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Un enorme sudafricano, y uno muy bien dotado

–¿Sabés lo que te hace falta a vos, pelotudo? ¡Un enorme sudafricano, y uno muy bien dotado!

Clarita quizás nunca había sido –valga la redundancia– tan clara.

–Bueno, bueno, bueno. Si vamos a empezar con agresiones me voy– dijo el gordo Chelo.

–Hacé lo que quieras– le espetó Clarita, que a esa altura echaba chispas por sus ojos celestes, chiquitos y vivaces.

El Mocho intervino con intenciones de contemporizar.

–Creo que Clara no puede soportar en vos el prejuicio que tenés contra negros y homosexuales. Si pudieras al menos contemplar que ni los negros son una raza inferior, como vos decís, ni los homosexuales son una aberración de la naturaleza…

En lugar de contestar, el gordo Chelo hizo señas al escuálido Abel, el eterno mozo del bar Asgard que seguía la discusión desde hacía unos minutos acodado en el mostrador. Abel y Álvarez, el encargado, gustaban de seguir las discusiones –que generalmente se suscitaban entre cualquiera de los integrantes del grupo de amigos y el gordo Chelo– como quien sigue un partido de tenis desde la tribuna.

Abel, como era su costumbre, se acercó acomodando sillas.

–¿Señor…?– le dijo a Chelo.

–Traeme un tostado de jamón y queso, Abelito. Ah, y ponele una rodaja de tomate.

Abel sonrió.

–Creí que ibas a pedirlo con una “feta” de tomate–.

La mirada de Chelo cambió. El gordo era famoso por su impulsividad; era capaz de agarrarse a las trompadas por una boludez si su interlocutor —a su juicio– se pasaba de la raya. La respuesta de Abel era un gaste por algo sucedido el día anterior y formaba parte de su sorda antipatía ante la soberbia petulante de Chelo, quien a su vez no perdía oportunidad para marcar ciertas diferencias socioculturales con el delgadísimo mozo.

El Mocho, sentado al lado del gordo Chelo, pensó por un momento que tendría que frenarlo. Pero no hizo falta.

–Mirá, nene, vos mejor limitate a hacer tu laburo y no te quieras pasar de listo que no tenés con qué. Andá, traeme el tostado –y se interrumpió de pronto, mirando al Mocho y a Clarita– ¿ustedes van a pedir algo?

Clara habló sin quitar la mirada de Chelo, sentado frente a ella.

–Traeme una Sprite Light, necesito refrescarme.

Chelo interrogó al Mocho arqueando las cejas.

–No, yo nada por ahora, gracias.

–Un tostado y una Sprite Light para la dama. Ah, traeme un cortado también.– ordenó Chelo.

–¿Lo vas a comer o se lo vas a dejar al Mocho, como ayer?– se desquitó Abel.

El Mocho cerró los ojos e hizo un gesto como diciendo “ay…“. Chelo volvió a mirar al mozo con expresión oscura. Sin embargo, aún resonaban las palabras del Mocho del día anterior, cuando le contó del hijo que Abel había perdido más de dos décadas antes y del fallido intento de suicidio de su mujer; su invalidez a causa de eso. Y se apiadó. Hizo un gesto como de espantar moscas.

–Andá, querido, mejor andá.

Abel dio media vuelta, y Clara volvió a la carga.

–Un día de éstos te va a escupir el tostado antes de traerlo…

–Que yo no me entere porque lo dejo sin laburo al pelotudo éste. Se cree un langa y es un forro.

–Volviendo al punto –dijo Clarita– no entiendo por qué sos tan facho. Con vos no se salva nadie. Los únicos que quedan en pie son los de piel blanca, con estudios, que vivan en las zonas acomodadas de la ciudad de Buenos Aires y si tienen ojos claros mejor. Debe ser por eso que te dignás a discutir conmigo, porque tengo ojos claros.

–No es así. No es así. Si fuera tan así yo no estaría viniendo regularmente a un bar que queda en Floresta cuando yo vivo en Belgrano. Sólo opino que si las clases dirigentes en el mundo han sido generalmente de raza blanca, por algo debe ser.

–¡Pero otra vez! –estalló Clarita– ¡Hace diez minutos te dije que vos tomás por causa lo que es una mera consecuencia y no querés verlo!  ¿Te das cuenta que es imposible discutir con vos? ¡Gordo, no podés ser tan cerrado! ¡Que los blancos predominen en los sectores que manejan el mundo tiene que ver con cómo es la configuración del capitalismo transnacional y de los valores culturales que difunde por todos los medios a su alcance, que no son pocos! ¡No se trata de algo genético!

