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Aspective permanecía inmóvil en el suelo

Últimamente habíamos descubierto, cada quien por separado, que en la oficina se podía hacer de todo. Una vez junto a la puerta del baño, mientras meditaba cerca de la ventana, en el mismo lugar en que ahora Aspective permanecía inmóvil en el suelo, escuché una dulce y singular voz, adornada por los acordes suaves y acompasados de una guitarra.

No entendía lo que cantaba, pero igual me gustaba escuchar esa melodía. En eso pasó Gorio y, mirando al techo, intentó descubrir de dónde provenía dicha música. En un instante me miró como sorprendido de que yo también estuviera ahí y me dirigió una sonrisa.

¡Qué buena la canción esta!

Le respondí asintiendo la cabeza e instintivamente le ofrecí un cigarrillo. Entre plática y todo, resulta que los dos resultamos ser músicos, con nuestras respectivas tendencias y gustos completamente polarizados, pero músicos al fin. Guitarristas para variar, bueno, yo con un tanto más de experiencia en el bajo y el contrabajo, pero compartíamos el gusto por los instrumentos de cuerda.

Deberíamos de improvisar algo, me da curiosidad por el resultado de semejante combinación, le dije.

Me hizo un gesto de no estar completamente convencido. Cabe aclarar que yo no era un tipo por demás popular como Sito (el ex jefe), Aspective o el mismo Gorio (que ya era famoso por su intento de conquistar a Sonvak). Me considero más bien del tipo reservado que pasa casi por lo general desapercibido en todas las reuniones y en los pasillos se me nota discreto. Vamos, que un tipo común sin aptitudes y/o cualidades aparentes le propusiera algo a una persona de habilidades comprobadas en la oficina, cualquiera dudaría de su proyecto, por más armado que este fuera.

La oficina en donde trabajábamos contaba con 26 cubículos, correspondientes a las letras, donde cada quien trabajaba en lo suyo. Además contaba con unas salas de reuniones, cafetería y algunos otros espacios de trabajo común. La mía estaba, como vulgarmente decimos en México, como huevo (cojón) de perro: hasta el final. De vecinos solía tener a Cuauhtémoc y a Yuyis, pero esta última había encontrado otra opción de trabajo y había renunciado, o algo así escuché. Te digo que no soy muy atento con los demás. Hay un pasillo central, en primer plano a mano derecha, encontrabas trece cubículos, de las letras A a la M, y al lado izquierdo encontrabas apilados los cubos de la N a la Z. Los baños se encontraban justo al final del pasillo doblando a mano derecha, mientras la sala de juntas era al final del pasillo a mano izquierda. ¿Que por qué escribo esto? Ah, comprenderás entonces que fui yo el que separó a las dos mujeres que estaban transformadas en fieras justo al lado del baño, me quedaba tan cerca de mi pequeño cubo.

Bueno, si lo que quieres es improvisar, entonces deberíamos de ver cuando tenemos tiempo libre e intentarlo.

La respuesta de Gorio por fin me daba una esperanza mayor. Él entró al baño y yo me dirigí a mi cubo, y es cuando veo salir a la menor de todos los bloggers que conformábamos este singular equipo de trabajo. Daniela iba ya de salida con la guitarra en su estuche al hombro y algunos otros papeles en su mano izquierda.

¡Qué sorpresa! Y pensar que en esta oficina hay mucho talento artístico, más que la simple burocracia habitual.

La dejé marcharse sin dirigirle más que un gesto de saludo-despedida. La uruguaya era una de las chicas que más me impresionaba por su trabajo, la admiraba en verdad. Fui a mi escritorio, busqué un folder que tenía archivado muchas de mis singulares composiciones para la música y elegí una: Carente de corazón (que después la transcribiré, puesto que esta letra no es propia del post). En las indicaciones técnicas para la partitura, había escrito: dos guitarras, una voz masculina, una voz femenina. Perfecto, esta sería buena para Gorio, Dani y yo.

Justo era la mañana entonces que decidí proponerles a mis dos compañeros la interpretación de esta canción, a modo de balada; justo era que revisaba los últimos detalles para no estar corrigiéndolos en público; justo era que imaginaba las cuerdas de Gorio y la melodiosa voz de Daniela en mi canción; justo era que… ¡rayos, algo pasa allá afuera!

Salí y miré hacia todos lados, Lino y Alejandro Marticorena se asomaron de sus cubos casi al instante que yo, pero instintivamente corrí hacia donde se escuchaba el alboroto. Sólo vi a un par de mujeres dándose con todo. Usando un poco de fuerza me metí en medio de la pelea, a una la empujé y a la otra la jalé, sin saber aún quien era quien. Debo confesar que me llevé unos arañones espantosos y muchos insultos. Miré a Aspective en un estado como en Shock y enseguida volví la mirada a las chicas: Sara y Dani agitadas aún, dirigiéndose una a la otra una mirada de rencor, pero las dos chicas estaban llorando.

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Murieron ahogados en el mar

La noticia circulaba en los encabezados de algunos periódicos locales de la zona. “Murieron ahogados en el mar”. La noticia más que grave, sonaba a un chisme morboso con aires de consumo. No era la primera ni la única de su especie en este poblado, pues me encuentro relatando la historia de una aldea cercana a la costa, un mar muy bravo en la época de verano.

Eran entonces las 9:00 am cuando me acerqué al puesto de periódicos, como periódicamente lo hacía en períodos cortos. Las elecciones intermedias, un fracaso rotundo al partido que actualmente ocupa el poder; el ejército llamado a declarar sobre crímenes y atentados a los derechos humanos de civiles; el narcotráfico se apodera del estado colindante; crisis en el sistema de evaluación educativa…

Daba unos sorbos al jugo de naranja que había adquirido dos locales antes de llegar a donde me encontraba. Noticias de espectáculos en aquel diario y lo más relevante del deporte en este otro. Los diarios de noticias morbosas normalmente escapaban a mi atención, pero al leer los preliminares y observar unas fotografías anexas, me interesé tanto en la noticia que no pude resistir a comprarlo.

Con pena e inseguridad lo doblé y miré a mi alrededor, como quien compra marihuana o una revista pornográfica. Llegué a mi casa y abrí el informativo que acababa de comprar, qué pésima redacción, me molesta que la gente cobre dinero por productos de tan poca calidad. La noticia, las circunstancias, el número de personas involucradas, las fechas citadas, los lugares… ¡rayos! No quiero pensar mal, pero parece que se trata de un accidente del cual yo tengo conocimiento.

