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Y si te pica te rascás

Depende— dijo el Mocho.

¿Depende de qué?— dijo el mecánico. —Si te hacen cosquillas te reís, y si te pica te rascás. Yo veo la vida así, macho. Lo que pasa es que ustedes la complican al pedo.

Jorge (el mecánico) jugueteaba con el sobrecito de azúcar de una forma que al Mocho lo irritaba más que al mismísimo Chelo.

No podés ser tan elemental, Jorgito— disparó el Mocho. —O sea que para vos la vida es dos más dos, blanco y negro, esto está bien y esto está mal, dos o tres refranes y ahí se termina la cosa. Ay Dios…— y juntó las palmas de las manos como si rezara.

El mecánico acusó el golpe pero en virtud de que esa noche había ido al bar Asgard con su novia Claudia (quien por simple aburrimiento ante los temas tratados estaba más callada que de costumbre) prefirió no apelar al expeditivo trámite de rajar a puteadas al Mocho como dos noches atrás.

Mirá, Mochito, yo no tendré estudios como vos pero tengo calle, ¿sabés? Yo te digo que la vida en el fondo es sencilla. El que la complica es uno. Y los refranes por algo existen, son sabios aunque a vos te parezcan una boludez.

Bueno, está bien— dijo el Mocho, perdiendo la paciencia– entonces decime quién tiene razón en el caso de la piba ésa que tenía un retraso mental, que la violaron y la dejaron embarazada. Y entonces la familia pedía de rodillas que le hicieran un aborto, pobrecita. Dale, decime, ¿a quién le das la razón vos? ¿Qué refrán podés aplicar ahí?

El mecánico levantó los brazos con una sonrisa falsamente complaciente, como si se quejara del problema que el Mocho le estaba tirando encima.

Bueno, pero vos también te vas al carajo, che…— protestó, buscando con la mirada el auxilio de Chelo, quien solía ponerse de su lado en los enfoques más conservadores y hasta reaccionarios de las discusiones. A Chelo le encantaba oficiar de abogado del diablo (“deformación profesional”, decía él) pero en este caso el ejemplo ofrecía tantas aristas de análisis posibles que sólo arrojó una opinión tibia, como un pañuelo de papel recién usado.

A mí lo que me resulta intragable, y perdoname, Mochito, porque sé que mis opiniones te irritan, pero lo que no me banco es la idea de que un grupo de letrados tengan arbitrio para decidir sobre la vida de una persona que aún no nació. En mi opinión la vida está por sobre cualquier valor y sólo Dios es quien puede decidir la discontinuidad de la vida. Si él decidió que esa chica quede embarazada sus razones tendrá, por más cruento que haya sido el acto en que la chica quedó preñada y por más retrasos mentales que tenga. Además…

Pero el Mocho no lo dejó seguir.

Ay, Chelo, Chelo. Si no fuese que hoy contamos con la ilustre presencia de Claudia con nosotros, vos y quienes estamos acá ya habríamos entrado en otra dinámica de discusión. Pero como está la dama parece que tenemos que ser diplomáticos de carrera. ¡Dejate de joder, gordo, no estamos en Tribunales, che! ¡Colgá la toga!

El mecánico reía.

Más que un cuervo parecés un cura, che…

Bueno, como quieran– se defendió Chelo— pero la realidad es que justo ése es un ejemplo bastante difícil, che, ¿por qué no buscan uno sobre fútbol o sobre política?

Dejá, Chelo, no importa, todo este quilombo se armó porque yo dije que me parecía mal que un tipo casado como Lucho se tire una canita al aire. Y sigo pensando que si se casó es por algo, y si le gusta otra mina que largue la que tiene y se encame con todas las que quiera.

Claudia miraba al mecánico con auténtico amor y admiración. La imagen produjo algo muy parecido al asco en el Mocho.

Ay, Jorgito querido: eso lo decís porque tu novia está acá…

Claudia, por primera vez, intervino.

Ay, Mocho, basta, si yo sé cómo piensa Jorge, por eso estoy con él.

El mecánico le agradeció el mimo verbal a su novia con un pico. Para el Mocho fue demasiado.

Mejor voy al baño.

