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Jamás en la vida miran de frente

– Ay, Carlos, tú y tus boleros… ¿Cuándo vas a tomar en serio lo que yo te digo? Yo hablándote del gallego y su gordo y tú, cantando.

– Lucy, chica, no te me pongas así… si lo que te estoy dando es cariño, mi china. Mira, olvídate del gallego ese y vámonos por ahí tú y yo a empezar de nuevo…–mimó Carlos a Lucy, bajito, aprovechando lo cerquita que la tenía, aún entre sus brazos.

– ¿Irnos para dónde, Carlos? -Lucy se despegó de un tiro-. Ya estoy cansada de cuartuchos, de habitaciones de hoteles, hasta de esta ciudad y de este país. Ni me entendiste hace un rato cuando te lo mencioné. Ya no aguanto más, ya no aguanto más…

Lucy volvió a tirarle los brazos a Carlos y éste, a dejarse abrazar. A Lucy no podía olvidarla ni en sueños. Demasiada agua había corrido por esa orilla, agua común, orilla bañada por ambos. Y ella habrá atracado en otro puerto, pero él seguía sin rumbo buscando el de siempre, el de Lucy. Su gran amor y el único. Los otros, esos no habían llegado a tal categoría. Lástima que ella no pensara igual, qué pena, con lo que le gustaba a Carlos esa mulata.

– Ya me cansé, Carlos -siguió Lucy-, me cansé de lo mismo con lo mismo. Me cansé de los hombres que jamás en la vida miran de frente. Con lo bien que me había caído el gallego… si hasta me regaló un poema y una flor. ¿Quién hace eso aquí? Todos son iguales, sólo tienen ojos para las nalgas… y para los gordos, por lo que veo. ¿Tendré que meterme a lesbiana o en otro país será diferente? ¿Eh, Carlos? Habla, chico, ¡dime algo!

¿Qué iba a decir él ante la exuberancia de mulata que tenía ante sí? ¿Él? No había tenido suerte y el gallego sí, con poema y flor. ¿Y sus boleros? Si le cantaba uno ahora seguro ella se iba a molestar. Lucy, qué insensible… A las mujeres no hay quien las entienda, se dijo. ¿Y de dónde iba a sacar una flor? Quizá una flor era la solución a sus desamores. Bruto él, ¿cómo no se había dado cuenta antes? La próxima se la robaría del jardín al vecino. Eso sí, se compraría unas gafas oscuras porque a Lucy no había quien la mirara por otra parte de su cuerpo, aunque ella se quejara. ¿Qué mirarán las mujeres en los hombres?

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He cantado el gordo

– ¡Coño, Lucy, me jodiste la camisita de los domingos! ¿Y ahora cómo rayos quito el vino este que me echaste arriba? – le reprochó Carlos a Lucy al regresar del baño, haciendo pucheros cual infante castigado.

– Ay, chico, discúlpame, de verdad estaba pensando en otra cosa. Yo te compro una nueva, te lo juro – le dijo Lucy muy apenada, todavía con la mirada perdida, por segundos posada sobre la mancha rojiza.

– ¡Ahora sí! ¿Lucy comprándole una camisa a Carlos “El Bolero”? Na’, no te creo – dijo él en tono de burla, chasqueando la lengua.

– ¿Todavía sigues cantando boleros, Carlos?

– Ah, tú sabes que eso es lo mío… pero ¿y a ti qué bicho te picó hoy?

Lucy levantó la vista para mirar a los ojos de Carlos y, entre suspiros y lágrimas, le dijo:

