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Si tu saltas, yo salto

Corremos a través del bosque huyendo, los pisadas que se escuchan detrás de nosotros son rápidas e incansables, cual jauría de perros ansiosos de hincarnos los dientes. Cada paso nos hace jadear de cansancio, los gemidos de angustia brotan de nuestras gargantas secas y el sudor acre empapa nuestras ropas…

 

Todo este lío comenzó ayer por la tarde. Llegamos a este apacible pueblo del centro de México buscando agua y comida, los suministros normales para un par de periodistas en viaje de descubrimiento, siempre las crónicas de carretera son un alivio para un reportero fastidiado de cubrir los innumerables eventos sociales de las ciudades y un buen ejercicio para que la pluma no se oxide entre relamidos elogios a artistas y reinas del Jet-set.

 

Como todo pueblo relativamente alejado a la capital mexicana, este tiene unos 10,000 habitantes, pequeño y pintoresco ofrece pocos servicios al viajante, así que nos tuvimos que conformar con la tienda de conveniencia, y con un hotelucho que creo carece de estrellas pero al menos tiene agua corriente y caliente.

 

Definitivamente estábamos en el paraíso, alejados de la “civilización” y del bullicio y con un lugar muy folklórico que retratar. El objetivo de este viaje, tal y como el editor lo había propuesto, era encontrar lugares ocultos en las carreteras poco transitadas donde recomendar un sitio de paseo relativamente barato y al alcance de la mayoría de los lectores. Dependiendo del éxito de los reportajes iniciales, podría convertirse en una columna permanente.

 

Comenzamos por recorrer las calles al atardecer, con su gente que iba y venia en un trajinar tan antiguo como la civilización misma, aquí una marchanta vendiendo tortillas del comal, allá un pastor conduciendo su rebaño que defeca sin reparos en el empedrado de la calle. A lo lejos la silueta de una iglesia, probablemente del siglo XVII, con su alto y único campanario que se vuelve referencia obligada en un pueblo tan pequeño.

 

“Delante de la iglesia”… “Detrás de la iglesia”… “del lado de la torre” se escucha constantemente en la convivencia diaria de los humildes habitantes del lugar que comercian sus viandas en un mercado de apenas 5 o 6 tenderetes y en las platicas de los jóvenes aburridos que dan vueltas por la plaza durante el calor de la tarde.

 

Las chicas del lugar… sentadas alrededor del kiosko toman nieve, mientras los chicos las vigilan desde lejos cuchicheando y murmurando. Cuando cruzamos la plaza, las miradas de las niñas inmediatamente se vuelcan en John, mi compañero de viaje y fotógrafo de la expedición, el cual debo reconocer tiene ese efecto en todas y cada una de las mujeres que lo rodean, con ese aire de gigante nórdico destaca entre la gente, el cabello rubio largo y su cámara colgando del cuello.

 

Debo de reconocer que al principio me enfadaba que fuera así y que entrando él en escena los demás mortales no tuviéramos la menos oportunidad de ligar, pero después, al hacernos amigos, comencé a aceptarlo como un hecho consumado que además se volvió una constante broma entre nosotros. Esta vez, tampoco fue la excepción.

 

Al ir cayendo la noche, la gente comienza a dispersarse de la plaza, sin embargo, desde el porche del hotel observamos como un grupo de chicas se rezaga del resto y no deja de voltear hacia nosotros. Cortes como siempre John les devuelve un lejano saludo, agitando la mano y sonriendo con esa mueca tan infantil que más de una vez ha llevado a una mujer a su cama.

 

Decidimos salir a caminar a las calles semi-oscuras, y de paso tomar un juego de fotos del lugar al caer la noche. Como hemos quedado de acuerdo que el hotel, vale la pena como lugar de paso, pues sirven una deliciosa cena casera, recomendaremos el lugar y sus alrededores, aunque sea solo como eso “Lugar de paso”. Además nunca sobra una caminata después de comer tanto.

 

El paseo no nos tomara mucho tiempo en tan pequeño lugar, pero lo haremos con calma, avanzamos por la calle principal cuando de pronto el susurro de una voz femenina nos detiene, el grupo rezagado nos espera encubiertas por las sombras del arco de un portón. Tres chicas se lanzan literalmente a los brazos de John que sonríe mientras le susurran cosas al oído.

 

Yo, resignado me dispongo a dejarles y volver al hotel, cuando una delicada mano me toma del brazo y me atrae hacia las sombras, una suave voz me murmura con dulzura mientras su ávida mano se introduce entre mis ropas, sorprendido al principio, me dejo llevar por mis emociones. Nos conducen animadas por las calles del pueblo cuando de repente una patrulla rural nos detiene.

 

Los molestos ojos de cuatro policías nos observan mientras uno de ellos comenta en voz alta que ya había opinado el que causaríamos problemas, John sonríe y levanta las manos en señal conciliadora, yo saco del bolsillo un fajo de billetes y me dispongo a hacer lo que siempre hacemos en estas situaciones, sobornarlos. Las chicas se esconden entre las sombras mientras un par de uniformados sale en su búsqueda.

 

La sonrisa de John y un buen fajo de billetes parecen llevar a buen término las negociaciones cuando los policías regresan con un par de las prófugas, al iluminarlas los faros del vehiculo oficial, los dos agentes que se quedaron con nosotros sueltan tales gritos de furia que es imposible no darse cuenta de que son algo mas que conocidos de las chicas.