Buen provecho— lo provocó el mecánico. Chelo no pudo contener una carcajada. Claudia se contagió, y en un segundo los tres reían. Menos, claro, el Mocho, quien antes de seguir camino hacia el baño se agachó y le habló al mecánico al oído.

Andá a lavarte el culo con aguarrás— y le palmeó el hombro.

¿Qué te dijo?— curioseó Chelo.

Algo irreproducible— dijo el mecánico, y terminó de un trago su Seven-Up¿Vamos, bombón?

Dale, ya tengo sueñito— le dijo Claudia, desperezándose como una gata somnolienta.

Bueno, bancame que le pago a Abel y vamos.

El mecánico fue hasta la barra donde el mozo Abel, del otro lado del mostrador, hojeaba una revista Caras con una impresionante foto de Pampita en la tapa.

Ah, bueno… — exclamó el mecánico. Abel lo miró socarronamente.

A que no la partís como un queso.

¿Cómo? la parto en ocho, Abelito. Y me guardo una porción para el otro día. A ver, dejame verla bien… perdón, eh, pero es que ya me voy… dejame ver esta belleza y ya te dejo con ella…

El mecánico giró la revista para ver bien la fotografía de Pampita. Vigiló con el rabillo del ojo que Claudia no se hubiera movido de la mesa. No, ahora conversaba animadamente con Chelo, de modo que no había peligro. Recitó las palabras como si la bella mujer realmente pudiera escucharlo desde la foto:

Ay nena, ay putita, qué orto tenés… qué perra que sos, carajo, cómo te garcharía, hembra hermosa, te juro que no me importaría cortármela en rodajas si antes te pudiera echar el polvo de mi vida, bombonazo, que te chupo toda…

Eeeepa, epa, che– exclamó Abel– voy a pensar que te tienen mal atendido, Jorgito…

El mecánico alzó la vista un segundo, sólo para seguir contemplando esas curvas de vértigo.

No te creas, Abelito. Pero esta mina supera todas las marcas…

¿Todavía te seguís viendo con la morocha ésa que te tenía loco?

El mecánico comenzó a hojear la revista con evidente intención de encontrar el resto de las fotos que prometía la revista en la tapa.

Hay costumbres que no hay que perder aunque uno esté por casarse, flaco. En la variedad está el gusto, dice el refrán, ¿no?

Che, ¿y tu novia no sospecha nada?

Justo en ese momento el Mocho volvía a la mesa. El mecánico giró la cabeza y lo miró. Desde lejos, aquel le preguntó, con una seña, si ya se iban. El mecánico le respondió que sí con un gesto. Luego, miró a Abel a los ojos.

Las minas siempre sospechan, Abel. Pero hay que hacer las cosas con cuidado. Ojos que no ven…

Le pagó y se fue, no sin antes echar un último vistazo a la portentosa figura de la modelo.

… corazón que no siente… — dijo Abel, sin que el mecánico pudiera escucharlo ya.

Y se puso a hojear la revista otra vez.

Glosario para no rioplatenses

Cuervo: abogado

Quilombo: lío.

Tirarse una canita al aire: ser infiel.

Mina: mujer

Encamar: hacer el amor, follar.

Pico: beso breve en los labios

Bancar: esperar, aguantar.

Garchar: ídem encamar, pero con algo de apasionada violencia.

Echarse un polvo: eyacular.

Próximo turno: M – Daniela – Activo

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Yo pienso en vos estés en donde estés

–“Sos mi amanecer, sos mi lluvia en medio de la sed, sos el aire que me hace volar, yo pienso en vos estés en donde estés“…– leyó el Mocho, tras lo que se llevó a la boca el cortado en vaso que un rato antes le había traído Abel, el eterno y escuálido mozo del bar Asgard.

–Yo le sacaría el segundo “en“– dijo Quicho.

El Mocho se detuvo en la lectura de la carta y miró el papel de arriba a abajo, como si no entendiera.

–No entiendo– dijo.

Quicho hizo un gesto de impaciencia y tomó la hoja. Le señaló las palabras como si el Mocho fuera un pibe de seis años.

–Última frase escrita. Primer “en“, segundo “en“. “Pienso en vos, estés en“… ¿Ves? Es redundante.– Y soltó la hoja delante del Mocho. Éste se alisó los rulos pelirrojos. Leyó la corrección en voz más baja.

