido decepcionantes. Y así, durante siete largos años. Esta vez su intuición le decía que no fallaría pero, cada vuelta de almohada era un nuevo recordatorio de anteriores operaciones fallidas.

Cada uno de los agentes se encontraba en la posición, ya previamente acordada. El recinto estaba fuertemente custodiado por cámaras de seguridad y perros que, con sólo mirarlos, a uno le entraba pánico. Por medio de unas estupendas piezas de carne, a las que se había inyectado un potente calmante, los caninos adormecían plácidamente sobre el césped. Mientras, sin tener que cortar los cables, se había manipulado electrónicamente la señal  que enviaban las cámaras a la sala de control.

El asalto fue rápido, tanto es así que la mayoría de los empleados se encontraban todavía en la cama, en muchos casos, compartida por hasta cuatro y cinco personas totalmente desnudas. Las órdenes se cumplieron a rajatabla. Mientras, el registro del resto de las dependencias se hacía cada vez más repugnante.

Las paredes de las habitaciones se encontraban cubiertas de un incipiente moho. En el suelo un pequeño agujero, abierto a base de descontrolados golpes de maza, hacía las veces de letrina. Los colchones, de goma-espuma, ofrecían innumerables huecos donde los ratones buscaban refugio. Unos viejos cuencos, todos ellos ennegrecidos, resultaban ser el soporte para lo que nadie podría llamar alimento, máxime cuando las moscas pululaban por ellos como las abejas en su colmena.

Uno tras otro, los habitantes maltrechos eran sacados de sus escondites con suma delicadeza. Estaban dispuestas unas camillas así como tres ambulancias, pero resultaron netamente insuficientes. Las puertas mostraban sus cerraduras oxidadas. No se habían utilizado en mucho tiempo, y razón tenían, pues para nada eran necesarias llaves. Los grilletes sujetos a la pared cumplían perfectamente su misión.

Al final del pasillo de una de las esquinas del complejo residencial, una de las habitaciones tenía la puerta totalmente abierta. De su interior salía un lánguido susurro; vacilante, Patricia se encaminó hacia su interior. Al frente de una ventana, sentada sobre una mecedora, una mujer desaliñada ofrecía sus brazos al aire que, al superponerse, asemejaban la silueta de un nido. De su garganta, salía una cariñosa y dulce melodía. Era una nana. Patricia quiso reconocerla pero no estaba lo suficiente cerca. Avanzó unos pasos y, de forma más clara, escuchó

“Ea, ea, ….

Mi niña duerme.

Ea, ea,…

El sueño le vence.

Ea, ea, …

Susurra el viento.

Ea, ea, ….

Mamá te quiere.

Al levantar los cabellos alborotados que cubrían toda la cara de la mujer, Patricia, que había entrado enmudecida a la habitación, sólo pudo decir: “Mamá……”.

JOSE MANUEL BELTRAN

PD.- En homenaje a todas las madres, abuelas, tatas y, en general, a todos los seres que, cantando una simple nana, nos demuestran que son muchos los momentos inolvidables para recordarlos siempre. Un beso enorme para todas ellas.

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Chocolate con churros

Susana bajó del estrado muy lentamente y con sumo cuidado. No era para más pues, a la excesiva pendiente de la escalera, se unía la estrechez de los escasos cinco peldaños con los que ésta contaba. El vestido, comprado especialmente para la ocasión, tampoco se podía decir que fuese el más apropiado para ese menester aunque posteriormente, en la fiesta a la que todos concurrirían, era seguro que causaría sensación. El color negro siempre le había sentado muy bien y eso que, en esta ocasión, su madre discrepara de la elección. Perfectamente ceñido a todo su cuerpo, pues su figura así lo permitía, no contaba con ningún tirante. Es así como sus hombros quedaban totalmente al descubierto tomando comienzo, tan preciosa tela, en el inicio de sus modélicos senos que, a su vez, formaban soporte a tal elegante vestido. Mantuvo sus grandes dudas en el momento de elegir ente dos diseños diferentes pero, al final, por parecerle más juvenil se decidió por el que finalizaba con unos pequeños volantes. Quería compaginar, y a buen seguro que lo había conseguido, una línea sobria, elegante y estilizada con un final más vaporoso y que aportase a la prenda vivacidad, libertad y alegría, al igual que los vestidos de faralaes con su larga cola.

