No volvería a pisar aquel lugar en mi vida

No volvería a pisar aquel lugar en mi vida. Lo tenía muy claro. La culpa la tenía la maldita curiosidad, esa que ha dejado tantos gatos muertos a lo largo de su camino.

Y es que todo comenzó así. Habíamos oído hablar de esos locales donde el sexo se desviaba por peliagudos senderos dejando al amor aparcado en la entrada de los mismos. El tema nos daba morbo y nos sentíamos seguros de lo que sentíamos el uno por el otro, así que nos dijimos ¿por qué no ir?… solo para ver… solo para estudiar el ambiente… Y eso hicimos.

Había una oferta de entrada gratuíta para parejas los jueves. Era un chalet y estaba situado a las afueras de un pueblo vecino. Llegar no fue fácil, pero fue más fácil que decidirnos a entrar cuando lo tuvimos delante. Yo me sentía como una cría mirando una antigua mansión que dentro puede esconder fantasmas o también mágicos tesoros. Pudieron los mágicos tesoros y, agarrados de la mano, cruzamos el umbral hacia un reino desconocido, pero sospechado.

Cuando entramos, un relaciones publicas nos hizo una visita guía, enseñándonos las instalaciones y hablándonos de todas las posibilidades al alcance de nuestras manos. Nos aseguró que podríamos tener lo que quisiéramos teniendo en cuenta que éramos una atractiva pareja, por no mencionar lo de novatos, cosa que daría mucho morbo a los más veteranos.

Decidimos que nos quedaríamos en el disco-bar, tomando una copa y observando el ambiente. Al fin y al cabo, eso era lo único que pretendíamos hacer: observar.

La decoración era similar a la de cualquier pub. Varias mesas con sofás tapizados en una imitación de cuero rojo. Al fondo una especie de escenario, con la particularidad de contar con una cama redonda encima de él.

El camarero que nos atendió llevaba su torso desnudo. Nos dio la bienvenida al local antes de preguntarnos que deseábamos tomar. Mientras esperábamos las bebidas, observamos las distintas personas a nuestro alrededor: varias parejas de distintas edades que nos contemplaban con curiosidad y dos hombres solitarios que nos miraban especulativamente… sobretodo a mi.

Nos miramos y nos dio la risa, probablemente a causa de los nervios o quizá la excitación. Nuestras manos seguían enlazadas como si tuviésemos miedo a perdernos si llegaban a separarse. Nos besamos. Nos excitaba el estar en aquel local “prohibido”. Creo que nos sentíamos traviesos.

Se nos había informado como funcionaba el tema. Las miradas insistentes de los otros clientes significaban que estaban interesados en conocernos. De repente, una de las parejas se levantó de su mesa y se dirigió a la nuestra. Ambos eran guapos y probablemente experimentados, con lo cual no era de extrañar que se atreviesen a entrarnos sin que nosotros hubiésemos correspondido a sus miradas. Por otra parte, si se atrevían a todo lo que se atrevían, ¿de qué coño me extrañaba yo?.

-¿Os importa si nos sentamos a charlar un rato? -la que habló fue la chica, una de esas chicas que yo me habría quedado mirando en la calle con admiración.

Nosotros nos miramos.

A la chica le dio la risa.

-No tengáis miedo. Solo tenemos ganas de conoceros. Se nota que sois nuevos en esto y sentimos curiosidad como seguro que vosotros también la sentís.

Les dejamos sentarse. Tras las presentaciones comenzó el interrogatorio. Mientras hablábamos yo los observaba con atención. La ropa de ella era sexy sin resultar ofensiva. Era guapa, morena, de ojos oscuros y una linda sonrisa coronada por hoyuelos. Él era moreno, de ojos claros y sonrisa ladeada. Si bien ella parecía llevar la voz cantante, yo tenía la sensación de que el que movía los hilos era él.

La conversación era agradable y divertida y la bebida bajaba con facilidad. La chica parecía claramente interesada en nosotros mientras que él parecía más reservado, cuidadoso. Probablemente sabía que cualquier movimiento en falso por parte de ellos nos espantaría y nos haría salir corriendo.