–“… el aire que me hace volar, yo pienso en vos estés donde estés…

El Mocho enfatizó con la voz la palabra “donde” y siguió alisándose los rulos pelirrojos como si hubese algo que aún no le cerraba.

–Hay algo que todavía no me cierra– dijo. Quicho encendió un Marlboro. El bar se iba poniendo del color del vino tinto a medida que el sol desaparecía detrás de los edificios. Abel iba y venía con los pedidos; se escuchaban ruidos a pocillos y cubiertos; el televisor encendido en uno de los extremos del bar sumaba su batifondo a las esporádicas risas y las cargadas entre Abel y Álvarez, el encargado del bar, por el resultado del partido del domingo.

–¿Qué no te cierra, Mochito?– Quicho puso, coincidentemente con una bocanada de humo, su clásica cara de Humphrey Bogart, con el ojo izquierdo entrecerrado.

–No sé, me parece que le sigue sobrando algo.

–A ver, repetime.

–Bueno, te leo desde el principio…

–Dale.

El Mocho carraspeó antes de comenzar.

–“Entre todos los pensamientos que pueden florecer en mí, el mejor es el tuyo. Entre todas las playas donde puedo caminar, la que tiene tu arena es ésa donde dejaré escrito tu nombre para siempre. Entre las melodías que podría elegir para celebrarte, la de tu voz será mi himno. Sos mi amanecer, sos mi lluvia en medio de la sed, sos el aire que me hace volar, yo pienso en vos estés donde estés“…

Quicho hizo chasquear los dedos.

–¡Ya está! El problema es “yo“.

El Mocho esbozó una media sonrisa sobradora.

–Dirás “soy yo“, Quicho. ¿Cómo “es yo“? “Yo Mocho, tú Quicho, nosotros estar en bar“– lo gastó.

–No, pelotudo. Me refiero al deíctico.

–Dale, hermano. En castellano.

–¡Ay, ay, ay!– dijo Quicho, agitando las manos en gesto escandalizado. –¡Mucha facultad, mucha psicología, mucho seminario de Jacques Lacan, macho, pero todavía no aprendiste qué es un deíctico!

–Y… no… Pero para eso te tengo a vos, que estudiás Letras.

–El pronombre “yo“, Mochín. No me vas a decir que no sabés lo que son los pronombres.

El Mocho hizo un exagerado (e irónico) gesto de haber comprendido.

–¡Aaaaah, los pronombres! ¡Pero hubiéramos empezado por ahí!

Quicho hizo caso omiso a la ironía.

–Bueno, el “yo” final está de más. Sacalo y fijate cómo queda.

El Mocho tomó la birome e hizo un par de correcciones. Las tachaduras y palabras sobreescritas se acumulaban en la hoja como una extraña e indescifrable madeja de trazos, como una lucha de arañas.

–“Sos mi amanecer, sos mi lluvia en medio de la sed, sos el aire que me hace volar, pienso en vos estés donde… estés“…– leyó, e hizo una última corrección en el “estés“. Se quedó unos instantes pensativo, mordisqueando en capuchón de la birome, y exclamó:

–¡Por fin! Ahora sí, che. Ma’ sí, yo se la doy así. ¿Vos creés que le va a gustar?

–Esa mina sólo desea que le demuestres interés, Mochito– aseveró Quicho, con voz de experto.

–¿Te parece? No sé… porque a mí me da la sensación de que mucha bola no me da.

Quicho se inclinó hacia el Mocho.

–Las minas, y a ver si nos entendemos, Mochito querido, son hábiles. Su estrategia es la astucia y son expertas en hacerse las boludas cuando quieren. Pero a esa mina la observé: está con vos, haceme caso. Yo, Gustavo “Quicho” Gómez, te garantizo que esa mina está con vos y vas a ver que en un mes (dos, a lo sumo) te la cogés.

–Pero Quicho, si ni me mira cuando le hablo… ¿y por qué para vos todo tiene que terminar en coger? Yo no sé si quiero coger con ella…

Quicho sonrió y le robó al Mocho un sorbo del cortado, que ya estaba frío.

