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La conjura de los dioses

Neftis corría apresurada por el palacio de Isis, llamándola a gritos sin que su hermana respondiera. Osiris, seguido de un cortejo enorme de sirvientes salió a su encuentro.

–          Neftis, ¿a qué se debe este escándalo?

–          Osi, necesito un favor. Me urge hablar con Isis y no la encuentro.

–          Isis debe estar a punto de volver. Se fue con Horus a conocer a su nueva novia.

–          ¿Horus tiene otra novia?

–          Neftis, ten cuidado lo que dices de mi hijo. Isis ha ido con Horus a conocer a Mari, una diosa vasca que parece que los tiene muy bien puestos y lleva a Horus más derecho que una vela. Algo que nos congratula tanto a Isis como a mí.

–          Uyy!! Fíjate tú que hasta me va a gustar mi nueva sobrina política y todo!!!

–          Neftis te prevengo. No voy a tolerar más enredos de esos que tanto te gustan y que luego me toca a mí solucionar. Aún no me he recuperado del último.

–          Osiiiii, porfaaaaaaaa. Te voy a contar y ….

En ese instante, y con otro cortejo que superaba al de Osiris, apareció Isis.

–          Osiris, ¿te importaría decirle a tu caterva de eunucos que desalojen inmediatamente mis aposentos? Somos demasiada gente para un espacio tan pequeño y no me gustaría tener que dejar de respirar en beneficio de esos pazguatos.

–          Si no te “beneficiaras” a cualquier cosa que llevara pantalones, no tendría que convertirlos en eunucos, Isis. Y no me mires con el ojo de lado, que no estás posando para un grabado de la pirámide.

–          No empecemos Osiris, no empecemos. Además, ¿me podéis contar que hacéis todos aquí? Vengo de hacer un viaje largo y estoy cansada. Tu hijo cada día conduce peor y me gustaría reposar un poco.

–          Hermana –intervino Neftis- necesito que me ayudéis todos. Incluso la nueva novia de Horus. Os cuento la historia completa y a ver qué se os ocurre.

Neftis, después de desaparecer ambos cortejos habiéndoles avituallado con manjares y bebidas, comenzó con su relato.

–          Sabéis ambos que Seth, mi esposo, tiene una amante india shoshone, y le tiene bien amarradito por los bajos. No os molestéis en negarlo porque por lejos que esté, lo sé bien. Ya me contaréis que pinta un dios egipcio un día sí y el otro también en Idaho. Pues nada, si no fuera porque está allí con Entrepierna Deliciosa, que es así como se llama la interfecta.

Pero no es eso lo que me desasosiega. Al contrario. En este momento nada me incomodaría más que volviera.

Desde que Seth empezó a viajar, a mí me dio por hacer incursiones en eso que llaman Internet. Poco a poco fui conociendo sitios hasta que llegué a “El Bloggercedario” y me lo paso mejor que El Coloso de Rodas corriendo por el Mediterráneo.

Allí, hay escritores que se inventan historias y otras veces cuentan vivencias reales suyas. Ahí está el problema.

–          ¿Dónde? –dijeron a coro Isis y Osiris.

–          En la última historia de un escritor.

–          ¿Y eso porqué?  -volvieron a contestar al unísono

–          Parecéis los niños cantores de Nubia, hibiscus!!!! En la última historia de Lino

–          ¿Y quién es Lino? –por tercera vez Osiris e Isis hablaron al tiempo.

–          ¿Vais a contestar siempre juntos? Lino es un escritor que se encontró con un alma que se nos debió escapar.

–          Te lo digo Osiris –dijo Isis- Tot tiene demasiados encargos. El pluriempleo nunca ha sido bueno. Como encargado de las almas de los muertos se le habrá perdido alguna y seguro que es nuestra.

–          Isis y Neftis, sé que somos los más grandes pero no los únicos, por lo tanto debéis pensar que puede ser un alma que no pertenezca a nuestra familia.

–          Estoy segura que es culpa de Tot –musitó Isis

–          Isis, no seas pesada. Además Tot hace mucho tiempo que no pasea con la barca por el cielo, ya que Seshat, su mujer, como bibliotecaria nuestra, ha descubierto una serie de libros de Stephenie Meyer, la saga Crepúsculo y una inacabada, de un tal Stieg Larsson, que la tiene embobada en su lectura, por lo que Tot está dedicado, por entero, durante el día como siempre a medir el tiempo, y por la noche a las tareas de la casa y los niños para que Seshat pueda leer.

–          Es que hay más –dijo Neftis- A resultas de contar su historia con ese alma perdida, ha habido cierta discrepancia con los otros integrantes. A mí, ese escritor me parece una buena persona y me gustaría ayudarle.

–          ¿Neftis recuerdas que no puedes tener comercio carnal con humanos? – la interpeló Osiris.

–          Osiiiiiiii, que no es eso!!! Es que a mí me gustaría saber si Isis podría hablar con alguna de sus amigas y darle algún susto a unos escépticos.

–          Neftis –intervino Isis con un tono severo- siempre acabo cargando con todos tus errores ¿recuerdas? Desde tu hijo Anubis, querida. Y así llevamos la intemerata!! Y ahora quieres que me ponga en evidencia con mis amigas, como si a lo largo de los siglos no hubieras hecho pocas fechorías querida hermana!!!.

–          Isisssss.

En ese momento, entró en la estancia como una exhalación Amón-Ra. Fue corriendo hacia Isis, sin embargo se paró ante las bandejas de las bebidas para servirse un generoso vaso de heneket (cerveza de los dioses egipcios) que engulló en tres tragos.

–          ¿Venías sediento Amón-Ra? –le preguntó Isis.

–          Si, Isis. Aunque de ahora en adelante quiero que me llaméis Ra-Amón. He creado un grupo de música que se llamará The Ra-Amones. Mi primera canción se titula: Animal Boy. ¿Qué os parece?

–          Amón –dijo Isis mientras levantaba una mano para callarlo- ese grupo de música ya existe entre los humanos y la canción es una de ese grupo. Eso se llama copiar Amón. Debes intentar hacer algo nuevo alguna vez.

–          Es que con el sol este siempre en mi cabeza creo que jamás podré hacer nada –balbuceó Amón-Ra.

–          Amón, cállate –ordenó Neftis- Necesito que Isis hable con alguna de sus amigas diosas a ver si pueden dar algún susto a dos personas, a dos humanos vivos.

–          Neftis, ¿qué quieres que haga Isis? Nosotros somos dioses, Neftis –dijo Amón-Ra.