Ella propuso salir a bailar a la pista, al lado del escenario y eso hicimos. La música tenía un ritmo sensual y los movimientos de aquella chica resultaban hipnotizantes. Por mis venas, alcohol y adrenalina revolucionaban mi sangre y me hacían sentir atrevida. Creo que a mi pareja le sucedía igual.

La chica parecía coquetear conmigo y los chicos no nos quitaban los ojos de encima mientras bailábamos.

-No te gustaría hacer algo provocador y dejar a tu chico con los ojos como platos?

Yo la miré sorprendida.

-A qué te refieres?

-Me gustas. Eres muy sensual. -Me miraba a los ojos y a los labios- Me gustaría besarte. Alguna vez has besado a una mujer?.

En otro momento, aquello de alguna forma me habría escandalizado, pero en ese momento, su pregunta solo produjo un efecto en mi: excitación.

Debí contestarle con los ojos, pues no recuerdo que palabra alguna saliera de mis labios, solo sé que sus labios entreabiertos se posaron con suavidad sobre los míos. Se separó y me miró. Yo miré a mi chico y ella se dio cuenta. Se acercó a él, puso una mano sobre su pecho mientras le decía algo al oído. Él contestó algo. Después ella se volvió hacia mi.

-Ha dado su permiso para que te bese… si tú lo deseas.

Volví a mirar a mi chico. La curiosidad bailaba en sus ojos, enlazada con el deseo. Realmente deseaba besarlo más a él, pero ¿por qué no regalarle una imagen para sus fantasías?. La miré, la sujeté por la nuca y la besé. La besé con todo el deseo que sentía por el dueño de aquellos ojos que seguro ahora me estaban mirando. Con aquel beso, mas que excitarla a ella, quería excitarlo a él. La boca de aquella mujer me resultaba distinta a la de los hombres. Más blanda. Más suave. Más dulce. El beso estaba bien… pero desde luego, no tan bien como besar a mi hombre, como sentir la dureza de su lengua asaltando la mía.

Acabé el beso y me encontré con los ojos sorprendidos de la chica.

-Caray… sí que sabes besar.

Me dio la risa. Me moría por besar a mi chico.

-Dime una cosa… ¿me dejarías bailar con tu chico?

-Vale… pero primero tengo que hacer una cosa -esa cosa era besarlo.

Y lo besé como si fuese el último beso. Lo besé con la sed del sediento en medio del desierto. Lo besé como si su boca fuese mi salvavidas y el mar me quisiera tragar. Su deseo estaba a la altura del mío. La pasión de su respuesta no defraudaba a la necesidad que crecía a pasos agigantados por todo mi cuerpo.

Después me aparté para cederle el paso a ella. Aquel baile fue una tortura. Ver como las manos de ella acariciaban su pecho, subían por su cuello y sus dedos le acariciaban las orejas, mientras su cuerpo realizaba su sensual danza… era demasiado para mi.

-Me temo que no soporto ver como toqueteas a mi chico -fue lo que le dije cuando me acerqué para poner punto y final a aquel baile. Cogí a mi chico de la mano y lo guié fuera de la pista- Vámonos, porque si no lo hacemos me temo que te haré el amor sobre la cama redonda de ese escenario.

No fue en aquella cama redonda. Fue en el asiento trasero del coche y sin tan siquiera haberlo movido de aquel aparcamiento. Daba igual. Sentía la necesidad de poseerlo inmediatamente; de hacerlo mío; de inventarme la seguridad de que nadie me lo arrebataría; de borrar de mi mente la sospecha de que probablemente él había sentido deseo por ella. Quería borrar de mi mente la seguridad de que aunque no quisiese volver a aquel lugar, probablemente lo haría.

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En el Mambo

-¿te va el sexo liberal?-

Y me lo preguntó así, a bocajarro, con una media sonrisa que permitía ver sólo una pequeña parte de su dentadura perfecta, fruto de una ortodoncia que a sus padres les debió  costar un pastón, para que su niño rubito, pudiera presumir a lo largo y ancho de las discotecas de moda. Sus ojos azules, etílicamente vidriosos, no dejaban de asomarse a mi escote maduro.

