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La serpiente de Evaristo

¿Sabes?, la verdad es que no recuerdo bien como llegué hasta allí pero, lo que nunca podrá desaparecer de mi memoria, es el por qué de mi decisión.

Evaristo, esa tarde y antes de regresar a su casa, había tomado unas copas de más. Su cuerpo frágil le decía que ya era suficiente, sin embargo había entrado en la rutina repetitiva de alargar su mano hacia la copa, sin que ya sus papilas gustativas pudiesen apreciar el peculiar sabor del ron. La conversación que él creía mantener con su contertulio –a la sazón el camarero que le servía la bebida- tenía como única respuesta señales de asentimiento, aunadas con pequeños esbozos de sonrisa.

–         Jaime, esta vida es una mierda, ¿sabes?. Tú si que vives bien ahí, al otro lado de esta barra. Sin problemas, porque dime, Jaime,  ¿tú tienes problemas?.

–         Señor Ruiz…..

–         ¡Que no me llames señor, joder!. Yo para ti soy Evaristo- , le replicó él.

–         Pues mire, Evaristo. Todos tenemos problemas pero lo interesante de esta vida es de tratar de solucionarlos. Es así como también nos sentimos felices pues, como tú Evaristo ya sabrás, si la vida de todo el mundo fuese como la del paraíso, ¿Qué coño pintaría allí la serpiente?.

La lógica de Jaime desconcertó a Evaristo, mucho más allá que la bebida. Quizás llevase razón y su decisión, tomada ya hacía varios años, no había sido del todo acertada, sobre todo, al no haber medido bien el tiempo de su duración.

Evaristo decidió hace años dejar su bien remunerado puesto de trabajo en la gran ciudad. Sin mayores explicaciones, ni siquiera con sus amigos más íntimos, procedió a completar una pequeña maleta y abandonar todo sin echar la vista atrás, al igual que hace el fugitivo cuando se evade del penal. No recordaba como, pero arribó en una pequeña isla del trópico americano. Sus ahorros le podían servir de sustento durante mucho tiempo pues, pocas eran las necesidades a las que se veía abocado.

Una inmensa playa de arena fina y blanca era visible desde su cabaña y, a su espalda, los colores de los árboles y plantas de la selva se entremezclaban de tal manera que difícilmente se podía discernir cuál era cuál. Eran muy pocos los habitantes de la isla, y en ellos se notaba la falta de ansiedad, de prisas y, mucho menos, de complicaciones. Cualquier detalle, bien fuere el nacimiento de un nuevo ser como la fortuna de un buen día de pesca, eran motivos suficientes para celebrar una fiesta y, por suerte, los días de pesca abundante eran muchos.

Evaristo se sentía feliz en aquel lugar con aquellas sencillas gentes, con el disfrute de la naturaleza, con todo lo que otros muchos no podían disfrutar por temor a perder sus otros privilegios. Hasta que llegó un día, y otro también, en que todo aquello desapareció.

Ahora, Jaime le había dado la solución. ¿Dónde coño estaría la serpiente?.

JOSE MANUEL BELTRAN

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