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¿Qué he hecho, Dios mío, para merecer esto?

Mientras Ricardo estiraba sin proponérselo su presencia en el baño de la casa, incapaz de regular ni la duración ni la cantidad de sus necesidades fisiológicas, su hermana Yusimí y la nueva amiguita de estudios seguían conversando pero ya Ricardo no podía oir sobre qué. Su inoportuno organismo había escogido un muy mal momento para desahogarse.

– ¿Qué he hecho, Dios mío, para merecer esto? -se lamentaba una y otra vez, sentado en la taza azul.

Lucy, resuelta en su decisión de acercársele a Carlos de cualquier manera, miraba más hacia donde estaba él parado que hacia las libretas de Física que tenía delante. De pronto le susurró a su amiga Yusimí al oído:

– Yusi, deja la Física ésta y haz algo para hablar con el amigo de tu hermano, anda.

– Pero, ¿te gustó Bolero? -se sorprendió la interpelada.

– ¿Boleeeero? ¿Y así le pusieron a esa belleza masculina?

– No, chica… así le dice mi hermano. Él canta esas cosas de viejos, ¿sabes? Tiene una voz bonita, eso es verdad.

– Anda, Yusi, inventa algo para que venga a hablar con nosotras.

Yusimí se levantó de su silla, fue hasta la puerta de la calle, donde aún estaba Carlos recostado mirando hacia el destartalado carro del vecino, y le dijo en tono de orden:

– Oye, nos hace falta tu ayuda allá arriba. Aguántanos la escalera de caracol para no caernos. Fíjate, no la vayas a soltar, ¡mira que yo le tengo miedo! Es que queremos recoger la ropa que está tendida en la azotea.

azotea

Yusimí le dió la espalda a Carlos y le hizo señas a Lucy para que la siguiera, esperó a que éste llegara a la baranda de herrumbres, situada a mitad del pasillo, y le puso las manos donde debía aguantar. Carlos se aferró a los fríos metales con las dos manos. Primero subió Yusimí la escalera oxidada, lentamente, y Lucy siguió detrás, sin acomodarse ni aguantar para nada la saya corta que llevaba ese día, roja como el deseo, intensa como la lujuria. Carlos se quedó sin habla. Bueno, hacía rato que no pronunciaba una sílaba pero con la escena que tenía ante sus ojos se le escondió más la lengua. Y pensó: “Ay, niña, pero qué buena tú estás”.

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