El gordo Chelo no se dió por vencido.

–Mmmm, no sé, no sé. Demasiadas coincidencias. Lo que ví en Sudáfrica el mes pasado, por ejemplo, es atraso, miseria y muy poca voluntad por parte de esas clases negras que vos tanto defendés por progresar, por crecer, por demostrar que quieren superarse. Lo único que quieren es zafar, que las cosas les vengan de arriba. No tienen cultura de superación personal, no tienen espíritu emprendedor, por eso fueron colonia siempre. ¿O vos creés que es casualidad que la mayoría de los países africanos fueron colonia de alguna potencia? ¿O vos creés que es casual que los tomaron de esclavos?

Clarita se agarraba la cabeza, moviéndola en un gesto como si dijese “no puedo creerlo”. El Mocho simplemente miraba. Ella no aguantó más.

–¿Y vos no vas a decir nada? ¿Vas a asistir en silencio a esta rémora de fascismo e intolerancia que tenés sentado al lado tuyo?

El Mocho carraspeó para aclarar la garganta.

–Yo creo que el gordo se aferra a sus creencias porque de esa manera construye un mundo más seguro, donde no hay lugar para los grises, donde todo es blanco o negro, correcto o incorrecto, amigo o enemigo, malo o bueno –Chelo hizo un gesto de restarle importancia a lo que escuchaba. El Mocho siguió. –De ese modo puede desplegar su subjetividad más eficientemente de acuerdo con sus valores y su visión del mundo. Lacan creía que de esa forma se produce…

Clara no lo dejó seguir.

–Andá a cagar, Mocho. ¡Lo que quiero es que sientes posición, que tomés partido! ¿Podés dejarte de joder un poco con la psicología? No estamos en tu consultorio ahora, che, esto es un bar y estamos discutiendo entre amigos!

El Mocho se sintió arrinconado.

–Bueno, no te pongas así, che… Evidentemente la segregación, la intolerancia y el racismo son padres de muchos de los males de la humanidad; creo que en las sociedades democráticas de hoy estaría bien…

Clara estalló otra vez.

–¿¡Ves!? ¿Ves por qué es como yo digo? ¡Ustedes los psicólogos son incapaces de comprometerse con una ideología, maldita sea, la puta profesión que tienen les impide tomar partido abiertamente por algo o por alguien! ¡Todo lo relativizan! ¡Te estoy pidiendo que opines sobre lo que dice este aparato, no que me hables de su estructura psicológica ni de las sociedades democráticas occidentales!

El Mocho pareció por un instante desorientado.

–Pero es que… bueno, está bien, no, no estoy ni puedo estar de acuerdo con vos, Chelo –dijo esto mirando alternadamente al gordo y a Clarita– creo que no son buenas las conductas segregacionistas, en el mundo han hecho mal, y en definitiva esconden un profundo miedo ante aquellas cosas nuestras que el otro, con sus diferencias, nos está marcando: creo que en definitiva la no aceptación del otro es miedo hacia esas cosas que no aceptamos de nosotros mismos y miedo hacia eso en el otro que no podemos comprender, quizás exista un mecanismo como de…

La llegada de Abel con el pedido lo interrumpió. Clara aprovechó y continuó con tono sarcástico.

–Muy interesante lo que dice, doctor, pero me pregunto si su discurso no estará escondiendo un grave temor a decir sin ambages ni medias tintas las cosas que realmente piensa… ¿No será que en el fondo sos medio facho, como él? Sería de no creer, ¿no? Descendiente de judíos y facho al mismo tiempo…

–¡Upa! –dijo Abel, mientras descargaba de la bandeja los pedidos.

–Ah, bueno… –exclamó el gordo Chelo– perdoname pero me parece que te fuiste un poquito a la mierda. ¿Ves por qué te digo que los zurdos en el fondo son igual que los fachos? ¿Tenías que meterte con la religión?

Abel se retiró estratégicamente. Clara se llevó una mano al pecho.

–Ay, pará, pará que me infarto acá mismo… ¿El facho defendiendo a un miembro de la comunidad judía? ¿Pero qué le pasa al mundo, qué pasa con los argentinos? Mirá, gordo, ese discursito de que los extremos se tocan, que la extrema izquierda es igual que la extrema derecha, sólo sirve para legitimar a los tibios, de los que la clase media y la burguesía nacional está llena, infestada. Y ya que hablamos de religión, vos que sos tan católico deberías saber que a los tibios los vomita Dios…

–¿Y a vos quién te dijo que no sos tibia?

