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La vida y el cáncer

Ya, a muy temprana hora de la mañana, se encontraban levantados. Procuraron, en la medida de lo posible, efectuar el mínimo ruido posible con el que evitar molestias a los vecinos. Las paredes de la casa eran como hojas de papel y así es que, un simple estornudo, era perfectamente escuchado por los vecinos colindantes. Cuando el tono de la conversación se elevaba a niveles, que más bien podían catalogarse de discusión, todo el entorno era partícipe no solo de su desarrollo sino también del desenlace de la misma.

Llevaban más de dos semanas intentando convencerla que aquello no era, lo vulgarmente denominado, la cura bendita. Tomó la decisión, por otro lado obligada pues ya no le quedaban suficientes pastillas para regular su alocada tensión, de visitar al médico. La fortuna se alió con ella. Quien la recibía, con una encantadora sonrisa, no era su habitual ginecólogo –a la sazón más bien antipático, quizás producto de su ya avanzada edad- y que permanecía anclado en postulados médicos poco renovados. La mañana era calurosa y prefirió vestirse con una blusa de seda, con un tono pastel, adecuado como fondo para el bordado de unas rosas que cubrían parte de su pecho izquierdo. La prenda, además de elegante, era de mangas cortas y es así que la doctora, que sustituía por vacaciones al galeno titular, nada más saludarla lo primero que hizo es preguntar por el abultado bulto que casi colgaba de su brazo izquierdo.

–          ¡Ah!, ¿esto?-, marcando con su dedo el bulto sobresaliente, inquirió ella. El doctor me ha dicho, repetidas veces, que no me preocupe, que no es nada. Aunque, si le soy sincera, cada vez se hace más grande.

–          Pero, ¿no le han mandado a usted hacerse ninguna prueba?- preguntó la doctora.

–          Pues no. Es verdad que llevo más de dos meses sin venir a consulta. Vengo cuando ya no me quedan pastillas y necesito, como ahora, otra receta. Pero el doctor siempre me dice lo mismo: que no me preocupe.

–          Pues, lo siento, yo no estoy de acuerdo y, ahora, su doctora soy yo. Quiero que le hagan una biopsia de ese bulto urgentemente. Le relleno el volante, que remarco es prioritario, y ahora mismo pide usted la cita en la planta de abajo.

Durante más de una semana tuvo que visitar el hospital en repetidas ocasiones, incluso dos veces en el mismo día. Los resultados no fueron nada halagüeños y el diagnóstico final quedaba solamente a expensas de la biopsia. Cáncer de mama, con varios nódulos que presentaban ramificaciones. La decisión no se hacía esperar y el parte de ingreso para la operación se cumplimentó, de nuevo, con el literal de preferente.

Aún cuando se habían acostado temprano no pudieron conciliar el sueño en toda la noche. El día anterior su única hija, acompañada de su marido, emprendieron viaje para transcurridos seiscientos kilómetros poder acompañarla en todo momento. No fue necesario resorte alguno para que, los tres, se encontrasen levantados. El reloj marcaba las cinco y media de la mañana y es por ello que era inevitable hacer ruido, que a esas horas cualquiera se hace perceptible, pues la hora de ingreso en el hospital estaba marcada a las siete.

Ingresó en el quirófano con suma tranquilidad exterior. Para quienes la conocían, sabían que era una mujer extraordinariamente fuerte en todos los sentidos. Muchos habían sido los problemas por los que había pasado en su vida, algunos de ellos realmente muy delicados, pero siempre sacaba fuerzas de donde otros serían incapaces de hacerlo. Afrontaba los problemas como lo que son: simplemente problemas, pero se negaba a que éstos le pudiesen superar. Su mente clara, sencilla, a veces tozuda –es cierto- le llevaba a afrontar, siempre de cara, los inconvenientes que, por regla general, ella nunca provocaba. Seguro que esa forma de ser había calado también en su hija. En más de una ocasión sacaba a la luz una frase, casi lapidaria: No entiendo el por qué nos empeñamos en hacer difícil lo que es fácil. Sin embargo, a pesar de toda esa apariencia exterior, nunca podremos saber de verdad los miedos internos por los que caminaba su yo. Eso es, la verdadera intimidad.

Casi una hora después de su ingreso en quirófano la cirujana salió a informar a su hija. Con extrema sensibilidad y delicadeza explicó que se hacía totalmente necesaria la extirpación total de la mama izquierda pues, una vez abierto, habían encontrado nuevos nódulos malignos. A la finalización de la intervención, dos horas después, el nuevo informe era claramente esperanzador. Todo había salido perfectamente. Se había hecho una gran limpieza aunque sería necesario abordar en los próximos meses unos tratamientos más agresivos.

Fue, muchos años antes, cuando otra importante operación lastró de cuajo todo su aparato reproductor. El impacto psicológico de aquella dura, aunque también impuesta, decisión tardó en ser aceptada. Ya no soy una mujer, decía ella. No es que ahora sea mi deseo de tener más hijos pero, si lo fuese, ya no soy capaz de engendrar vida. Llevaba razón. Aún cuando es necesaria la ayuda del hombre –a pesar de las innovadoras técnicas- para dar vida es, solamente la mujer, la única capaz de dar sentido a la vida por medio de su propio cuerpo. Es ese un sentido simple y único que posteriormente se completa con otros más terrenales.