Marqué sin pensarlo dos veces el número telefónico de mi amiga, una chica guapa, dos años menor que yo, quien me había comentado de una expedición a la que acudirían varios amigos de ella pero que, por ciertas circunstancias, la chica en cuestión se vio imposibilitada para acompañarlos. Después de saludarnos con un poco de hielo y de manifestarme su extrañeza por esa llamada matutina, procedí a preguntarle acerca del viaje ese que me había comentado. Todo normal, hasta ayer en la tarde ella había tenido comunicación con los muchachos que habían partido del pueblo una semana antes y recorriendo algunos cientos de kilómetros mar adentro, a una isla cercana, centro de atracción para los adolescentes de todos aquellos rumbos.

No me pareció ni tantito apropiado comentarle acerca de la noticia periodística, quizá me tomaría mi presentimiento a mal. Aproveché sin embargo la oportunidad para invitarla a tomar una bebida en la tarde, a lo que ella titubeó por un momento pero quedó de confirmarme en el transcurso del día, para ver si lograba terminar todos los asuntos de su agenda familiar.

Coincidencias, pensé.

Conforme pasaron las horas comencé a olvidarme del asunto del periódico y emprendí mi vida cotidiana de la forma más normal que se pueda suponer. Me entretuve un rato en el carro, limpiando el polvo provocado por la brisa de la noche anterior y aprovechando para componer algunos desperfectos del audio, ya que de las cuatro bocinas que tenía no hacían una sola. Escuchando radio recostado en mi hamaca dispuesto a tomar una buena siesta, sonó el móvil un par de veces, anunciando la entrada de un mensaje de texto.

Karla, se me vino a la mente el nombre de mi amiga de la mañana.

Había dado por fallido mi intento de estar a su lado el día de hoy. “Todo salió como esperaba, que te parece si nos vemos ahora? Saludos!”. Se me abrieron los ojos al leer sus líneas, era una respuesta que no me esperaba y menos ahora que estaba a punto de dormir. Enseguida marqué su número y fue como supe que estaba cerca de mi casa, a escasas cuadras y que si quería podía pasar por mí o llevar algo para tomarlo juntos.

Coincidencias, volví a pensar.

La cité en mi casa en veinte minutos, sirviendo en aprovechar el tiempo para ducharme y ponerme una buena ropa, no quería que me encontrara sucio y maloliente. Un poco de refresco y botana estaría perfecto, la verdad es que sólo quiero platicar contigo, le contesté. Me metí algo nervioso al baño por la cuestión del tiempo, lo cierto era que tampoco quería hacerla esperar mucho, así que traté de ajustarme a los escasos minutos que me quedaban. Una camisa bastante informal que tenía planchada y un pantalón holgado era lo primero que tenía a la mano y concluí que era perfecto para la ocasión que se avecinaba, loción de la más fresca en el cuello y un poco de gel en el pelo. Estaba listo para recibirla.

Bajé las escaleras un tanto apresurado creyendo que a lo mejor ella estaba afuera y llevaba ya rato esperando a que la encontrara así que abrí la puerta y eché un vistazo a todos lados… nada por este lado… nada por este otro… Me metí y revisé mi móvil, quizá me habría llamado. Nada de mensajes y ni una llamada perdida. Mi periódico, ¿dónde diablos dejé mi periódico?

¿Estás esperando a alguien más?

Brinqué y dirigí la mirada hacia el sillón apartado que se encuentra a un costado del comedor. Me quedé sin habla al corroborar que era Karla la persona que se encontraba sentada al fondo de esta fría habitación. Vestía una falda bastante corta, por lo que naturalmente mi mirada se enfrascó en sus bien torneadas piernas. Una blusa sin mangas y un collar bastante sencillo y mi periódico doblado y tomado por su mano derecha, la otra acariciando su rostro y su mirada clavada en la mía, por lo que seguía cada movimiento de mis ojos, apenándome por mirar su cuerpo sin discreción.

Ella había entrado en mi casa y no me había dado cuenta. La verdad es que se me había hecho algo así como una fantasía sexual el pensar que estaría sola conmigo en mi casa y que la podría poner a mi completa y libidinosa disposición. Pero parecía haberme leído la mente y querido anticiparse a los planes de mi perversión. Era ella de ese tipo de mujeres que enganchan todo menos el corazón. Con ella había soñado situaciones de poca ropa y mucho calor. Y heme ahí, con ella, solos en mi casa. Vuelvo al inicio de este párrafo: ¿Cómo entró a mi casa? Era lo de menos, ya estaba ahí y me estaba mirando con unos ojos que no parecían de amigos comunes, más bien felinos a punto de acechar a su presa. Era una mirada mezcla de inteligencia con perversión, dueña de un deseo que sólo yo era capaz de adivinar y contemplar.

Traté de tomarme las cosas, si no era posible con calma al menos con seguridad e improvisación de tener el control de la situación. Me gustaría suprimir el ritual del enamoramiento, del encanto, de la conquista. Me gustaría quitarle ese pedazo de cinta a la película o esas páginas a la novela e ir a lo que el instinto llama. Pero no conocía los resultados de mis anhelos, también quería que ella se entregara con la misma pasión que yo. En realidad, no era bueno para el ritual del cortejo, no me gustaba caer en la cursilería de demostrar afecto antes que deseo, antes que demostrar mi propio impulso sexual. Y fue como bajé la mirada a la sombra que se asomaba entre su prenda y sus muslos juntados, miré a los lados y la miré a los ojos, me acerqué poco a poco y estando frente a ella le ofrecí mi mano para que se incorporara, al hacerlo me rodeó con sus brazos y comenzamos a amarnos.

Qué coincidencia aquello que sentíamos.

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EL DIABLO ESTÁ EN SU IMAGINACIÓN

Me encontraba en mi casa decidiendo sobre lo chica que es mi habitación, la cantidad de muebles y la pintura de las paredes. Quería lograr una armonía perfecta, un ambiente en donde cada rincón fuera acogedor. La cama pegada a la pared, el buró al lado, un pequeño librero al fondo y el sistema de audio colgado en los muros.

– No, creo que no es así lo que busco.

