Va por ti, abuelita Lucía…

Pero es evidente, tristemente, imposible, volver atrás en el tiempo y recuperar a esas personas que se han ido y ya no volverán.

He empezado el año perdiendo a otro de mis seres queridos… mi luchadora abuela Lucía.

Mi abuela Lucía era argentina. Un buen día, dejó atrás su tierra, su familia, para venirse con su marido y sus tres hijos a Galicia. La morriña podía con mi abuelo… la morriña fue la compañera por el resto de vida de mi abuela.

Mi abuela era una mujer fuerte que combinaba el trabajo en el negocio familiar, con las labores del hogar. Mantenía la entereza ante la añoranza de sus padres y hermanos, a quienes fue perdiendo sin poder asistir a sus funerales. La vida no fue fácil para ella.

Ella me hablaba de su tierra. Me contaba preciosas historias de su vida allá. De su familia. Con sus palabras lograba transportarme y hacerme sentir que yo había vivido allí. Que había conocido aquellas praderas, aquel rancho, aquella gente, mi gente. Por ella llevo el anhelo de llegar a conocer algún día Argentina.

Un día le regalé un preciosa libreta encuadernada y con unas 500 páginas, y le pedí que, si tenía tiempo, me escribiera allí sus vivencias, todo lo que ella quisiera… para mi sería el mejor regalo. Desgraciadamente, la enfermedad impidió tal cosa. Primero vino el cáncer al cual logró vencer. Después vino la embolia cerebral que la mantuvo postrada en cama 5 años, con un vaivén de raciocinio y sinrazón.

Siempre que la visitaba, la miraba y sentía que me estaba mirando a mi misma. Que de alguna forma, ella era yo y yo era ella. En sus ojos encontraba sus sueños perdidos que me decían no pierdas tus sueños. En sus ojos encontraba las palabras que se habían perdido y que llegaban a mi corazón en forma de caricia.

Pude despedirme de ella. Pude abrazarla y decirle lo mucho que la quería, y ella comenzó a llorar pues ya no podía hablar. Quería decirme algo y no podía. Yo la miré a sus lindos ojos, a esa mirada tan tierna, y le dije “no te preocupes, yo sé que quieres decirme que tú también me quieres mucho”… y entonces sonrió mientras me miraba con el te quiero más bonito del mundo reflejado en esos ojos que nunca olvidaré. Ella fue una de mis almas gemelas en esta vida.

Va por ti.

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Probablemente lo haría

Las oportunidades que malogras no vuelven. Quizás se presenten otras, nuevas, distintas, incluso tal vez mejores. Pero la desaprovechada, esa en concreto, ya está perdida. Te puedes arrepentir, tirar de los pelos, maldecir en ruso, llorar, patalear, o invocar a cualquier dios, da igual, no vuelve. Y, además, es posible que ni siquiera te hayas dado cuenta de que estés desaprovechando esa opción, que creas que ese camino va a seguir abierto durante más tiempo o que ni siquiera seas consciente de que ahí hay un camino.

Sea cual sea la causa, el resultado es que has dejado marchar algo, alguien, que tiempo después, con otras circunstancias, otros conocimientos y distintas sensibilidades, se revela como la opción que querrías haber cogido, la que por la razón que fuere se convierte en el tren que crees que tendrías que haber tomado y solo viste pasar por delante, sin subirte a él.

Hace tiempo conocí a una mujer. Su nombre, que hasta ese momento me había parecido un nombre insulso, se convirtió en el más sonoro y hermoso: Ana.  La conocí a través de la red, pues ambos manteníamos sendos blogs y éramos aficionados a escribir. A través de estos medios electrónico-mágicos, tomamos contacto a través del correo. Amables, simpáticos, y cada vez más frecuentes. Llegaron a ser cuasi obsesivos. En una noche, y con los emails saltando en los móviles, podíamos llegar a intercambiar más de doscientos correos. Sí, doscientos. Chats, teléfono, post “cifrados” con referencias cruzadas, que pensábamos ininteligibles para todos los demás, y más chats, mails, teléfono…  desarrollamos sueños imposibles, ilusiones hermosas pero vanas, vivencias compartidas, de futuro y de pasado, que nunca fueron y nunca serían, pero que nos acercaban, nos hacían sentirnos juntos. Sabíamos que todo era imposible. Las circunstancias personales de ambos hacían que esa historia fuese nada más que una novela. Del color que se quiera, pero ficción al fin.

