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Lo de tropezar con la piedra…

El humano es un ser imperfecto, tarado por naturaleza (unos más, otros menos…) Hemos oído infinidad de veces eso de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero el camino de algunos está plagado de piedras distintas que interrumpen constantemente la marcha.

Diana tuvo su primer novio a los 18 años. La relación no fue muy larga, fueron más duraderas las señales de los golpes que ella recibió el día que decidió dejarle. No lo denunció.

Tardó un tiempo en volver a confiar en alguien, pero con Ander era distinto. Él la trataba como una princesa, y Diana estaba loca por él. El día de su segundo aniversario, Ander tomó unas copas de más y se puso violento cuando ella le pidió que no se pusiera al volante. Un empujón, y Diana acabó en el suelo mientras veía cómo se alejaba el hombre que tanto quería.

Al día siguiente, mientras Ander se recuperaba de la terrible resaca, Diana le recriminaba su actitud de la noche anterior. Pero él no estaba para sermones y así se lo hizo saber a su novia, golpeándola contra la mesa. Diana salió de casa como pudo, sin volver la vista atrás. No lo denunció, pero tampoco perdonó que dos años maravillosos hubieran acabado en un infierno.

De nuevo, no resultó fácil seguir con su vida, pero Diana lo consiguió. Se casó con Óscar y tuvieron dos hijas. Esta vez, las palizas comenzaron al poco tiempo de nacer la segunda, pero Diana aguantó. Había dos pequeñas implicadas y no era tan sencillo huir como las otras veces. Los golpes, los empujones y los malos tratos se convirtieron en una insufrible rutina.

El día en que las manos de bestia rozaron a su hija mayor, un pequeño resorte se activó en el interior de Diana. No paraba de pensar “siempre me pasa lo mismo”, pero en el fondo sabía que ella no tenía la culpa. Agarró lo primero que pilló, y como estaban en el jardín, sin apenas darse cuenta tenía una piedra en su mano, que lanzó con rabia directa a la cabeza de Óscar.

Huyó, con una niña de cada mano, con lo puesto y sin vacilar, hasta la comisaría. Mientras formulaba la denuncia, reconoció en el agente de Policía la mirada del que, a los 18 años, le había propinado el primer golpe.

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Se fue acomodando sillas

Como siempre se va, sin decir nada a nadie, sin reflejar ningún tipo de sentimiento en su mirada.

Recuerdo la primera vez que lo vi, en la calle, vendiendo palomitas de calidad sospechosa en el centro de Recife, cerca de la oficina de turismo. Al preguntar por su nombre me dijo “Eeeeemerson, tío, bem longo no início“. Lo que parecía divertido al principio me hizo reflexionar sobre la forma en la que escuchaba su nombre en su propia casa.

Eeeeemerson era un niño alegre, inocente y, gracias a Dios, ignorante. No sospechamos la crueldad de su ambiente familiar hasta que un par de años después empezó a cambiar su eterna sonrisa por una linea torcida y artificialmente diseñada.

Con mi antiguo optimismo llegué una noche a su lado para intentar encontrar el motivo de su tristeza. Lo que encontré fue la punta de un iceberg mayor de lo que cualquiera de nosotros, inocentes voluntarios, imaginaríamos nunca.

Su madre había acuchillado a su padre, al que hacía dos años que no veía. Su rostro representaba constantemente el miedo de un posible regreso del monstruo.

La sonrisa estúpida de la policía cayó como un jarro de agua fría, una expresión que dejaba bastante claro que la solución, en caso de existir, se podría encontrar en otro lado. Un caso tan común como ese no podía desconcentrar al cuerpo de policía de los asuntos “realmente importantes”.

Después de la noticia de la muerte del canalla no solamente ha dejado de sonreír, ha dejado también de hablar, de bailar, de jugar… de vivir. Eeeeemerson nunca más ha repetido su “gracioso” nombre, ayuda en el proyecto como un voluntario más, sin establecer contacto directo con nadie, limpiando y preparando las actividades de cada lunes.

Una historia, por desgracia, real.

Turno para: M – Chapinita – Activo

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Mientras hay vida, hay esperanza

– Mientras hay vida, hay esperanza…

Sara se quedó mirando a su amiga mientras las palabras que ésta había dicho llegaban a su cerebro. Su amiga de la infancia, casi su confidente, pues había cosas que no se sentía capaz de contarle a nadie. Su amiga con su vida perfecta.

– Tengo que irme, que enseguida llegará Roberto a casa y todavía tengo que preparar la cena.

Se despiden con un par de besos y hasta la próxima.

Su paso era apresurado pues no quería llegar tarde a casa… y mientras trajinaba entre los pucheros pensaba en las palabras que su amiga había dicho: “Mientras hay vida, hay esperanza…“. ¿Había esperanza para ella?, o quizá la pregunta que debía hacerse era ¿cuándo había perdido la esperanza?… ¿cuándo había sido la última vez qué había creído que había una salida?…

En ese momento oyó la llave en la cerradura. Roberto llegaba y la cena todavía no estaba lista. Él entró en la cocina y Sará sintió como su corazón comenzaba a latir más rapidamente, nerviosa…

– ¿Aún no está la cena lista? – su voz era baja pero la asustaba de igual manera.

– Ya falta poco

– ¿Ya falta poco?… ¿Qué has estado haciendo? ¿el vago toda la tarde?… y mientras yo trabajando para mantener a una desagradecida como tú.

Lo sintió a sus espaldas y a continuación su mano, tirándole del pelo:

– Estoy harto de ti, zorra presuntuosa. ¿Qué crees? ¿qué no sé que saliste por ahí? – su voz iba aumentando de timbre – ¿con quién has estado? dímelo!!!! – la presión de la mano en su cabello había aumentado hasta un nivel insoportable e intentó liberarse.

– No, por favor… sólo tomé algo con Irene, por favor suéltame, me haces daño… suéltame – ya estaban ahí esas lágrimas que tanto odiaba, ya estaba ahí esa debilidad, ese no poder defenderse pues la fuerza de él era superior… y, al fin y al cabo ¿qué valía ella? ella no valía nada, él se lo había dicho un millón de veces.

x

Sintió como las manos de él se cerraban en torno a su cuello mientras seguía gritando que lo tenía harto. Un rodillazo en la barriga la dobló de dolor. Una patada estando ya caída en el suelo le robó un gemido. Intentaba cubrirse con los brazos. Intentaba escapar de aquella pesadilla. Intentó levantarse pero él volvió a agarrarla del pelo antes de que lo consiguiera y arrimó su rostro a la entrepierna de sus pantalones…

– Solo vales para una cosa, zorra callejera!!!

violencia

Sara seguía revolviendose… Él estaba como loco, parecía fuera de sí y ahora intentaba bajarle las bragas… Y gritó, gritó cuando sintió lo que él estaba haciendo, gritó de dolor y no supo de donde quitó las fuerzas para darle un rodillazo… Y entonces las manos de él agarraron su cabeza y comenzaron a golpearla repetidamente contra el suelo, mientras, no dejaba de insultarla.

Y poco a poco el dolor comenzó a desaparecer, envuelto por una cortina negra.

Roberto contempló a Sara, inerte, y sintió como poco a poco la furia abandonaba su cuerpo y era sustituida por el agotamiento. Contempló el suelo, bajo la cabeza de ella, lleno de sangre. La agitó, intentó despertarla… pero Sara había escapado a un mundo donde él ya no podía alcanzarla…

Moraleja: La esperanza se la comió el gato…

O – Aspective – Activo

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