Yo había acudido al Mambo, para una despedida de casada, o una bienvenida de divorciada, de una amiga. Celebrábamos su divorcio, como si eso fuera celebrable. Pensábamos que era mejor celebrarlo de alguna manera, antes que cortarnos las venas en un aquelarre de brujas modernas y solitarias.

Y el chico se nos acercó, atraído seguramente por nuestras serenas bellezas, y porque las lentillas se las debió dejar en casa.

Al principio no supe ni qué contestarle. Era tan joven que dudé que supiera siquiera que era el sexo, ya no digamos el liberal. Pero tenía que decirle algo, claro.

-Mira preciosidad, de liberales, neoliberales ni me hables, de sexo  si quieres, hablamos otro día.

Y me dí media vuelta, con la certeza profunda de que acababa de hacer la gilipollas.  Me encaminé hacia el guardarropa, cogí mi abrigo y el bolso y salí del Mambo, prometiéndome solemnemente que no volvería a pisar aquel lugar en mi vida.

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Placeres prohíbidos

Disfrutamos hoy en día en España, como en el resto del mundo, de nuevos placeres, aficiones, perversiones o…, no sabría como definirlo, que pueden resultar de lo más sorprendente o chocante, pero que cada vez tienen más adeptos.

La primera vez que leí sobre estos temas (y es que internet es una fuente de sabiduría :P) me quedé “flipada”, totalmente sorprendida y sin saber que pensar, claro que en mi es normal no saber que pensar si ese pensamiento tiene que suponer un enjuiciamiento moral. No me gusta juzgar de buenas a primeras y sin conocimiento de causa. No me gusta cerrar mi mente en sus ideas, pues ello sería el camino hacia la ignorancia.

Hablo concretamente de la moda “swinger” y sus derivados. Me imagino que la mayoría ya sabéis de qué va el tema. Ahora existen unos locales, llamados “Club Swinger”, donde lo más habitual es que acudan parejas a intercambiar pareja con otras parejas. Otra opción es el famoso trío: una pareja busca en estos locales a un@ tercer@ para dar lugar a la fantasía. Como opción más suave, los hay que solo buscan observar y ser observados mientras realizan el acto sexual. Algo un poquito más fuerte, son las camas redondas donde todo Dios se tira a toda Diosa. Algunos también tienen la discoteca donde puedes puedes tomarte algo totalmente desnudo, mientras disfrutas de la música y lo que se “tercie”. En fin… todo un mundo de placeres al alcance del que quiera disfrutarlos, eso sí, hay que decir que si eres hombre soltero lo tienes más difícil que si eres mujer soltera (parece ser que las mujeres están más solicitadas :P).

Hace unos años, conocí a una pareja inmersa en estos placeres. Ambos jóvenes, no tenían ni 30 años, y yo que llevaba los 30 bien pasados me sentí una auténtica ignorante de la vida. Según nos contaban sus experiencias, yo alucinaba más y más… y a ellos les partía de risa mi cara de asombro. Llegué a sentirme como una anciana que ya no sabe de que va la vida. Dijeron que comenzaron poco a poco en el mundillo (no sé como demonios dieron con el mundillo, porque yo con su edad era de lo más inocente) por un interés común. A causa de ese interés, conocieron a una pareja que les sirvió de guía en el mapa de la swingermanía. De todo lo que contaron, una de las imágenes generada por sus palabras quedó grabada en mi mente: ella tumbada con cinco tíos disfrutando de su cuerpo, de los cuales, ninguno era su pareja. Se habían metido en una habitación de las que hay para compartir sexo en grupo. Estaban desnudos. Como quien no quiere la cosa todo comenzó, y cuando se dio cuenta eran diez manos las que tocaban su cuerpo por todas partes, eran cinco bocas con sus cinco lenguas las que la besaban y lamían… vamos, cinco de todo. Me comentó que uno de los hombres no le gustaba, le doblaba la edad y le parecía un baboso… pero aún así permitió que formara parte del quinteto de varones dándose el festín.

