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Se va, se va, se fue…

        Papá, papá, el “gobo” se “m´ascapao” y se va, gritaba mi hijo mayor, Alex, de 4 años.

        Se va -repetía como un eco el pequeño, David, de 3-

        Se fue… ya “nostá” -acotó Alex, con una voz de inmensa decepción-.

Los miré a ambos, y no pude reprimir una sonrisa. Los dos juntos, mis hijos, tan diferentes –uno tirando a rubio, el otro moreno de pro, delgado y elástico el mayor, macizo y aún torpe el más pequeño- pero tan parecidos en el fondo. Todo el día peleando pero sin poder pasar ni un segundo separados.  Guapos, sanos, simpáticos, buenos… o al menos a mí me lo parecía así, aunque mi mujer se riera de mí, diciendo que se me caía la baba con ellos…

        Papá ¿y no “vabajar”?

        No, hijo, el globo seguirá subiendo mucho rato más.

        ¿Y dónde van los “gobos” cuando “s´escapan”?

Me temía la pregunta. Creo que todos los niños, alguna vez, han planteado esa cuestión. Y dudé la respuesta. Por una parte pensaba que no había que mentir a los niños, pero hablarles del peso del helio, del principio de Arquímedes, del diferencial de presión y, sobre todo, contarles que, al final, todos acababan explotando, me parecía innecesario. Intenté recordar la historia con la que mi padre me consolaba cuando, siendo yo un niño, se me escapaba el globo y volaba hacia las nubes

        Mira hijo, los globos que se escapan, suben y suben hasta que llegan al techo del cielo y allí se quedan para formar las estrellas que ves por la noche. Desde allí miran a los niños que han sido sus amigos, y les sonríen.

Al oír la historia Alex sonrió e inmediatamente, David se unió a la sonrisa. Por supuesto, yo no pude contenerme y formamos un curioso trío allí, en mitad del parque, los tres mirándonos y sonriendo como bobalicones. Pero estaba encantado. Les quería. Les quería muchísimo, a veces hasta el dolor. Eran lo mejor que me había sucedido en la vida. Nunca pude imaginarme siendo padre, pero era algo maravilloso, que me hacía sentirme bien, como ninguna otra cosa. Recordaba la primera noche. Aún en el hospital, sin poder dormir, mirando fijamente al techo de la habitación y pensando “eres padre”, “sí, eres padre”, intentado abarcar esa idea, que, todavía en ese momento se me escapaba. Pero según fueron pasando los días, las semanas y los primeros meses, aprendiendo a dar biberones, a cambiar pañales, a despertarte con las toses tú, que en tu vida habías oído un despertador, asistiendo al día en que se sentó por primera vez, su primer gateo y cuando comenzó a andar, sus balbuceos, que sabías interpretar casi tan bien como tu mujer, el concepto “soy padre” se transformó en una realidad tangible que te llenaba de felicidad. Sin embargo, en otras ocasiones, cuando escuchaba alguna historia horrible en la televisión o la imaginación me jugaba una mala pasada, y pensaba que algo malo les pudiera ocurrir, la angustia que me sofocaba hasta ahogarme.

Pero allí estábamos los tres, felices. ¡Que sencillo es ser feliz en la infancia! Con tener tus necesidades básicas cubiertas y unos padres que te quieren, eres el tío más feliz del mundo. Y tú, ante aquellas miradas que te idolatraban, que te hacían sentirte una mezcla entre Supermán y los Teletubbies, sus héroes favoritos, no podías bajar de la nube. A esa edad eres infalible, maravilloso, sabio, fuerte, seguro… Lo eres todo. Y ellos también para mí. Cuando intentaba explicar lo que sentía, no muy a menudo pues, no sé el porqué, pero me daba algo de vergüenza, unos me decían que era la comunidad familiar de las almas, otros el instinto de supervivencia de la especie, y otros…, bueno qué mas daba. Que fuese lo que fuese, yo me sentía feliz y únicamente deseaba disfrutar con ellos todo el tiempo posible y verlos crecer sanos, fuertes, alegres…

Crecer ¿Qué serían mis hijos? ¿A qué se dedicarían? Buff, pues no quedaba lejos todavía ese momento. ¿Y que más daba? Lo principal, lo único importante, es que fueran felices y supieran hacer dichosos a los que estén a su alrededor. Podrían ser lo que quisieran. A su edad tenían todas las puertas abiertas. Cuando fuesen creciendo irían eligiendo caminos, opciones, alternativas, que automáticamente supondría la renuncia al resto de posibilidades. Sí, la vida era como un inmenso pasillo, lleno de puertas por el que vas avanzando. Puedes abrir cualquier puerta, o no hacerlo, escoger la siguiente o la otra y entrar o simplemente asomarte. Lo que nunca sabes es lo que hay dentro, ni lo que contenían todas aquellas que dejaste atrás. Pero, cada vez que tomas una decisión otras muchas posibilidades, las no escogidas, quedan relegadas al mundo de los futuribles y…

        Papá, papá, ¿nos “compas” otro “gobo”?

        ¿Qué? No hijo, ahora no, -respondí bajando de nuevo a la tierra-  que tenemos que ir a buscar a mamá. Venga, no seas caprichoso y alegra esa cara. Piensa que esta noche, cuando salgan las estrellas, tu globo te estará mirando y sonriendo desde allá arriba.

        Pero hay muchas “estellas” ¿cómo sé cual es el mío?

        Tú sólo tienes que mirarlos antes de dormir. Cuando lo veas, sabrás, sin duda, que ese es el tuyo, porque te estará sonriendo. Y se lo tienes que enseñar a tu hermano para que él también sepa dónde está y se quede tranquilo ¿vale?