Hasta que, a pesar de las dificultades de horarios, conseguimos encontrarnos cara a cara. Una mañana, con tiempos robados y algunas mentiras, conseguimos vernos. Ni el sitio, ni las circunstancias eran idóneas y además, los nervios, mis nervios, estuvieron a punto de jugarnos una mala pasada. Pero pese a mi torpeza y en la escasa hora de que habíamos dispuesto, superamos la prueba de las feromonas, del “face to face”, y nos concedimos un segundo encuentro.

También, siempre, con ratos de escasos minutos robados a base de excusas y mentiras, nos vimos una segunda vez. Una fría mañana,  en un público parque, nos miramos, hablamos, nos besamos… y comenzamos a echarnos de menos. Nuestra particular historia continuó con breves y apasionadísimos encuentros, siempre como adolescentes, tanto por el sito, en un triste coche, como por la ilusión irracional, la pasión, y la desesperanza de la incertidumbre.

Al fin, tras unas complicadas historias, montajes y demás funambulismos, logramos encontrar el momento y el lugar para hacer el amor. Esperado con ansia, con ilusión, con enormes ganas por fin llegó el día. A fuer de ser sinceros, y como en casi todas las primeras veces, aquello no fue lo que podríamos llamar un gran éxito. La excitación, los nervios, el desconocimiento del otro, las ganas de que todo fuera bien trabajaron en contra de un éxito fulminante, y además, la orquesta contratada para tocar la banda sonora adecuada, como en las mejores películas de Hollywood, no se presentó. Allí sólo estábamos nosotros con nuestras ganas y nuestros nervios,

Pero al menos fue lo suficientemente bien como para querer repetir. La historia con teléfono, chat, mails iba in crescendo y aún sabiendo que el final sólo podría ser un gran batacazo, creíamos que aquello merecía la pena de ser vivido. Logramos encontrar un segundo hueco, una segunda oportunidad y como todo, al final llegó el día. Pero, ay, cuando la vida tiene otros planes da igual lo que tú prefieras. Un terremoto en mi vida dio al traste con esa oportunidad y me hizo desaparecer del radar durante una temporada, ocupado en graves asuntos.  A ella, la situación la llenó de incomodidad y quizás, de remordimiento. No lo sé. Cuando, al fin, tiempo después, pude, supe  intentar retomar nuestra relación, esta había fallecido de inanición. Ana me lo certificó en dos educados mails, que aún hoy día guardo, y a los que no supe reaccionar de la forma adecuada. Poco después, o poco antes, mi silla fue ocupada por otras posaderas y la comunicación cesó pese a mis pesados esfuerzos por revivirla. Se había acabado. Del todo.

Hoy, un par de años después, no ha vuelto a existir ningún contacto. Leo sus escritos, me siguen encantando, continúo admirándola, y me pregunto una y otra vez si pude, si debí hacer las cosas de otra manera. Desconozco si hubiese habido una forma mejor de gestionar aquel terremoto, si… Bueno, muchos sies. Pero el final es el vacío. Y como toda historia inconclusa, cortada de raíz cuando aún estaba creciendo, te deja un hueco, incómodo, triste, al que vuelves muchas veces, muchas noches de soledad, añorando lo que pudo haber sido y no fue.

Si supiera qué hacer hoy, o como volver el tiempo atrás para reescribir la historia, probablemente lo haría a pesar de saber, de seguir sabiendo, que el final sería inevitable. Más tarde, más tiempo, pero inevitable.  De todas las historias, de todas mis historias, esta, sin final aunque acabada, es la que me ha causado mayor desasosiego. Querría poder revivirla y reconducirla, repetirla, inventarla de nuevo. Pero es evidente, tristemente, imposible.

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No volvería a pisar aquel lugar en mi vida

No volvería a pisar aquel lugar en mi vida. Lo tenía muy claro. La culpa la tenía la maldita curiosidad, esa que ha dejado tantos gatos muertos a lo largo de su camino.