Fuerte. Realmente me pareció muy fuerte.

Todo esto me hizo darle vueltas a la cabeza. Te planteas hasta que punto está uno reprimido o hasta que punto algo puede considerarse una perversión. Te preguntas si el hecho de que te escandalices es a causa de tu educación, no ya familiar, sino sociocultural.

Por otra parte y dejando a un lado la moralidad, está claro que aquí los celos no tienen cabida. No hay infidelidad, sino el compartir el gusto por el erotismo, la sensualidad y la sexualidad. También es cierto que la mayoría de las parejas ya llevan años juntos y lo que buscan es ampliar un repertorio sexual que con el tiempo se ha vuelto monótono.

No sé. Realmente no sé que pensar. El tema en plan fantasía puede tener su morbo, pero en plan realidad me parece peliagudo; peligroso como jugar con fuego.

Así que dime, ¿te va el sexo liberal?

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Soy incapaz de vivir sin esta ilusión

Soy incapaz de vivir sin esta ilusión, sin la ilusión de ver en directo los grupos que me acompañana en mi día a día, y ayer en Santiago vi por fin a uno de ellos:

20:00 PM – Duchado y vestido de forma informal me dispongo a recoger a mis amigos. Destino: la monumental plaza de la Quintana en Santiago de Compostela, plaza sita en la parte de atrás de la mítica catedral y en la que nos reunimos más de 5.000 personas entregadas a una causa, la devoción por Vetusta Morla.

22:00 PM – Tras varias paradas en el camino, necesidades básicas, algo de cerveza y un break de sangría, “estamos de concierto – todo vale” y recogida de dos entradas, estamos preparados para acceder al recinto pero oh! sorpresa! nos acabamos de dar cuenta que vamos muy justos de tiempo, a las 22 h. empieza el concierto, la apertura de puertas fue a las 20 h. hay que apurar!!!

22:10 PM – Llegamos a la Plaza de la Quintana, unos problemas de sonido de última hora se han aliado con nosotros y nos da tiempo a encontrar a más amigos y a pedir consumiciones en unas abarrotadas barras y muy mal gestionadas.

22:20 PM – Comienza el concierto. “Los días raros”, primer tema del último álbum es la seleccionada para romper el hielo. Una canción maravillosa que va de menos a más. Está claro que Vetusta tiene ese tacto para saber meterse a las masas en el bolsillo. Introduce una suave y leve melodía acompañada de una sutil voz poco a poco hasta que de repente la gente se ve enganchada con la primera canción sin darse cuenta. Impresionante!!!

Concierto – El vello de los brazos actúa de indicador de los momentos más emocionantes, es muy grande ver a más de cinco mil personas cantando las canciones enteras una tras otra, incluidas las del último álbum que todavía es muy reciente, y las letras de este grupo son pura poesía, no tienen nada que envidiar al malogrado Antonio Vega, en otro estilo pero igual de trabajadas y talentosas y no son precisamente fáciles de retener en la memoria, por ello todo tiene todavía mayor mérito.

Hay varios momentos claves, con los temas más conocidos del último disco y alguno muy sentimental del primero, pero el éxtasis del concierto lo vivimos con los éxitos encadenados del primer disco que disparan la emoción y los físicos al cielo de la Quintana completamente estrellado en una noche mágica donde todo confluye en un punto de unión. Se percibe en el ambiente ese buen rollo que tienen los grupos con fans tan devotos, con solo estar presentes en el escenario provocan una concordia popular que se refleja en la actitud y rostros de toda la gente.

Y son músicos humildes, de los que no pierden el tiempo con derechos de autor y guerras perdidas de antemano contra la piratería. Ellos, repito, son músicos, de esos que disfrutan encima del escenario y de los que sienten una profunda necesidad en cada concierto de agradecer a sus fans que a través de su fidelidad en todas sus actuaciones permitan que ellos mejoren y puedan vivir de su pasión, LA MÚSICA.

