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Sólo cenizas

Por Q – Sara – Activo

Dejé mi carta de renuncia en el despacho del director. Recogí mis bártulos y los cargué en el coche, ya era hora de comenzar las vacaciones como es debido. Necesitaba desconectar del trabajo, de la rutina, de mis problemas personales, y perderme donde nadie me conociera: empezar de cero. Mi vida se había convertido, con el paso de los años, en un auténtico vacío, no me quedaba nada de lo que seguir tirando, todo se había reducido a cenizas.

Siempre me había gustado la idea del turismo de intercambio, pero no me daba confianza eso de dejar mi casa para que un desconocido acampara a sus anchas. En ese momento me lancé a la aventura porque, al fin y al cabo, no tenía nada que perder. Y ahí estaba yo, camino de Gamvik, una localidad costera bañada por el Mar de Barents, en Noruega. Un lugar donde los españoles ni siquiera asomaban, ya que descubrir que la tierra no es plana a muchos aún les puede causar un verdadero trauma.

Gamvik

En dirección contraria conducía la persona que durante un tiempo indefinido iba a ocupar mi hogar en España, mientras yo me instalaba en el suyo de Gamvik. No me fue difícil dar con la dirección, ya que el pueblo era más bien pequeño, con poco más de mil habitantes. Aparqué mi coche en la puerta, y entré en la casa deseando poder encender un buen fuego. Hacía frío, mucho frío, un frío Ártico, diría yo.

Calentándome junto a la chimenea, me quedé dormida, exhausta después del largo viaje. En los días siguientes fui explorando el terreno, eliminando de mi vida los relojes y los calendarios. En Gamvik, en verano, el día duraba 24 horas, aunque por la temperatura nadie adivinaría que estábamos en esa estación. El suelo estaba helado, y ni los intensos rayos de sol conseguían descongelar el ambiente. Poco a poco me fui acostumbrando, la vida pasaba lentamente en el Círculo Polar, y la amabilidad de la gente me hacía la rutina más cálida. Me gustaba vivir allí, me olvidé de todo lo que había dejado atrás, y ni siquiera sabía el día o la hora en que estaba.

Hasta que llegó el invierno, y la noche se instaló de forma permanente. Me encerré en casa, junto a la chimenea, pensando que cualquier día tendría que huir de allí si no quería morir por congelación o por tristeza nocturna. Un día, mientras dormitaba al calor de las llamas, un ruido me alertó. Alguien había entrado en casa. Un hombre se acercaba a mí, me debió de ver tan asustada que trataba de calmarme, hablándome en español. Entre mis gritos, pude escucharle decir que se llamaba Gorio, y que era la persona con la que había realizado el intercambio de casa. Una vez me hube tranquilizado, pudimos contarnos nuestra experiencia.

A Gorio le había gustado mi ciudad, se encontraba cómodo en mi casa, y había disfrutado del tiempo allí. Había llevado un ritmo muy activo, viajando por todo el país, acudiendo a fiestas y haciendo amistades. Justo al contrario que yo, que me había sumergido en un círculo de calma y aislamiento. Me contó que había regresado porque tenía que volver al trabajo, sus vacaciones habían tocado a su fin. Yo me había despreocupado del tiempo, pero ya iba siendo hora de rehacer mi maleta y volver a mi casa.

Los días en los que preparaba mi viaje, Gorio me abrió las puertas de su vida, ya que la de su casa la había abierto yo meses atrás. Me mostró otro punto de vista de Gamvik, un punto de vista nocturno, envueltos en pieles que apenas nos dejaban adivinar las miradas furtivas que nos dedicábamos. En el hogar, la chimenea nos proporcionaba calor, pero aún así, las temperaturas polares se hacían insoportables para alguien como yo. Sentados en el sofá, juntábamos nuestros cuerpos para perder el frío. Y con tanto roce, inevitablemente acabamos compartiendo cama e intimidad.

La noche anterior a mi marcha, la pasión de la despedida nos desbordó. Permanecimos despiertos hasta que la vida en Gamvik comenzaba a tomar forma (decir ‘hasta el alba’ sería un error en este caso), y entonces caí rendida, pues en unas horas tendría que abandonar el que, por una larga temporada, había sido mi helado hogar. Cuando sonó el despertador, me levanté apesadumbrada, y me llevé un buen susto al ver mis maletas deshechas, mi ropa colocada en el armario, mis champús bien ordenaditos en la balda del baño, mi calzado en el zapatero… ¡¡Juraría que el  día anterior había dejado todo preparado para salir pitando!!

