Archivo de la etiqueta: viejos

Parece sacado de una novela negra.

La lluvia se intensificaba más y los caminos comenzaban a hacerse de lodo, agua en abundancia que recorría todo el pueblo y sus alrededores.

Desde hacía tiempo que no llovía, hoy en cambio el coraje del cielo no se le veía fin. Nosotros estábamos en la casa de la abuela, jugando ajedrez, con dos cigarrillos prendidos y un poco de café en la olla que ya se había enfriado. El techo tenía encima unas láminas que lo recubrían, pero ahora era molesto con el granizo aquel escándalo que provocaban.

– Me doy, no puedo concentrarme así. – Mi primo estaba aturdido y yo no hallaba mayor distracción que una vaga mirada hacia la ventana enfrente de mí. Dimos por pausado el juego, así que levanté el tablero y lo subí encima de un librero, tratando de no mover las piezas y recordándole a mi primo que era su turno en la próxima ocasión en que se animara a seguir esa interesante partida.

Pero esa continuación no llegaría en mucho tiempo. A los tres días paró – por fin – de llover. Algunas casas en la parte baja de la montaña quedaron cubiertas de tierra, pero no veíamos señas de vida por ningún lado, así que pensamos que sus habitantes debieron abandonarlas durante la tormenta. El cielo sin embargo no se veía despejado, parecía enojado o enfermo, como si nos estuviera castigando por algo que hubiésemos hecho de mal.

– Algo malo va a pasar – mi abuela articulaba por fin palabra después de 72 horas. Y no se hizo esperar, la escena parecía sacada de una novela negra, la tragedia se veía evidente. A mí en especial me aterraba la idea de escarbar en esas casas sepultadas y encontrar siquiera animales muertos. Ubicaba perfectamente quién vivía en cada casa por lo que lamenté las pérdidas humanas por anticipado si es que algo malo hubiese pasado y nosotros llegásemos a enterarnos en las próximas horas.

Pero no fue así. La vida tomó un poco más de normalidad, las casas (tres en total) fueron desenterradas y no se encontró más que pérdidas materiales (pero las personas no aparecían aún), por lo que la calma regresó al pueblo. Un día no muy lejano a esos que habían pasado decidí despejarme y salir con mi primo (ambos nos encontrábamos de vacaciones, pues ya hacía tiempo que dejamos de vivir en ese hermoso pueblo) al billar que estaba a unas cuadras de la vivienda de mis abuelos. Ordenamos cerveza y alguna botana. Los viejos amigos comenzaron a aparecerse en diferentes tiempos y circunstancias. Uno de ellos me invitó una cerveza al tiempo que jugábamos a la carambola y de la nada apostamos a una sencilla (¿será por el alcohol que ya estábamos apostando?) a la cual le ofrecí una cerveza extra más un monto de 50 pesos. Cerré los dientes y apreté los labios cuando vi que mi estrategia se iba a la basura. Cumplí con lo que prometí pero mi amigo me notó raro, así que la expliqué que me encontraba preocupado por las últimas expresiones de mi abuela, y es que la conocía muy bien y sabía que un excesivo estrés traería consigo una enfermedad y no me gustaría para nada que pasara eso.

– ¿Qué fue lo que te dijo tu abuela, o cómo intuyes que se puede enfermar?

– “Algo malo va a pasar”, eso fue lo que me dijo.

Las carcajadas se hicieron evidentes y al poco rato todos nos fuimos retirando. Lo que pasó después lo viví con bastante intensidad. A los dos días estaba enfrente de la puerta de la casa la madre de mi amigo, bastante preocupada, pidiendo hablar con la abuela, lo cual se me hizo bastante extraño. Al poco rato pasó de nueva cuenta la señora, pero ahora iba de salida. Fuimos mi primo y yo al amanecer del siguiente día a recolectar unas cuantas nueces de la parcela del abuelo y puse atención a otra conversación entre gente de edad ya avanzada:

– No lo sé Don Lucho, a mí se me hace que los rumores son reales, vea uste’ namas ese cielo, negro, negro, ¿a poco es así siempre el cielo de agosto?