Final del concierto – Tres veces han pedido que vuelvan a salir y tres veces han salido. Una de ellas tocando un acústico en el que el carismático Pucho (voz Vetusta) fue bombardeado por unos ruidosos fuegos artificiales que nadie sabe quien ordenó y que no dejó de ser más que una anécdota muy bien resuelta por el genial cantante.

En la parte final tocaron la mítica “saharabbey road”, canción de la que se extrae el grito de guerra de los conciertos de vetusta, en los que hombres y mujeres simultanean un grito lolístico que si bien parece que se va a convertir en un cántico de fútbol (para el que nunca lo ha oído), se torna en un tributo y llamada al grupo para que vuelva al escenario, al tiempo que la suavidad de las voces femeninas lo hace ciento cuentamil veces más agradable que cualquier grito futbolero.

Finalizado el concierto, todo el grupo con el escenario iluminado entrelaza sus manos y saludan al público irradiando humildad y agradecimiento. Son grandes, muy grandes en todo lo que hacen, y sobre todo son músicos!!!!! Por supuesto fueron despedidos con una ovación prolongada y los coros de Saharabbey. Gracias Vetusta!!!

Un consejo, yo le daría una oportunidad a este grupo, Vetusta son demasiado buenos para atraparte la primera vez que escuchas una canción de ellos, tienes que darles una oportunidad a todas y cada una de sus canciones porque hasta la cuarta o quinta vez que las escuchas no empiezas a ver la evolución de la misma, y esa evolución, ya nunca retrocede, cada vez te gustan más y más y cuando por fin los ves en concierto, constatas que se trata de un grupo que marcará una época junto a la genial generación de grupos que disfrutamos hoy en día en España.

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Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego (proverbio árabe)

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”, “El amor es ciego”, “Soñaba el ciego que veía y soñaba lo que quería”… y frases y refranes y más frases y más refranes. Todas estas muestras de sabiduría popular, que le dicen, me las han espetado en un momento u otro. Y siempre relacionándolas con el amor. Con mi amor. Con mi extraviada capacidad de enamorarme, siempre, de quien no debo. Algo que, al parecer, ven con claridad los demás en su debido momento y que yo no soy capaz de sentir hasta que tengo encima las consecuencias de mi ceguera.

Quizás yo intente aplicar ante todo el otro refrán. La frase justificativa definitiva que excusa las locuras, tonterías y faltas de juicio de las que hago gala “El corazón tiene razones que la razón no entiende” Y con esto ya está todo argumentado.

Pero al parecer, tienen razón. Meto la pata una y otra y otra vez y como animal, pero hombre, tropiezo las veces que me da la gana en la misma piedra. Y debo de tener muchas ganas. O, tal vez, como alguna vez me dijo alguien que no recuerdo, lo que me suceda es que me enamoro del amor más que de la persona. Esta no sería sino la excusa para sentir, para ilusionarme de nuevo, para dejarme llevar…

Busco la sensación una y otra vez. Incansable. Quiero tener mariposas en el estómago, la sonrisa, bobalicona o no, pintada permanentemente en la cara, los ojos brillantes, el corazón acelerado y en un tris de saltar de gozo. Quiero que las simplezas diarias, el viento, al que llamaré brisa, en tu cara, el sol, que en lugar de deslumbrar, templa, el mar, que no rugirá sino mecerá, tengan un valor especial, cuasi mágico, que sólo adquieren cuanto te sientes enamorado.

Necesito trastocar mi orden de valores de tal forma que en lugar de desear la primitiva o la loto, prefiera soñar con un paseo en un velero, desmadejado en cubierta, mecido por las olas y rozando con las puntas de los dedos la mano de mi amada. Que sueñe, cual niño nuevamente, con hazañas increíbles y aventuras sin fin, que me permitan demostrarle a mi siempre hermosa acompañante mi gallardía, aplomo, valor, arrojo y mi disposición, romántica a más no poder, a empeñar mi vida en cualquier empresa que ella desee. Quiero imaginar el brillo de su mirada, la sonrisa que me dispensa ante tamaños esfuerzos, la suave caricia de su mano, el sonido armónico, maravilloso de su risa…

Todo esto no existe, por supuesto. O yo no lo conozco salvo en mi imaginación y en mis espejismos, producidos al buscar, sin criterio, a mi amada, a la persona precisa para volcar sobre ella todas mis fantasías y deseos. Pero como yo lo necesito, (enamorado del amor) la creo una y otra vez y la encarno en cualquier mujer dispuesta, en principio, a dejarse amar por un loco como yo. El sexo vendrá después, por supuesto, pero aún no tiene cabida en mi imaginación, en mis fantasías, en mis locuras.

