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Era yo la que había pagado por sexo

Era yo la que había pagado por sexo y eso era incontestable. Hubiera preferido  verlo escrito en mayúsculas. No estaba dispuesta a ninguneos estúpidos de abogados.

La reunión había sido tensa. No, tensa no -me voy a dejar el tono versallesco para la próxima reunión- había sido una lucha a cara de perro, y nunca mejor dicho.¡ Todo por Sexo!.

Los abogados no daban crédito a lo que estaban viendo y oyendo pero me dio exactamente igual, yo quería a mi perro.  Porque  mi perro se llama Sexo, ¿y qué? ¿Me meto yo con el nombre del gilipuertas de mi futuro ex-marido?

Precisamente elegí ese nombre para que en mi matrimonio hubiera de todo porque hasta la llegada del perro, de sexo, lo que se dice sexo, ni del malo. ¡Valiente payaso! ¿Pues no decía que yo no le excitaba? Ja, ja y ja.

En mi vida pensé que me vería visitando tiendas de lencería para profesionales del sexo, porque la lencería de gran almacén no ejercía efecto alguno, para intentar cualquier cosa que consiguiera que aquel pingajillo adoptara una postura mínimamente decente, pero no tuve éxito.

Tampoco tuve reparo en comprar en Andorra, en aras de la buena harmonía y la conservación de las “lámparas de araña” de casa a las que me subía un día sí y el siguiente también, las famosas pastillas que me costaron un “congo”, todo sea dicho de paso, ¿para qué? Se durmió!!!!!!!!!

Mi psicoanalista trató de calmarme pero después de 15 años de matrimonio no habíamos conseguido que aquel pene, el rey de la flacidez, cumpliera su cometido ni una sola vez!!!!!

Tuve que irme a Suiza para que en una clínica discretísima, hicieran lo que aquel pellejo no había sido capaz. Perder la virginidad en un quirófano, increíble.

Había gastado una fortuna en buscar soluciones. Yo. Él, de campo y playa. No he conocido, ni conoceré, a alguien tan pusilánime como mi consorte.

Leí todo lo que se había escrito, en tres idiomas distintos, sobre la impotencia pero nunca conseguí que un urólogo pusiera cordura en aquella sinrazón, mediando entre ambos. Impensable que él enseñara aquel “tesoro”. ¿Pues no le llamaba tesoro? Si eso hubiera sido cierto los piratas se habrían dedicado a cultivar boniatos antes que acercarse a aquel “apéndice”.

Llegué a soñar con el priapismo. Qué maravilla debía ser tener un pene erecto por tiempo indefinido, como los contratos de trabajo. Ohhhh!!!! Mmmmm. Pensarlo me producía una sensación que, quiero creer, debía ser la antesala del orgasmo pero gracias al “tuercebotas” con el que me casé, aún no sabía qué se sentía con seguridad.

Muchas veces especulé con la idea de  contactar con algún profesional que me hiciera brujerías para sentirme en el séptimo cielo pero lo único que conseguí fue que, el inepto de mi marido, comprara un ático con vistas excelentes situado en una planta séptima de un céntrico edificio.

Fue durísimo (en mi vida, menos el pito de mi marido, todo había sido duro) asistir a las conversaciones de mis amigas y demostrar una frialdad ante el tema del sexo, porque si hubiera entrado en cualquier debate habrían adivinado, sin ningún género de dudas, que estaba…., como lo expresaría mejor, “a verlas venir”. Ni qué decir de los comentarios -al principio pícaros, más tarde algo jocosos hasta que cayeron en el olvido- sobre mi posible maternidad. ¡Pero qué maternidad ni que leches! Precisamente de leches andábamos escasos, por no decir alguna burrada mayor, porque no me cabe la menor duda que en estos quince largos años sin sexo, me he convertido en una auténtica verdulera cuando me dirijo al “interfecto”.

No quiero recordar cada vez que miraba una foto de Robert Downey Jr. las cosquillas que me recorrían todo el cuerpo. Era pensar en él y acababa soñando con aquel cuerpo, para despertarme sobresaltada, empapada en sudor y con una sensación de insatisfacción que no era capaz de superar hasta que mi cónyuge ponía su mano húmeda y fría, como una trucha, en mi frente y se alarmaba por la posible fiebre.  ¿Fiebre? Fiebre decía el muy cretino!!! Lo que yo tenía era un calentón del quince y él a por uvas!!!

Sin embargo y cuando menos lo esperaba, aquello terminó. Ni calentones, ni Robert Downey Jr. ni pepinillos en vinagre (si es que hasta mis expresiones de disgusto tienen forma fálica).

No hay nada que el tiempo no cure y ahí entró Sexo. Mi adorable golden retriever.

Así que ahora, al menos, quería que todo el mundo se enterara de cómo se llamaba mi perro y las razones. Y si para ello debía meterme en un pleito, no me importaba nada. Pelearía con uñas y dientes para que mi cónyuge -me gusta el sonido de la sílaba final de cónyuge, la perfecta definición de mis sentimientos por él- fuera el hazmerreir de los juzgados. El chisme que correría por multitud de despachos. Seguro que surgirían chistes, pero me daba igual, pensaba emigrar a Australia que es el país con menor índice de impotencia del mundo.

