Chocolate con churros

Susana bajó del estrado muy lentamente y con sumo cuidado. No era para más pues, a la excesiva pendiente de la escalera, se unía la estrechez de los escasos cinco peldaños con los que ésta contaba. El vestido, comprado especialmente para la ocasión, tampoco se podía decir que fuese el más apropiado para ese menester aunque posteriormente, en la fiesta a la que todos concurrirían, era seguro que causaría sensación. El color negro siempre le había sentado muy bien y eso que, en esta ocasión, su madre discrepara de la elección. Perfectamente ceñido a todo su cuerpo, pues su figura así lo permitía, no contaba con ningún tirante. Es así como sus hombros quedaban totalmente al descubierto tomando comienzo, tan preciosa tela, en el inicio de sus modélicos senos que, a su vez, formaban soporte a tal elegante vestido. Mantuvo sus grandes dudas en el momento de elegir ente dos diseños diferentes pero, al final, por parecerle más juvenil se decidió por el que finalizaba con unos pequeños volantes. Quería compaginar, y a buen seguro que lo había conseguido, una línea sobria, elegante y estilizada con un final más vaporoso y que aportase a la prenda vivacidad, libertad y alegría, al igual que los vestidos de faralaes con su larga cola.

A su madre se le hacía bastante difícil encontrar el debido enfoque en todas y cada una de las múltiples fotografías que llevaba realizadas. No era culpa, ni de la máquina ni de sus inexpertas manos en la elección del zoom correcto. Todo lo contrario, la máquina funcionaba correctamente y, encima, era automática. Es así como, por fin, se dio cuenta que toda la culpa se encontraba en sus lagrimales pues sus ojos, de tanta emoción con la que disfrutaba, no paraban de llorar y de esparramar, cual mancha de tinta china sobre un papel, el rímel depositado en sus pestañas.

Susana era precedida, a la vez que perseguida, por otros muchos en similares circunstancias, aunque ellos sabían solventar esa papeleta de forma más práctica. Esbozaba una sonrisa acorde a la felicidad de su madre y, asido fuertemente a sus manos, se encontraba un pergamino delicadamente enrollado sujeto con un lazo rojo. A la finalización del acto todos cantaron el Gaudeamus Igitur.

Las horas de esa noche transcurrieron, de forma tan rápida, como si ninguna de ellas agotara sus reales sesenta minutos. Aún cuando en la gran mayoría, a pesar del maquillaje, las ojeras eran bien visibles consecuencia de muchos meses de esfuerzo, ninguno quería ser el primero en abandonar la fiesta. Fueron los churros y un chocolate caliente la causa por la que empezaron a tener en cuenta que la noche se había acabado dando inicio a un nuevo día.

Muchos meses más tarde Susana continuaba con unas ojeras, si cabe, de mayor tamaño a las de otra época.

–         Perdona, se te ha caído esto.

Quien se dirigía a Susana era un joven al que se le notaba en demasía que el traje que vestía no había sido utilizado en mucho tiempo. Precedía a Susana en la larga cola por la que llevaban varias horas esperando.

–         Te has quedado dormida un momento, aquí recostada en la pared. – Le dijo él, entregándole el documento. Tal y como lo tienes plastificado, debe ser muy importante para ti ¿verdad?.

–         Muchas gracias. Sinceramente yo así lo creo aunque empiezo a tener mis dudas-, le respondió ella.

La puerta se abrió tan solo un minuto después de las diez. Con apresuramiento, la mayor parte de los miembros de la cola se adentraron en una amplia sala en cuyo frente se disponían unas mesas, cada una de ellas numerada. Susana fue de las primeras en hacer frente a quien, al otro lado, ya la ocupaba. Lentamente, como si de rogar fuera, hizo entrega como tantas otras veces del documento plastificado a la que vez que, dirigiéndose a quién lo recogía, le suplicó lo leyese con atención pues seguro que, hoy sí, podría encontrar solución a su gran problema.