        Sí, papá.

Próximo turno:  N – Sonvak – Activo

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Las cosas se vuelven transparentes

– Las cosas se vuelven transparentes y todo adquiere una claridad fulgurosa a medida que vas madurando y asimilas el mundo, comprendiendo a las personas en base a tus propias experiencias en la vida .

Le explicaba su madre comprensiva y tolerante.

– A tu edad se cometen muchas locuras y no se piensan las cosas. Caerás en  errores, sí, pero eso te hará más fuerte porque aprendiendo de ellos,  esculpirás tu persona.

Él la escuchaba atentamente con cierta perplejidad, al fín y al cabo, estaba en plena adolescencia y en esta etapa de la vida, lo que menos te divierte son los discursos de los mayores.

_ Nadie aprende por la cabeza de otro, (   una verdad como un templo ). Estoy muy orgullosa de ti hijo mío, yo se que serás una persona de provecho y que conseguirás todo lo que te propongas.

Así fue. Se convirtió en un prestigioso escritor de novelas, y triunfó en la vida gracias a esas sabias palabras de su progenitora.

Y aún hoy en día lo  tiene muy presente. Gracias a eso, es culto, inteligente, amable, tolerante, abierto, y es admirado por muchos y  por muchas que lo ven como un ejemplo a seguir.

En todas sus obras hace alusión a su relación con ella, de una manera u otra, intentando transmitir lo mismo que le regalo a él.

Ahora le toca aconsejar a sus hijos, y no dudará ni un segundo en  sostener lo mismo que su madre le decía.

No cabe duda que son otros tiempos y que en cada generación hay un salto de pensamiento y conciencia, pero los consejos de los que te quieren y te apoyan, nunca pasarán de moda.


( REFLEXIONES  EN UNA MAÑANA DEL DÍA DEL PADRE )  http://gregovigo.wordpress.com/mis-post/

Próximo turno para: Y – Yuyicienta – Activo

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Un cáncer terminal.

Un cáncer terminal. La crónica de una muerte anunciada. Una terrible noticia: “Vas a morir en un plazo determinado y conocido”. 

Creo que puede ser una de las cosas que más rápidamente te puede llevar a la desesperación, y quizá algunos decidan acabar ahí y no estar esperando a la trágica lotería día tras día. Sin embargo, para el que, de inicio, no renuncia, queda la pregunta. Esa que más o menos, jugando, todos nos hemos hecho alguna vez:

          ¿Qué harías si te dijeran que te queda un año, seis, tres meses de vida?

Os adelanto que yo no sé que respondería a esta cuestión. Puedo suponer, puedo recordar películas que plantean situaciones similares o comentarios oídos ante hipotéticos planteamientos parecidos. Pero, por supuesto, no lo sé.

          ¿Qué harías tú?

Supón por un momento (¡eh!, es sólo un juego…) que es a ti a quién le dan la horrible nueva. ¿Qué harías?

Dejar el trabajo, viajar, conoce el mundo, hacer no se qué que se me ha quedado pendiente, follar tanto como pueda…

Hace no mucho tiempo estrenaban una película en la que dos jubilados, enfermos terminales, uno con cosas pendientes y otro con dinero, se dedicaban a aprobar esas asignaturas pendientes de una vida. Divertida, emotiva… pero yo creo que irreal. Al menos, para mí. No me veo lanzándome en paracaídas sobre las cataratas del Niágara, por ejemplo, ni intentando subir al Himalaya de espaldas, ni siquiera intentando ligarme a Angelina Jolie (bueno y aunque lo intentara: no sé inglés…) Hay muchas, infinidad de cosas que no he hecho, que no se si intentaré hacer alguna vez, pero que no creo que fuera a lo que me dedicase en esas circunstancias.

En serio, todo lo que a mi se me ocurre tiene que ver con mi familia. Con mi mujer (ese viaje de novios pendiente que llevamos aplazando ya tantos años…) y con mis hijos. El pequeño tiene sólo cuatro años, y ni siquiera se acordaría de mí.

Se me viene a la mente otra película. Tampoco recuerdo el título (soy fatal para ese tema), pero si me acuerdo que lloré. Lloré como una magdalena y, al menos para el cine, no soy de lágrima fácil. En esquema: un matrimonio, una mujer embarazada y un marido al que le diagnostican una enfermedad terminal. Después de varias cosas intrascendentes para este tema, él se plantea que no va a conocer a su hijo ni, por supuesto, su hijo a él. ¿Qué hace? Comienza a grabar vídeos. Como un diario, como un testamento. Le cuenta de su familia, de él, de sus recuerdos, le habla de su esposa (la madre) le habla de lo que puede ser el futuro y los problemas (genéricos, por supuesto) que le traerá la vida, de las mujeres… Todo hablándole a su hijo nonato. Intenta que su hijo le conozca, conozca su historia y la de sus antepasados, intenta que no le falte un consejo paterno en algunos momentos. Intenta que no se quede sin cuentos al acostarse por la noche. Intenta… seguir vivo para su hijo.

No sé si se puede interpretar esta actitud como algo maravilloso o como algo egoísta, pues no acepta su muerte, su ausencia, ni deja de interferir en el futuro del niño y de la madre (¿Qué pasa si la madre se vuelve a casar y el niño tiene casi desde que nace un padrastro maravilloso? ¿Qué pinta el otro con sus cintas de vídeo?). Pero a mi me conmovió  y  si, repito, lloré, y creo, sí, creo, que yo haría algo parecido. Un diario en vídeo para mi hijo. Tan largo como puediera.

¿Y tú, qué harías si te anuncian que Tienes un video diario de un desconocido? 

P – Montserratita – Activo

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