El Mocho habló con un tono de voz diferente, su mirada era dura; se notaba a la legua que el comentario de Clara lo había tocado hondo.

–Mirá, Mochito, no me corrás por derecha, vos sabés mi historia familiar así que…

El Mocho la interrumpió, devolviéndole la gentileza.

–Por eso mismo, Clarita. Se trata de tu familia, no de vos. Vos lo que hacés es agitar las banderas que ensangrentaron otros, creyendo que sos muy revolucionaria por eso. Pero vos ni estuviste en la pesada, ni estuviste chupada, ni te metieron picana, ni un carajo. Vos sos, para decirlo en tus términos, una pequeñoburguesa universitaria con ideologías de izquierda y, encima, desactualizada, porque ni siquiera te das cuenta de cómo cambió el mundo ni sabés describir el concepto de globalización. Tratá de levantar la cabeza del agujero, hace 30 años que se fueron los 70 y vos ya estás grande para ser zurda, y más aún universitaria.

Se produjo un silencio espeso, sólo roto por los sonidos metálicos del bar. Clara se puso colorada y sus ojos se humedecieron.

–Eso ya no hacía falta. Te fuiste al carajo, Mocho –dijo, con la voz quebrada.

Agarró su cartera, se levantó y se fue. La Sprite Light quedó sin tocar, frente al vaso. El Mocho suspiró, advirtiendo que, seguramente, se había pasado de la raya.

Chelo tomó la botella de Sprite y la miró con interés.

–¿Querés un poco? –le dijo. El Mocho le hizo señas de que no, y miró por la ventana. Pudo ver a Clara, de espaldas, alejándose mientras cruzaba la calle. Llevaba una mano sobre la boca y miraba al suelo.

–Qué bárbara esta mina, ¿no? Te digo que si coge igual que como defiende las ideas, debe ser una bestia. ¿De verdad no querés? –insistió, amagando a servirle un poco de gaseosa.

El Mocho volvió la cabeza y lo miró fijo.

–No, gracias, Chelo. No quiero.

El gordo encogió los hombros y se sirvió, mientras le daba un goloso tarascón al tostado de jamón y queso.


Glosario para no rioplatenses

Gaste: broma.

Laburo: trabajo.

Langa: galán, al revés. Alguien avispado, inteligente, de buen porte, atractivo.

Forro: insulto. Hace referencia a los condones.

Facho: Fascista. Se le dice a alguien intolerante, poco democrático, prejuicioso y autoritario en extremo.

Zafar: hacer las cosas según la ley del mínimo esfuerzo y el máximo beneficio.

Zurdo: persona con ideología de izquierda; comunista.

La pesada: la lucha armada en la década de los ’70 en la Argentina.

Chupado: Detenido desaparecido durante la última dictadura militar argentina.

Picana: método de tortura utilizando electricidad.

Mina: mujer.

Coger: hacer el amor.

Próximo turno: J – Lustorgan – Activo

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La envidia es el patrimonio nacional

Chelo agitaba el sobrecito de azúcar mientras hablaba y miraba distraídamente a la morocha de curvas infartantes que justo pasaba frente a la ventana del bar.

–La envidia es el patrimonio nacional, viejo. Y si no miralo a Abel. Me envidia, viejo, es evidente.

Señaló con el mentón a Abel, el escuálido mozo del bar “Asgard“. El Mocho (a quien en el bar llamaban así por su reducida estatura) lo miraba con expresión bovina sentado frente a él, mientras sorbía cortamente –valga la redundancia– su café.

–Me envidia por el dinero que tengo, por la suerte que tengo con las mujeres, por lo bien que me va en el trabajo. Y creo que también me envidia hasta por lo regordete que soy, fijate.

El Mocho miraba ahora a una rubia, más alta que la morocha anterior, con la que se había encontrado justo en la puerta de Asgard. Ambas mujeres parloteban animadamente, parecían dos amigas reencontrándose luego de meses de no verse.

–Además, no sé a quién puede gustarle ser mozo. Él dice que sí. Pero mirale los ojos: se nota clarito que tiene envidia. Y de mí. Cuando me mira me doy cuenta, yo tengo una sensibilidad especial para percibir esas cosas, nunca se me escapa. Por ejemplo, mirá a esa rubia: de un vistazo te puedo decir que no hace el amor desde hace meses.

El Mocho apartó por un instante su pocillo de la boca.

–¿Ah, sí? ¿Y cómo te das cuenta? Sigue leyendo

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