– Yo estaba en la cama con el gallego, medio entretenida con mi espejito y el creyón labial, mientras él veía la televisión por cable del hotel. Cuando menos yo me lo imaginaba metió un salto y se puso a gritar “¡El gordo, el gordo, he cantado el gooooordo!” y a correr de la cama a la ventana, de ésta a la puerta del baño, de la puerta a la cama, y así, sin parar, con los brazos hacia arriba, como un loco. Yo pensé eso mismo, que se había vuelto loco. Dando saltos corrió hasta la mesita de noche, sacó la billetera de la gaveta y me tiró a la cama un billete de 100 dólares, gritando aún la cosa esa del gordo. “¡Vete, vete, vízztete y vete, que tengo que hazzer unazz gezztionezz! ¡Ezz mázz, coge otrozz 100 y dezzaparézzete de aquí, que ezztaré ocupado!”, me dijo. Los otros 100 ya los tenía en la mano, otro billetico. Lo tiró hacia arriba y yo me mordí un labio deseando que llegara a mi mano, que aguantaba el primero encima de la cama, antes de que el gallego se arrepintiera. No, no se arrepintió, pero me cogió del brazo, casi me viste él mismo, y me dio una nalgada estruendosa llevándome hasta la puerta de la habitación. “Luzzy, cariño, no me mirezz azzí que me derritezz”. Y con la misma me cerró la puerta en la cara. Terminé de pintarme los labios en el elevador. De ahí vine para acá. A mí nunca me habían botado así de un lugar y menos con 200 dólares metidos en mi ajustador de encajes negro… ¡Me dejó por un gordo y eso me ha dado un sentimiento! – Lucy se levantó de su banqueta, también corroída, rodeó con los brazos el cuello de Carlos, y rompió a llorar. – Yo pensé que el gallego tendría buenas intenciones conmigo, Carlos. Por un momento imaginé hasta largarme de este país…

Carlos por fin se decidió a poner sus manos en la espalda de Lucy y la apretó hacía sí cantando, en un susurro, un bolero, por supuesto:

“Cuando la luz del sol se esté apagando
Y te sientas cansada de vagar
Piensa que yo por ti estaré esperando
Hasta que tú decidas regresar
.

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Ya tengo un par de calcetines. ¿Te gusta lo que ves?

Carlos era un cincuentón bien parecido al que las canas no conocían ni de lejos. A veces Ricardo, su mejor amigo, socio de nocturnas andanzas y confidente histórico, se burlaba de él acusándolo de contrabando de tintes para el cabello. Carlos sonreía cada vez y le echaba en cara a Ricardo su envidia natural, como cuando eran unos chiquillos y aquel no podía aceptar que él, el bonitillo del barrio, se hiciera novio, sin mucha dificultad, de cualquiera de las niñas más codiciadas de la escuela.

Ahora, sentado en la barra del bar de la esquina, lo incomodaba un tanto el asfixiante perfume de la mujer a su lado. Era hermosa. Ella ya estaba allí cuando él llegó una hora antes pero seguía con la mirada perdida hacia la empolvada colección de botellas de vinos y rones de la pared. Carlos ya había reparado en sus largas y sensuales piernas cuando saludó al sentarse. Pero la inmutable dama levitaba en otra realidad ajena a la que Carlos pisaba. Hacía tanto que no la veía…

– ¿Esperas a alguien, Lucy? –le preguntó.

Lucy giró su cara noventa grados para responderle a Carlos con desgano.

– ¿Y qué, Carlos? Sigues igualito… ¿Cómo te ha ido?

– No me digas nada que me robaron en la casa antenoche. Me dejaron pela’o pero al menos ya tengo un par de calcetines. ¿Te gusta lo que ves? –dijo Carlos descalzando el pie izquierdo y levantándolo un poco.

– ¿Y de dónde sacaste tú el arcoiris ese? Ay, Carlos, no tengo ganas de reírme sino todo lo contrario.

– A llorar a Maternidad, Lucy. ¿Es que sigues tan rebencúa como antes?

Por respuesta recibió una gélida mirada, húmeda de lágrimas que una vez fueron río, seguida de un gesto inesperado con el que terminó vaciando, en la camisa de su vecino, lo que quedaba de vino en su copa. Lucy no dijo una palabra; volvió a perderse en sus pensamientos.

Carlos, atónito, no supo cómo reaccionar en ese instante. Pasados unos segundos se levantó de la banqueta corroída y pesada. Se alejó rumbo al baño evitando apoyar el calcañal izquierdo, con el zapato en la mano. Juró venganza a su manera: seduciéndola como hizo años atrás, seguro de que no fallaría y silbando uno de sus boleros preferidos de la vitrola de antaño:

“Y al notar ese desprecio
de ojos que por mí lloraron,
pregunté si con el tiempo
sus recuerdos me alejaron
”.

A – Codeblue – Activo

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