– Pues es lo que dicen compadre – decía don Lucho mientras contemplaba el cielo lleno de nubes grises – que algo malo va a pasar. Yo digo que lo más razonable es recoger la poca cosecha que se lleva juntada, no vaya a ser una de malas y se nos mueren las plantas y nosotros sin poderlas comer…

Vaya que mi abuela tenía poder de convocatoria. A mi paso rumbo a la casa oí decir algún comentario al respecto con otras personas.

– Es raro – decía una mujer a su hijo – ver a los pájaros posarse en los árboles de la iglesia y no en los del parque. Además mira a los perros en las azoteas, no paran de ladrar a todos lados, parecen como poseídos.

Un auténtico espectáculo visual en las noches nos dejó a todos perplejos. Los rayos no paraban de alumbrar el nido de la noche y sus truenos ensordecían nuestros hogares, en donde más de uno tenía en su mano un rosario o al menos recitaba alguna oración. Mi abuela permaneció quieta y segura de su hipótesis que ya había – sin querer – alterado al pueblo entero.

A la mañana siguiente el cielo despertó de un azul intenso, vivo, divino. Salí tempranísimo por unas piezas de pan, además de que mi primo había ido a ordeñar la vaca.

– Buenos días don Horacio, ¿qué no piensa vender pan el día de hoy? – pregunté al panadero un tanto extrañado al verlo sin el carrito en que siempre paseaba toda su mercancía.

– Si no soy terco joven – me contestó en un tono indignado – yo me largo de este pueblo infernal. Vea usted namas el cielo como nos traiciona, de seguro al rato llueve más fuerte y nos entierran con todo y ropa puesta. Vea tan solo qué les pasó a las casas de la otra vez.

– Es usted valiente Horacio – dijo un hombre al otro lado de la calle, quien cargaba una carreta con un montón de pertenencias, a un lado caminaban sus hijos y su mujer – nosotros nos vamos también. Dicen que el pueblo está maldito, vayamos hacia Santa Cecilia, seguramente allá nos darán la bendición y la bienvenida. No deje de seguirnos.

En un abrir y cerrar de ojos vi moverse un centenar de pequeños carros y máquinas para transportar, todos salidos de las diferentes casas y cargados hasta el tope de todo lo que ellos consideraban necesario para sobrevivir al viaje, a la emigración hacia Santa Cecilia, Santo Tomás, Villas del Carbón y otras localidades relativamente cercanas. Caminé apresurado en dirección a la casa de mi abuela, confundido y cómo no, espantado por tanto movimiento. Subí hasta su habitación y la encontré sentada en su silla mecedora al lado de la ventana, con la mirada perdida en el horizonte.

– ¿Ya ves hijo? Lo que supuse era verdad. Algo malo va a pasar.

Próximo turno para: W – Cuauhtemoc – Activo.

5 comentarios

Archivado bajo X - Mosquitovolador

Te compraré condones nuevos.

Cuando en este extraño experimento que se llama el blogguercedario (¿por qué con dos “g”?) estás atrapado entre Sonvak y Montse o Montse y Sonvak (tanto monta…) te vas acostumbrando a cualquier sorpresa. Casi siempre divertida, desafiante, un reto vamos. Intentas leer el relato en el que la frase final será tu título con calma, sin precipitarte hacia el desenlace, porque sabes que a partir de ahí, en cuanto le pongas la vista encima, te quedarás mirando la pantalla como un tonto, mientras lentamente la boca se te abre y la baba comienza a gotear. Vamos que se te queda una cara de gilipollas… Por eso suele ser mejor que procedas a su lectura en casa, a solas, en esas horas de la noche en las que la gente de bien se ha acostado y sólo quedáis por ahí Sito y tú (pero cada uno en su casa, ¿eh? Que luego sois muy mal pensados).

