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¿Qué hago con mi vieja?

– ¿Oigo?

– Carlos, soy yo, Lucy. Llamo para saber si estarás ahí después de almuerzo, por la tardecita, para pasar por tu casa.

– Sí, sí, no pienso salir. Ven cuando quieras -respondió él algo dudoso.

– Okey, nos vemos. Chao.

– Chao, Lucy.

Carlos se quedó petrificado, con un sinfín de ideas absurdas atropellándosele en la sien, entre las anchas cejas y más abajo, en el pecho. Unos segundos, un minuto, dos, tres… Por fin colgó el auricular gris que sostenía aún en la mano derecha.

“Lucy, Lucy viene para acá… a ver, Carlos, tienes que prepararte, empieza recogiendo un poco ésto y poniendo orden en tu cuartucho, no pierdas la compostura, tranquilo, cógela suave, a ver, mírate en el espejo del pasillo, sí, te ves bien, no, estás gordo por ese lado, ¿y las cañas?, a ver, haz fuerza, ¡duro, chico, duro!, no, esos brazos ya no son los de un joven de veinte años, ¿y el pelo?, para este lado, no, mejor para el otro, no, mejor despeinado, no, así no, péinate para atrás, ¿y la cara?, mira eso, aféitate, que pareces de ingreso, ¿y qué tienes para tomar?, en esta jodida casa nunca hay nada para ocasiones especiales, como ésta, ve a la cocina, chico, mira a ver en el closet, no, nada, ni una fruta para hacer un jugo, ni agua hervida siquiera, estás del carajo, qué desastre, aquí falta la mano de una mujer… como Lucy. Lucy es la mujer que siempre ha faltado aquí…”.

Mientras Carlos enloquecía pensando en cómo prepararse él y a su reducida casa para la inesperada visita de Lucy, Ricardo, su mejor amigo, cruzaba el umbral de la vieja puerta del patiecito trasero, al que daba la cocina.

– Brother, ¿qué vuelta, qué se cuenta? -saludó Ricardo estirándole la mano para saludarlo.

– Mi socio, ¡me has caído como anillo al dedo! -Carlos se le acercó a pasos agigantados-. No me puedes fallar, fijate. Préstame la llave del apartamento lindo ese que tú le alquilas a los yumas.

– Qué va, compadre, está lleno hasta la semana que viene.

– Yo te lo pago después, fíjate, lo juro. Sólo lo necesito un par de horas.

– No jorobes, no es eso. ¿Qué hago con mi vieja? Vino a verme unos días y tú sabes que a ella no es fácil sacarla de la cueva -se lamentó Ricardo.

– Oye, chico, no me digas eso… -Carlos se desinfló de un tirón-. Es que viene Lucy y aquí, como está ésto, mejor que ni entre…

– ¿Y Lucy resucitó? ¡Esa no me la sabía!

En ese preciso momento tocaron el timbre de la puerta delantera y el perro impertinente de los altos comenzó a ladrar desaforadamente, como ya era usual.

Perro en techo

– Carlos, brother, me tengo que ir ahora, sólo vine a traerte ésto -dijo Ricardo sacando una botella de ron de la ajada mochila que llevaba al hombro-. Vengo por la noche para festejar, ya te contaré por qué. Ah, y vemos cómo resolvemos eso tuyo, a ver qué se me ocurre. Ve y abre ya, que el perro ese va a volver loco al barrio entero.

Ricardo se fue por donde mismo vino. El patio de la casa de su cuñado colindaba con el de la de Carlos y desde siempre fue más fácil saltar el muro de concreto que caminar más de la cuenta para entrar por el frente. Carlos por su parte se dirigió a la despintada sala para abrir la puerta de la casa. Ni ánimos tuvo de decirle a su amigo que para por la noche ya sería demasiado tarde hablar de su apuro. Abrió la puerta. Era Lucy. Había llamado a Carlos desde la farmacia que hacía esquina a dos cuadras de allí, sólo para asegurarse de que Carlos estaba en casa. Cuando Carlos la vió se quedó tieso como un reloj de pared.

Próximo turno para: U – Pitufrapa – Activo

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