No era para menos, me encontraba en un dilema de mi vida entera. Había pasado poco más de un año en que saqué mi último fruto artístico: una balada que empecé en mi guitarra y culminé elaborando arreglos para musicalizarla con batería, piano, bajo, violines, violonchelo y coros con voces en tonos diferentes. En ese tiempo pensé que había encontrado la fórmula correcta para dirigir a mis futuras obras e inclinar mi carrera hacia cierto sentido. Definitivamente me gusta la música y la lírica, me gusta hablar con música de fondo pues.

Sin embargo, nada pasó. Y me di cuenta demasiado tarde, tiene poco que en mi computadora quise recuperar un poco el orden que solía tener de mis archivos y carpetas. Fue como encontré y revisé un documento de texto que se fechaba en abril de 2008 y en el que, además de esa letrita bastante peculiar que me hizo trabajar desde diciembre pasado (2007) y hasta entonces, incluía unas anotaciones que referenciaban el comportamiento de cada uno de los instrumentos musicales involucrados y su intervención, así como el perfil de los instrumentistas que requería la canción.

– ¡Rayos! Cuando aún en este cuarto se podía trabajar a gusto.

Posters en la pared que me recuerdan a cada momento los lugares que alcancé y los eventos donde participé con los distintos grupos musicales, en los distintos géneros en que me he desenvuelto. Sin embargo, me di cuenta que hasta mi guitarra había perdido ese aroma a cedro tan penetrante que siempre me motivaba a tocarla. En ese tiempo solía también rayar el espejo y el pizarrón con frases que se me ocurrieran, sin omitir que también las escribía en el móvil o en un cuaderno que siempre me acompañaba a todos lados.

Lo que pasa, entonces pensé, es que me he vuelto muy perfeccionista y me he presionado de una forma tal que bloqueo mi propia creatividad. ¿Cómo fue que compuse esa última canción? Yo había querido rescatar únicamente la técnica que empleé desde el principio, desde que coloqué el primer verso en el papel, cuando experimenté entre un sinfín de acordes y tonalidades para decidirme por el de Si Mayor. Pero al momento de mi análisis olvidé o ignoré por completo todo lo demás que me había hecho escribir y tocar de esa manera. Ignoré, por ejemplo, las ansias de querer plasmar algo en papel, el recuerdo de mi pareja en aquel tiempo que me hacía sobrar motivos para vivir en felicidad y armonía, la improvisación musical a la que recurría a cada momento, olvidé pues, el amor al arte… y a la vida misma, creo.

Ahora no me daba el lujo de imitar o corregir trabajos anteriores. Todo quería que fuese nuevo. Sin embargo, no encontraba ese verso o armonía que me diera lo que estaba buscando. En cambio, mi último trabajo estaba basado en varias ideas de trabajos anteriores, todos matizados y tratando de ser corregidos con las técnicas que ahora sabía emplear a la música, no como antes, en que sólo imaginaba el entorno musical definitivo al mismo tiempo que cantaba una obra junto a los acordes de mi guitarra.

Y regresando al tema de mi habitación, siempre terminaba concluyendo que era mi rincón sagrado, el ideal para que fluyeran con naturalidad e ingenio todas mis ideas y formas de pensar, no sólo en la música, sino en los incontables sentidos que tenía la vida. Bueno, quizá basta con organizar de nueva cuenta mi habitación, limpiar el polvo, colgar nuevos símbolos, buscar y repasar los borradores de trabajos inconclusos que me recordaran el sentido que debía tomar mi carrera. Pero por más que movía mi cama y mis escasos dos muebles de lugar, por más que exhibía otras estampas en la pared, incluso luego de darle más iluminación al cuarto y de reorganizar mis libros y cuadernos, aún después de todo, quedé insatisfecho. Ahora no era capaz de percibir lo positivo del asunto, pensaba que quizá el diablo estaba situado en mi imaginación, se adueñaba de mi falta de optimismo y de creatividad. Pero tampoco consideraba que me hubiese convertido en una persona moralmente mala. Bueno, quizá entonces debí de prestarle atención a la insatisfacción e inestabilidad que me ahondaba.

– ¿Qué tal cambiar el lugar de trabajo?

Bien pudiese ser el estudio de la casa, quizá el comedor, las escaleras huelen bien y el jardín aún permanece tranquilo. La sala, el patio, la cochera, la banqueta al atardecer… Había tantos lugares y tantos ambientes, tantos colores diferentes y muchas cosas más. Al diablo con mi cuarto decidí, ya me cansé de estar siempre aquí. Lo voy a adorar quizá por tantas y tantas cosas que de ahí florecieron. Cantos, versos, melodías, armonías, lecturas, escrituras, preguntas, respuestas…

Es por esto que, en plena crisis de creatividad, me atrevo a experimentar en distinto horario y lugar un ensayo que refleje mi único y singular problema: no tengo de qué escribir. Por eso ahora estoy ubicado en la sala, con el ventilador puesto, el radio de fondo, las luces prendidas, los pequeños vecinos jugando afuera, el perro lamiéndome los pies, los mosquitos picándome la piel y en la cocina calentándose un buen café.

– ¡Ah, qué buena falta hace un cigarrillo para celebrar que pude terminar de expresar este extraño sentir!

Así que, señores, me retiro de mi práctica improvisadora y cierro el taller por el día de hoy.

¿Y mi cama?

Mi cama… buena pregunta… creo que de ahora en adelante, la cama será sólo para dormir.

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Parece sacado de una novela negra.

La lluvia se intensificaba más y los caminos comenzaban a hacerse de lodo, agua en abundancia que recorría todo el pueblo y sus alrededores.

Desde hacía tiempo que no llovía, hoy en cambio el coraje del cielo no se le veía fin. Nosotros estábamos en la casa de la abuela, jugando ajedrez, con dos cigarrillos prendidos y un poco de café en la olla que ya se había enfriado. El techo tenía encima unas láminas que lo recubrían, pero ahora era molesto con el granizo aquel escándalo que provocaban.

– Me doy, no puedo concentrarme así. – Mi primo estaba aturdido y yo no hallaba mayor distracción que una vaga mirada hacia la ventana enfrente de mí. Dimos por pausado el juego, así que levanté el tablero y lo subí encima de un librero, tratando de no mover las piezas y recordándole a mi primo que era su turno en la próxima ocasión en que se animara a seguir esa interesante partida.

