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Ciudadana del mundo

Difícil… He meditado sobre el tema detenidamente y me resulta imposible quedarme solo con una ciudad. Podría hablar sobre la ciudad donde vivo pero hay otras muchas que me atraen irremediablemente. Creo que me siento una ciudadana del mundo. Lo que no tiene una ciudad, lo tiene otra ciudad, o lo tienen repetido y aún así diferente como diferentes son sus gentes a pesar de ser también iguales.

Esto es como pedirme que me decida sobre un sabor de helado… ¡¡hay tantos que me gustan por igual!!.

Cuando miro a mi alrededor, lo que veo es el mundo. Un mundo lleno de ciudades preciosas, de pueblos arrebatadores, de lugares que ni tan siquiera alcanzo a imaginar. Un mundo tan lleno de maravillas que produce tristeza pensar que lo abandonaré sin llegar a conocerlo en su totalidad.

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Hasta el año que viene no volvería a ocurrir algo semejante

Por: K – Alejandro Marticorena


LunaLa niña rubia de grandes ojos azules ajustó el aumento de sus binoculares de modo de poder contemplar el acontecimiento astronómico en forma acorde con la importancia que tenía el evento.

Un hecho que  había logrado reunir, en la planicie de pastos largos y lacios como cabellos, a no menos de un par de millares de habitantes de la aldea a la que llamaban Burkha, un pueblito perdido tras los montes orientales de esa ignota región que ni aún los mapas más detallados consignaban.

Hasta el año que viene no volvería a ocurrir algo semejante. Los astrónomos lo habían vaticinado así. Teniendo esto en mente, Arkana ajustó luego, moviéndose con la agilidad de un felino, el trípode sobre la base de piedra que siglos atrás (se decía) había servido como sitio de sacrificios de civilizaciones milenarias.

Ya era prácticamente de noche cuando, por fin, el espectáculo que les brindaría la bóveda celeste comenzó. Alguien gritó algo y señaló hacia el este. El silencio fue creciendo conforme los asistentes comenzaban a advertir que el “show” que el cielo les ofrecería esa noche había comenzado.

Todavía no era momento para contemplar el evento en toda su magnificencia, pero Arkana era pequeña aún y no sabía esperar. Pegó sus hermosos ojos a los lentes de sus binoculares y sonrió. La luz que entraba por el dispositivo óptico iluminó de un color blanquecino sus azules ojos inmensos.

Los padres de Arkana, de pie a pocos pasos de ella, sonrieron ante su avidez. Se miraron, y pensaron que algún día sería astrónoma, como aquellos que con sus anuncios habían logrado congregar la atención de la mayoría de los habitantes de un perdido pueblito detrás de las montañas.

Media hora después, el espectáculo estaba en su esplendor. El padre de Arkana llamó a su hija. Ella había estado absorta en los detalles que podían verse gracias a los enormes binoculares y se estaba perdiendo la imagen de conjunto.

Que la parte nunca te impida ver el todo“, le había dicho más de una vez. Y ésta era una de esas ocasiones.

Arkana se acercó a sus padres y contempló, por primera vez en su vida, algo que el cielo sólo les regalaría esa noche y otra, un año más tarde, y que luego tardaría varias vidas en repetirse.

Las tres lunas, amarillentas y redondas como ojos desesperadamente abiertos, formaban una línea recta vertical perfecta, a unos 30 grados en elevación desde el horizonte.

La del centro dejaba ver sus tenues pero definidos anillos, inclinados a unos 45 grados, muy parecidos a los que Arkana había visto en imágenes tomadas por la sonda espacial Dhakma, que el año anterior se había acercado a uno de los gigantescos planetas del sistema solar vecino, a cuatro años luz de allí.

Arkana pensó en los planetas que la sonda había descubierto. Pensó en el tercero contando desde la estrella en torno a la que orbitaban y en las especulaciones sobre la posibilidad de que hubiera vida allí, ya que –por su coloración azulada– parecía indiscutible la presencia de agua en abundantes cantidades. Pensó en cómo serían, de existir, las formas de vida de ese lejano e ignoto planeta.

Y pensó, además, en lo vacías y aburridas que se verían las noches desde un planeta que sólo poseía una única luna.

Próximo turno: M – Daniela – Activo

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Archivado bajo José de la Cruz

Ese periodista era su padre

Vivió los últimos años informando, trabajando con la necesidad, más que obsesión, de hacer entender a la humanidad que los papeles estaban invertidos.

Mientras la Tierra se defendía eliminando la capa de ozono y contaminando el agua que mantenía vivo el virus de la humanidad, él intentaba conseguir el perdón del planeta.. un perdón que nunca llegaría.

Miles de criticadas pancartas intentaban salvar al planeta mientras la redonda madre continuaba el trabajo de eliminar tan peligrosa especie de su superficie.

Primero fueron los ríos, después los lagos, los mares… el Sol dejó de ser un amigo y la noche perdió el romanticismo. Síntomas que parece que sólo eran percibidos por quienes muchos consideraban casi un Dios, el dios de la información.

Ahora, algunos años después de terminar con su trabajo, la Tierra comenzó a arrepentirse. Echaba de menos el ruido de esa bacteria llamada humanidad, sentía falta de las pequeñas explosiones que devastaron continentes, nada comparado con los grandes impactos de asteroides del pasado.

La Tierra no estaba sola… millones de seres vivos continuaban jugando entre sus sombras, mucho más resistentes a las nuevas condiciones climáticas que los frágiles hombres. Una compañía que ayudaba a olvidar que había matado a su padre, al gran periodista de la humanidad, al único que había entendido que ella no era la víctima.

M – Chapinita – Activo

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Archivado bajo Sara de Lupotac