–          Amón, hijo, unos sustitos de nada. Lo justo para quitarles el hipo.

–          Seguro que me arrepentiré –dijo Isis- así que tú me dirás.

–          Mira Isis, uno vive por Galicia y otro por Madrid. ¿Conoces alguna diosa que tenga poderes por esas zonas?

Osiris, con una cara de incredulidad que jamás habría podido representarse en ninguna pintura ni en ningún grabado, ya que no habría sido reconocido, optó por acercarse a la bandeja de las viandas y tomó pan en abundancia junto con néctar y ambrosía, que ya se sabe que son los favoritos de los dioses, para seguir el discurrir de los hechos con el estómago lleno.

–          Pues no sé si Isis conoce a alguna diosa por Galicia, Neftis, pero yo sí –apostilló Amón-Ra- precisamente quería que hubiera cantado conmigo en mi grupo. Es una diosa celta y se llama Lugoves. Está mal que yo lo diga, pero está coladita por mí.

–           Yo había pensado en la nueva novia de Horus. Me ha dicho Osi que es vasca, y eso no está lejos ni de Madrid ni de Galicia.

–           A Mari la dejas en paz -concluyó Osiris- Neftis. No hay nada en el Universo que desee más que casar a Horus. Mejor dicho, casarlo y que le aguanten, porque casarlo lo hemos casado muchas veces, pero nos lo devuelven antes de que acaben los fastos.

–          Osiris, no te voy a consentir que hables del niño así -dijo Isis mirándole furibunda.

–          No hablaré más, mi adorada Isis, sin embargo te pediré que no te refieras a él como niño cuando ya no le  quedan ni dientes -concluyó Osiris cogiendo su pan con ambrosía y volviendo a su trono.

–           Neftis, para Madrid, la diosa Cibeles –dijo Isis- es griega, pero tiene una plaza y eso imprime carácter. Además tengo telepatía con ella y puedo comunicarme inmediatamente. Claro está, que antes de nada quiero saber cuál es el final de todo esto. Porque la misma Cibeles también puede preguntarle a Caronte si ha perdido algún alma, que lo mismo es suya. Que ya no se entierra como antaño, Neftis. La gente ya no tiene la moneda para pagarle a Caronte y vagan errantes las almas y lo mismo es suya.

–          Isis, tampoco me preocupa el alma perdida. Yo creo que Lino ya no va a llamarla más. Lo que yo quiero es que le den el susto a los escritores que te he dicho.

–          Neftis –dijo Osiris con la boca llena de pan y ambrosía- pero si son tan escépticos ¿crees que luego lo reconocerán? Si es un susto pequeño lo pueden atribuir a cualquier cosa. Si es un susto grande, nos podemos pasar y se quedan secos en el sitio.

–          Aquí no se mata a nadie –acotó Isis- Yo creo que los dioses estamos dotados de una inteligencia superior para saber qué hacer para lograr nuestros fines y si no  se puede ……

–          ¡Sálvese quién pueda! –dijo Amón-Ra entre carcajadas- el último con el que me pasé me lo devolvió Poseidón en muy malas condiciones, después de haber pasado unos días a remojo.

Unos días más tarde, la diosa Vör comunicó con el dios Momo, para informarle lo que tenía qué hacer, como encargo personal de Isis para agradar a Neftis. Momo aceptó gustoso y, a cambio, pidió a Neftis la dirección de “El Bloggercedario” para enterarse, cuando diera los sustos, si se atreverían, o no, a contarlo.

Neftis, telepáticamente, envió a Momo, dicha dirección.

Ahora, solo resta esperar a que el dios Momo cumpla lo prometido y que haya valentía en los asustados para que los demás lo podamos leer.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

MONTSE

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Me da miedo. . . mamá

–              ¡¡¡¡¡¡¡¡Ahora escóndete que pasa un avión!!!!!!!!  ¡¡¡¡¡¡¡¡Venga cerda!!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡Muévete!!!!!!!

–          Ya voy. Es que me duelen las piernas.

–          Es que me duelen las piernas –se mofó de ella, imitando su tono de voz lastimero.

Se cubrió con una manta como mejor pudo y se quedó quieta mientras aquel avión pasaba por encima de su cabeza.

–          ¡¡¡¡¡¡¡¡Quieta!!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡ No respires!!!!!!!!

–          Ya no respiro, te lo prometo

Cerró la boca fuerte como los ojos, que le dolían a rabiar por la fuerza que imprimía a dicha acción.

La postura era difícil pero lo fundamental era adquirir la invisibilidad ansiada que le aportaría algo de tranquilidad y sosiego.

–          Ya pasó, pero eso no significa nada. Ahora debes vestirte.

–          Ya estoy vestid…

–          ¡¡¡¡¡¡¡¡Cállate zorra!!!!!!!! Si te digo que te vistas, te vistes y te callas.       Odio esa voz asquerosa.

–          Ahhh  – suspiró con medio hilo de voz aterrorizada-

Se dispuso a abrir el armario y sacó lo primero que apareció ante sus ojos, arrancándolo de las perchas. A continuación, se vistió, sin desprenderse del camisón manchado y roto que llevaba puesto

–          Ponte un cinturón.

–          ¿Para qué?

–          ¿¿¿¿Quién te ha dicho que puedes hacer preguntas???? ¡¡¡¡Obedece!!!!

Rebuscó en el armario, en los cajones y no encontró nada hasta que por fin lo vio. Estaba colgado al lado de la ventana –ignoraba quién lo habría puesto ahí- y sirviéndose de unas tijeras, consiguió ponérselo tal cual él le había ordenado.

–          Ahora, siéntate en aquella esquina y pon la nariz entre las dos rodillas, y cuenta del uno al ciento cincuenta y uno, sin parar. Si te equivocas, vuelves a empezar. ¡¡¡¡Adelante!!!!

Se arrastró hasta la esquina de aquella habitación, sorteando toda clase de objetos que estaban esparcidos por el suelo y comenzó la cuenta, una vez colocada según las instrucciones recibidas. Al abrir la boca para contar, notó como le entraban las lágrimas que caían a raudales por sus mejillas, incapaz de pararlas ni con los ojos cerrados

Sus ojos que aún permanecían cerrados. Apretados por miedo a abrirlos y encontrar su cara. Debía ser terrorífica y ella no estaba preparada.

–          ¡¡¡¡Cuenta más deprisa, majadera!!!!  ¡¡¡¡No sirves para nada!!!!  ¡¡¡¡Voy a tener que prescindir de ti!!!! ¡¡¡¡Eres una mierda!!!!