Pero esa continuación no llegaría en mucho tiempo. A los tres días paró – por fin – de llover. Algunas casas en la parte baja de la montaña quedaron cubiertas de tierra, pero no veíamos señas de vida por ningún lado, así que pensamos que sus habitantes debieron abandonarlas durante la tormenta. El cielo sin embargo no se veía despejado, parecía enojado o enfermo, como si nos estuviera castigando por algo que hubiésemos hecho de mal.

– Algo malo va a pasar – mi abuela articulaba por fin palabra después de 72 horas. Y no se hizo esperar, la escena parecía sacada de una novela negra, la tragedia se veía evidente. A mí en especial me aterraba la idea de escarbar en esas casas sepultadas y encontrar siquiera animales muertos. Ubicaba perfectamente quién vivía en cada casa por lo que lamenté las pérdidas humanas por anticipado si es que algo malo hubiese pasado y nosotros llegásemos a enterarnos en las próximas horas.

Pero no fue así. La vida tomó un poco más de normalidad, las casas (tres en total) fueron desenterradas y no se encontró más que pérdidas materiales (pero las personas no aparecían aún), por lo que la calma regresó al pueblo. Un día no muy lejano a esos que habían pasado decidí despejarme y salir con mi primo (ambos nos encontrábamos de vacaciones, pues ya hacía tiempo que dejamos de vivir en ese hermoso pueblo) al billar que estaba a unas cuadras de la vivienda de mis abuelos. Ordenamos cerveza y alguna botana. Los viejos amigos comenzaron a aparecerse en diferentes tiempos y circunstancias. Uno de ellos me invitó una cerveza al tiempo que jugábamos a la carambola y de la nada apostamos a una sencilla (¿será por el alcohol que ya estábamos apostando?) a la cual le ofrecí una cerveza extra más un monto de 50 pesos. Cerré los dientes y apreté los labios cuando vi que mi estrategia se iba a la basura. Cumplí con lo que prometí pero mi amigo me notó raro, así que la expliqué que me encontraba preocupado por las últimas expresiones de mi abuela, y es que la conocía muy bien y sabía que un excesivo estrés traería consigo una enfermedad y no me gustaría para nada que pasara eso.

– ¿Qué fue lo que te dijo tu abuela, o cómo intuyes que se puede enfermar?

– “Algo malo va a pasar”, eso fue lo que me dijo.

Las carcajadas se hicieron evidentes y al poco rato todos nos fuimos retirando. Lo que pasó después lo viví con bastante intensidad. A los dos días estaba enfrente de la puerta de la casa la madre de mi amigo, bastante preocupada, pidiendo hablar con la abuela, lo cual se me hizo bastante extraño. Al poco rato pasó de nueva cuenta la señora, pero ahora iba de salida. Fuimos mi primo y yo al amanecer del siguiente día a recolectar unas cuantas nueces de la parcela del abuelo y puse atención a otra conversación entre gente de edad ya avanzada:

– No lo sé Don Lucho, a mí se me hace que los rumores son reales, vea uste’ namas ese cielo, negro, negro, ¿a poco es así siempre el cielo de agosto?

– Pues es lo que dicen compadre – decía don Lucho mientras contemplaba el cielo lleno de nubes grises – que algo malo va a pasar. Yo digo que lo más razonable es recoger la poca cosecha que se lleva juntada, no vaya a ser una de malas y se nos mueren las plantas y nosotros sin poderlas comer…

Vaya que mi abuela tenía poder de convocatoria. A mi paso rumbo a la casa oí decir algún comentario al respecto con otras personas.

– Es raro – decía una mujer a su hijo – ver a los pájaros posarse en los árboles de la iglesia y no en los del parque. Además mira a los perros en las azoteas, no paran de ladrar a todos lados, parecen como poseídos.

Un auténtico espectáculo visual en las noches nos dejó a todos perplejos. Los rayos no paraban de alumbrar el nido de la noche y sus truenos ensordecían nuestros hogares, en donde más de uno tenía en su mano un rosario o al menos recitaba alguna oración. Mi abuela permaneció quieta y segura de su hipótesis que ya había – sin querer – alterado al pueblo entero.

A la mañana siguiente el cielo despertó de un azul intenso, vivo, divino. Salí tempranísimo por unas piezas de pan, además de que mi primo había ido a ordeñar la vaca.

– Buenos días don Horacio, ¿qué no piensa vender pan el día de hoy? – pregunté al panadero un tanto extrañado al verlo sin el carrito en que siempre paseaba toda su mercancía.

– Si no soy terco joven – me contestó en un tono indignado – yo me largo de este pueblo infernal. Vea usted namas el cielo como nos traiciona, de seguro al rato llueve más fuerte y nos entierran con todo y ropa puesta. Vea tan solo qué les pasó a las casas de la otra vez.

– Es usted valiente Horacio – dijo un hombre al otro lado de la calle, quien cargaba una carreta con un montón de pertenencias, a un lado caminaban sus hijos y su mujer – nosotros nos vamos también. Dicen que el pueblo está maldito, vayamos hacia Santa Cecilia, seguramente allá nos darán la bendición y la bienvenida. No deje de seguirnos.

En un abrir y cerrar de ojos vi moverse un centenar de pequeños carros y máquinas para transportar, todos salidos de las diferentes casas y cargados hasta el tope de todo lo que ellos consideraban necesario para sobrevivir al viaje, a la emigración hacia Santa Cecilia, Santo Tomás, Villas del Carbón y otras localidades relativamente cercanas. Caminé apresurado en dirección a la casa de mi abuela, confundido y cómo no, espantado por tanto movimiento. Subí hasta su habitación y la encontré sentada en su silla mecedora al lado de la ventana, con la mirada perdida en el horizonte.

– ¿Ya ves hijo? Lo que supuse era verdad. Algo malo va a pasar.

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Esta noche te haré el amor como nunca antes te lo habían hecho

Había ya pasado mucho tiempo desde su partida. Ella juraba que no volvería y así como estaba el panorama, parecía que sus palabras estaban finalmente perpetradas con la realidad. Una realidad que ya me comenzaba a lastimar y a desesperar de vez en cuando. Y es que nada era igual a lo que ella creó en mi vida, a lo que había dejado de hueco en mi corazón. Después de un muy prolongado período de depresión, ahora me encontraba viviendo mi vida a base de recuerdos y buscando respuestas a preguntas que nunca surgieron.