Y es que todo comenzó así. Habíamos oído hablar de esos locales donde el sexo se desviaba por peliagudos senderos dejando al amor aparcado en la entrada de los mismos. El tema nos daba morbo y nos sentíamos seguros de lo que sentíamos el uno por el otro, así que nos dijimos ¿por qué no ir?… solo para ver… solo para estudiar el ambiente… Y eso hicimos.

Había una oferta de entrada gratuíta para parejas los jueves. Era un chalet y estaba situado a las afueras de un pueblo vecino. Llegar no fue fácil, pero fue más fácil que decidirnos a entrar cuando lo tuvimos delante. Yo me sentía como una cría mirando una antigua mansión que dentro puede esconder fantasmas o también mágicos tesoros. Pudieron los mágicos tesoros y, agarrados de la mano, cruzamos el umbral hacia un reino desconocido, pero sospechado.

Cuando entramos, un relaciones publicas nos hizo una visita guía, enseñándonos las instalaciones y hablándonos de todas las posibilidades al alcance de nuestras manos. Nos aseguró que podríamos tener lo que quisiéramos teniendo en cuenta que éramos una atractiva pareja, por no mencionar lo de novatos, cosa que daría mucho morbo a los más veteranos.

Decidimos que nos quedaríamos en el disco-bar, tomando una copa y observando el ambiente. Al fin y al cabo, eso era lo único que pretendíamos hacer: observar.

La decoración era similar a la de cualquier pub. Varias mesas con sofás tapizados en una imitación de cuero rojo. Al fondo una especie de escenario, con la particularidad de contar con una cama redonda encima de él.

El camarero que nos atendió llevaba su torso desnudo. Nos dio la bienvenida al local antes de preguntarnos que deseábamos tomar. Mientras esperábamos las bebidas, observamos las distintas personas a nuestro alrededor: varias parejas de distintas edades que nos contemplaban con curiosidad y dos hombres solitarios que nos miraban especulativamente… sobretodo a mi.

Nos miramos y nos dio la risa, probablemente a causa de los nervios o quizá la excitación. Nuestras manos seguían enlazadas como si tuviésemos miedo a perdernos si llegaban a separarse. Nos besamos. Nos excitaba el estar en aquel local “prohibido”. Creo que nos sentíamos traviesos.

Se nos había informado como funcionaba el tema. Las miradas insistentes de los otros clientes significaban que estaban interesados en conocernos. De repente, una de las parejas se levantó de su mesa y se dirigió a la nuestra. Ambos eran guapos y probablemente experimentados, con lo cual no era de extrañar que se atreviesen a entrarnos sin que nosotros hubiésemos correspondido a sus miradas. Por otra parte, si se atrevían a todo lo que se atrevían, ¿de qué coño me extrañaba yo?.

-¿Os importa si nos sentamos a charlar un rato? -la que habló fue la chica, una de esas chicas que yo me habría quedado mirando en la calle con admiración.

Nosotros nos miramos.

A la chica le dio la risa.

-No tengáis miedo. Solo tenemos ganas de conoceros. Se nota que sois nuevos en esto y sentimos curiosidad como seguro que vosotros también la sentís.

Les dejamos sentarse. Tras las presentaciones comenzó el interrogatorio. Mientras hablábamos yo los observaba con atención. La ropa de ella era sexy sin resultar ofensiva. Era guapa, morena, de ojos oscuros y una linda sonrisa coronada por hoyuelos. Él era moreno, de ojos claros y sonrisa ladeada. Si bien ella parecía llevar la voz cantante, yo tenía la sensación de que el que movía los hilos era él.

La conversación era agradable y divertida y la bebida bajaba con facilidad. La chica parecía claramente interesada en nosotros mientras que él parecía más reservado, cuidadoso. Probablemente sabía que cualquier movimiento en falso por parte de ellos nos espantaría y nos haría salir corriendo.

Ella propuso salir a bailar a la pista, al lado del escenario y eso hicimos. La música tenía un ritmo sensual y los movimientos de aquella chica resultaban hipnotizantes. Por mis venas, alcohol y adrenalina revolucionaban mi sangre y me hacían sentir atrevida. Creo que a mi pareja le sucedía igual.

La chica parecía coquetear conmigo y los chicos no nos quitaban los ojos de encima mientras bailábamos.