Y claro, el camino lógico, el que los refranes anuncian, el que quienes me rodean ven con claridad, se recorre una y otra vez. Y los batacazos, desilusiones, desesperanzas, los brucos aterrizajes y encontronazos con la realidad se producen vez tras vez sin pausa.

Y sin embargo aquí es el punto en el que mi ánimo no decae y ante cualquier nueva oportunidad se inflama de nuevo el corazón, las mariposas despegan, la ceguera vuelve y ya estoy dispuesto, otra vez, a disfrutar de aquello que sólo yo veo, siento, creo. Y aunque sé cómo terminará nuevamente la repetida historia, soy incapaz de vivir sin esta ilusión.

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Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.

No quiso abrir sus ojos, simulando seguir encerrada en la carcasa del sueño que acababa de terminar. Aún cuando lo recordaba como placentero, un escalofrío recorrió todo su cuerpo que se desparramaba desnudo sobre la cama. Con la punta de uno de sus pies logró alcanzar la arrugada sábana desplazada en el punto más lejano de la cabecera del catre. Fueron suficientes unos suaves tirones, en los que el dedo gordo cumplió perfectamente con su misión, para que Alicia pudiese acariciar con los dedos de su mano la ligera prenda. Encogido todo su cuerpo en estado fetal, poco tiempo pasó para sentir en su piel los primeros síntomas de placer. El escalofrío se diluía y, al escuchar el sonido de la puerta cuando se cerraba, decidió que sus ojos continuarían en la misma posición.

 La habitación, decorada sus paredes con un desvencijado papel pintado, de color verde olivo, tenía como único adorno un crucifijo –por cierto bastante desnivelado de su vertical con el suelo-, curiosamente emplazado enfrente de la cabecera de la cama. Esa inclinación podría dar a pensar, a quien estuviera postrado en ella, que se ejercía una vigilancia especial sobre los hechos que allí acontecían. A la derecha de la puerta, según se entraba, un perchero oxidado aguantaba el escaso peso de dos perchas. Sobre una de ellas descansaba un precioso vestido de seda y encajes, donde el rosa pálido se mezclaba en armonía con el azul cielo. A sus pies, unos preciosos zapatos de tacón alto, con un aspecto que en absoluto hacían envidiar a los llamados de marca, aún cuando, sobre sus suelas, todavía descansaban las etiquetas y el precio delator pues, habían sido adquiridos en una tienda de los chinos. Encima de la única mesilla, una lamparita con un extenso cordón que subía entrelazado por el soporte del lateral del cabecero de la cama, desde el que se accedía fácilmente al interruptor. Sobre ella, perfectamente plegada, se encontraba la ropa íntima de Alicia. También según se entraba, a la izquierda de la puerta, se abría un pequeño hueco de no más de dos palmos de alto, que accedía al pasillo general y que era el único orificio de ventilación de la habitación. Debajo de él, un simple lavabo con un solo grifo, daba compañía a la pequeña pastilla de jabón de Heno de Pravia cuya delgada silueta daba a entender que debía ser reemplazada. Al no existir toalla, sería la sábana quien soportaría tal función, en el caso que alguien decidiera realizarse un mínimo aseo.