Pero, ahora, también se le cercenaba, para ella, otro sentido vital. Después de nacer, sus mamas habían sido el soporte vital de su hija, como lo son el de todas las mujeres. Forman parte de una, de su intimidad. De qué forma se entiende, en la mujer, sus ovarios y su matriz sin que existan sus mamas como correa de transmisión de la vida.

Cumplió, a rajatabla, con todos los deberes impuestos por los equipos médicos. Ejercicios gimnásticos de rehabilitación para fortalecer la zona dañada, sesiones de radioterapia o lo que fueses necesario. Su conocida, en ocasiones, tozudez le servía para empeñarse en estos cometidos. Quería seguir disfrutando de esta vida, máxime cuando una especial razón le había sido notificada aún estando en el hospital. Iba a ser, de nuevo, bisabuela. Aunque, esta vez, lo sería de su única nieta. Un ser que nacería, refugiado en la matriz de su nieta y amamantado por sus pechos. Al igual que ella, en su día lo hizo. Ahora, ya no era posible, pero este es el doble sentido de la vida. A veces, es necesario desprendernos de lo necesario para dar vida para seguir viviendo.

JOSE MANUEL BELTRAN.

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Un cáncer terminal.

Un cáncer terminal. La crónica de una muerte anunciada. Una terrible noticia: “Vas a morir en un plazo determinado y conocido”. 

Creo que puede ser una de las cosas que más rápidamente te puede llevar a la desesperación, y quizá algunos decidan acabar ahí y no estar esperando a la trágica lotería día tras día. Sin embargo, para el que, de inicio, no renuncia, queda la pregunta. Esa que más o menos, jugando, todos nos hemos hecho alguna vez:

          ¿Qué harías si te dijeran que te queda un año, seis, tres meses de vida?

Os adelanto que yo no sé que respondería a esta cuestión. Puedo suponer, puedo recordar películas que plantean situaciones similares o comentarios oídos ante hipotéticos planteamientos parecidos. Pero, por supuesto, no lo sé.

          ¿Qué harías tú?

Supón por un momento (¡eh!, es sólo un juego…) que es a ti a quién le dan la horrible nueva. ¿Qué harías?

Dejar el trabajo, viajar, conoce el mundo, hacer no se qué que se me ha quedado pendiente, follar tanto como pueda…

Hace no mucho tiempo estrenaban una película en la que dos jubilados, enfermos terminales, uno con cosas pendientes y otro con dinero, se dedicaban a aprobar esas asignaturas pendientes de una vida. Divertida, emotiva… pero yo creo que irreal. Al menos, para mí. No me veo lanzándome en paracaídas sobre las cataratas del Niágara, por ejemplo, ni intentando subir al Himalaya de espaldas, ni siquiera intentando ligarme a Angelina Jolie (bueno y aunque lo intentara: no sé inglés…) Hay muchas, infinidad de cosas que no he hecho, que no se si intentaré hacer alguna vez, pero que no creo que fuera a lo que me dedicase en esas circunstancias.

En serio, todo lo que a mi se me ocurre tiene que ver con mi familia. Con mi mujer (ese viaje de novios pendiente que llevamos aplazando ya tantos años…) y con mis hijos. El pequeño tiene sólo cuatro años, y ni siquiera se acordaría de mí.

Se me viene a la mente otra película. Tampoco recuerdo el título (soy fatal para ese tema), pero si me acuerdo que lloré. Lloré como una magdalena y, al menos para el cine, no soy de lágrima fácil. En esquema: un matrimonio, una mujer embarazada y un marido al que le diagnostican una enfermedad terminal. Después de varias cosas intrascendentes para este tema, él se plantea que no va a conocer a su hijo ni, por supuesto, su hijo a él. ¿Qué hace? Comienza a grabar vídeos. Como un diario, como un testamento. Le cuenta de su familia, de él, de sus recuerdos, le habla de su esposa (la madre) le habla de lo que puede ser el futuro y los problemas (genéricos, por supuesto) que le traerá la vida, de las mujeres… Todo hablándole a su hijo nonato. Intenta que su hijo le conozca, conozca su historia y la de sus antepasados, intenta que no le falte un consejo paterno en algunos momentos. Intenta que no se quede sin cuentos al acostarse por la noche. Intenta… seguir vivo para su hijo.

No sé si se puede interpretar esta actitud como algo maravilloso o como algo egoísta, pues no acepta su muerte, su ausencia, ni deja de interferir en el futuro del niño y de la madre (¿Qué pasa si la madre se vuelve a casar y el niño tiene casi desde que nace un padrastro maravilloso? ¿Qué pinta el otro con sus cintas de vídeo?). Pero a mi me conmovió  y  si, repito, lloré, y creo, sí, creo, que yo haría algo parecido. Un diario en vídeo para mi hijo. Tan largo como puediera.

¿Y tú, qué harías si te anuncian que Tienes un video diario de un desconocido? 

P – Montserratita – Activo

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