Archivo diario: 8 mayo 2010

Un beso enorme para todas ellas

El día amaneció triste. Las nubes, aparentemente más bajas de lo normal, escondían en su interior tal revoltijo de gases que hacían presagiar una estruendosa tormenta. Sin embargo, mirando la frondosa arboleda, visible desde cualquier habitación, la placidez era total. El Dios Eolo se había concedido un descanso, quizás, temiendo la previsible tempestad.

El reloj no marcaba más allá de las nueve de la mañana. La operación había sido preparada con total pulcritud y meticulosidad. Llevaban ya muchos meses recogiendo datos, que inicialmente fueron sólo sospechas, y por ello la vigilancia a la residencia se había ampliado las veinticuatro horas del día. El juez, siendo realmente escéptico ante la multitud de pruebas aportadas, finalmente consignó su firma en el dichoso papel. Se autorizaba un registro total, y todos los empleados debían ser cuidadosamente apartados para que no pudiesen mostrar coincidencia en sus declaraciones, consecuencia de preacuerdo entre ellos. Era el día ideal pues, todos los dirigentes habían acudido la noche anterior a  una fiesta que, periódicamente, ellos mismos organizaban para la captación de más miembros.

Patricia no pudo pegar ojo durante toda la noche. Sabía que era la máxima responsable de todo el operativo aún cuando esa no era su verdadera preocupación. Su mente se había anclado, ya hace mucho tiempo, cuando de la noche a la mañana su madre desapareció. Los resultados obtenidos tras una intensa búsqueda que, en muchas ocasiones, sobrepasaban sus obligaciones profesionales habían sido decepcionantes. Y así, durante siete largos años. Esta vez su intuición le decía que no fallaría pero, cada vuelta de almohada era un nuevo recordatorio de anteriores operaciones fallidas.

Cada uno de los agentes se encontraba en la posición, ya previamente acordada. El recinto estaba fuertemente custodiado por cámaras de seguridad y perros que, con sólo mirarlos, a uno le entraba pánico. Por medio de unas estupendas piezas de carne, a las que se había inyectado un potente calmante, los caninos adormecían plácidamente sobre el césped. Mientras, sin tener que cortar los cables, se había manipulado electrónicamente la señal  que enviaban las cámaras a la sala de control.

El asalto fue rápido, tanto es así que la mayoría de los empleados se encontraban todavía en la cama, en muchos casos, compartida por hasta cuatro y cinco personas totalmente desnudas. Las órdenes se cumplieron a rajatabla. Mientras, el registro del resto de las dependencias se hacía cada vez más repugnante.

Las paredes de las habitaciones se encontraban cubiertas de un incipiente moho. En el suelo un pequeño agujero, abierto a base de descontrolados golpes de maza, hacía las veces de letrina. Los colchones, de goma-espuma, ofrecían innumerables huecos donde los ratones buscaban refugio. Unos viejos cuencos, todos ellos ennegrecidos, resultaban ser el soporte para lo que nadie podría llamar alimento, máxime cuando las moscas pululaban por ellos como las abejas en su colmena.

Uno tras otro, los habitantes maltrechos eran sacados de sus escondites con suma delicadeza. Estaban dispuestas unas camillas así como tres ambulancias, pero resultaron netamente insuficientes. Las puertas mostraban sus cerraduras oxidadas. No se habían utilizado en mucho tiempo, y razón tenían, pues para nada eran necesarias llaves. Los grilletes sujetos a la pared cumplían perfectamente su misión.

Al final del pasillo de una de las esquinas del complejo residencial, una de las habitaciones tenía la puerta totalmente abierta. De su interior salía un lánguido susurro; vacilante, Patricia se encaminó hacia su interior. Al frente de una ventana, sentada sobre una mecedora, una mujer desaliñada ofrecía sus brazos al aire que, al superponerse, asemejaban la silueta de un nido. De su garganta, salía una cariñosa y dulce melodía. Era una nana. Patricia quiso reconocerla pero no estaba lo suficiente cerca. Avanzó unos pasos y, de forma más clara, escuchó

“Ea, ea, ….

Mi niña duerme.

Ea, ea,…

El sueño le vence.

Ea, ea, …

Susurra el viento.

Ea, ea, ….

Mamá te quiere.

Al levantar los cabellos alborotados que cubrían toda la cara de la mujer, Patricia, que había entrado enmudecida a la habitación, sólo pudo decir: “Mamá……”.

JOSE MANUEL BELTRAN

PD.- En homenaje a todas las madres, abuelas, tatas y, en general, a todos los seres que, cantando una simple nana, nos demuestran que son muchos los momentos inolvidables para recordarlos siempre. Un beso enorme para todas ellas.

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