La venganza es un plato que se sirve frío y de frío tenía yo una tesis, sin embargo mi mayor preocupación era, ¿algún día tendría un orgasmo?.

Q – Sara – Activo

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Pues entre mis manos tenía el pene más precioso que había visto en mi vida.

Sí, era realmente precioso. En textura, color, sabor, dimensiones… era lo que siempre habría definido (no me atrevía a decir soñado) como un pene perfecto. Pero tenía un ligero inconveniente: No había forma de que se pusiera en marcha. Aquella maravilla descansaba, suave y flácida, en mis manos, sin erguirse a la conquista de los territorios que yo le pensaba facilitar. Y desde luego en esa posición no iba a conquistar absolutamente nada.

Despacito, con dulzura, desplegando todas mis habilidades, recurrí a  las artes que sabía, o mejor dicho recordaba, pues hacía mucho tiempo que no me veía en una igual… Sin ningún efecto. La tristeza seguía enseñoreándose del hermoso miembro y yo ya no sabía que hacer.

Miré a la cara a aquel guapísimo moreno. Esperaba escuchar algún tópico del estilo “es la primera vez que me pasa” “no sé que ha podido suceder” o excusas tradicionales  echándole la culpa a las copas o el estrés. Sin embargo, me tropecé con su mirada algo socarrona, mientras continuaba con su dulce sonrisa:

– Y ahora ¿qué vas a hacer?

Me quedé parada y sin pretenderlo se me escapó:

– Yo?

– Sí cariño, sususurró con su acariciadora voz. Es un tema de los dos…

Me quedé confundida. Y me mosqueé ligeramente. Toda la magia del momento se había desvanecido. “Aquello” no funcionaba y ¡me preguntaba a mí qué iba a hacer yo! Sin embargo, por un momento, me pudo la inseguridad y le pregunté:

– Es que no te gusto? ¿No me deseas?

– Si, preciosa, claro que te deseo. Eres una mujer hermosa y estoy desenado hacer el amor contigo…

– Entonces…? indagué algo confundida.

Yo, a falta de experiencias prácticas en los últimos años, había leído concienzudamente todas las revistas que habían caído en mis manos durante estescarlett-johansson-cosmo-011 tiempo y me había informado. Sabía que ellos debían ser pacientes al principio, sin ir directamente al tema, y que tenían que encenderme poco a poco, a mi ritmo, como a mi me gustaba. Que ellos sabían que esos largos prolegómenos de caricias, besos, arrumacos y dulces palabras eran la mejor llave. Que debían conocer cómo investigar sobre la marcha qué caricias me gustaban y cuáles encontraba demasiado directas, agresivas o vulgares. Ellos tenían que adivinar en qué momento me apetecía continuar con esos amables lametones, cuando succionar, apretar, morder o cuando no, cuándo era doloroso y cuándo placentero. Debían reconocer cuándo estaba preparada y esperaba que se introdujesen en mí. Y si ese día me apetecía y necesitaba suavidad y lentitud o estaba preparada para algo más agresivo y salvaje. Yo sabía que ellos debían localizar ese punto G sobre cuya existencia los estudiosos no se ponían de acuerdo. Y encontrar la postura, y el ritmo que me apetecían y saber cuándo cambiarlo o no.

Todo eso lo debían saber ellos, porque sino, no serían buenos amantes, no estarían satisfaciendo mis necesidades como mujer. Lo decía el “Cosmo” y si lo decía era cierto.

Sin embargo también era verdad que yo, realmente, no tenía ni idea de cómo debía reaccionar para encender a un hombre. En el fondo, siempre había pensado que eran como autómatas. Que con que yo insinuara, mirara, o les permitiera vislumbrar la más pequeña parte de mi anatomía se podrían en marcha, burros como decía mi madre, y yo solo debería tenderme, relajarme, abrirme, y esperar a que me proporcionasen placer. Y si me apetecía moverme un poco pues mejor que mejor. O cambiar la postura según me gustara más.

Pero, y ahora lo pensaba, no sabía qué hacer en un caso así. Lo único que se me ocurría es que yo no le gustaba o que él fallaba. No conocía su sicología. Y también era verdad que si me tocase a mí ser más activa, estaba perdida. ¿Sabía utilizar la boca? Bueno, sí, de forma un poco automática y con muchas dudas, siempre igual, pero… sí. Y, cierto, no sabía usar mis músculos vaginales, ni como apretar o succionar con ellos. Nunca me había preocupado de aprender nada. ¡Ellos debían saber, no yo! Lo decían las revistas, la radio, los dominicales, los blogs… “Ya pasó la era de la mujer objeto en la cama” “Exige tus derechos al hacer el amor” Les tocaba a ellos ahora aprender ¿no? Es cierto que no sabía que movimientos podían gustarles más, ni… Pero, ¡que coño! ¡Era un gigoló! ¡Si no se le levantaba era su problema…! ¡Era yo la que había pagado por sexo!

P – Montserratita – Activo

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