–          ¡¡No, te lo pido por favor!!

–          ¿¿¿¿AHORA LLORIQUEOS???? ¡¡¡¡Cállate subnormal!!!

En el salón de aquella casa, se encontraban reunidas cinco personas. Se miraban cautelosas y la tensión era palmaria.

–          ¿No tarda demasiado la ambulancia?

–          Tranquila, cielo. Enseguida llegarán y se harán cargo de tu madre –apostilló uno de los adultos presentes en aquella sala.

–          Es que verla ahí de esa manera. Arrastrada, llorando, hablando sola, me está matando.

–          ¿Y piensas que a nosotros no nos duele?  -acotó otro de los hijos- La última vez que me he asomado, ha cortado la cinta de la persiana y se la ha puesto a modo de cinturón.

–          Me da miedo, Rodrigo, me da mucho miedo que mamá no vuelva ser nunca la misma. Teníamos que haberla llevado antes, cuando dejó de dormir bien.

–          Tranquila Belén –intervino Raquel- No podías imaginar que dormir mal iba a acabar así. Es un brote psicótico. Nos puede pasar a cualquiera y ahora lo mejor es ingresarla. Ya verás como en unos días esto no será más que un mal sueño.

–          Está claro que se ha producido por los días que lleva sin dormir. En cuanto pueda conciliar el sueño………

–          ¿¿¿¿Los oyes???? Están ahí. Te están vigilando. ¿¿¿¿Te convences ahora???? Por eso no quería que durmieras. Tenías que estar alerta. ¡¡¡¡Eres idiota!!!! ¡¡¡¡No te enteras de nada, cretina !!!!

–          ¿Quiénes son?

–          Quiénes son… quiénes son … quiénes son –siguió burlándose con aquel soniquete que le dolía en las entrañas como si se las estuvieran arrancando de cuajo.

Oyeron la sirena de la ambulancia y mientras en el salón todos se pusieron de pie, en aquella habitación, aquella mujer se retorció en el suelo como si la estuvieran matando.

Corrieron a socorrerla, al oír los aullidos de dolor, absolutamente asustados. Se agacharon para recogerla e intentar calmarla.

Mientras le limpiaban las lágrimas y le retiraban el pelo de aquella cara irreconocible, entraron por la puerta aquellos profesionales, provistos de una camilla, que les urgieron a salir de la habitación, y, uno de ellos, presumiblemente el médico, de un maletín.

Permanecieron todos en el pasillo, tras la puerta cerrada, mientras los minutos se les hacían horas.

Cuando por fin se abrió, ella estaba en la camilla, relajada, dormida y con un gotero en su brazo izquierdo.

Tras ellos,  en aquella habitación que parecía haber sufrido un auténtico terremoto, el médico les pidió que el responsable firmara el ingreso, aprovechando para explicarles en qué iba a consistir el tratamiento y cuando podrían ir a verla, si todo transcurría según lo previsto.

Tres semanas más tarde, cuando su hija fue a recogerla para ir a casa, aquella historia parecía un mal sueño.

Sus hijos, sus amigos y familiares, habían estado constantemente a su lado, desde el mismo momento que se autorizaron las visitas. La respuesta al tratamiento había sido estupenda sin embargo aquella laguna en torno al día que la ingresaron,  la creaba un desasosiego que ni el psiquiatra ni la psicóloga pudieron calmar. La aconsejaron que diera tiempo al tiempo, que no se obsesionara con  esas horas.

Llegaron a casa y en su habitación no quedaba resto de aquel infausto día. Ella optó, como le habían aconsejado, por acostarse. Todavía la medicación la mantenía bastante aplacada y le costaba estar de pie mucho tiempo.

Su hija tumbada junto a ella, la vio adormecerse y la beso en la frente.

–          ¿Sabes lo que me da miedo Belén? Que no recuerdo como empezó y así no voy a poder reconocer si se repite –con esta frase se quedó dormida.

No le diría que ella recordaba perfectamente el inicio y estaría a su lado si volvía a notar cambios de humor en su madre. En cuanto volviera a decir que alguien la seguía. O la escuchara caminar toda la noche en vez de dormir, o no quisiera hablar por teléfono por miedo a que la escucharan otras personas.

Apagó la lámpara del techo, dejando la de la mesilla encendida. Salió despacio para no despertarla y entornó la puerta, mientras en su cabeza desfilaban aquellas imágenes que esperaba no volver a ver más.

MONTSE

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Escribo en un blog

Cuando la noche extiende su manto negro sobre la ciudad, la calma llega a mi casa. Él se duerme y yo, a oscuras y en silencio, me interno con mi ordenador, en el mundo.

Después de todo el día encerrada en un mundo que me oprime, que me asfixia, que no me ofrece ninguna salida, la noche me abre un mundo inmenso de color.

Cada noche pienso donde quiero ir. Incluso hay noches que me arreglo, me maquillo, me pongo mi mejor vestido y mis sandalias, para meterme en la cama y enciendo el portátil para, una vez organizada, desplazarme, con la ayuda de mi proverbial imaginación a visitar el Museo del Hermitage, en San Petersburgo o al MOMA de Nueva York. Hay noches que prefiero ir a disfrutar de Madame Butterfly, en la Ópera de Sidney y otras, simplemente me gusta pasear por los tejados. O, a lo que yo le llamo los tejados en Internet: los blogs.

Me gusta entrar en blogs y seguir la cadena que establecen los amigos. Intentar desentrañar lo que se cuentan. Voy de adelante hacia atrás tratando de pillar el hilo de sus conversaciones para sentirme parte de un grupo.  Incluso me desplazo en la cadena de sus blogs y concateno con otros y así hasta que me siento parte de ellos, parte de algunos, parte de alguien.

Pasan las horas volando y el silencio se llena de letras, de guiños, de sonrisas, de complicidades ajenas que pasan a formar parte de mi mundo.

Me embeleso con los detalles de cada uno de esos blogs. Con qué mimo y cuidado están hechos. Algunos son auténticas obras de arte, y lo digo con cierto conocimiento ya que si paso mucho tiempo leyendo blogs, otros días los paso rodeada de Monet, Manet, Pisarro, Cezanne, etcétera, en cualquier museo del mundo, y, sin ser una especialista en pintura, durante el día vivo rodeada de fealdad, de negrura, de podredumbre y de tiniebla, así que en el contraste de la pintura, me recreo en la belleza y la admiro más y mejor.