Pero es que hoy… “Te compraré condones nuevos”. ¡Coño!, como promesa era extraña, había que reconocerlo, pero como título es que no me da para nada. ¿Alguna vez habéis oído decir a alguien “te compraré condones nuevos”? Pues eso.

 

 Además la frase, en sí misma, ya me dejaba perplejo con varias preguntas colgando en el aire:

 

– “Nuevos” ¿era antónimo de viejos o de usados?

 

– ¿Se pueden comprar condones viejos? (Digo yo que serán especiales para señoras que quieran ser mamás, como la protagonista del relato de Montse, o para cabronazos que quieran dejar sorpresas…)

 

– ¿Se pueden comprar condones usados? (puajjjjj…)

 

– ¿Se pensaría, quien haya realizado la promesa, que hasta ahora los utilizaban viejos o usados (¡¡puajjjjj…!!)?

 

– También me pregunto si las sensaciones serán las mismas con condones nuevos, viejos o usados. Aquí por favor, el que tenga experiencia que nos lo explique y deje las diferencias en los  comentarios a ver si nos cuscamos todos, porque a lo peor nos estamos perdiendo algo importante por pura ignorancia. En cualquier caso hay que estar avisado no sea que la próxima vez que vaya a la farmacia y pida condones nuevos, me los den de otra “marca”.

 

De todas formas estoy seguro de que si le pido a mi farmacéutica  condones “usados” me saca a gorrazos de la farmacia, pensando en algún tipo de aberración.

 

Además, la frasecita de marras tiene su aquel, y puede ser dicha con segundas intenciones; si la frase va, por ejemplo, dirigida hacia mí, un varón (de momento):

 

¿Se puede interpretar como una promesa de sexo futuro? ¿Puedo deducir de ella que me están  asegurando diversión para la próxima vez? Es decir si, por ejemplo, mañana me cruzo con Angelina Jolie por la calle o tomando un café en el bar de la esquina y me dice en su perfecto castellano (es mi ejemplo y lo pongo como quiero. Si lo pongo en inglés no me entero) “te compraré condones nuevos” ¿se lo puedo decir a toda la oficina? ¿puedo contar ya la batallita o he de esperar a que consumemos y los transformemos en viejos?

 

Claro que si quien te lo dice es tu novia/esposa, es para darte el pésame. Es plenamente consciente de que hace tanto tiempo que no mojas que se han caducado en tu cartera (los ilusos los llevan en la cartera, por si acaso, mientras que los relistas los dejamos en el cajón de la mesilla que molestan menos). Y cuando te lo dice tu “santa” más vale que hayan caducado, porque sino, ella que controla el calendario perfectamente, te pedirá cuentas de dónde los has gastado, cuándo y con quién. Y de esa no hay quien salga vivo. Tened en cuenta que los cuerpos de policía más famosos del mundo estudiaron las técnicas de las esposas que sospechaban para saber como interrogar a los detenidos.

 

Hoy tardo en poner el post porque estoy esperando los resultados de una encuesta. En la oficina he hecho dos grupos: hombres y mujeres para estudiar sus reacciones cuando les soltaba la famosa frase y ver las diferencias por sexos.

 

– Yo: “Te compraré condones nuevos”:

 

          Mujeres: Todas sin excepción me han mirado inicialmente como si estuviese loco, luego con inmenso desprecio y finalmente me han soltado varios sinónimos de los cuales el más suave ha sido “guarro”. Alguna incluso ha dicho algo de acoso y no se qué.

 

 

          Hombres: Aquí he encontrado dos tipos de reacción:

 

 

o       El grupo A que directamente, y amenazando con soltarme una hostia, me ha espetado: “Maricón” ( y oye, por muy avanzados que estemos y que sus bodas están permitidas, este grupo logra que parezca un insulto muy gordo)

 

 

o       El grupo B, que he denominado de los derrotados, que directamente, y con cara de pena, me ha dado las gracias porque sí, estaban seguros de que les habían caducado los suyos.

