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El clítoris es un arma de guerra

El lunes pasado tenía la urgente necesidad de salir de casa. No podía quedarme en el sofá viendo cómo el sol brillaba fuera. Me acerqué al centro dando un paseo y aprovechando los primeros rayos de la primavera, mirando escaparates a mi paso. Cuando ya había recorrido cerca de un kilómetro, unos grandes nubarrones grises cubrieron el cielo hasta hacerse prácticamente de noche. Las gotas de lluvia pronto empezaron a caer, y en pocos minutos jarreaba amenazando inundaciones. Por suerte estaba al lado del Corte Inglés, y entré para resguardarme del chaparrón, por supuesto no se me había ocurrido meter un paraguas en el bolso antes de salir de casa.

Me dirigí a tiro fijo a la sección de libros, es la única parte que me resulta interesante de los centros comerciales. Me gusta hojear las obras literarias, aprovechar las ofertas ‘deBolsillo’, conocer cuáles son los últimos ‘Best Sellers’, y hacer regalos. Qué mejor regalo que un libro, sobre todo cuando sabes que la persona que lo va a recibir aprecia la lectura…

Me planté delante del montón de ‘novedades’, y empecé a fichar los títulos. Uno me llamó la atención: ‘El clítoris es un arma de guerra’. “No sabía que Lucía Etxebarría había sacado libro nuevo”, pensé. Pero en la contraportada pude leer que el autor de tan curioso título era un tal Unsinagawa, un escritor mexicano poco conocido en España. Este libro sin duda tenía un destinatario, y lo mandé envolver.

La lluvia había cesado, así que aproveché para salir del Corte Inglés con mi adquisición en el bolso y volver a casa antes de terminar pasada por agua. Envié el regalo a Madrid y llamé a Montse para que estuviera atenta al correo. “Te he mandado una sorpresa”, le dije. “¡Qué casualidad, yo también te he mandado algo!”, me respondió entusiasmada. Y es que era probable que no nos acordáramos de felicitarnos para nuestros cumpleaños, pero regalos ‘sinmotivos’ no faltaban en cualquier ocasión.

Dos días después recibí un pequeño paquete. Mientras despedía al mensajero, el teléfono me reclamaba: era Montse. Apenas la podía entender porque parecía ser presa de un ataque de risa. Mientras se le pasaba el cachondeíto, fui abriendo el  paquete. Era un libro ¿cómo no? Muda me quedé mientras lo sacaba y veía un nombre: Unsinagawa. Entonces fui yo la que empecé a reír sin parar. Montse, que ya había recuperado el aliento, me decía: “¿Lo has visto, lo has visto?”. A lo que respondí estupefacta: “Interesante intercambio”.

Turno para Montserratita.

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