Juego a adivinar cómo será tal o cual persona. Qué hará, en qué trabajará o si vivirá en pareja o sola. Por lo que escriben sé si viajan poco o mucho. Comparo sus fotos con el aspecto actual que tiene lo fotografiado y así sé si el viaje fue hace poco o mucho. Así me siento parte de ellos, así me siento parte de alguno de ellos o de ellas.

Elucubro con sus nombres. Los hay sencillos que sospecho responden a su propio nombre (José, Pepe, Carlos o Rosa) otros mucho más elaborados ( Lamadrequeteparió, Lacabradelalegión, LaSantaCompaña, Queparenelmundoquemequierobajar) otros más guasones (ElLerele, Piripi, Líneaseguimosparabingo) y no podían faltar los sexuales (Elbadajodemiprimo, Lachochona, RoccoSiffredi, NachoVidal). Y pasan las horas. Y pasan veloces. Y pasan amenas.

A veces me arrancan sonrisas, en otras ocasiones hasta carcajadas que tengo que amortiguar con la almohada para no despertar a la fiera. Y me debato entre la carcajada y el pánico si oigo algún sonido, normalmente mi propio latir que suele ser tan fuerte que retumba contra lo más recóndito de las paredes de mi habitación, aunque durante el día parece que, tratando de no molestar, se llegue a paralizar casi del todo.

Hay blogs que denuncian y me encogen el corazón. Salgo rápido. Como alma que lleva el diablo. No quiero leerlos. No me gustan. Mis noches son para viajar por mundos bonitos, quiero sonrisas, quiero risas no llantos, aunque alguna lágrima de alegría deje caer, cuando, por casualidad, repita visita, llegando por otro camino y la alegría de encontrar a algún amigo –son mis amigos aunque ellos no lo sepan- tiempo después y reconozca de nuevo su blog, sus escritos, sus amigos……

Poco a poco, he ido aprendiendo y he abierto mi propio blog, no sin muchas dificultades ya que al tener que borrar cada madrugada mis pasos, al volver la noche, olvidaba muchas veces la dirección y tenía que volver a iniciar el camino para abrir otro blog de nuevo.

Es posible que tenga muchos blogs. Mejor dicho, muchos proyectos de blogs a medio hacer. A saber.

Sin embargo, al final, conseguí aprenderme una dirección y ahora escribo en un blog. En mi propio blog. Con mi propio nombre. Mejor dicho, con mi propio seudónimo o Nick.

Con el paso del tiempo, he perfeccionado la técnica y ya comento en otros blogs que visito con más asiduidad.

Hoy he tenido mi primer comentario. Lloré. Me encerré en el baño y lloré. Con lágrimas que ni imaginaba que me quedaban y lloré como no podía pensar que querría llorar. Y al terminar sentí tanta felicidad que no pude parar de reír, con una esponja de ducha en la boca, y volví a llorar de risa.

Mi primer comentario de alguien que se  había fijado en mí. Ya no soy invisible. Ya no soy nadie. Ya soy alguien. Ya tengo un nombre aunque sea un seudónimo. Ya no estoy sola.

Y así, cada noche, abriré el ordenador cuando se duerma la fiera. Me dará igual si tengo un ojo medio cerrado o las manos doloridas de los golpes. Me arreglaré de nuevo para ir al encuentro con mis amigos. Con los únicos amigos. Con los únicos que me hablan. Con las únicas personas que me hablan y no me chillan.

Me visitan por lo que escribo y lo que les comento. Y yo les visito porque son mi vida, mi aliento, mi alimento, mi arrullo y mi paz.

MONTSE

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Ya no me vuelve a gritar

Por Montse

¡Ya no me vuelve a gritar ninguno!  Y, mucho menos, ponerme en apuros.

Menos mal que se acaba esta insufrible etapa en la que he tenido que soportar, con la ayuda de mi equipo médico habitual encabezado por un prestigioso psiquiatra y un psicólogo de renombre, el  devenir de constantes frases malintencionadas para ponerme en un constante aprieto.

A mí, a la mayor de todos ellos, a la respetable, que no respetada por ellos, abuela de “El Bloggercedario”, se me ha involucrado en todo tipo de situaciones embarazosas que me han abocado a tomar derroteros en mi vida que jamás imaginé.

Mis amistades, todas ellas pertenecientes a grandes linajes de toda Europa y América, han tenido que soportar bochornosas escenas en algún cóctel importantísimo, cuando un imprudente y talludo Sr. Aspective, se abalanzó sobre mí, con intenciones poco claras y una líbido extremadamente desaforada, lo que provocó un desasosiego importante en mi salud psíquica, por no hablar de mi reputación, intachable hasta ese momento.

No contenta con este capítulo, la Srta. Sonvak, por llamarla de alguna manera, osó utilizar mi imagen –claro que todo ello se verá en los Tribunales en su debido momento- y buen nombre, para crear una saga en sus únicas novelas publicadas con éxito. Habiéndose atrevido, incluso, a asistir a esos bochornosos programas que trufan la parrilla televisiva de todas las cadenas, privadas y públicas, para debatir en corrillos de vocingleras pseudo periodistas, acerca de mi vida privada.

Para más inri, el que debería haber impuesto respeto a los demás, Don Sito, o Don Codeblue, -permítaseme decir que si casa de dos puertas mala es de guardar, hombre de dos nombres malo es de fiar- se ha auto concedido la licencia de abochornarme abiertamente utilizando mi título en algunos comentarios, vejándolo, cuando mí título: Marquesa del Pan Pringao, es un título que junto con el de Alba, Fernán Núñez, Infantazgo, Medinaceli, etcétera, ostenta Grandeza de España, y, por derecho propio, está representado en el Consejo de la Diputación Permanente de la Grandeza de España, donde hace meses que no puedo aparecer para no verme soliviantada por las simples miradas de los otros representantes, conocedores de toda esta historia,  falsa y burda, montada en torno a mi persona.

En su momento, reuní a mis asesores para ver qué medidas eran más aconsejables para frenar dicha afrenta, ya que el carácter internacional de “El Bloggercedario”, precisaba de una mesa de expertos de varios países que dilucidaran los pasos a seguir para limpiar mi buen nombre, manchado con el único interés de conseguir una efímera y pueril fama. Su primer consejo fue que debía seguir aquí, al pie del cañón para no esconder la cara, demostrando que ante la adversidad y la falacia, yo no iba a doblegarme, al contrario.

Por su parte, ellos intentarían, desde fuera, conseguir que de una vez por todas, se acabaran las historias de Elpidio y Chencho, que por maravillosas, pudieron empañar mi categoría como escritora. ¿Qué pretendía Alejandro Marticorena?  ¡El es un auténtico profesional¡ Seguro que quería hundirme. Debe saber que mis relaciones con Cristina Fernández de Kirchner carecen de fluidez y me castiga por ello.