-No te gustaría hacer algo provocador y dejar a tu chico con los ojos como platos?

Yo la miré sorprendida.

-A qué te refieres?

-Me gustas. Eres muy sensual. -Me miraba a los ojos y a los labios- Me gustaría besarte. Alguna vez has besado a una mujer?.

En otro momento, aquello de alguna forma me habría escandalizado, pero en ese momento, su pregunta solo produjo un efecto en mi: excitación.

Debí contestarle con los ojos, pues no recuerdo que palabra alguna saliera de mis labios, solo sé que sus labios entreabiertos se posaron con suavidad sobre los míos. Se separó y me miró. Yo miré a mi chico y ella se dio cuenta. Se acercó a él, puso una mano sobre su pecho mientras le decía algo al oído. Él contestó algo. Después ella se volvió hacia mi.

-Ha dado su permiso para que te bese… si tú lo deseas.

Volví a mirar a mi chico. La curiosidad bailaba en sus ojos, enlazada con el deseo. Realmente deseaba besarlo más a él, pero ¿por qué no regalarle una imagen para sus fantasías?. La miré, la sujeté por la nuca y la besé. La besé con todo el deseo que sentía por el dueño de aquellos ojos que seguro ahora me estaban mirando. Con aquel beso, mas que excitarla a ella, quería excitarlo a él. La boca de aquella mujer me resultaba distinta a la de los hombres. Más blanda. Más suave. Más dulce. El beso estaba bien… pero desde luego, no tan bien como besar a mi hombre, como sentir la dureza de su lengua asaltando la mía.

Acabé el beso y me encontré con los ojos sorprendidos de la chica.

-Caray… sí que sabes besar.

Me dio la risa. Me moría por besar a mi chico.

-Dime una cosa… ¿me dejarías bailar con tu chico?

-Vale… pero primero tengo que hacer una cosa -esa cosa era besarlo.

Y lo besé como si fuese el último beso. Lo besé con la sed del sediento en medio del desierto. Lo besé como si su boca fuese mi salvavidas y el mar me quisiera tragar. Su deseo estaba a la altura del mío. La pasión de su respuesta no defraudaba a la necesidad que crecía a pasos agigantados por todo mi cuerpo.

Después me aparté para cederle el paso a ella. Aquel baile fue una tortura. Ver como las manos de ella acariciaban su pecho, subían por su cuello y sus dedos le acariciaban las orejas, mientras su cuerpo realizaba su sensual danza… era demasiado para mi.

-Me temo que no soporto ver como toqueteas a mi chico -fue lo que le dije cuando me acerqué para poner punto y final a aquel baile. Cogí a mi chico de la mano y lo guié fuera de la pista- Vámonos, porque si no lo hacemos me temo que te haré el amor sobre la cama redonda de ese escenario.

No fue en aquella cama redonda. Fue en el asiento trasero del coche y sin tan siquiera haberlo movido de aquel aparcamiento. Daba igual. Sentía la necesidad de poseerlo inmediatamente; de hacerlo mío; de inventarme la seguridad de que nadie me lo arrebataría; de borrar de mi mente la sospecha de que probablemente él había sentido deseo por ella. Quería borrar de mi mente la seguridad de que aunque no quisiese volver a aquel lugar, probablemente lo haría.

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En el Mambo

-¿te va el sexo liberal?-

Y me lo preguntó así, a bocajarro, con una media sonrisa que permitía ver sólo una pequeña parte de su dentadura perfecta, fruto de una ortodoncia que a sus padres les debió  costar un pastón, para que su niño rubito, pudiera presumir a lo largo y ancho de las discotecas de moda. Sus ojos azules, etílicamente vidriosos, no dejaban de asomarse a mi escote maduro.

Yo había acudido al Mambo, para una despedida de casada, o una bienvenida de divorciada, de una amiga. Celebrábamos su divorcio, como si eso fuera celebrable. Pensábamos que era mejor celebrarlo de alguna manera, antes que cortarnos las venas en un aquelarre de brujas modernas y solitarias.

Y el chico se nos acercó, atraído seguramente por nuestras serenas bellezas, y porque las lentillas se las debió dejar en casa.

Al principio no supe ni qué contestarle. Era tan joven que dudé que supiera siquiera que era el sexo, ya no digamos el liberal. Pero tenía que decirle algo, claro.

