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Sacarle la sonrisa con coqueterías de macho en celo

Sacarle la sonrisa con coqueterías de macho en celo.

Pero ¿Qué pasa cuando el “celo” pasa?.. Por ejemplo, y no te asustes, pueden aparecerte sueños como este:

Buscábamos, atábamos, empacábamos.

Cada cajón abierto se tornaba una caja de Pandora. Cosas olvidadas o que creímos perder en un descuido. Así de pronto las desaparecidas aparecían, sorprendiéndonos  con ese poder de re-descubrirlas.

Cuando comenzamos la tarea sabíamos que no sería cosa fácil.

Es que no se trataba sólo de guardar lo guardado.

Años de desorden se pagan a un alto precio.

Los cajones repletos, empachados de ropa revuelta, cansada de ser arrojada con descuido sin haber pasado por el poder aplastante de una plancha, ni siquiera de vez en cuando. Los zapatos, desparramados por doquier y la alunada luna que anunciaba, una vez más, el final del primer día del trabajo de armar lo desarmado, para poder partir.

Una pausa breve se impuso y la aprovechamos para tomar unos mates con galletitas saladas. Lo único que estaba quedando por ahí luego del empaque.

En una época solíamos sentirnos almas gemelas. No faltaban las charlas ni la costumbre de acariciarnos debajo de la mesa con los pies mientras conversábamos. Dejábamos correr el tiempo, sin que el tiempo nos corra. Pero como el río, que fluye impotente y torrentoso hacia su destino teniendo ineludiblemente que desembocar, la amplitud del mar nos llegó. Le llegó antes a él; yo simplemente lo acepté.

Y es así. 

Es que cuando te das cuenta de que la profundidad del otro te asusta, que llegó a un sitio que te perturba; la sangre del alma se bifurca… ¿Qué hacer para no enfrentar a la bestia de la soledad? ¿Ahogarse siguiendo al entrañable extraño por el abrupto abismo de su vida, que ya había dejado de ser “nuestra  vida”, o tomar el otro rumbo, el otro camino… el  desconocido? Entonces, hay que elegir: ahogarte siguiéndolo, o tomar otra ruta. 

Y eso es lo que hicimos. Él y yo. Él, yo y nuestros niños. (Debí aclarar).

Al retomar las labores, recordé que teníamos mascotas. Tres gatas. Ni más ni menos. Es que solíamos ser descuidados también en eso, y de tener a la madre gata pasamos a quedarnos con su primera y luego con su segunda hija. Más una que ya existía desde antes. Ellas sí que nunca se perdían. Su estómago parecía tener un gran reloj que reclamaba comida.

Él se ocupó de alimentarlas, como hacía siempre y como lo haría por última vez. (No decidimos quién se las quedaría, pero no las imagino más allá del océano que nos iba a separar). Mientras tanto, decidí arremangarme para despejar los dormitorios de nuestros hijos. 

Él seguía ahí, como despidiéndose de ellas, (y de todo, intuí) por lo tanto seguí sola en la tarea.

Nuestros pequeños fueron la luz de la casa. Solíamos reírnos con sus espectáculos de títeres y sus disfraces cuando eran asííí  de niños.

El tiempo, ese hacedor de ruinas, los absolvió o no pudo con la incorruptible infancia o la breve eternidad de la juventud. Ellos no sufrieron y por esas cosas de la vida estaban en su sitio, haciendo lo que buscaban, lo que deseaban.

El baúl de cuando eran pequeñuelos pesaba demasiado. Lo tomé como pude,  pero él pudo conmigo. Es que llevaba más que ositos de peluche, muñecas y autitos. Tenía todos los recuerdos amontonados de cuando esos pedazos de grandulones eran unos niños.

¿Cómo no recordarlos en sus travesuras? En sus juegos compartidos con mamá. Con amigos. Y hasta con él, algunas veces.

Me pesó tanto ese baúl que al tomarlo cayó indolentemente y, como un trueno, se partió, se despedazó, se deshizo, como rehusándose a éstas: mis manos de tiempos lejanos.

(Él no pareció sentirlo, es que ya ningún estruendo podría con sus oídos ensordecidos y  por eso ni se acercó, intuyo).

Los recuerdos salieron a flote como de un barco que se hunde.

Payasos, muñecos armables, muñecas flacas y altas, un par de antiparras de cuando teníamos la pileta en casa, unos patines, rompecabezas, la pelota… y los amados peluches. Muchos, de todos los colores y formas: perritos, conejitos, pepinitos, ositos…; muchos, demasiados, tantos que invadieron la pieza casi vacía.

Él no volvía y yo, rodeada, seguía mirándolos y tratando de recordar el nombre de cada uno de esos juguetes que poblaron la infancia de mis niños.

Alguno, desconocido para mí, maulló. Y en seguida, otro a la par, hizo lo mismo. Con sus tres patas uno de los misteriosos se adueñó de mi cuello. Primero me abrazó como sin querer despegarse. El otro, con mirada implacable, arañó mi cara. Ambos parecían querer vengarse de mí. Uno, con mimos exagerados que me ahogaban; el otro, con fuertes cortes en mi cara que no se detuvieron hasta hacerme sangrar.

Pero, ¿De dónde salieron? ¿Quién los puso allí? Me arde, me duele, me hacen daño.

Nunca supe cuánto tiempo pasó. Ni lo sabré…

Él volvió y la encontró derramada en el piso impecable.

No había baúl, ni muñecos, ni perritos, ni conejos, ni ositos de peluche. Sólo ella, tendida y llena de desgarraduras ya secas, como si hubiesen pasado días sin verla. Pero la pudo ver, al fin. Mustia, cubierta de las heridas fatales que suele dar la memoria.  Heridas del tiempo de no reclamar, de no ordenar la vida diaria. Heridas de irse…, heridas de no quedarse, o simplemente heridas de la muerte. Heridas de esas que jamás forense alguno podrá explicar, sencillamente porque la ciencia no alcanza algunas dolencias que son, para ella, insondables.

En su autopsia figura: heridas múltiples causadas por una fiera desconocida.

En su alma hay una inscripción: herida del dolor de no poder, de ese dolor de no poder volver atrás.

Próximo turno para: T – Carolinagromani – Activo

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