Apareció Lino, y demostró que tiene talento, y lo que es mejor, juventud y ganas de aprender. Se va Suki, estupenda escritora y aparece uno que quiere comerse el mundo. Y mientras tanto yo aguantando el chaparrón.

José Luis, que ha sido capaz de introducir economía, política y sociedad en clave de humor, con esa socarronería gallega que es inimitable, y sin pedirme permiso.

Daniela, uruguaya que, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, no tuvo reparos en “marchar sobre Madrid”. Pudiéndose quedar quietecita en su casa, arremetió en mi ciudad para que la mofa fuera pública y notoria. En la memoria tendré esas imágenes mientras viva.

Y qué decir de Gorio. ¡El súmmum! Publicó en “Diario Bloggero” una supuesta entrevista conmigo, absolutamente falsa –aunque la precisión es obvia pero quiero dejar bien claro que la querella criminal está presentada- en la que incluso se me incrimina en la presunta comisión de otros delitos.

Me ruborizo aún cuando recuerdo la cantidad de veces que tuve que repetir, hasta la saciedad, que no tenía nada que ver con el título de un relato de Lustorgan, “La Tortillera del Año”, llegando a tener que contratar a tres telefonistas para que atendieran múltiples llamadas de todas partes del mundo y a todas las horas del día para desmentir dicho rumor. Bien es sabido que  mi condición sexual nunca se puso en duda hasta que este señor dejó caer ese embuste soez y chabacano.

Quiero dejar claro que en mi vida nadie ha podido ver mi dedo corazón, como aseguró la Srta. Sara, Sarinha para sus conocidos, en alto, enseñándoselo al Sr. Gorio. Mi exquisita educación no me lo permitiría, ni tampoco mi artrosis, para que nos vamos a engañar. A pesar de los múltiples tratamientos a los que me someto para el cuidado de mis maravillosas manos, me es imposible repetir ese gesto, ni aún queriendo, por lo que dicha señorita se verá las caras con el bufete que me representa, en los Tribunales de Justicia, para que no vuelva a lanzar bulos sobre mi persona y la colocación de mis dedos.

Y terminaré este somero repaso con la Srta. 8Sandra que, en ocasiones, para destacar sobre mí y sabiendo mi escaso o nulo interés por escribir en verso, ha aprovechado el vacío que he dejado en ese campo, para publicar alguna que otra poesía, que no voy a catalogar –doctores tiene la Iglesia y muchos más la Seguridad Social- con un único objetivo: sobresalir.

En cuanto al resto de los integrantes, en mayor o menor medida, han contribuido a dicho escarnio con el silencio, con la aquiescencia y el beneplácito que se puede leer en sus comentarios.

Bien, al fin ha llegado el momento. Mi equipo de asesores ha conseguido acabar con esta etapa de “El Bloggercedario”, con no poco esfuerzo y empeño.  Ahora vendrá la siguiente y estaré ojo avizor para que todos estos desaguisados no se vuelvan a repetir.

Quiero prevenirles que no voy a consentir desmanes, ni escritos sublimes, ni poesías espléndidas.  Ni hablar de escándalos en fiestas privadas, ni “deshabillés” en las oficinas de esta casa. Aquí se viene bien vestido y no se desnuda uno. Si hace calor se sube el aire acondicionado. Y, ni  hablar de camas redondas, mesas redondas, o cualquier otro mueble que se pueda redondear para dicho uso. He dicho.

“El Bloggercedario” no será sinónimo de depravación.

Próximo turno: Q – Sara – Activo

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Y que el matrimonio era una mierda

POR P – MONTSE – ACTIVO

Ana iba con mucha prisa. Con demasiada. Estaba segura que llegaría tarde y a esos sitios no se podía llegar con retraso. Basta que así lo hiciera para que la vista se produjera con una puntualidad británica y ello predispusiera al magistrado contra ella.

Su abogado le había contado que la vista no se parecería en nada a lo que se veía en las películas, por lo que iba a ser casi una convidada de piedra. Quizá, el letrado de su futuro exmarido, le hiciera alguna pregunta para desacreditarla pero poco más.

Paró un taxi y le dio la dirección del Juzgado de Familia. Le apetecía  ver a su ex tanto como a una medusa, sin embargo no había otro remedio. Tal vez fuera la última.

Sonaba bien. Verle por última vez.

Recordaba aquellas noches, cuando ella se iba a dormir y él, el grandísimo hijo de perra que la consideraba poco más que una tonta de baba, pensando que se dormía enseguida y con la excusa de bajar a dejar la basura, a cambiar el coche de sitio, a comprar tabaco o a pasear el perro, desaparecía y no volvía hasta las cinco o las seis de la mañana.

En alguna ocasión, ella fingió que se despertaba en el momento que se metía en la cama, y como apestaba a tabaco. En ocasiones a perfume barato o a whisky, mientras le susurraba: “duerme, sólo me levanté al baño”. ¡Ja! ¡Valiente patán!

“Sí, déjeme aquí, por favor” – salió a la carrera del taxi y estuvo a punto de quitarse los tacones para acelerar aún más.

Entró en el edificio del Juzgado y después de pasar el control cuatro veces –en qué momento se pondría aquel cinturón, los zapatos con trabillas y la pinza metálica del pelo-  subió a la cuarta planta, donde llegó con el corazón a punto de salírsele por la boca, para ver que no habían entrado.

Su abogado, en cuanto la vio, se acercó a saludarla y comentarla las últimas consignas, antes de entrar. Por encima de su hombro, divisó a Juan que estaba, con el que imaginaba sería su letrado. ¿Por qué había pensado que habría escogido una abogada mujer? Iba perfectamente arreglado. Como diría su amiga Clara, perfecto por fuera, desastroso por dentro, y así era.

Abelardo Salazar, su abogado, le dijo que no pensaba que hubiera preguntas. Y, en el caso que las hubiera, sencillamente sinceridad. Que fuera concisa y exquisita en el trato. Con eso sería más que suficiente. En cuanto al tema de los daños y perjuicios solicitados por su ex no pensaba que llegara a nada. Simplemente era una bravuconada.