-Mira preciosidad, de liberales, neoliberales ni me hables, de sexo  si quieres, hablamos otro día.

Y me dí media vuelta, con la certeza profunda de que acababa de hacer la gilipollas.  Me encaminé hacia el guardarropa, cogí mi abrigo y el bolso y salí del Mambo, prometiéndome solemnemente que no volvería a pisar aquel lugar en mi vida.

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Placeres prohíbidos

Disfrutamos hoy en día en España, como en el resto del mundo, de nuevos placeres, aficiones, perversiones o…, no sabría como definirlo, que pueden resultar de lo más sorprendente o chocante, pero que cada vez tienen más adeptos.

La primera vez que leí sobre estos temas (y es que internet es una fuente de sabiduría :P) me quedé “flipada”, totalmente sorprendida y sin saber que pensar, claro que en mi es normal no saber que pensar si ese pensamiento tiene que suponer un enjuiciamiento moral. No me gusta juzgar de buenas a primeras y sin conocimiento de causa. No me gusta cerrar mi mente en sus ideas, pues ello sería el camino hacia la ignorancia.

Hablo concretamente de la moda “swinger” y sus derivados. Me imagino que la mayoría ya sabéis de qué va el tema. Ahora existen unos locales, llamados “Club Swinger”, donde lo más habitual es que acudan parejas a intercambiar pareja con otras parejas. Otra opción es el famoso trío: una pareja busca en estos locales a un@ tercer@ para dar lugar a la fantasía. Como opción más suave, los hay que solo buscan observar y ser observados mientras realizan el acto sexual. Algo un poquito más fuerte, son las camas redondas donde todo Dios se tira a toda Diosa. Algunos también tienen la discoteca donde puedes puedes tomarte algo totalmente desnudo, mientras disfrutas de la música y lo que se “tercie”. En fin… todo un mundo de placeres al alcance del que quiera disfrutarlos, eso sí, hay que decir que si eres hombre soltero lo tienes más difícil que si eres mujer soltera (parece ser que las mujeres están más solicitadas :P).

Hace unos años, conocí a una pareja inmersa en estos placeres. Ambos jóvenes, no tenían ni 30 años, y yo que llevaba los 30 bien pasados me sentí una auténtica ignorante de la vida. Según nos contaban sus experiencias, yo alucinaba más y más… y a ellos les partía de risa mi cara de asombro. Llegué a sentirme como una anciana que ya no sabe de que va la vida. Dijeron que comenzaron poco a poco en el mundillo (no sé como demonios dieron con el mundillo, porque yo con su edad era de lo más inocente) por un interés común. A causa de ese interés, conocieron a una pareja que les sirvió de guía en el mapa de la swingermanía. De todo lo que contaron, una de las imágenes generada por sus palabras quedó grabada en mi mente: ella tumbada con cinco tíos disfrutando de su cuerpo, de los cuales, ninguno era su pareja. Se habían metido en una habitación de las que hay para compartir sexo en grupo. Estaban desnudos. Como quien no quiere la cosa todo comenzó, y cuando se dio cuenta eran diez manos las que tocaban su cuerpo por todas partes, eran cinco bocas con sus cinco lenguas las que la besaban y lamían… vamos, cinco de todo. Me comentó que uno de los hombres no le gustaba, le doblaba la edad y le parecía un baboso… pero aún así permitió que formara parte del quinteto de varones dándose el festín.

Fuerte. Realmente me pareció muy fuerte.

Todo esto me hizo darle vueltas a la cabeza. Te planteas hasta que punto está uno reprimido o hasta que punto algo puede considerarse una perversión. Te preguntas si el hecho de que te escandalices es a causa de tu educación, no ya familiar, sino sociocultural.

Por otra parte y dejando a un lado la moralidad, está claro que aquí los celos no tienen cabida. No hay infidelidad, sino el compartir el gusto por el erotismo, la sensualidad y la sexualidad. También es cierto que la mayoría de las parejas ya llevan años juntos y lo que buscan es ampliar un repertorio sexual que con el tiempo se ha vuelto monótono.

No sé. Realmente no sé que pensar. El tema en plan fantasía puede tener su morbo, pero en plan realidad me parece peliagudo; peligroso como jugar con fuego.

