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Declaración de amor

Amado mío:

Te contemplo… No lo sabes pero te contemplo hasta el más mínimo detalle.

Te miro mientras sujetas ese vaso y lo llevas hacia tus labios y observo como se posa sobre ellos en una caricia de la que siento celos…

Observo tus movimientos caminando y siento celos de que otra pueda mirarte y estar pensando lo mismo que yo, y deseo agarrarte y poseerte en ese mismo momento para asegurarme de que eres mío…

Tu rostro posado sobre la almohada, dormido… tu cuerpo desnudo que las sábanas acarician… y la tentación es demasiado fuerte… insoportable que ellas te estén tocando y yo no.

No puedo apartar la vista de ti. No puedo dejar de mirarte, de contemplarte, maravillada de tenerte y temerosa de perderte. No puedo dejar de pensar que quizá éste sea el último momento, que quizá al siguiente te haya perdido… y siento celos de todo aquello que roba un instante de ti.

Y es que te quiero de una forma ilógica que arrasa con mis sentimientos haciéndome desear encerrarte en una cárcel de caricias y besos de la que no puedas escapar, de la que nadie ni nada te pueda arrebatar.

Puedo encontrar muchas razones lógicas para no sentir celos, pero mi corazón y mi cabeza no se ponen de acuerdo al respecto. Me he pasado la vida no sintiendo celos y ahora me doy cuenta del por qué. Aquellos eran amores lógicos incapaces de desatar las tormentas que tú desatas en mi, haciéndome sentir  más viva que nunca.

Así que, te amo, te amo con todo mi corazón, ese capaz de sentir celos hasta del aire que respiras, el mismo que se estremece cada vez que me observas, el que se desboca cuando tú me besas, aquel que parece no latir si tú no estás cerca.

SONVAK

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La magia del sexo

Hoy cedo mi turno a Carmela Díaz, amiga de una amiga mía que ha escrito un texto delicioso y que me honra compartir:

“Escribiendo de sexo con el corazón”

Desconozco el momento exacto de la Historia – puedo intuirlo, como todos, pero no estaba allí para corroborarlo – en que algunos iluminados intentaron convertir en tabú el sexo, en algo prohibido y pecaminoso. Si hasta la Biblia en el Cantar de los Cantares proclama: “El amor divino se consigue a partir del amor carnal”.

Compadezco a los que en pleno siglo XXI autocensuran su cuerpo y tienen dudas respecto a la naturalidad y necesidad de disfrutar de una sexualidad plena. No concibo el sexo como obligación o rutina, sino como deseo ilimitado, admiración infinita, pasión arrolladora, química inexplicable, atracción de alto voltaje y enorme complicidad, dejando fluir el lenguaje de la piel y la expresividad del erotismo. Historias de tremenda entrega, intensidad hiriente, frenesí, risas continuas, cariño sincero, locuras, noches en vela, encuentros desenfrenados, devoción, admiración mutua, recuerdos inolvidables, besos hipnóticos…

Hartarse de hacer el amor con caricias delicadas, miradas pícaras, profundas, seductoras, mezcla de ternura y deseo a partes iguales. Reposar agotados con las bocas pegadas de tanto besarse, cara con cara. Abrazos irresistibles que te inmovilizan pero no te asfixian, te protegen. Piernas entrelazadas para dormir más enredados.

Buscarse en mitad de la noche para disfrutar la agradable sensación de que el cielo espera otra vez con el mismo arte, esmero y entrega hasta el amanecer. Convertir el silencio en la mejor de las palabras, la más bella e intensa.

Disfrutar de emociones grabadas a fuego sobre la piel con una pasión desbordante por más años que transcurren – el deseo puro no entiende de plazos – Desatender la razón y no alcanzar a establecer un mínimo grado de coherencia en la intimidad. Sentir millones de deliciosas mariposas dando pataditas puñeteras en la boca del estómago ante la anatomía que nos hace perder la cabeza.

Son momentos únicos que te hacen ganar confianza, crecer como mujer, que descubren facetas de tu personalidad que habían estado aletargadas, experiencias vitales que desconocías que existían, que te permiten coleccionar recuerdos inmensos para siempre. Sentirte auténtica, espontánea, libre en cada momento compartido. Desnudar el espíritu, ser capaz de mostrar sin pudor todas tus caras: la que te da vergüenza, la que pensabas que quedaría oculta, la más salvaje, sensual, atrevida, caliente, morbosa, pero también la más cariñosa, desinteresada, generosa, sumisa, tierna. No hay que convertir en costumbre al amante que nos regala plenitud, debemos cuidarle como el mejor de los privilegios. Por encima de dudas, habladurías, hipocresía y doble moral, derrochemos valentía y coraje para disfrutar de la verdadera esencia de la vida y de uno mismo.