Bravuconada había sido la de ella. Sí. Ella había estado brava. Se fue a la ferretería y compró un cerrojo nuevo que guardó durante dos semanas. Parecía que la nueva adquisición le había calmado las ansias de buscar otros brazos donde cobijarse, pero fue un “kit-kat”. A los quince días, volvió a “bajar la basura”. A la media hora de salir, ella se levantó como una bala. Instaló el cerrojo con no poco esfuerzo. Pensó que se trataba de marcar unos tornillos y apretarlos pero aquello fue más complicado. Tuvo que rebajar hasta el marco de la puerta sin tener herramienta para ello, cargándose dos cuchillos de cocina. No importaba. El premio lo tendría entre cinco y seis de la mañana.

Efectivamente, a las cinco y cuarenta y dos, después de empujar la puerta y ver que no cedía, en incontables ocasiones, se decidió a llamar, pero hice caso omiso. A las cinco cincuenta y cinco en punto, llamó al móvil y, del mismo modo, obvié contestar. Eran las seis dieciocho cuando sonaba por quinta vez el teléfono fijo de casa y, evidentemente, ni me molesté en descolgarlo.

A mediodía, cuando salí para comer con Clara, recibí una llamada de mi suegra, aquella mujer abnegada que había tragado carros, carretas y carretones, de un señor que le había puesto toriles hasta con el lucero del alba. Después de la consabida charla de una mujer de los años cincuenta que me sonaba a rancia, le corté diciéndole que estaba harta de las mentiras de su hijo, de las salidas a tirar la basura y que la única pena es que no se tiraba él, a pesar del tiempo que se tomaba en hacerlo.

Y, después de muchas más frases parecidas, terminé con: “y que el matrimonio era una mierda, y con su hijo, una mierda sobresaliente”.

Le agradecí su llamada aunque le amonesté ya que el destinatario debería haber sido su propio hijo. Yo no había estropeado nada, había roto algo que había malogrado, con no poco esfuerzo, su queridísimo vástago. Estaba harta de levantarme envuelta en un halo de perfume barato y con la posibilidad de contraer una gonorrea, como poco, por el inconsciente de su “retoño”.

Aquello la descolocó por completo y sólo acertó a decirme que había que fijar un horario para que su encantador primogénito recogiera algo de ropa y de dinero. En cuanto oí esto, le dije que la ropa se la tiraría por la ventana y, el dinero lo llevaba gastando a manos llenas durante cinco años, y sólo había retirado una mínima parte correspondiente a esos mismos cinco años, así que podía ir a “despeluchar” amigos. Los mismos que le acompañaban en las farras.

Volví a la realidad con la llamada de la secretaria del Juzgado. Al entrar, tropecé y mi ex me llamó gorda patosa a la vez que la juez, aquejada de obesidad mórbida, tomaba asiento con los ojos a punto de salírsele de las órbitas y con una cara amarga destinada a mi futuro exmarido.

Él, como era habitual, ni se dio cuenta pero sí lo hizo su abogado que inmediatamente le llamó al orden. Tarde amiguito, muy tarde –pensé para mí, con no poca alegría.

En vez de empezar la Vista, la Juez se empezó a leer el Auto detalladamente. Yo permanecía quieta, impávida, imperturbable, mientras el silencio se apoderaba de aquella Sala, roto solamente por el pasar de las hojas del Auto.

Juan tosió en dos ocasiones. En la segunda, la Juez levantó la vista para mirarle por encima de las gafas. Juro por mi vida que vi como el moreno de rayos uva se esfumaba dando paso a un blanco cerúleo mortecino que me dio hasta pena.

Las primeras palabras de la Juez fueron dirigidas al letrado de Juan para preguntarle exactamente en calidad de qué solicitaban daños y perjuicios. El letrado contestó que su cliente, antes de entrar, venía con la intención de retirar esa solicitud, ya que había sido fruto de una obcecación.

La Juez le preguntó a Juan directamente si ya no estaba obcecado, a lo que Juan le contestó temblorosamente que no.

La Juez le preguntó a mi abogado si su cliente, o sea yo, tenía algo que solicitar o él mismo, en calidad de representante, o se atenían a lo expuesto en el escrito presentado, a lo que mi abogado se ratificó en la demanda.

La Juez dijo que visto por ambas partes, la sentencia se conocería en secretaría. Se levantó, sin no antes volver a mirar a Juan para mandarle para casa fulminado, y salió de la sala.

¿Y eso era todo?

Mi abogado me empujó y salimos de la sala. Al llegar al pasillo me dirigió hacia secretaría y aulló de alegría, diciéndome que habíamos ganado. Que habían retirado lo que nos podía preocupar y que seguro que me concedía todo lo que había pedido en la demanda de separación.

Me pareció sosísimo el juicio de separación. Yo que pensaba sacarle los higadillos a poco que se prestara la ocasión.

Efectivamente, la Juez me concedió todo lo que solicité. El piso, la pensión, el usufructo vitalicio de la casa de Biarritz, el dinero que me había quedado, una cantidad extra que habíamos solicitado, el Audi pequeño, y el chalet de Colmenarejo, y no me sabía a gloria. Era una victoria pírrica. Había perdido mucho en el camino y, lo que es aún peor, mientras él se corría las mayores juergas de este mundo, yo lloraba en la cama. Y ahora este juicio. ¿Dónde estaba mi satisfacción?

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Se dio la vuelta para enfrentarlo

P – Montse

Se dio la vuelta para enfrentarlo después de un giro lento, marcado con la cadera al ritmo de aquella música cadenciosa que la distraía con su letra. Una letra que por sabida no dejaba de marearla.

Y nada más lejos de la realidad. Ella se había emperrado en perseguirle y él se había aprovechado, entre comillas, de ella para poder estar ahora allí, aunque hubiera preferido estar con otra pareja.

watch?v=Zhj3VwznJo0 (canción de la rumba bolero)

Le dolía el cuello horrorosamente pero ya era la última vez, no quedaban más que un par de  minutos para terminar la canción y todo habría finalizado. Sentía un alivio y al mismo tiempo una gran pena por el tiempo perdido.

Un momento, ahora no podía pensar. Venía el “New York” y luego el “Spagat” y si no salía perfecto, él era capaz de asesinarla, lentamente, allí mismo, sin mediar palabra. Por instantes su cara, para ella, era la de un auténtico demonio. Atrás quedó aquella cara que le pareció muy atractiva, masculina y de facciones casi perfectas.

Ufffffffff, no le veía los ojos pero no la había bufado, así que era buen síntoma. Bien, ahora iba a deslizarse lejos de él, y al menos, en este momento, él iría detrás de ella y volvería a cogerla entre sus brazos como si fuera lo mejor del mundo.

vestido baile

Con aquel vestido azul pavo real, tan ajustado, tan corto y con la pluma en el moño, se sentía absolutamente ridícula. Y todo por amor, por un amor que sabía  perdido antes de empezar. Mejor dicho, nunca fue compartido.