 Unos fuertes golpes en la puerta, acompañados de un grito imperativo en tono muy desagradable, hicieron rebotar a Alicia de su cama. “Vamos, zorra, levántate ya. Necesito la habitación para otro servicio”. Alicia conocía bien las reglas. El horario debía ser cumplido a rajatabla, bajo pena de pagar una penalización por el efímero alquiler, que bien podría suponer mucho más de lo que, con suerte, podría haber recaudado. Se enfundó, en un solo movimiento, el frágil vestido rosa pálido para, antes de colocarse los zapatos de tacón, introducir delicadamente en su bolso el sostén y las bragas que descansaban en la mesilla. Sin embargo, antes de salir de la habitación en la que, a buen seguro, alguien estaría esperando para ser de nuevo ocupada; retrocedió unos pasos e irguiéndose de pies, descolgó el crucifijo. “Estoy harta que me vigiles”, le dijo, y a continuación lo depositó en el suelo debajo de la cama.

 Como todos los días, a excepción de los sábados y domingos, tomó el tranvía 27 que le dejaba cerca de casa. Era un trayecto corto, de no más de quince minutos, pero esta vez, consecuencia de su despiste y de la ansiedad acumulada, el recorrido se le hizo más largo de lo habitual. Sabía que la pequeña Tatiana, de tan solo siete años, debía tomar puntualmente el autobús escolar. No había ninguna excusa. “Tatiana. Asistir al colegio y estudiar mucho, te darán el día de mañana la oportunidad de elegir lo que tú quieras para tu futuro. Bajo ningún concepto debes faltar a clase”. Esa era, repetitivamente, la frase que Alicia machacaba a su hija.

 Ya en su destino, la parada del tranvía le alejaba tan solo dos calles de su domicilio. Decidió colocar los zapatos de tacón alto junto con su ropa íntima e iniciar, con ágiles pasos que más bien se asimilaban a una carrera, un “sprint”. Miró su reloj y supo que Tatiana habría tomado el autobús. Los nervios le impedían acertar a introducir la llave en la cerradura de su vivienda. Cuando al fin lo consiguió, lanzó el bolso al sofá cercano y pasó por la cocina. “Eres un cielo, Tatiana. Te quiero”. Tomó el biberón. Dejó caer unas gotas sobre su muñeca y comprobó que estaba perfecto. Una cara de felicidad, alejada ya de la angustia, se mostró en el rostro de Alicia. Su bebé, Álvaro, de tan solo cinco meses, seguía durmiendo sobre una cuna muy artesanal. Le tomó sobre sus brazos, y antes de empezar a llorar le dijo: “Ahora, y siempre, junto con tu hermana, tú tendrás todo mi amor por el resto de los días y es que, el riesgo en el que incurro vale la pena”.

 Que insignificantes somos si no logramos comprender que los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.

 JOSE MANUEL BELTRAN.

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Amor para el resto del día

Amor para el resto del día. No voy a negar que alguna vez me ha pasado por la cabeza la idea de meterlo en el congelador a ver si así se conserva sin corrosión hasta el milenio que viene. Claro que entonces tendría que tener en mi casa un congelador industrial para cuerpo y parásito. Le iría bien, estoy segura. Entre los guisantes, el helado de nueces de macadamia  y las cubiteras de hielo no se sentiría del todo solo. Aunque pueda parecer lo contrario me preocupo por su salud y por su bienestar y a pesar de estar tentada en alguna ocasión a condenarlo al ostracismo y a las profundidades heladas durante un tiempo (cuál ha de ser la medida de este tiempo es algo que se me resiste siempre), en el fondo digo, rara vez he querido arriesgarme a que se me muera por congelación, el pobre. Ni soy una asesina ni estoy loca.

Cuando estas ideas me atacan, siempre pienso, rebuscando en la bolsa del optimismo, que está mejor quedándose donde está, en la estantería del medio, al calorcito de los rayos solares y rodeado de las latas de atún, los espárragos y el tomate frito. Y eso aunque me haya confesado, así por lo bajo, que donde en realidad le gustaría volver es al frente, entre el salero, la pimienta negra y el azúcar, ése, me dice, es su sitio, el de los besos y las balas, aquél en el que las probabilidades de morir de éxtasis o asado como un pollo son exactamente las mismas, las mismas hasta que al éxtasis o al pollo le da por crecer exponencialmente, claro. El caso es morir de algo.  A pesar de todo, y en mi opinión, el riesgo siempre, siempre vale la pena.

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