Mi vida se había vuelto demasiado pasiva, había incrementado de forma notable mi manera de fumar, pero casi no bebía, comía sólo lo necesario para lograr que el estómago no fastidiase en el día y dormía por las tardes. En las noches pensaba, escribía, lloraba, alzaba la mirada, suspiraba un poco, trataba de encajar en una realidad que mi mente rehusaba ubicar, trataba, ya lo veo, de eludir la situación en que me encontraba.

Pasó el tiempo, la espera se hizo eterna, pero la fe es lo último que muere. Aún así, la intensidad con que yo aguantaba su regreso se fue esfumando, llegando a pensar en ella sólo por rutina diaria, como una tarea más de mi vida cotidiana. Suponía que a lo mejor a ella le faltaba dar un paso adelante, no sé, ese paso que yo mismo me negué a dar por el amor que aún sentía por ella, porque no quise intervenir de nueva cuenta en su vida, no quise obstruir sus anhelos. Por fin, alguien le había llenado de primaveras sus ojos, le había enseñado todo el manto estelar en una noche, le había contado sus secretos a la luna, la había hecho soñar… vivir. Y yo seguía esperando. Era inútil, irracional pensar que ella pudiese ver de nuevo hacia mí. Ella era feliz ahora y eso me mantenía contento, pero me mataba a la vez. No soportaba más esa situación. Más mi vida seguía ya su curso normal, en esos tiempos conservaba un buen empleo y una (aún) digna forma de vivir.

Más que un poema, era ella una canción, una nota desafinada en mi guitarra, un acorde amargo en el corazón. Había escrito ya una antología, mi vida era un caldo de cultivo de inspiración, de un amor, de un fantasma para mí, de un ídolo, un culto. Repasaba todo ese material a diario, lo relacionaba con los momentos, con las fechas, con el entorno, trataba de percibir su energía, trataba de recordar su calor, su aroma, su piel, sus besos. Sin embargo nunca me pude dar cuenta qué tanto tiempo ya había pasado, qué tanto yo había envejecido en su causa, qué tanto yo me había esforzado.

Entonces ocurrió, la espera terminó… así, de repente. Un día mi timbre sonó, y yo en un movimiento monótono, fui a abrir sin preguntar y sin preocuparme de quien fuera. Mi sorpresa se manifestó en una vista nublada, en un ensordecedor zumbido en mis oídos seguido de un efecto de eco y una dificultad en el habla, ni se diga de mis piernas y mis brazos que perdieron fuerzas al instante. Maldición, no era posible reaccionar así cuando se suponía que me estaba preparando para su regreso, o será que sólo vivía ya acostumbrado a su recuerdo.

Una luz dentro de mí me hizo volver en sí. Entonces me di cuenta que ella clavaba su mirada en mis ojos, y yo en los de ella. Sus ojos me decían algo extraño, expresaban algo así como desolación, arrepentimiento, espera, cansancio, pero muy en el fondo, amor. Y fue como la vi llorar en silencio, observé como mi cuerpo se imantaba al suyo sin siquiera impulsarlo en mi mente, como mis manos se apoderaban de su espalda y cómo mi nariz respiraba el aroma de su cabello, de su frente, cómo mis labios besaban como quien prueba la última gota de agua. Esa noche le hice el amor tratando de aniquilar todas sus experiencias pasadas, tratando de llevarme el tiempo hacia atrás, queriendo romper el instante en que me separé de ella, llorando de felicidad y gritando de júbilo. La vida era buena conmigo, por fin, y me había traído el amor de regreso, hasta la puerta de mi casa, sin hacer un esfuerzo por quererlo recuperar, porque ese amor nunca perteneció a nadie más, muy en el fondo de mí sabía que ella era sólo para mí. Y así fue.

Mi vida es ahora una locura, porque a pesar de volver a recuperarla, de vivirla y de soñarla, creo que hoy la he perdido para siempre.

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Empieza hacer maletas que nos vamos a París

Siempre había querido viajar con la que fuera el amor de mi vida. Mariana… aquella niña me traía loco. La conocí en un concierto, todavía recuerdo bien ese momento. Estatura media, morena, delgada y con unos rasgos en la cara muy finos. Fue casualidad ese encuentro, nunca nos buscamos y no nos habíamos visto siquiera antes. Yo entonces me dirigía a la salida del foro donde acababa de tocar una banda francesa de jazz. Era un festival de ese género en mi ciudad y yo no me lo perdí de principio a fin. Una trompeta que hablaba por sí sola acompañada de un contrabajo y una guitarra eléctrica que hacía maravillas, por no citar el impresionante talento del baterista y un vocalista que jugaba con la música en su voz sin articular ni una palabra, sólo eran sonidos guturales.

Impactado iba pues, emocionado y con muchos sentimientos que expresar al respecto. Iba sólo, dado que a nadie de mi círculo le gustaba aquella música. En el estacionamiento, mientras abría el auto y hablaba por el móvil a la vez, fue que la vi pasar. ‘Atractiva’ fue todo lo que alcancé a pensar en ese momento. Iba entonces manejando a la salida del estacionamiento cuando la vi parada en la esquina próxima, mirando a todos lados como perdida. Pensé que a lo mejor venía en transporte público y sí que era bastante tarde, todo estaba cerrado entonces. No le presté importancia, más bien sentía una sed impresionante y me dirigía a una mini tienda de autoservicio que estaba próxima al foro. En la fuente de sodas pedí una cerveza y fue como la vi entrar de nueva cuenta, esta vez con una molestia bastante reflejada en su rostro dirigiéndose a la cajera para comprar una tarjeta de prepago para su móvil. Si fuera otra situación, ni siquiera me dirigiría a ella, pero me sentía tan bien que me nacieron ganas de hablarle y quizá compartir impresiones acerca del concierto que acababa de pasar. Así fue que la abordé con un rotundo rechazo al principio, por lo que me regresé los pies a la tierra y me di vuelta un tanto apenado pero nunca molesto. Al cabo de un rato ella se dio cuenta que no tenía otra opción y accedió a sentarse a mi lado, disculpándose por el momento anterior y abriendo poco a poco una interesante plática.

