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Le enseñó el dedo corazón

Por: Sara

Montse le dedicó a Gorio ese gesto insultante tan particular: le enseñó el dedo corazón. Estaba inundada por la rabia, y si él hubiera estado a su alcance, lo hubiera abofeteado de buena gana. Pero para entonces, Gorio ya estaba abandonando el edificio, a marcha acelerada, mientras ella miraba por la ventana cómo huía el hombre con el que había compartido más de cinco años de su vida.

No entendía cómo las cosas habían cambiado tanto de un día para otro. De repente, él ya no la amaba, llegaba tarde por las noches, no salían juntos ni siquiera al cine, y la llama que un tiempo hubo entre ellos, se apagó porque alguien había soplado con fuerza. Gorio no dio demasiadas explicaciones de su marcha. “No te quiero”, le espetó a Montse duramente. “¿Por qué? ¿Por qué?”, le inquiría ella sin obtener respuesta. Estaba segura de que no había cometido ningún error imperdonable, y lo único que se le pasaba por la cabeza era una clara infidelidad.

Sin Gorio, Montse podría vivir, pero con el peso de una traición, no. Desde aquel día, cada vez que volvía a casa del trabajo, encontraba un nuevo vacío. Él se llevaba sus pertenencias de forma que Montse apenas lo pudiera percibir. Pero a ella nadie la engañaba. Un vecino hizo alusión, no sin cierta ironía, a lo bien acompañado que se le veía últimamente a su ‘muchacho’. Un día Montse salió antes del trabajo, y cuando abrió la puerta del portal, el mismo vecino chismoso informaba de que Gorio se encontraba arriba con “su nuevo amor”. Se quedó petrificada. No sabía si subir y pillarles con las manos en la masa, o largarse de allí y volver más tarde, haciéndose la tonta.

Finalmente decidió subir las escaleras, temiendo el enfrentamiento. A medida que se acercaba, se iba escuchando una música de baile. Salía de su piso, estaba segura de ello. Reconoció en las notas esa melodía que tantas y tantas veces había bailado con Gorio, agarrados de la cintura, moviendo las caderas rítmicamente. Abrió la puerta con cuidado, y los que estaban dentro no se percataron de ello. Montse abrió mucho los ojos para poder asimilar lo que estaba viendo. Abrazado al que había sido su chico, bailando lentamente, riendo, besándose, estaba Sito, el jefe de la oficina y además buen amigo.

Montse montó en cólera interiormente, pero guardó silencio para no ser descubierta. Observó lo que tenía a mano en la entradita, y se le encendió una bombilla al ver sobre el aparador la vela de aceite que estaba de adorno. Derramó el contenido sobre la moqueta, encendió una cerilla y salió corriendo.

cerilla

Próximo turno para: R- Gorio

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