¿Aún alguien se atreve a insinuar que estas fascinantes sensaciones son malignas?
Desgraciadamente por motivos sociales, culturales, religiosos o educacionales todavía hay millones de mujeres que conviven con una sexualidad vetada, con un cuerpo negado a su completo conocimiento y disfrute.

PD. Dedicado a quien pulió el diamante, domó a la fierecilla, transformó a Cenicienta en princesa y convirtió fantasías en realidad.

Aquí el artículo original

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Carta a mi hermano…

Queridísimo Carlos:

Esta semana en el Blogguercedario nos ha tocado por tema “Me da miedo“.

Ya sabes que habitualmente no tengo problemas para inventarme lo que sea sobre lo que toque, sin embargo esta vez es distinto, me siento bloqueada. Me imagino que lo que me bloquea es aquello que me da miedo.

Cuando toco un tema tengo dos opciones: ser realista o largarme por los cerros de Úbeda. Normalmente mis preferencias se decantan por aquello que se aleja de lo real, y me imagino que tú ya sabes el por qué. Sin embargo, esta vez, el tema provoca que me resulte difícil evadirme de la realidad… esa realidad que me da miedo.

Al ver el tema que tocaba, Me da miedo, automáticamente en mi cabeza apareciste tú, pues tristemente representas aquello que me atenaza el corazón a causa del sufrimiento.

Intento recordar los buenos momentos, aquellos en los que tú aún estabas presente, pero cuando lo hago me cae encima el peso de tu ausencia.

Te busco en todo lo que me rodea y a veces hasta tengo la sensación de sentirte en el aire, abrazándome… recordándome que sigues aquí, que de alguna manera sigues aquí, a mi lado, velando para que si me caigo pueda volverme a levantar.

Las dichosas lágrimas no me dejan ver bien la pantalla del ordenador mientras te escribo esta carta. Estas lágrimas nunca dejarán de brotar… pero no te preocupes, esconden un secreto. ¿Cúal?. De cada una de esas lágrimas ha brotado una flor para ti. Ahora, en mi corazón, hay un jardín inmenso que te está reservado.

De hecho, creo que voy ahorita mismo a darme un paseo por ese jardín, con la mejor de las compañías, la tuya…

Con todo mi amor…

 

SONVAK

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Le enseñó el dedo corazón

Por: Sara

Montse le dedicó a Gorio ese gesto insultante tan particular: le enseñó el dedo corazón. Estaba inundada por la rabia, y si él hubiera estado a su alcance, lo hubiera abofeteado de buena gana. Pero para entonces, Gorio ya estaba abandonando el edificio, a marcha acelerada, mientras ella miraba por la ventana cómo huía el hombre con el que había compartido más de cinco años de su vida.

No entendía cómo las cosas habían cambiado tanto de un día para otro. De repente, él ya no la amaba, llegaba tarde por las noches, no salían juntos ni siquiera al cine, y la llama que un tiempo hubo entre ellos, se apagó porque alguien había soplado con fuerza. Gorio no dio demasiadas explicaciones de su marcha. “No te quiero”, le espetó a Montse duramente. “¿Por qué? ¿Por qué?”, le inquiría ella sin obtener respuesta. Estaba segura de que no había cometido ningún error imperdonable, y lo único que se le pasaba por la cabeza era una clara infidelidad.

Sin Gorio, Montse podría vivir, pero con el peso de una traición, no. Desde aquel día, cada vez que volvía a casa del trabajo, encontraba un nuevo vacío. Él se llevaba sus pertenencias de forma que Montse apenas lo pudiera percibir. Pero a ella nadie la engañaba. Un vecino hizo alusión, no sin cierta ironía, a lo bien acompañado que se le veía últimamente a su ‘muchacho’. Un día Montse salió antes del trabajo, y cuando abrió la puerta del portal, el mismo vecino chismoso informaba de que Gorio se encontraba arriba con “su nuevo amor”. Se quedó petrificada. No sabía si subir y pillarles con las manos en la masa, o largarse de allí y volver más tarde, haciéndose la tonta.

Finalmente decidió subir las escaleras, temiendo el enfrentamiento. A medida que se acercaba, se iba escuchando una música de baile. Salía de su piso, estaba segura de ello. Reconoció en las notas esa melodía que tantas y tantas veces había bailado con Gorio, agarrados de la cintura, moviendo las caderas rítmicamente. Abrió la puerta con cuidado, y los que estaban dentro no se percataron de ello. Montse abrió mucho los ojos para poder asimilar lo que estaba viendo. Abrazado al que había sido su chico, bailando lentamente, riendo, besándose, estaba Sito, el jefe de la oficina y además buen amigo.

Montse montó en cólera interiormente, pero guardó silencio para no ser descubierta. Observó lo que tenía a mano en la entradita, y se le encendió una bombilla al ver sobre el aparador la vela de aceite que estaba de adorno. Derramó el contenido sobre la moqueta, encendió una cerilla y salió corriendo.

cerilla

Próximo turno para: R- Gorio

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