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Estoy a punto de volverme loco

por V – Aguaya – Activo

Una vez en la azotea Yusimí, Lucy y Carlos, la primera que pronunció una palabra fue Yusimí. Dos palabras, para ser más precisos.

– Me voy -y dejó a su amiga y al amigo de su hermano mirándose el uno al otro sin atinar qué hacer.

Yusimí bajó la escalera, cerró la tapa del hueco por el que se accedía a la azotea, y con cara, risa y gestos pícaros se fue para la sala de la casa.

– Yusi, ¿y tu amiguita?, ¿y Bolero? -le preguntó Ricardo a su hermana cuando salió del baño, mirando hacia todas partes.

– Mi herma, mijito, ¡cómo te demoraste! Bolero está allá arriba con Lucy. ¡No los vayas a molestar!

Se le cayeron los castillos, los sueños y las alas a Ricardo. Su amigo, su mejor amigo se le había metido en el camino. Pero no, qué va, él tenía que hacer algo, quizá estuviera aún a tiempo… Salió de la casa, miró para la azotea desde la acera, y pensó en subir como cuando era un niño y trepaba por el poste de la luz para perdérsele a la mamá la tarde entera.

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Se acercó al poste y puso la primera mano pero la segunda no llegó a tocar el madero lleno de cables roídos y pelados por los que aún, milagrosamente, pasaba corriente. Al contrario, retiró la que se apoyaba al poste y se alejó un paso hacia atrás. Ricardo le tenía pánico a las lagartijas y allí había una, coqueta, alerta a los gestos del muchacho. Éste le dió la espalda, entró de nuevo a la casa y se sentó de un tirón en el sofá, al lado de la hermana.

– Yusi, dame un masajito en la cabeza, que empezó a dolerme… Estoy a punto de volverme loco…

– Mi herma, ¿viste una lagartija otra vez?

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Por donde paseo como un extraño árbol

Cuando Carlos salió del bar esquivando a los curiosos que esperaban por el programa musical de cada viernes, ni se percató de que llevaba a Lucy como las madres llevaban a sus hijos a la escuela cuando se les hacía tarde para el trabajo: de la mano y corriendo. Tan desesperado estaba por estar a solas con ella, con esa mujer que le alborotaba los deseos de copular aunque fuera a la sombra del farol del parque de enfrente, que fue Lucy quien tuvo que ponerle freno cuando no habían caminado ni veinte metros.

– Carlos, espérate, que aquí mismo te voy a comprar tu camisa -le dijo cuando pasaron por la tienda prohibida de la esquina-. Y dale suave, que al paso que me llevas tendré que comprarme también unas zapatillas deportivas para no perder un tacón en el próximo bache de la acera.

– Disculpa, Lucy, ni cuenta me di… es que ya quería salir del gentío aquel. Pero no, no te molestes, no me hace falta ninguna camisa nueva si, total, ni salgo ya…

– No me vengas con esas ahora, Carlos, deja la pena y el orgullo y entra, o tendré que halarte yo a ti por el brazo.

Lucy no tuvo que insistir mucho, ni Carlos tampoco. Ella tomó la iniciativa, entraron a la tienda en dólares que sólo conocían de la vidriera hacia afuera y le pidió una camisa a la dependienta que se arreglaba las uñas detrás del mostrador. Otra, a su lado, leía un libro y no tenía intenciones de dejarlo. Lucy, ante la falta de experiencia, no mencionó ni la talla ni el color de la prenda de vestir que buscaba, pero ni hizo falta: con una simple mirada a las ropas en exhibición concluyó que los modelos de camisas se resumían en un único ejemplar que colgaba de un perchero verde claro.

– Esa no, mi vida, esa no está en venta porque es la última que queda y algo tenemos que poner ahí -le aclaró la interpelada bajando el tono de la voz- pero si están interesados les traigo unas que tengo aquí al doblar, en casa de una amiguita, para que escojan. Son de muy buena calidad, de la mismísima Francia y, además, a un precio más asequible. Pero que quede entre nosotros, eso no lo hago con todo el que entra a esta tienda.

Lucy se encogió de hombros y respondió con un tímido “Bueno”, arrastrando la e. Fue entonces que la otra empleada dejó el libro sobre el mostrador, con el título Por donde paseo como un extraño árbol hacia arriba, sin marcar siquiera la página por la que iba y, después de intercambiar señas con su colega, salió disparada de la tienda en busca de las misteriosas camisas.

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Lucy leyó la carátula del libro con curiosidad y se preguntó si no sería ella el personaje perfecto para aquel título, tan atada a las costumbres, a tantas de ellas, a su pasado, a lo que debía y tenía que hacer para no perder la esperanza de irse del país del que cada día quería saber menos… Y Carlos, Carlos pensaba en qué inventar para meterse con Lucy en el probador y desnudarla allí mismo, penetrarla, jugar con sus senos y hacerle el amor, como los conejos si era necesario, fugaz, relámpago, pero hacerlo, que ya no aguantaba más las ganas por tantos años escondidas.

En eso llegó la lectora ausente con una bolsa de nylon en la mano y caminó hacia donde estaba la supuesta dueña de las camisas, mientras Lucy les prestaba atención y Carlos humedecía su pantalón al ritmo de unos continuos espasmos.

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