A mí me pareció muy inteligente aquella mujer, y ya cuando me disponía a marchar, le ofrecí el último cigarrillo y anuncié mi partida, a lo que ella me miró con un poco de inseguridad, dado que (como había adivinado) no tenía medio para llegar a su casa, a menos que invirtiera su dinero en un caro viaje por taxi para atravesar la ciudad. Hasta en eso coincidimos, íbamos más o menos al mismo rumbo y me ofrecí de inmediato a trasladarla…

Desde esa noche ha pasado tanto, y es que todo transcurrió demasiado aprisa. A los tres días la busqué para que saliéramos a tomar algo y a las dos semanas ya habíamos hecho de nuestra relación un bonito noviazgo que yo le daba mucho futuro. Incluso fuimos de paseo a varias partes de México cada que podíamos. Muy intenso todo, entre semana me iba a la escuela y al trabajo y los fines me escapaba con ella en el auto a cualquier lugar. No fue raro que llevásemos nuestra relación bastante lejos y ya todo el barrio nos veía juntos a cada momento y en cada fiesta, reunión, conferencia, etcétera. No había motivo de enojo o celo con ella, nos comprendíamos bastante bien y nos llamábamos a cada rato.

 Algo que sin duda nos unía e identificaba mucho era la música, el jazz en específico. A mí me encantan los ritmos latinos expresados en el Jazz Afrocubano mientras ella era más de ritmos modernos y nuevas tendencias, el Acid Jazz. Pensamos entonces en recorrer juntos los lugares en donde este género vio nacer o crecer a las estrellas que nosotros admirábamos. La idea nació como un ‘algún día’ o ‘en un futuro’. Afortunadamente me llegaron unas regalías en el trabajo por lo que pensé planear mis próximas vacaciones, mejor dicho, nuestras próximas vacaciones. Pero pensé mejor en darle una sorpresa. Mi compañera se lo merecía. Yo estaba muy emocionado dado que nunca había viajado a otro país y hacerlo en estas circunstancias significaba para mí una experiencia inolvidable. ‘París’ pensé al instante e investigué un presupuesto modesto pero gratificante. Sí, era lo correcto, dado que cuando nos conocimos, el festival de jazz en cuestión estaba dedicado a Francia. Una noche mientras bromeábamos en su casa, le comenté en un tono igual de broma, ‘Empieza a hacer maletas que nos vamos a París’. Imagínate su cara, asombro e incredulidad, combinado con un traba en el habla y más asombro y más incredulidad, jajaja.

Los días previos transcurrieron en paz, comprando en centros comerciales e informándonos un poco sobre los lugares que deberíamos visitar, además de ella tratando de perfeccionar apresuradamente su francés que llevaba cursando en la Facultad de Contaduría. Yo me dirigí a mi padre para que me prestara un dinero extra con plazo de pago a medio año, en lo que me recuperaría del gasto en el viaje. A los dos días antes de partir adquirí los boletos del avión y del hotel que previamente había pagado y de ahí la espera, minuto a minuto, viendo como la vida se iba lentamente por 48 horas. El día en cuestión llegamos temprano al Aeropuerto de México para el trabajo de rutina que nos tenían preparado previo despegue del avión. Era impresionante, ni siquiera había volado antes y todo aquello se quedó grabado para siempre en mi mente.

Lo que pasó en París fue el sello que se imprimió a nuestra relación. Compartimos nuevas experiencias juntos y, claro, nos deleitamos con el buen jazz de Francia, además de su café y sus callejones románticos, sus museos, su clima, la gente, la arquitectura, el idioma, en fin… De vez en cuando me pregunto si viajar a otro lugar hubiera sido igual de bueno, porque sinceramente la decisión de viajar a París fue azarosa, como azaroso fue nuestro primer encuentro, como azarosa e incierta fue nuestra relación al principio, como azaroso será nuestro destino final.

Esta vez, por fin entendí que la vida suele darnos sorpresas a la que nosotros no estamos preparados, ¿o será que la vida es azarosa también y el destino no existe?

Ah, qué emoción, pon un son de Compay Segundo para animarse el corazón.

Saludos!

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Seguiremos viviendo con telarañas mentales.

¿Alguien de los aquí presentes sabe lidiar con los recuerdos que se aferran a no irse y que de vez en cuando lastiman?

Recién leí un libro que quedó lejos de convencer mis expectativas (El Mono Desnudo, de Desmond Morris) y ahí apunta varios señalamientos, mismos que abordé en un ensayo a modo de opinión y comparto con ustedes algunos extractos:

El hombre, visto desde un enfoque mayoritariamente zoológico (esto es, tratado como un animal de laboratorio en el que se le estudia científicamente como a cualquier otro animal) tiene necesidades y manifiesta instintos que tienen su explicación a través de las distintas teorías evolutivas que ahí se citan. Bueno, mi inconformidad o insatisfacción radica en esas teorías, pues como cita el autor, muchas de ellas son insuficientes o no tienen sustento puramente científico.

Antes de abordar el aspecto social y cultural del hombre, se hace un análisis de su aspecto biológico, evolutivo y sexual. Pero ahí mis dudas, que por cierto van muy ad hoc con el tema que Yuyis me hizo favor de dejar en negritas: las telarañas mentales, esos aspectos a modo de recuerdos que retroalimentan o que suplen ciertas necesidades o toma de decisiones. Por ejemplo, qué tan cierto es que el hombre, en su afán de volverse sedentario (según esto, al momento que se volvió cazador) tuvo la necesidad de una familia o del amor mismo. Esto es, según que en ese tiempo desde que salimos de los bosques y nos separamos de los hermanos primates evolucionamos de forma distinta, adoptamos ciertos hábitos de los animales carnívoros y encima de todo nos quedamos pelones, desnudos pues. Y que en ese tiempo tuvimos que desarrollar los primeros valores que dieron origen a la cultura y que desarrollamos sentimientos y nociones que nos hacen únicos en el mundo, uno de ellos es el amor y otro son los símbolos.

Totalmente de acuerdo con la idea de que existe el amor y los símbolos. En desacuerdo de que fuese en esa época preevolutiva. Uno de los símbolos que se me ocurre para su análisis son precisamente los recuerdos. Los símbolos en parte se refieren a ideas y momentos que nuestra mente guarda para su futura referencia de forma inconsciente y que se fortalecen con el paso de los años. Un símbolo puede ser la figura paterna, algún lugar o una escena específica que ejemplifique cierto término o algo a lo que tengamos que referirnos para poder comprender un concepto. Los recuerdos, en muchos de los casos, están compuestos por símbolos. Se me ha ocurrido que, el extrañar a alguien, la materialización de un sentimiento, la belleza misma y algunas otras cosas más nos persiguen con el pasar del tiempo a través de este mecanismo simbólico. Y esto es muy natural.