Así que dime, ¿te va el sexo liberal?

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Soy incapaz de vivir sin esta ilusión

Soy incapaz de vivir sin esta ilusión, sin la ilusión de ver en directo los grupos que me acompañana en mi día a día, y ayer en Santiago vi por fin a uno de ellos:

20:00 PM – Duchado y vestido de forma informal me dispongo a recoger a mis amigos. Destino: la monumental plaza de la Quintana en Santiago de Compostela, plaza sita en la parte de atrás de la mítica catedral y en la que nos reunimos más de 5.000 personas entregadas a una causa, la devoción por Vetusta Morla.

22:00 PM – Tras varias paradas en el camino, necesidades básicas, algo de cerveza y un break de sangría, “estamos de concierto – todo vale” y recogida de dos entradas, estamos preparados para acceder al recinto pero oh! sorpresa! nos acabamos de dar cuenta que vamos muy justos de tiempo, a las 22 h. empieza el concierto, la apertura de puertas fue a las 20 h. hay que apurar!!!

22:10 PM – Llegamos a la Plaza de la Quintana, unos problemas de sonido de última hora se han aliado con nosotros y nos da tiempo a encontrar a más amigos y a pedir consumiciones en unas abarrotadas barras y muy mal gestionadas.

22:20 PM – Comienza el concierto. “Los días raros”, primer tema del último álbum es la seleccionada para romper el hielo. Una canción maravillosa que va de menos a más. Está claro que Vetusta tiene ese tacto para saber meterse a las masas en el bolsillo. Introduce una suave y leve melodía acompañada de una sutil voz poco a poco hasta que de repente la gente se ve enganchada con la primera canción sin darse cuenta. Impresionante!!!

Concierto – El vello de los brazos actúa de indicador de los momentos más emocionantes, es muy grande ver a más de cinco mil personas cantando las canciones enteras una tras otra, incluidas las del último álbum que todavía es muy reciente, y las letras de este grupo son pura poesía, no tienen nada que envidiar al malogrado Antonio Vega, en otro estilo pero igual de trabajadas y talentosas y no son precisamente fáciles de retener en la memoria, por ello todo tiene todavía mayor mérito.

Hay varios momentos claves, con los temas más conocidos del último disco y alguno muy sentimental del primero, pero el éxtasis del concierto lo vivimos con los éxitos encadenados del primer disco que disparan la emoción y los físicos al cielo de la Quintana completamente estrellado en una noche mágica donde todo confluye en un punto de unión. Se percibe en el ambiente ese buen rollo que tienen los grupos con fans tan devotos, con solo estar presentes en el escenario provocan una concordia popular que se refleja en la actitud y rostros de toda la gente.

Y son músicos humildes, de los que no pierden el tiempo con derechos de autor y guerras perdidas de antemano contra la piratería. Ellos, repito, son músicos, de esos que disfrutan encima del escenario y de los que sienten una profunda necesidad en cada concierto de agradecer a sus fans que a través de su fidelidad en todas sus actuaciones permitan que ellos mejoren y puedan vivir de su pasión, LA MÚSICA.

Final del concierto – Tres veces han pedido que vuelvan a salir y tres veces han salido. Una de ellas tocando un acústico en el que el carismático Pucho (voz Vetusta) fue bombardeado por unos ruidosos fuegos artificiales que nadie sabe quien ordenó y que no dejó de ser más que una anécdota muy bien resuelta por el genial cantante.

En la parte final tocaron la mítica “saharabbey road”, canción de la que se extrae el grito de guerra de los conciertos de vetusta, en los que hombres y mujeres simultanean un grito lolístico que si bien parece que se va a convertir en un cántico de fútbol (para el que nunca lo ha oído), se torna en un tributo y llamada al grupo para que vuelva al escenario, al tiempo que la suavidad de las voces femeninas lo hace ciento cuentamil veces más agradable que cualquier grito futbolero.

Finalizado el concierto, todo el grupo con el escenario iluminado entrelaza sus manos y saludan al público irradiando humildad y agradecimiento. Son grandes, muy grandes en todo lo que hacen, y sobre todo son músicos!!!!! Por supuesto fueron despedidos con una ovación prolongada y los coros de Saharabbey. Gracias Vetusta!!!