A su madre se le hacía bastante difícil encontrar el debido enfoque en todas y cada una de las múltiples fotografías que llevaba realizadas. No era culpa, ni de la máquina ni de sus inexpertas manos en la elección del zoom correcto. Todo lo contrario, la máquina funcionaba correctamente y, encima, era automática. Es así como, por fin, se dio cuenta que toda la culpa se encontraba en sus lagrimales pues sus ojos, de tanta emoción con la que disfrutaba, no paraban de llorar y de esparramar, cual mancha de tinta china sobre un papel, el rímel depositado en sus pestañas.

Susana era precedida, a la vez que perseguida, por otros muchos en similares circunstancias, aunque ellos sabían solventar esa papeleta de forma más práctica. Esbozaba una sonrisa acorde a la felicidad de su madre y, asido fuertemente a sus manos, se encontraba un pergamino delicadamente enrollado sujeto con un lazo rojo. A la finalización del acto todos cantaron el Gaudeamus Igitur.

Las horas de esa noche transcurrieron, de forma tan rápida, como si ninguna de ellas agotara sus reales sesenta minutos. Aún cuando en la gran mayoría, a pesar del maquillaje, las ojeras eran bien visibles consecuencia de muchos meses de esfuerzo, ninguno quería ser el primero en abandonar la fiesta. Fueron los churros y un chocolate caliente la causa por la que empezaron a tener en cuenta que la noche se había acabado dando inicio a un nuevo día.

Muchos meses más tarde Susana continuaba con unas ojeras, si cabe, de mayor tamaño a las de otra época.

–         Perdona, se te ha caído esto.

Quien se dirigía a Susana era un joven al que se le notaba en demasía que el traje que vestía no había sido utilizado en mucho tiempo. Precedía a Susana en la larga cola por la que llevaban varias horas esperando.

–         Te has quedado dormida un momento, aquí recostada en la pared. – Le dijo él, entregándole el documento. Tal y como lo tienes plastificado, debe ser muy importante para ti ¿verdad?.

–         Muchas gracias. Sinceramente yo así lo creo aunque empiezo a tener mis dudas-, le respondió ella.

La puerta se abrió tan solo un minuto después de las diez. Con apresuramiento, la mayor parte de los miembros de la cola se adentraron en una amplia sala en cuyo frente se disponían unas mesas, cada una de ellas numerada. Susana fue de las primeras en hacer frente a quien, al otro lado, ya la ocupaba. Lentamente, como si de rogar fuera, hizo entrega como tantas otras veces del documento plastificado a la que vez que, dirigiéndose a quién lo recogía, le suplicó lo leyese con atención pues seguro que, hoy sí, podría encontrar solución a su gran problema.

–         Lo siento de verdad, no tengo nada para ti. Te pongo el sello como señal que has venido. No olvides renovar la cartilla, pues ya casi no te quedan hojas.

El joven, situado de pie a la espalda de Susana, pudo leer las grandes letras del documento: Susana Mendoza Arlés, Doctora Cum Laude en Ingeniera Aeronáutica. Aún cuando ya era su turno se dirigió de nuevo a Susana.

-Por favor, espérame. Yo también tardaré muy poco y me gustaría que tomáramos juntos, para quitar el frío, un chocolate caliente con churros.

La cafetería se encontraba desbordada con tanta gente en su interior. Su dueño había acertado al instalar el negocio enfrente de la Oficina de Empleo.

JOSE MANUEL BELTRAN

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Cierre la puerta por fuera.