Por ejemplo, Freud afirmó que el hombre (o la mujer) se enamora buscando en la pareja algo que le satisfaga tanto como el amor materno (o paterno en el caso de ellas) y va inconscientemente en busca de ello, de ciertas características que lo hagan sentir seguro y protegido, amado y que le sepan dar su lugar. En su momento fue llamado loco pero con el pasar del tiempo la ciencia fue rectificando su teoría. Ahora el enfoque evolucionista trata de justificar esta conducta a nivel histórico y se esfuerza por obtener datos de nuestros ancestros. Mientras, dejemos que nueva información llegue a nuestras manos y que esa misma sea evaluada y comprobada.

Lo que aquí expongo, es un caso personal y creo que natural, con mi propio juicio de valor y experiencia, así que me alejo un tanto de los rollos científicos mencionados arriba, que sólo me sirven de preámbulo. Contéstenme ustedes lo siguiente (son preguntas personales): ¿Qué es el amor para ti? ¿Cómo se materializa, según tú? ¿Cómo saber cuando se está enamorado? ¿Cómo se le asigna valor a una persona? ¿Cuál es tu concepto de belleza? ¿Qué es para ti sentirte amado? ¿Cómo manifiestas el amor? ¿Qué buscas en el amor?

Todas las preguntas de arriba llevan un grado de ambigüedad bastante grande. El amor a qué o quién, para empezar. Enfoquémoslo al noviazgo o a la experiencia de hacer pareja, algo distinto a lo que se pueda entender como amor familiar. Ok, ahora llevémoslo a la experiencia propia. Hablando por cierto de la última pregunta del párrafo anterior, las personas por lo general buscamos y buscamos hasta que con alguien nos quedamos. Porque eso de vivir con alguien toda la vida tiene bastante historia y la ciencia incluso lo remonta a los hombres primitivos, a esos que evolucionaron y que como resultado estamos nosotros (nuevamente, según el libro que cité).

El hombre fue puliendo ciertas partes de su mente para llegar a desarrollar sentimientos tan complejos como el amor y necesidades básicas de socialización como la familia. Y para ello tiene que retroalimentar ciertos estímulos que lo mantengan en pie sobre sus decisiones y convicciones. La sexualidad parece ser (a nivel científico) el referente obligado para estudiar lo anterior. Desde el estudio de los roles sexuales hasta las señales precopulativas y la cópula en sí son instintos tan naturales que históricamente nos han servido para asociarnos y sentir ese grado de pertenencia y correspondencia hacia el sexo opuesto (ojo, en este ensayo se determina que el origen de la homosexualidad es meramente cultural y social, independiente a la evolución biológica, pero nunca tratado como una anomalía de la misma sexualidad). Y no en balde hemos evolucionado ciertas partes del cuerpo que a simple vista no nos servirían para nada: la sensibilidad en los lóbulos de las orejas, en los labios, en los pezones, en la espalda e incluso en nalgas, piernas y muslos. Todos estos impulsos sensoriales se favorecen casi exclusivamente con el estímulo sexual y sirven como medio de comunicación entre la pareja.

A modo de conclusión, los símbolos y la sexualidad misma son dos grandes características que el ser humano ha logrado desarrollar a modo de evolución a diferencia de los demás primates y mamíferos en general. El amor, nacido de las dos anteriores es casi imposible poderse observar en otros tipos de animales por la simple razón de que sólo el humano desarrolló un cerebro único y capaz de crearlo y mantenerlo. Por eso es que tardamos tanto en desarrollarnos hasta alcanzar la madurez, por tanta carga de experiencia y desarrollo que el cerebro debe captar y desarrollar. Un último ejemplo: el chimpancé alcanza su madurez cerebral a los 7 años, pero cuando nace ya tiene desarrollada el 56%; el ser humano nace con un 23% de madurez cerebral y alcanza la plenitud hasta los 23 años. Datos curiosos que ilustran el grado de complejidad cerebral que hay que desarrollar en cada especie, y por ende, se deduce que ha evolucionado más el hombre que todos los demás primates (sólo puse el ejemplo del chimpancé, pero es casi una constante en todos los demás primates).

Así que, al habla de amor, placer, estímulo sexual, refiéranse a ellas como algo casi único de los humanos.

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Primero hay que sentir amor por uno mismo

 

En esta mañana no puedo dejar de pensar en ti, en tu voz, tu rostro que se ha llevado mi mirada, tus ojos la esperanza, tu ceño la sonrisa y tu boca mis alabanzas… 

Cierro los ojos e intento retener el aire un instante más grande en mis pulmones, queriendo con esto amortiguar mi dolor, tratar que mi llanto no lastime a mi alma y mis lágrimas no delaten mi pena, mi agonía, que no piensen que estoy hundido, porque no quiero lamentos, no quiero consuelos, sólo quiero tu calor.

Hoy me di cuenta, por fin mi amor, después de tanto esfuerzo por querérmelo demostrar, hoy por fin acepté cuán egoísta había sido. Y es que siempre pensé en el amor de acuerdo a lo que veía, a lo que sentía, a lo que pretendía demostrar. Todo este tiempo pensé que éramos tal para cual, pensé y me entregué al amor, a mi amor, sentimiento que ahora sé sólo sentí a mi duro parecer, a mi mundo, a mi forma de ver.

Porque nunca fui sensato ni demostré debilidad por lo tuyo, nunca observé mis errores ni tampoco puse atención a tus necesidades. Me casé con la idea de que el amor nos hacía uno solo, pero nunca pensé que ese ente no seríamos ni tú ni yo. Perdóname por eso. A veces los hombres necesitamos que nos digan las cosas más claras. Ayer escuchaba un consejo en la radio, cuando el locutor recomendaba a una chica que si quería un apapacho, a veces es necesario decirlo tal cual, o si se le antojaba una nieve, no preguntarle a él si quería degustar eso, sino más bien hacerle saber de su antojo.

¿Por qué los hombres somos así?

Ustedes mujeres son más de claves y códigos, más de mensajes ocultos y de juegos de palabras. Pero en mi caso, aún sabiendo todo eso, nunca fui capaz de centrar mi atención en los detalles, me fui con la idea errónea de que primero hay que sentir amor por uno mismo para luego proyectarlo a los demás. El error fue, ahora lo entiendo, comprender mal esta frase y seguirla a pecho de una forma equivocada. Es un error que tú ya no estás en condiciones de perdonar.

