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Ya tengo un par de calcetines. ¿Te gusta lo que ves?

Carlos era un cincuentón bien parecido al que las canas no conocían ni de lejos. A veces Ricardo, su mejor amigo, socio de nocturnas andanzas y confidente histórico, se burlaba de él acusándolo de contrabando de tintes para el cabello. Carlos sonreía cada vez y le echaba en cara a Ricardo su envidia natural, como cuando eran unos chiquillos y aquel no podía aceptar que él, el bonitillo del barrio, se hiciera novio, sin mucha dificultad, de cualquiera de las niñas más codiciadas de la escuela.

Ahora, sentado en la barra del bar de la esquina, lo incomodaba un tanto el asfixiante perfume de la mujer a su lado. Era hermosa. Ella ya estaba allí cuando él llegó una hora antes pero seguía con la mirada perdida hacia la empolvada colección de botellas de vinos y rones de la pared. Carlos ya había reparado en sus largas y sensuales piernas cuando saludó al sentarse. Pero la inmutable dama levitaba en otra realidad ajena a la que Carlos pisaba. Hacía tanto que no la veía…

– ¿Esperas a alguien, Lucy? –le preguntó.

Lucy giró su cara noventa grados para responderle a Carlos con desgano.

– ¿Y qué, Carlos? Sigues igualito… ¿Cómo te ha ido?

– No me digas nada que me robaron en la casa antenoche. Me dejaron pela’o pero al menos ya tengo un par de calcetines. ¿Te gusta lo que ves? –dijo Carlos descalzando el pie izquierdo y levantándolo un poco.

– ¿Y de dónde sacaste tú el arcoiris ese? Ay, Carlos, no tengo ganas de reírme sino todo lo contrario.

– A llorar a Maternidad, Lucy. ¿Es que sigues tan rebencúa como antes?

Por respuesta recibió una gélida mirada, húmeda de lágrimas que una vez fueron río, seguida de un gesto inesperado con el que terminó vaciando, en la camisa de su vecino, lo que quedaba de vino en su copa. Lucy no dijo una palabra; volvió a perderse en sus pensamientos.

Carlos, atónito, no supo cómo reaccionar en ese instante. Pasados unos segundos se levantó de la banqueta corroída y pesada. Se alejó rumbo al baño evitando apoyar el calcañal izquierdo, con el zapato en la mano. Juró venganza a su manera: seduciéndola como hizo años atrás, seguro de que no fallaría y silbando uno de sus boleros preferidos de la vitrola de antaño:

“Y al notar ese desprecio
de ojos que por mí lloraron,
pregunté si con el tiempo
sus recuerdos me alejaron
”.

A – Codeblue – Activo

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