 

Mientras sin pensarlo emprendemos la carrera hacia el primer lugar que vemos, escuchamos el forcejeo de los agentes y un par de disparos sueltos que no hacen más que acelerar nuestra carrera, hemos dejado atrás el fajo de billetes, a los agentes y a las damas. Se perfila frente a nosotros el puente del río que vimos al llegar.

 

Escucho a John gritar “Salta… salta, yo te sigo”, un disparo… un grito. No vuelvo la cabeza atrás,

 

Mientras caigo al río con la esperanza que el agua sea lo suficientemente profunda, lo único que puedo pensar es que yo solo buscaba un lugar para poner el miembro.

S – Unsinagawa – Activo  salta turno a:

T – Carolinagromani – Activo

 

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Archivado bajo R - Arielshinigami - Activo

Pues entre mis manos tenía el pene más precioso que había visto en mi vida.

Sí, era realmente precioso. En textura, color, sabor, dimensiones… era lo que siempre habría definido (no me atrevía a decir soñado) como un pene perfecto. Pero tenía un ligero inconveniente: No había forma de que se pusiera en marcha. Aquella maravilla descansaba, suave y flácida, en mis manos, sin erguirse a la conquista de los territorios que yo le pensaba facilitar. Y desde luego en esa posición no iba a conquistar absolutamente nada.

Despacito, con dulzura, desplegando todas mis habilidades, recurrí a  las artes que sabía, o mejor dicho recordaba, pues hacía mucho tiempo que no me veía en una igual… Sin ningún efecto. La tristeza seguía enseñoreándose del hermoso miembro y yo ya no sabía que hacer.

Miré a la cara a aquel guapísimo moreno. Esperaba escuchar algún tópico del estilo “es la primera vez que me pasa” “no sé que ha podido suceder” o excusas tradicionales  echándole la culpa a las copas o el estrés. Sin embargo, me tropecé con su mirada algo socarrona, mientras continuaba con su dulce sonrisa:

– Y ahora ¿qué vas a hacer?

Me quedé parada y sin pretenderlo se me escapó:

– Yo?

– Sí cariño, sususurró con su acariciadora voz. Es un tema de los dos…

Me quedé confundida. Y me mosqueé ligeramente. Toda la magia del momento se había desvanecido. “Aquello” no funcionaba y ¡me preguntaba a mí qué iba a hacer yo! Sin embargo, por un momento, me pudo la inseguridad y le pregunté:

– Es que no te gusto? ¿No me deseas?

– Si, preciosa, claro que te deseo. Eres una mujer hermosa y estoy desenado hacer el amor contigo…

– Entonces…? indagué algo confundida.

Yo, a falta de experiencias prácticas en los últimos años, había leído concienzudamente todas las revistas que habían caído en mis manos durante estescarlett-johansson-cosmo-011 tiempo y me había informado. Sabía que ellos debían ser pacientes al principio, sin ir directamente al tema, y que tenían que encenderme poco a poco, a mi ritmo, como a mi me gustaba. Que ellos sabían que esos largos prolegómenos de caricias, besos, arrumacos y dulces palabras eran la mejor llave. Que debían conocer cómo investigar sobre la marcha qué caricias me gustaban y cuáles encontraba demasiado directas, agresivas o vulgares. Ellos tenían que adivinar en qué momento me apetecía continuar con esos amables lametones, cuando succionar, apretar, morder o cuando no, cuándo era doloroso y cuándo placentero. Debían reconocer cuándo estaba preparada y esperaba que se introdujesen en mí. Y si ese día me apetecía y necesitaba suavidad y lentitud o estaba preparada para algo más agresivo y salvaje. Yo sabía que ellos debían localizar ese punto G sobre cuya existencia los estudiosos no se ponían de acuerdo. Y encontrar la postura, y el ritmo que me apetecían y saber cuándo cambiarlo o no.

Todo eso lo debían saber ellos, porque sino, no serían buenos amantes, no estarían satisfaciendo mis necesidades como mujer. Lo decía el “Cosmo” y si lo decía era cierto.

Sin embargo también era verdad que yo, realmente, no tenía ni idea de cómo debía reaccionar para encender a un hombre. En el fondo, siempre había pensado que eran como autómatas. Que con que yo insinuara, mirara, o les permitiera vislumbrar la más pequeña parte de mi anatomía se podrían en marcha, burros como decía mi madre, y yo solo debería tenderme, relajarme, abrirme, y esperar a que me proporcionasen placer. Y si me apetecía moverme un poco pues mejor que mejor. O cambiar la postura según me gustara más.

Pero, y ahora lo pensaba, no sabía qué hacer en un caso así. Lo único que se me ocurría es que yo no le gustaba o que él fallaba. No conocía su sicología. Y también era verdad que si me tocase a mí ser más activa, estaba perdida. ¿Sabía utilizar la boca? Bueno, sí, de forma un poco automática y con muchas dudas, siempre igual, pero… sí. Y, cierto, no sabía usar mis músculos vaginales, ni como apretar o succionar con ellos. Nunca me había preocupado de aprender nada. ¡Ellos debían saber, no yo! Lo decían las revistas, la radio, los dominicales, los blogs… “Ya pasó la era de la mujer objeto en la cama” “Exige tus derechos al hacer el amor” Les tocaba a ellos ahora aprender ¿no? Es cierto que no sabía que movimientos podían gustarles más, ni… Pero, ¡que coño! ¡Era un gigoló! ¡Si no se le levantaba era su problema…! ¡Era yo la que había pagado por sexo!

P – Montserratita – Activo

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