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¿Puede un hermano odiar tanto a otro para hacerle esto?

¿Quién no ha odiado alguna vez a su hermano o hermana? Da igual que sea pequeño/a o mayor, más gordo/a o más flaco/a, más inteligente o menos,…

Sea como sea, si tienes un hermano o hermana, en alguna que otra ocasión (seguro que no ha sido en una sola ocasión) habrás experimentado ese odio incontenible e irremediable del que hablo.

Se puede odiar a un hermano o hermana de muchas maneras y por muchos motivos distintos. El motivo inicial de odio hacia los hermanos pequeños comienza en el preciso instante en que los hermanos mayores (si encima somos hijos únicos, peor) recibimos la «agradable» notícia de que en nueve meses aproximadamente, habrá otro nuevo miembro en la familia.

Los primeros que incentivan estas relaciones de odio entre hermanos son, sin lugar a duda, los padres y los familiares más allegados (el resto de amigos y demás, contribuyen a ello, pero no son los principales culpables).

Y digo que son los padres porque ocurre que, de repente, toda la economía familiar se vuelca en las necesidades de aquel ser (que todavía está dentro de la barriga de la madre). La única y primordial necesidad de los padres en los tres primeros meses de embarazo, es saber si ese ser va a ser niño o niña. Mientras tanto, los hay que aprovechan la larga espera para comprar pañales, biberones unisex, baberos, y demás utensilios que, según parece, se agotan todos de repente en cuanto el bebé nace.

Una vez se sabe el sexo del futuro miembro de la familia (porque no nos engañemos, para los hermanos mayores, hasta que esa cosa no ha nacido, no tiene para nada un lugar en la familia), los padres y familiares más allegados se lanzan a las boutique de ropa de bebés en busca del modelito más moderno para el nene o la nena, como si acabaran de empezar las rebajas. Cosa que sigo sin entender. ¿Cómo es posible que un bebé de dos meses, que sólo babea, bebe, mea y caga, tenga veinte atos más que tú? Pero si no suda, no se pone a jugar en la tierra, ni siquiera come chocolate. ¿Para qué tanta ropa? Vamos, que el mañaco tiene ya un armario repleto de ropa para cuando nace…

Y esa es otra, la preparación del mobibliario y estancia del futuro miembro de la familia. A pesar de ser conscientes de que los primeros meses de vida del petit suise se van a pasar en la misma habitación de los padres, en el llamado «cuco» (por cierto, ¿alguien me puede explicar por qué se llama así?) que se instala al lado de la cama de los progenitores (curioso, siempre se instala en el lado en el que está la madre, ¿eh?).

Mientras tanto, al hermano o hermana mayor en cuestión, se le «prepara» para tal acontecimiento, que cambiará su modo de vida para el resto de sus días en el hogar familiar: «Cariño, ¿sabes que tu hermanito querrá ser siempre como tu?» «Cielo, no digas palabrotas. ¿No querrás que tu hermanita aprenda a decir esas palabras tan feas cuando nazca, no?» «¡Qué bien, vas a tener un hermano!. Verás, en cuanto crezca un poco, le podrás enseñar un montón de juegos, y jugarás con él. Qué divertido, ¿no?».

Que al final te dan ganas de preguntar:

– ¿Pero bueno, yo qué voy a ser, su hermano o su profesor?

Próximo turno para: G- Gaby – Fin de semana

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Vive pegado a una máquina, esperando un trasplante

Carlos estaba bastante cabreado aquella mañana.

– ¿Te has levantado hoy con el pie izquierdo, papá? Nuestra seño dice que si nos levantamos con el pie izquierdo tendremos un día muy malo, ¿es eso lo que te pasa, papi? – dijo Amelia, su hija, de cuatro años, cabello rubio rizado, pequitas en la nariz y en los mofletes, grandísimos ojos azules y una sabiduría deslumbrante.

– No tengo ganas de hablar, Amelia. – contestó tajante Carlos.

– Papi, yo te aconsejo que te vuelvas a acostar y te levantes de nuevo, pero esta vez apoyando el pie derecho primero… Nos lo ha dicho la profe, y si lo dice la profe es que es verdad.