La clase, como era por otro lado habitual salvo por razones obligadas de enfermedad, se encontraba totalmente llena. Sobre cada uno de los pupitres se mostraban, todavía sin abrir pues esa era una decisión directa de quien iba a dirigir la aburrida charla, los libros de cada uno de los obligados participantes. Algunos de ellos impolutos, lo que daba muestra del nivel de uso otorgado por su poseedor. Curiosamente el de Iñaki era uno de los más desgastados aún cuando también se podía decir que, por lo que él denominaba la ilógica de su contenido, era el más vilipendiado de toda su colección y eso a pesar de las cuantiosas anotaciones que, a modo de apostillas, él realizaba y que le servían para plantear sus preguntas al profesor.

Don Luis hizo su entrada al aula de forma apresurada, por otro lado lógica dado que ésta debía haberse producido hacía ya cinco minutos. Sin previo saludo de cortesía o excusa por el retraso, que entre otras muchas más cuestiones molestaba sobremanera a Iñaki, ordenó se abrieran los libros por la página 33. Una vez así procedido por parte de la mayoría, pues los de las últimas filas no podían ser observados ni siquiera desde el atril dónde se ubicaba don Luis, Iñaki levantó su mano en claro signo de solicitar autorización para tomar la palabra antes de abordar el tema elegido: El Bautismo.

–         ¿Qué desea usted, Ignacio?, le interpeló el profesor.

–          Gracias señor, pero soy Iñaki. Así estoy matriculado y de esa forma le relleno los exámenes.

–         Déjese de historias. Para mí usted se llama Ignacio y ya sabe que su empeño le vale para que yo califique sus exámenes con un punto menos.

Don Luis cortó tajantemente la incipiente conversación entrando de lleno en la materia. Anclado en ancestrales posturas, inició una larga exposición de lo que representa el sagrado sacramento para todas las familias católicas, por supuesto allí estábamos incluidos todos, pues España –la Patria, según él la denominaba- era católica. De esta forma queda el recién nacido purificado y pide perdón por el pecado original así como de cualquiera que, a pesar de su corta edad, pudiera haber cometido. Por supuesto señores –continuó don Luis- los padres del bautizado, cristianos también, confirman que educarán a su hijo en la Ley de Dios.

Es así como Iñaki rellenaba su cuaderno con numerosos apuntes, que le servirían después para aprobar la materia tal y como necesitaba para pasar de curso, al igual que efectuaba –siempre a lápiz- apostillas en el libro.

–         Don Luis, disculpe. Esta vez la mano de Iñaki se levantó al mismo tiempo que iniciaba su pregunta sin dar oportunidad a que el profesor pudiera interrumpirle.

–         Le he escuchado atentamente y tengo varias dudas, señor.

–         Venga Ignacio, diga su pregunta y no acapare toda la atención de la clase.

–         Verá señor. No logro entender el empeño de la Iglesia por bautizar a los niños, casi recién nacidos. Ni siquiera entiendo el por qué, unos mayores llamados padrinos y los propios padres del niño, imponen la realización de este importante acto sin tener en cuenta la opinión de quién lo va a recibir. ¿Por qué actúa así la Iglesia en contra de los propios actos de Jesús?- Iñaki, precipitó todas estas preguntas y otras más se quedaron en el tintero por la brusca interrupción de don Luis.

–         Pero, ¡que tonterías dice usted!, le gritó el profesor.

–         Señor, no entiendo por qué es una tontería. ¿Acaso, según el Evangelio, Jesús no fue bautizado por Juan El Bautista, en el río Jordan, cuando tenía 33 años de edad y por su propia voluntad y no la de sus padres?.

La respuesta de don Luis a tal pregunta fue fulminante aunque, por supuesto, nada esclarecedora.

–         Ignacio, ¡cierre usted la puerta por fuera!.

Iñaki quedó dubitativo durante unos segundos. De pie ante el profesor y ante el inicio de carcajada del resto de la clase, cayó en la cuenta. Por primera vez, era expulsado de clase. Elegantemente, eso sí, pero expulsado por aplicar la lógica –que no la fe- a una simple pregunta…… en clase de Religión.

JOSE MANUEL BELTRAN

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