Sentado en la cocina, me esperaba Gorio, expectante a ver mi reacción. Sonriendo, me pidió que me quedara, que no quería despedirse de mí, vivir tan separados, lejos del Círculo Polar. Un círculo frío, que sin darme cuenta me había ido atrapando poco a poco, y no me dejaba escapar. Guardamos las maletas vacías en el trastero, y nos dispusimos a ver una película de Julio Medem: “Los Amantes del Círculo Polar”.

 los-amantes-del-circulo-polar

Próximo turno: R- Gorio

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A veces, el frío disfraza de ogros a las mejores personas

Que difícil es hacer esto todos los días, llegar desde temprano, llevar el pequeño camión al mercado, negociar con todos los locatarios, a ver quien te da las cosas mas barato, a ver quien te puede dar las cosas en oferta, a ver quien te regala por lo menos una sonrisa, pero no, ni siquiera por que vengo a diario me tratan mejor, y carajo, son apenas las 6 de la mañana, tengan consideración, pero es inútil, como nunca quiero pagarles lo que me piden por las verduras, pues es una pelea continua, una pelea de todos los días, un estira y afloja que se repite cada mañana. Y luego tener que llevar todas esas cajas al camión por mi cuenta, pero no queda dinero suficiente para darle al diablero, y que me lleve mis bultos, si apenas me alcanza para verduras y gasolina.

 

Y en invierno es peor, el aire de la mañana cala los huesos, con suerte me puedo tomar un café en el camino, pero no diario, no se como lo soportan los demás.

 

Al llegar a la cocina se desata otro infierno, por muy temprano que llegue ya hay gente esperando, no falta quien empiece a gritarme cosas, “párate mas temprano!”, “a ver si te apuras”, como tu no tienes frío!, pero ni modo, así es este trabajo, todos piensan que lo debes hacer mejor, pero nadie piensa en meter las manos, nadie piensa en ayudar.

 

Y a bajar los bultos. Como somos muy pocos nadie me puede ayudar, por mucho lo que hacen es ayudarme con un par de cajas y ya, luego todos a la cocina y esperar que el camión se descargue solo. Bueno, al menos no estoy lavando platos, que con el agua fría debe ser un martirio.

 

Baja los bultos, acomoda la despensa, lávate las manos, ponte el delantal, y empieza a servir a la gente.

 

Todo el mundo les dice usuarios, de manera indiferente, pero yo no, para mi es gente, ingrata, pero gente a fin de cuentas, me paro frente a la barra armado con un cucharón para servir un poco de comida en cada plato. Todos me ven con desconfianza, o con coraje, o con tristeza. Todos me ven como si fuera un avara que no quiere poner un poco mas de comida en cada plato, pero que puedo hacer, cada día vienen más y casi nunca alcanza para todos, menos en invierno, donde la pura promesa de un plato caliente y una taza de café los trae como abejas a la miel.

 

Y yo, pues que puedo hacer, me pongo a servir los platos con cara de pocos amigos, por que si me pongo a platicar un poco todos se desesperan y comienzan a reclamar, si les hablo sonriendo soy un hipócrita que solo quiere quedar bien, si los miro con afecto es que quiero pagar de alguna manera mis culpas. Pues no, la única manera de salir relativamente airoso es con mala cara, enojado, como si alguien me obligara a estar ahí parado y no me gustara la idea, así solo piensan que hago esto por que no tengo opción y me dejan en paz, dejan de buscar motivos de mi presencia en el albergue, solo se limitan a pasar frente a mi con su bandeja y decir un pequeño “gracias”, bueno, cuando dicen algo agradable.

 

A medio día dejo el albergue, pero no siempre con la satisfacción de un trabajo bien realizado, a veces no todos alcanzan comida, a veces tengo que buscar en otros mercados intentando conseguir un poco mas para atenderlos a todos y no dejar a nadie sin comer, pero que mas puedo hacer, solo soy un voluntario, aunque quisiera no podría dar dinero, aunque quisiera no me podría quedar mas tiempo, tengo que trabajar y conseguir mi propio sustento, digo, alguien tiene que ver por mi.

 

Y carajo, si lo único que me falta es pasarles mi cheque integro, ni siguiera puedo decir que me falta darles mi sangre por que soy donador con frecuencia.

 

Pero algún día todo mejorara, algún día mi trabajo será recompensado, pero, es mucho pedir una sonrisa?, que es mucho pedir un “gracias”? que es mucho esperar que todo se solucione mágicamente?.

 

S – Adrian – Activo salta turno a:

T – Carolinagromani – Activo

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