Carlos no respondió al sincero y tierno consejo de su hija, que lo único que pretendía era ayudar, y se vistió rápidamente para comprar el periódico. En realidad no le gustaba leer el periódico. Sentía que ya era lo suficientemente desgraciado como para conocer más noticias tristes y sentirse aún peor. Pero aquel día necesitaba salir de casa y tomar el aire.

Se sentó en un banco del parque donde estaba el quiosco, con el periódico en una mano, y la bolsa de pipas en la otra. Rápidamente, como quien ha vivido ya tantos años que el pasado se le agolpa en diapositivas rápidas y muy breves, recordó aquellas tardes en las que la pandilla se reunía en aquel banco del parque, con un montón de pipas por comer, acompañadas de risas, chistes, anécdotas, las mentiras del chulo del grupo y, más avanzado el tiempo, alguna que otra revista con mujercitas que mostraban sus encantos a chicos inexpertos como ellos, a esa censura que la edad va convirtiendo en visible y usual.

Salió de su pasado y volvió de nuevo a aquel presente. Miró el suelo, pero alli no quedaba ni rastro del pasado que él recordaba. Suspiró y sonrió, metiéndose una pipa en la boca y saboreándola, respirando otra vez aquel mismo aroma.

Abrió el periódico, y el viento pasó las hojas rápidamente hacia la sección de anuncios, sección que Carlos nunca leía… Hasta aquel día. Reparó en una notícia que le llamó bastante la atención:

Ángel lleva este nombre porque se lo merece de verdad. Aunque no tiene alas, y su aureola es invisible, este niño es todo un ángel. Tiene tan sólo diez añitos, diez años de inocencia, de bondad, y de buenas acciones (aunque también algunas trastadas). De llantos, rabietas, alegrías, sonrisas contagiosas, ilusiones, deseos, sueños… Sueños…

Su vida ahora mismo es un sueño. Siempre está dormidito plácidamente, con esa carita de niño bueno, con esa ternura de sus rostros, pegado a una máquina y esperando un trasplante. Un transplante que le cambie la vida y le haga ser como el resto de niños de su edad, pero sobre todo, un transplante que le ayude a vivir.

Ángel tiene aún mucha vida por delante. Quizás tú, lector, podrías ayudarlo. Él y su familia te lo agradecerían muchísimo.

Si estás interesado en ayudarnos, llama ya al 902202226

Carlos se quedó pensativo. Pocos segundos después tomó varias decisiones. Primero, llamaría a aquel teléfono. Quizás tenía suerte y podía ayudar a aquel niño indefenso. Después, iría a casa y, siguiendo el consejo de su hija, se acostaría y se levantaría de nuevo…. Pero esta vez con el pie derecho.

Los días que sucedieron no fueron iguales ni parecidos a los anteriores.

G – Gabi – Fin de Semana salta turno a:

H – JoseLuís – Activo

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Sin esperanza, con convencimiento

172150__155_m_11No. No tengo esperanza en que me leas. No espero que comprendas el gran puzzle que pretendo crear, con las palabras más bonitas y tristes que un día emigraron de tu boca para inmigrar a mi corazón. No pretendo retornar a aquellos tiempos pasados ahora, en este presente, aunque lo desearía con todas mis fuerzas.

Tampoco deseo que te embriagues con mis anhelos y ello te impida continuar caminando hacia un futuro incierto, con el convencimiento de que hiciste todo cuanto pudiste para reavivar nuestra llama. Que intentaste cualquier posibilidad remota para que yo te siguiera amando, y no me quedara con el beso dulce y tímido de la primera vez, ni con las declaraciones infantiles de amor que sólo cumplía en mis sueños, a la luz de la luna llena.

No quiero que vengas vendiéndome tu rencor y ofreciéndome compasión, a la vez que venganza, por mi estado actual de soledad. Me tengo a mí misma, y eso no basta, aunque intento superarlo rociándome cada día un poco del perfume de tus labios, de tus manos acariciando mi cuerpo, envolviéndo así mi vida en un frasco de cristal frágil, endeble, que sólo se abrirá de nuevo al contacto con tu alma.

G – Gaby – Fin de semana

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