–Mirá, Mochito, cuando vos aceptes que cualquier relación hombre – mujer está basada en la pulsión, la libido, el deseo, aunque sea en estado larvario y potencial, vas a poder afrontar mejor tus estudios de psicología.– Y adoptó un bromista tono paternal.–Repetí conmigo: “en las entrepiernas del hombre y la mujer se esconde la fuerza que mueve al mundo”…

El Mocho se sonrojó un poco y chasqueó la lengua, mirando por la ventana.

–Dejame de joder, Quicho, estoy hablando en serio… yo estoy enamorado de Clarita, ¿entendés?

–¡Y por eso te lo digo, hermano! Escuchame: si vos no consumás en una buena cogida toda esa carga apolínea y melosa que tenés y que ya me tiene hinchado las pelotas, la mina se va a hinchar las pelotas más que yo y se va a encamar con… con… ¡con Abel, mirá lo que te digo!

La risa del Mocho era transparente, contagiosa. Ambos rieron. Imaginaban la escena (Clara cogiendo con el escuálido Abel, a punto de romperse por la mitad dada la fogosidad por la que aquella era casi famosa) y no podían evitar reír más. Los años noventa recién despuntaban, había un montón de cosas que aún no habían sucedido en la Argentina, Carlos Menem no llevaba un año en la presidencia y ellos, aún, eran en algún punto ingenuos todavía.

–Está bien, sólo necesito tiempo…

Quicho lo interrumpió, señalándolo con dos dedos entre los que sostenía el Marlboro.

–Sí, pero no dejes que el tiempo conspire contra la temperatura de su deseo, Mochín. Estás en el momento justo, te lo digo yo. ¿O vos te creés que el otro día fue casualidad que se apareciera por acá? ¿A quién saludó primero? ¿Qué gestito te hizo con los ojos cuando se iba, tres minutos después? Dale, Mocho, vos no ves las cosas porque no querés…

–Bueno, qué sé yo… no me pareció nada fuera de lo común… y esa caidita de ojos la hace cada tanto.

–Sí, a vos, pero ¿viste que se la haga a alguien más?

El Mocho quedó pensativo.

–Bueno, pará, me estás haciendo ilusionar…

–Te la tenés que coger o se va a ir. Mucho tiempo más no se va a bancar esperándote.

–¿De veras creés que me está esperando?

Quicho apagó enérgicamente el pucho sobre el cenicero y le extendió la mano.

–¿Qué apostamos?

El Mocho dudó unos instantes.

–… ¿un tostado de jamón y queso…?

–Andá a cagar– exclamó Quicho, y llamó a Abel con un gesto de pedir la cuenta. –Me tengo que ir, Mochito, Selva me espera.

–Quicho, antes de irte, ¿cómo era esa frase de ese poema que le escribiste a Selva, que a mí tanto me gustó?

Quicho entrecerró los ojos, en gesto de hacer memoria. Recitó:

–“Dame una duda, una miseria, necesito humanizarte, no te resisto tan etérea…”

–Qué hijo de puta… — dijo el Mocho, casi entre dientes. Abel llegó acomodando sillas, le cobró a Quicho y, con el mentón, le hizo un gesto de consulta al Mocho.

–Traeme otro cortado en vaso, Abelito.

Quicho se iba. Al escuchar el pedido se volvió y le dijo a Abel, señalándolo al Mocho:

–No le pongas mucha “leche”, que éste ya tiene de sobra.

El Mocho se levantó de la silla y correteó a Quicho entre las mesas hasta la puerta. Le pegó una cariñosa trompada en el brazo. Se abrazaron, y luego Quicho se fue. Abel, desde lejos, pensó que bien podrían haber sido hermanos esos dos.

El Mocho se sentó y comenzó a releer el poema para Clara. No había llegado a la mitad cuando se dispersó, recordando la frase del poema de Quicho.

–Qué hijo de puta– dijo, con admiración. Ojalá yo pudiera escribir así.

Glosario para no rioplatenses

Cortado en vaso: café con un chorro de leche (puede ser fría o caliente, según los gustos) servida en vaso de vidrio en algunos bares de la ciudad de Buenos Aires.

Mina: mujer.

Pibe: niño.

Cargada: broma, chanza.

Gastar: hacer bromas a otro.

Coger: hacer el amor.

Tener leche: estar sin hacer el amor durante demasiado tiempo.

Próximo turno: J – Lustorgan – Activo

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