Se apuntó a clase de baile y le conoció el primer día en el ascensor. El feeling, por parte de ambos, fue inmediato, así que se convirtieron en pareja de baile, a petición de Jorge y con la anuencia de ella y, desde aquella noche, para ella, en el hombre de sus sueños, pero sólo para ella. El soñaba con otros cuerpos, mejor dicho, con uno solo, con el de Rafael, porque a  él le gustaban los cuerpos de hombre, no los de mujer. Sí, así era.

Después de bailar con ella durante un mes y medio, gastarle bromas, algún piquito, muchos abrazos y varias cenas, la llevó a su casa para decirle, cuando ella pensaba que era para llevarla a la cama, que estaba loco por Rafael pero que quería presentarse a un concurso de baile y que la necesitaba para eso. Los concursos de rumba-bolero aún en España no eran para gays.

Valiente mentecato!!!

Sin embargo ella ya no era dueña de casi ninguno de sus actos. Jorge la había llevado a su terreno y ahora babeaba por su aroma.

Y ahí empezó…………

Ahora no podía seguir rememorando, venían las “Diagonales” y la colgaría de los pulgares si no hacía las vueltas bien para luego enlazar perfectamente con las “Alemanas”, para volver al “clásico en línea” y luego al “cross”.

Le dolían, a pesar del tiempo que llevaban practicando y ensayando, las axilas de llevar los brazos tan elevados, tan rígidos y tan forzados. Cuando todo esto acabara, no iba a volver a caminar en puntas jamás. Llevaría los brazos descolgados y dejaría caer el cuello, aunque le saliera papada y la confundieran con la gola de Felipe II.

Había puesto tanto empeño porque no había tenido el valor de decirle que no, que lo hacía porque estaba pillada por él, pero que pasaba como de comer ortigas de su baile, que el único meneo que le apetecía era en otro sitio y que si a él no le gustaban las mujeres, que ella no iba a hacer el paripé, pero como era idiota, aceptó. Y allí estaba disfrazada de cupletista de tercera, con una pluma que se le metía en la oreja izquierda, cada dos por tres, bailando con un homosexual, para que se llevara un trofeo, y, ojala así fuera, porque tenía un mal carácter importante. Aunque por momentos le estaban entrando unas ganas enormes de “ana-lizarle” el trofeo, si lo conseguían, y mataba dos pájaros de un tiro.

¡Cómo era posible bailar algo tan romántico y que resultara tan desagradable!

En varias ocasiones, en los ensayos, había sufrido su mala baba y se había quedado con las ganas de darle un bofetón o mandarle a hacer gárgaras, pero se abstuvo en beneficio de que su sueño de aquella noche no se estropeara, así que tragaba saliva, pedía perdón y volvía a ensayar con más empeño.

Sentía el pelo pegado a su cráneo, de tal manera, que pensaba que se le iba a caer definitivamente. Jorge se había pasado con la laca y la gomina. Pesadísimo se puso con la historia de que no se moviera un pelo. Un pelo no se movía. Para nada. Si llevaba las horquillas clavadas en el hueso. Y con el emplasto encima, cuando movía el cuello, sentía como tiraba de la piel hasta el hombro. Iba a tener que meterse debajo del grifo antes de quitarse una sola de las horquillas y le iba a doler la cabeza mucho tiempo.

Ni qué decir del tinte que llevaba en el cuerpo. Eso había sido horrible. Jorge personalmente quiso teñirle todo el cuerpo porque no se fiaba que lo hiciera bien, así que se había mostrado completamente desnuda ante él. Lo peor, ver como no se había inmutado por nada y ella, haber tenido que pensar en catástrofes horrorosas para mirarle sin que su cuerpo la delatara. Al menos no tuvo que tocarla para no quitarla el dichoso tinte. Aún tenía que agradecerle que fuera tan espantosamente borde, lo que la ayudó sobremanera a superar el trance. Porque pasados el primer mes y medio se acabaron los piquitos, las cenas y los abrazos, aquello fue la comedieta para llevarla a su terreno y convencerla para el concursito. Una vez que la burra mordió la zanahoria, no volvió a probarla.

¡El dineral que se había gastado en medias de rejilla, por el amor del cielo! En los ensayos las enganchaba constantemente y Jorge la regañaba por ser tan desastre. Otra cosa que no iba a usar en lo que la restaba de vida, ni aunque se las regalaran.

¡Vuelve a la realidad! ¡La levantada!

Uysssssss, impulso Mary Luz, aaaaaaarriba que viene el porté!!!!!!!! Aguaaaaaaaanta duraaaa!!!!! Y ahora desliza suave al suelo con el cuello rígido, que te mata, como si no te costara Mary Luz!!!!! Hummmmmm …… bueno, parece que hemos superado el momento difícil y sin pellizco de monja.

No, ahora sí que tenía que dejar de torturarse con pensamientos de lo que podía haber sido y no fue. Jorge tenía novio, o al menos tenía un rollo con Rafa, ella no iba a volver a bailar una rumba bolero en su puñetera vida, es más, toda su vida había adorado los boleros pero ahora ya los odiaba, al igual que la cancioncita de marras y a los que la cantaban. Porque la canción que estaban bailando, según le había contado el propio Jorge, era una canción que apasionaba a Rafa.

¿No querías caldo? Pues toma dos tazas, guapa. Para que te quedara bien claro que en ese baile eras simplemente una percha en la que habían puesto el horroroso vestido de color azul pavo, llenito de lentejuelas y con la dichosa pluma del moño que se te metía en la oreja izquierda.

Ahora venía el final y ella quedaba de frente a él, a 3 milímetros de aquellos labios carnosos, a punto de besarlo, y tenían que permanecer así, mirándose a los ojos, hasta que contaran 30. Era orden del alto mando, o lo que era lo mismo, de Jorge. Claro que esa era la última que iba a dar.

Cuando empezaron a sonar los aplausos, ella deslizó suavemente el tacón sobre el empeine de Jorge y lo clavó con todas sus fuerzas mientras le miraba con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa amarga. La sorpresa de él la llenó de orgullo, ella estaba ganando la última batalla, y por tanto la guerra. Mientras todos sus amigos le hacían fotos, la cara de él era un auténtico cromo. La tantas veces ensayada sonrisa dejó paso a un forzado rictus por el dolor que, en cuanto acabó de contar los treinta,  se convirtió en bramido ininteligible entre el abrazo de los amigos que se abalanzaron a felicitarles, momento que aprovechó para escabullirse y corrió por el salón de actos de aquel colegio. Si les correspondía algún premio que lo recogiera él por los dos.