–         Lo siento de verdad, no tengo nada para ti. Te pongo el sello como señal que has venido. No olvides renovar la cartilla, pues ya casi no te quedan hojas.

El joven, situado de pie a la espalda de Susana, pudo leer las grandes letras del documento: Susana Mendoza Arlés, Doctora Cum Laude en Ingeniera Aeronáutica. Aún cuando ya era su turno se dirigió de nuevo a Susana.

-Por favor, espérame. Yo también tardaré muy poco y me gustaría que tomáramos juntos, para quitar el frío, un chocolate caliente con churros.

La cafetería se encontraba desbordada con tanta gente en su interior. Su dueño había acertado al instalar el negocio enfrente de la Oficina de Empleo.

JOSE MANUEL BELTRAN

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9 comentarios

Archivado bajo José Manuel Beltrán

9 Respuestas a “Chocolate con churros

  1. Me gustó el cuento. Refleja un realidad bastante descorazonante: la de aquellos que después de años de estudio y esfuerzo, no consiguen un trabajo en lo que les gusta y terminan haciendo cualquier cosa. O, en esta coyuntura internacional, directamente no consiguen nada…
    Saludos, ciudadano!

  2. Lamentablemente José Manuel debo acusarte de hacer trampa:
    No es un sueño estúpido sino la cruda realidad de muchos… incluidos los que no tienen, aún, que pasar por la cola del inem.
    Precisamente ayer un compañero de carrera me contó como, aun lamentandolo, había tenido que despedir a un buen técnico por el sencillo problema que sabia dirigir el equipo de desarrollo pero no vender, y lamentablemente si uno quiere sobrevivir debe facturar… y cobrar.

  3. Hola Daniela,
    Lamentablemente, y también en el ámbito internacional como subrayas, son muchos los jóvenes bien preparados que no consiguen trabajar en aquello para lo que han estudiado. En ocasiones, se les reconoce sus méritos para, a continuación, discriminarles por su falta de experiencia. Es así como todos sus sueños e ilusiones, de forma estúpida, se vienen abajo.
    Un besazo ciudadana. Gracias, como sempre, por tu aportación.

  4. Hola Lustorgan,
    Gracias por tu comprensión en esa pequeña trampa, nunca deseada por mí.
    Es la triste realidad, llevas razón. Esa era mi intención al plasmarlo en el relato porque, como dije antes a Daniela, esa ilusión, ese sueño de quien consigue reconocimiento oficial en su formación se considera estúpido e irreal por quién decide después no contratarle. Efectivamente, el relato es generalista y no solo enfocado a quien está apuntado en el INEM.
    Lo que cuentas, que te cuenta tu compañero, es sencillamente imperdonable para nuestra sociedad por mucho que el capitalismo se empeñe en creer que es así.
    Un abrazo ciudadano. Gracias por tu aportación.

  5. Pingback: Bitacoras.com

  6. sonvak

    En fin… ¿qué decir?…

    Estupendo como siempre. Besos!!

  7. Quizás sea hora de cambiar el capitalismo por otro sistema.

    ¿No me preguntes cúal?, no tengo ni idea..

    Excelente post ciudadano.

    Un abrazo.

  8. Impecable. Un beso ciudadano Beltrán.

  9. Hola Sonvak,
    ¿Qué puedo decir yo de tí?. Fresca, ingeniosa, divertida, tenaz, estupenda artista……..
    Un besazo, ciudadana

    Hola Goyo,
    ¿Cambiar el capitalismo? Anda que menudo tema.
    De momento, vaya esta reflexión:
    No hay mucha necesidad (de todo tipo) en el mundo, lo que hay es excesivo egoísmo.
    Muchas gracias Goyo. Un abrazo, ciudadano.

    Hola Nieves,
    Tú siempre tan gentil. Eres un cielo y, como es mi costumbre para todas vosotras, un besazo ciudadana.

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