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La novia de Culiacán (leyenda urbana)

Apenas tenia veinte años, hermosa, con toda una vida por delante. Se había enamorado perdidamente de Jesús y él también de ella. Eran amigos de Ernesto, quien toda su vida la había amado.

 

Guadalupe Leyva Flores, se llamaba pero le decían “Lupita” de cariño. Aquel día, Jesús le pidió matrimonio. Ella encanta aceptó. Todo estaba perfecto, la felicidad no podía ser mayor. Ernesto no se enteró hasta que Jesús le pidió de favor que fuera su padrino de bodas. Éste, con la furia en la sangre fue a la casa de Lupita a reclamar, porque el sentía un amor muy grande por ella, desde que eran niños. Lupita, tiernamente, explicándole las cosas amablemente le dijo que ella lo quería como un hermano, que amaba a Jesús y que por favor lo entendiera.

 

Llegó el día de la boda, en la ciudad de Culiacán Sinaloa México. La catedral lucía esplendida, Jesús, llegó primero y esperaba con ansias a su hermosa novia. Su padrino lo acompañaba en aquel momento.

 

Cuando la vio llegar, sus ojos se le iluminaron, era tanta la felicidad que sentía que nada que pudiera pasar se la quitaría. La abrazó, la dio un beso en la frente.

 

Ernesto no podía soportar aquello, era como si se estuvieran burlando en frente de él. Sacó una pistola y le dio un balazo en la cabeza a Jesús. Todos estaban espantados, Lupita no lo podía creer, de hecho nunca lo creyó, lloró sobre su cuerpo, mientras que Ernesto se daba un tiro también cayendo muerto al instante.

 

Pasaron los días, los meses los años, Lupita jamás se quitó el vestido de novia, incluso se le veía hablar sola, ida, ilusionada, muchos dicen que veía a su novio muerto. Durante más de treinta años se le vio pasear por las calles de la ciudad, con su vestido desgarrado de novia, hasta que un día murió.

 

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¿Te quieres casar conmigo?

– No. Definitiva y rotundamente, NO. No sé cómo llegó a sus oídos aquella historia ficticia de que quería comprarme con un lazo, pero este chico debía de ser algo cortito y no había captado la ironía del asunto. Y allí estaba, con un lazo de lo más friki, pidiéndome matrimonio. Si me hubiera podido ver la cara, diría que me había quedado blanca como la cal. Por un instante estuve paralizada, pero tras negarme a su propuesta, salí corriendo, como en aquella famosa escena de Julia Roberts en ‘novia a la fuga’.

 

 

¿Casarme yo? Ni pensarlo. Ya llevaba tiempo mosqueándome tanto romanticismo por su parte, pero esto ya era el colmo. Su idea de futuro estaba notablemente alejada de la mía, y no iba a permitir que me atara a sus planes de chico responsable. Aunque sea una frase hecha, fue bonito mientras duró.

No lo volví a ver. Supe, por amigos comunes, que había pasado una semana viviendo su duelo de despechado, pero pronto regresó a las andadas. Otra chica estaba siendo víctima de sus cursilerías y su hechizante sonrisa.

Espera, me llaman por teléfono. Es Montse. Dice que me invita a su boda. Iré a darle el pésame.

Próximo turno paraP – Montserratita.

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