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Víciame, víciame mucho

“Tengo vicios y de todos los colores”, a modo de reunión de viciosos anónimos hoy aquí me descubro, pudiera ser. El vicio tiene casi tantas acepciones que no sabría cómo catalogar todos los excesos que contemplo.

Entre los más populares se encuentran el tabaco, alcohol, drogas más fuertes que las dos anteriores, juego, sexo. Por otro lado podríamos contar con adicciones menores tales como el chocolate (no vuelvo a hablar de drogas) y el café; incluso podría hablar del deporte, la comida, el trabajo y las aficiones, si nos ponemos meticulosos en el tema.

Pues yo nada de eso, no considero que mis aficiones al alcohol, juego, sexo y café sean lo suficientemente excesivas como para catologarlas de vicios, pero como son consideradas así, ¡he aquí mis vicios! pero no es de lo que quiero hablaros, no de lo que me evoca a mí la frase “¡qué vicio!”.

Anoche tuve un recuerdo, sea por nostalgia o por pocas horas de sueño esta semana, y fue bonito; lo más preocupante es que me vieniera al pelo para este post jeje. Para mí, mi vicio, mi qué vicio, es un recuerdo de la infancia, como decimos en mi tierra “to chiquinino”, en una máquina recreativa de aquellas de cinco duros jugando a las tortugas ninjas y escuchando cómo se referían a mí otros niños mientras pasaba una tras otras las fases del videojuego:

¡qué vicio tiene!

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¿A dónde iríamos cuándo Marte también fuese historia?

Nos había informado de que  iba a cerrar. Definitivamente. Desde hace años, tantos que ya no me acordaba de cuántos, cada día, cada tarde, nos juntábamos allí todos, al menos los siete que quedábamos, y charlábamos, echábamos una partida, tomábamos unos chatos y sobre todo, nos hacíamos compañía antes de volver a la soledad de cada uno.

El Marciano nos miró con algo de tristeza. Por más que nos insistiera desde siempre que su nombre era Marcelino y que el bar se llamaba así por él y por su mujer, Teresa, la retranca popular lo había transformado en la sucursal del plantea rojo y a sus dueños, en los Marcianos. Y ahora, había decidido que ya no aguantaba más. Hacía tiempo que se podía haber jubilado, pero como él decía ¿Dónde iba a estar mejor que allí, con sus amigos? Su mujer, como las de todos nosotros, había fallecido en aquel terrible accidente de autocar, durante una excursión de la parroquia. Desde aquel día la desgracia nos unió, nos dio una cohesión y el Marte se convirtió en nuestra iglesia, en nuestro hogar, en el lugar dónde más presentes estaban y el único sitio en el que podíamos hablar de ellas como las sentíamos: allí, junto a nosotros,  sonriendo con el último chiste verde, protestando del trabajo y de los niños y de la poca ayuda, haciendo milagros con el exiguo jornal, faenando en casa siempre incansable, siempre consoladora… Sin embargo ahora, lejos ya los hijos, cansado, y con esta crisis encima… cerraba. El local, entrañable para nosotros, se había quedado viejo a los ojos de esos encorbatados de las nuevas oficinas de la zona, que preferían desayunar y comer en alguno de esos locales que las multinacionales habían abierto por doquier en el antiguo barrio.

Y el Marciano, el querido Marcelino, que a pesar de tener ese cartelito de “hoy no se fía, mañana todo el día” y el consabido garrote “quitapenas”, siempre te invitaba a un café o te apuntaba una comida cuando veía que el final de mes se te había adelantado en un par de semanas, había dicho basta. Se había cansado intentando aguantar un poco más, esperando tiempos mejores que para algunos nunca llegan.

¿A dónde iríamos ahora? ¿Dónde iban a querer a un grupo de jubilados que sviejos4e reunían alrededor de un par de cafés y dos chatos de vino, a ver el partido en la cadena que tocase, a comentar las noticias del día o a encontrar soluciones a todos los problemas del mundo? Es cierto teníamos los sitios esos del ayuntamiento en los que se reúnen los viejos. Pero nosotros no lo éramos. Sólo estábamos jubilados. Además, no podíamos dejar que nos trataran como a niños de teta diciendo lo que podíamos o no podíamos hacer, beber, gritar o maldecir. Era nuestra vida. En casa, al volver, sólo nos esperaba la soledad. Después de tanto tiempo todavía quedaban las ausencias. Habían pasado diez años y ellas seguían presentes cada día en nuestras conversaciones, en nuestros recuerdos, en aquellos momentos en común que habíamos compartido. Y nuestro consuelo era la compañía mutua, la amistad cimentada en horas, en años de sujetar una lágrima o evocar un recuerdo y salir del momento soltando un exabrupto, dando un golpe en la mesa al soltar el pito doble o cantar las veinte en copas. Ellos comprendían. Todos comprendíamos. ¿A dónde iríamos cuándo Marte, nuestro Marte, también fuese historia? Con él se cerraba igualmente nuestra historia. Quizá sólo era un viejo bar.

P – Montserratita – Activo

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