Un consejo, yo le daría una oportunidad a este grupo, Vetusta son demasiado buenos para atraparte la primera vez que escuchas una canción de ellos, tienes que darles una oportunidad a todas y cada una de sus canciones porque hasta la cuarta o quinta vez que las escuchas no empiezas a ver la evolución de la misma, y esa evolución, ya nunca retrocede, cada vez te gustan más y más y cuando por fin los ves en concierto, constatas que se trata de un grupo que marcará una época junto a la genial generación de grupos que disfrutamos hoy en día en España.

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Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego (proverbio árabe)

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”, “El amor es ciego”, “Soñaba el ciego que veía y soñaba lo que quería”… y frases y refranes y más frases y más refranes. Todas estas muestras de sabiduría popular, que le dicen, me las han espetado en un momento u otro. Y siempre relacionándolas con el amor. Con mi amor. Con mi extraviada capacidad de enamorarme, siempre, de quien no debo. Algo que, al parecer, ven con claridad los demás en su debido momento y que yo no soy capaz de sentir hasta que tengo encima las consecuencias de mi ceguera.

Quizás yo intente aplicar ante todo el otro refrán. La frase justificativa definitiva que excusa las locuras, tonterías y faltas de juicio de las que hago gala “El corazón tiene razones que la razón no entiende” Y con esto ya está todo argumentado.

Pero al parecer, tienen razón. Meto la pata una y otra y otra vez y como animal, pero hombre, tropiezo las veces que me da la gana en la misma piedra. Y debo de tener muchas ganas. O, tal vez, como alguna vez me dijo alguien que no recuerdo, lo que me suceda es que me enamoro del amor más que de la persona. Esta no sería sino la excusa para sentir, para ilusionarme de nuevo, para dejarme llevar…

Busco la sensación una y otra vez. Incansable. Quiero tener mariposas en el estómago, la sonrisa, bobalicona o no, pintada permanentemente en la cara, los ojos brillantes, el corazón acelerado y en un tris de saltar de gozo. Quiero que las simplezas diarias, el viento, al que llamaré brisa, en tu cara, el sol, que en lugar de deslumbrar, templa, el mar, que no rugirá sino mecerá, tengan un valor especial, cuasi mágico, que sólo adquieren cuanto te sientes enamorado.

Necesito trastocar mi orden de valores de tal forma que en lugar de desear la primitiva o la loto, prefiera soñar con un paseo en un velero, desmadejado en cubierta, mecido por las olas y rozando con las puntas de los dedos la mano de mi amada. Que sueñe, cual niño nuevamente, con hazañas increíbles y aventuras sin fin, que me permitan demostrarle a mi siempre hermosa acompañante mi gallardía, aplomo, valor, arrojo y mi disposición, romántica a más no poder, a empeñar mi vida en cualquier empresa que ella desee. Quiero imaginar el brillo de su mirada, la sonrisa que me dispensa ante tamaños esfuerzos, la suave caricia de su mano, el sonido armónico, maravilloso de su risa…

Todo esto no existe, por supuesto. O yo no lo conozco salvo en mi imaginación y en mis espejismos, producidos al buscar, sin criterio, a mi amada, a la persona precisa para volcar sobre ella todas mis fantasías y deseos. Pero como yo lo necesito, (enamorado del amor) la creo una y otra vez y la encarno en cualquier mujer dispuesta, en principio, a dejarse amar por un loco como yo. El sexo vendrá después, por supuesto, pero aún no tiene cabida en mi imaginación, en mis fantasías, en mis locuras.

Y claro, el camino lógico, el que los refranes anuncian, el que quienes me rodean ven con claridad, se recorre una y otra vez. Y los batacazos, desilusiones, desesperanzas, los brucos aterrizajes y encontronazos con la realidad se producen vez tras vez sin pausa.

Y sin embargo aquí es el punto en el que mi ánimo no decae y ante cualquier nueva oportunidad se inflama de nuevo el corazón, las mariposas despegan, la ceguera vuelve y ya estoy dispuesto, otra vez, a disfrutar de aquello que sólo yo veo, siento, creo. Y aunque sé cómo terminará nuevamente la repetida historia, soy incapaz de vivir sin esta ilusión.

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