 

En fin, como veis, lo de comprar condones nuevos lleva una cierta polémica. Sobre todo porque lo importante no es si los condones son nuevos, viejos o usados. Lo importante, lo más motivador y que derrite todas las barreras, como cualquier varón que por aquí campe puede atestiguar, es que el coño sea desconocido.

 

Próximo turno  N – Sonvak – Activo

 

14 comentarios

Archivado bajo Aspective_

¿A dónde iríamos cuándo Marte también fuese historia?

Nos había informado de que  iba a cerrar. Definitivamente. Desde hace años, tantos que ya no me acordaba de cuántos, cada día, cada tarde, nos juntábamos allí todos, al menos los siete que quedábamos, y charlábamos, echábamos una partida, tomábamos unos chatos y sobre todo, nos hacíamos compañía antes de volver a la soledad de cada uno.

El Marciano nos miró con algo de tristeza. Por más que nos insistiera desde siempre que su nombre era Marcelino y que el bar se llamaba así por él y por su mujer, Teresa, la retranca popular lo había transformado en la sucursal del plantea rojo y a sus dueños, en los Marcianos. Y ahora, había decidido que ya no aguantaba más. Hacía tiempo que se podía haber jubilado, pero como él decía ¿Dónde iba a estar mejor que allí, con sus amigos? Su mujer, como las de todos nosotros, había fallecido en aquel terrible accidente de autocar, durante una excursión de la parroquia. Desde aquel día la desgracia nos unió, nos dio una cohesión y el Marte se convirtió en nuestra iglesia, en nuestro hogar, en el lugar dónde más presentes estaban y el único sitio en el que podíamos hablar de ellas como las sentíamos: allí, junto a nosotros,  sonriendo con el último chiste verde, protestando del trabajo y de los niños y de la poca ayuda, haciendo milagros con el exiguo jornal, faenando en casa siempre incansable, siempre consoladora… Sin embargo ahora, lejos ya los hijos, cansado, y con esta crisis encima… cerraba. El local, entrañable para nosotros, se había quedado viejo a los ojos de esos encorbatados de las nuevas oficinas de la zona, que preferían desayunar y comer en alguno de esos locales que las multinacionales habían abierto por doquier en el antiguo barrio.

Y el Marciano, el querido Marcelino, que a pesar de tener ese cartelito de “hoy no se fía, mañana todo el día” y el consabido garrote “quitapenas”, siempre te invitaba a un café o te apuntaba una comida cuando veía que el final de mes se te había adelantado en un par de semanas, había dicho basta. Se había cansado intentando aguantar un poco más, esperando tiempos mejores que para algunos nunca llegan.

¿A dónde iríamos ahora? ¿Dónde iban a querer a un grupo de jubilados que sviejos4e reunían alrededor de un par de cafés y dos chatos de vino, a ver el partido en la cadena que tocase, a comentar las noticias del día o a encontrar soluciones a todos los problemas del mundo? Es cierto teníamos los sitios esos del ayuntamiento en los que se reúnen los viejos. Pero nosotros no lo éramos. Sólo estábamos jubilados. Además, no podíamos dejar que nos trataran como a niños de teta diciendo lo que podíamos o no podíamos hacer, beber, gritar o maldecir. Era nuestra vida. En casa, al volver, sólo nos esperaba la soledad. Después de tanto tiempo todavía quedaban las ausencias. Habían pasado diez años y ellas seguían presentes cada día en nuestras conversaciones, en nuestros recuerdos, en aquellos momentos en común que habíamos compartido. Y nuestro consuelo era la compañía mutua, la amistad cimentada en horas, en años de sujetar una lágrima o evocar un recuerdo y salir del momento soltando un exabrupto, dando un golpe en la mesa al soltar el pito doble o cantar las veinte en copas. Ellos comprendían. Todos comprendíamos. ¿A dónde iríamos cuándo Marte, nuestro Marte, también fuese historia? Con él se cerraba igualmente nuestra historia. Quizá sólo era un viejo bar.

P – Montserratita – Activo

5 comentarios

Archivado bajo Aspective_