A punto de salir, se dio la vuelta, le miró fijamente, levantó la mano derecha y muy lentamente le enseñó el dedo corazón.

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Sería, también, Juan Pablo.

Por P – Montse

Sería, también, Juan Pablo, apostilló uno de los clientes del bar, mientras otro apostaba por que seguiría la saga de los Píos, a lo que otro dijo que imposible, que ninguno se atrevería a llevar el número trece, que era el qué le correspondería llevar si optara por ese último nombre.

Él volvió a desconectar,  retornó a lo que le estaba reconcomiendo. Se debatía entre un montón de sentimientos, la deontología profesional no había figurado en su diccionario personal, sin embargo ahora era distinto.

Primero tenía que hablar con su socio y explicarle el problema, porque no había sido capaz de decirle al cliente que no podían encargarse del asunto. Simplemente tomó todos los datos y le dijo que en veinticuatro horas le contestarían. El medio escogido había sido un e-mail al que le deberían enviar el presupuesto y las condiciones.

Entre todas las agencias de detectives, había llegado a la suya. Era una jugada sucia del destino. Quizá no, tal vez era la llamada de atención que necesitaba para dejar de una vez los juegos a los que se prestaba constantemente y que le hacían recorrer el filo de la navaja, ida y vuelta, una y otra vez. Nunca se había cortado pero esta vez iba a correr la sangre. Más aún, en esta ocasión habría cola para descuartizarle.

Apuró la copa de coñac, que le ardió mientras bajaba por su garganta. La llegada al estómago fue como la traca final y notó un pinchazo como anticipándole que la debacle se cernía sobre él. No acostumbraba a tomar bebida alguna antes de la hora de comer, sin embargo hoy necesitaba un refuerzo que presumió encontraría en la bebida.

Se acercó a la barra, pagó su consumición para volver a la oficina. Tenía que enfrentarse a la realidad. Ya llevaba casi tres horas de retraso.

En el momento que salía a la calle, se oyó un rugido que provenía de la televisión. El Papa se asomaba al balcón para saludar a los fieles que le aclamaban.JuanPabloII_16-Oct-1978

El se paró para ver el momento. Efectivamente se iba a llamar Juan Pablo, Juan Pablo II, y empezó su mensaje diciendo: “No tengáis miedo”.

Aquello le dejó petrificado, parecía que iba dirigido exclusivamente a él, y salió como alma que lleva al diablo por la puerta. Tardó nada y menos en llegar a la oficina y comprobar que su socio había llegado hacía unos minutos.

Se encaminó a su despacho, cogió la documentación y entró en el de José Luis y,  mientras le daba los buenos días, le espetó:

– El marido de mi última amante, nos ha encargado que averigüemos quién es el hijo de puta con quién le pone los cuernos su  mujer. He quedado en darle el presupuesto del asunto en 24 horas. Quiere fotos, quiere datos, quiere domicilios, quiere nombres y apellidos, en fin, el lote completo. Es más, ha dicho que si consigue hundirle, tendremos una bonificación especial.

La cafetera de cristal restalló contra el suelo, como si fuera el látigo de un domador. José Luis le miraba con la cara desencajada. Sujetaba fuertemente la taza con la mano derecha y la izquierda la mantenía en vilo mientras, sin pestañear, no le quitaba la vista a Ángel.  Éste lo había dicho todo de corrido, como si le fuera la vida en ello, y, a la vista del color que se le iba poniendo a su socio en la cara, aquello iba tomando visos de realidad. El cliente no le iba a hundir, lo iba a hacer su socio, pero en un bloque de cemento de cualquier construcción a las afueras de Madrid, al más puro estilo mafia de los años 20.

– Ángel, qué coño me estás contando, por favor, qué coño me estás contando que no tengo la cafenitrina para el corazón y esto es para eso y para llamar al SAMUR. Dime que lo que me has contado es la última estúpida broma que se te ha ocurrido. Dime que tu retorcida y torticera cabeza, ha urdido esta extraña historia para que cambiemos de cafetera y que lleve este traje al tinte –mientras hablaba su tez se iba amoratando peligrosamente- pero dime algo, joder!!!!!!!! bramó José Luis.

En ese momento, asomó la cabeza Gloria, la secretaria, que asustada por los gritos y el estruendo, quiso saber si podía ayudar, pero un berrido de José Luis la ahuyentó, mientras Ángel la hacía un guiño para no asustarla. Aunque estaba claro que andaba en busca de aliados para su causa. Los iba a necesitar.

La escena era tragicómica. José Luis se había arremangado los pantalones, empapados de salpicaduras de café, rodeado de cristales, mientras Ángel hacía una pajarita de papel, cómodamente sentado en uno de los confidentes del despacho.

– Empieza desde el principio y despacio que no he tomado café, te lo advierto por si estás espeso y no te has dado cuenta.

– Ya te lo he dicho todo. Ha venido Jaime Carpena. Me ha dicho que tiene sospechas, más que fundadas, que su mujer le pone los cuernos con un desgraciado hijo de puta. Quiere todo el “pack” completo, y que si le damos datos completos del hijo de puta, o sea yo, habrá bonificación porque piensa hundirle. Le he pedido una foto de su mujer, y es Inés, la tía que me estoy tirando desde hace veinte días. He quedado con él en mandarle por e-mail el presupuesto y las condiciones si aceptamos el caso. Fin de la historia.

– Bien, pues escríbele a su e-mail y dile que acepto el caso, que el hijo de puta es mi socio, al que ha tenido el placer de ver esta misma mañana, porque conocerle no le conoce nadie, ni él mismo. Que ponga dinero en billetes de curso legal encima de la mesa como para que me limpien la moqueta de las manchas, sin especificar de qué tipo, y que le doy, yo personalmente, la cabeza, o la parte del cuerpo que prefiera, y luego que le hunda en el pantano que se le antoje. Como si prefiere llevarte a dormir el sueño eterno al Mar de Arafura, en las antípodas.

– Joder, José Luis, no te pongas cabrón. Hablemos en serio.

José Luis no daba crédito a lo que oía, así que miró fijamente a Ángel. Con una parsimonia que aterró a José Luis, le quitó la pajarita de papel de las manos. Sacó un encendedor y lentamente la quemó hasta que quedó reducida a cenizas en el cenicero que había sobre su mesa.pajarita de papel

Ángel, eso eres tú desde ahora, cenizas, sólo cenizas.

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