Sé feliz por favor, porque eso me servirá de consuelo. Ahora esto me exhorta a cambiar, pero también alguien me dijo que la gente nunca cambia de raíz, aún así no me gustaría darle a otra persona lo que a ti te dañó. Seré una persona mejor, lo juro.

Y mi dolor me ahoga en la depresión, en no querer mirar el sol ni hablar con nadie. No me explico aún por qué tuviste que partir, más comprendo que tu decisión fue la más acertada. Me voy y no volveré a insistir, más quiero que sepas que hoy me he despertado sintiéndome solo, extrañándote demasiado.

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La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.

Convencido por los conservadores valores familiares en que se crió, él no sabía hacer nada más allá de lo moralmente bueno y todo lo demás lo veía con despecho. En algunas circunstancias, esto lo favorecía y se ganaba la confianza de la gente que lo rodeaba, tal era el caso de los negocios o de las responsabilidades asignadas, el respeto a la ley y los modales tan cordiales con los que se conducía. En otros aspectos menos terrenales, era considerado incluso un idiota.

A sus 26 años él no había poseído aún a mujer alguna, no en el contexto al que me refiero del verbo, y tampoco había experimentado alguna aventura que de acordarse se le pudiera poner la piel chinita. Había salido de su reciente adolescencia, bastante reprimida por su propio pensamiento, y se aproximaba hacia una ‘madurez mental’ bastante pobre. Y todo porque poco había experimentado de la vida. El sabía decir NO, porque era lo que sus propias reglas le exigían. Vestido siempre de forma elegante, en algunos lugares era bien visto pero en otros solía pasar totalmente desapercibido. Amante de la música clásica del barroco y experto observador de obras arquitectónicas.

Una vez, durante el receso de una junta en la empresa en que laboraba, oyó a alguien decir que la mejor manera de librarse de la tentación era caer en ella misma. ‘Muy apropiado’ se dijo para sí un tanto indignado y volteó a ver a la chica que pronunciaba tan peculiar frase. No pudo evitar plasmar su mirada en sus piernas, aquella mujer llevaba una falda elegante pero bastante ajustada, larga sólo hasta las rodillas. Aún así se podía apreciar la perfección de su cuerpo a través de la tela.

– No puede ser – pensó – esto debe ser eso que ellos llaman tentación.

Se equivocaba por completo. La tentación era un llamado a lo malo, el deseo de querer hacer o poseer algo. Y él sin embargo, sólo se había deleitado con la belleza natural de aquella mortal. Surgió en su cabeza entonces un debate sobre lo que era la tentación. Lo prohibido, lo anhelado, lo imposible, todo esto encajaba en su propio concepto. A su vez se preguntó qué pasaría si lo anterior se viese superado, es decir, si lo prohibido se realizaba, si lo anhelado se alcanzaba y si lo imposible se experimentaba. Entonces el término tentación habría caducado. Teóricamente, quizá tenía razón.

Pero el dilema de lo que es bueno y lo que es malo él lo tenía bastante definido (a su modo y a su singular forma de ver las cosas). Así que, concluyó que lo que había experimentado, el placer de mirar a una mujer no era la tentación a la que se refería la chica que estaba sentada a sólo dos mesas de distancia en aquella cafetería. Sin embargo, esa mujercita que sin duda era mucho más joven que él tenía algo. Era sensual. Pero esa palabra tampoco estaba bien vista por él. Era la realidad, no se dio cuenta que con su sola presencia, la dama atraía la atención de casi todo el lugar, había en sí una gran cantidad de hombres mirándola, algunos disfrutando de la vista y otros se iban más allá, a divagar con la imaginación.

El caso de nuestro protagonista era lo segundo. Sin percatarse, su pensamiento trataba de adivinar qué escondería bajo esa falda aquella mujer. ¿A qué olería? ¿Cómo se sentiría su piel? ¿Caliente, tibio o frío? Nunca se le había ocurrido, o más bien, nunca se había permitido ir más allá cuando experimentaba estos humanos pensamientos. Siempre se cortaba él mismo, se cambiaba el tema y se reprimía sólo.

Experimentó naturalmente una leve erección, por lo cual se sintió avergonzado, al estar en un lugar público y creer que era el centro de atención de la muchedumbre. Camino a casa se permitió seducir por la experiencia de hace algunos instantes. Llegando a su departamento, su imaginación había llegado muy lejos. La imaginaba desnudándola, besándole cada rincón del cuerpo y provocándole ese mismo placer del que ahora era preso con sólo recordarla. Quizá lo que más le excitaba era que se trataba de una jovencita. Se masturbó con exagerado frenesí y terminó bastante pronto. Ya calmado y un poco más relajado, decidió que habría de poseerla. Lo curioso era que no tenía la mínima idea de cómo hacerlo, pero si tendría que ser ortodoxo (como siempre lo había sido en toda su vida), entonces la respuesta se la podía dar un diccionario. La palabra tentación en sí se refería a un estímulo que induce a una cosa mala. Pero a él no lo había poseído la belleza descomunal de la chica, sino más bien aquella frase que había escuchado salir de sus labios. Entonces, como fiel aprendiz, tendría que demostrarle al maestro (maestra en este caso) que lo aprendido se podía aplicar.

Cuidadoso y observador, tal como siempre lo era, vigiló a la chica y examinó cada uno de sus movimientos en su lugar de trabajo. Así lo hizo por sólo tres días, en los cuales se acumuló una bomba de deseo en su interior. Al tercero simplemente la esperó a la salida del trabajo en el estacionamiento del edificio. Ella siempre llegaba sola. Así que, sin otro plan que aplicar, le cubrió sus ojos y de forma violenta la hizo entrar en su coche. La amenazó con un arma ficticia, pero tan real en la ciega realidad que la chica experimentaba, por lo que no puso mayor resistencia.

La llevó inmediatamente al departamento, la acostó en la cama y le descubrió el rostro. La chica estaba completamente asustada, no sabía en realidad qué le deparaba el destino. Como siempre, ella portaba un traje formal, pero ajustado a su cuerpo le sentaba bastante coqueto. No la amarró ni tampoco la golpeó. Entonces se aproximó a una silla que había frente a la cama y lentamente se sentó.

– ¿Qué dijiste la otra vez en la cafetería?

– Decir qué – contestaba ella completamente confundida – . No sé de qué me habla.

– Hablaste sobre la tentación.

– Yo no he hablado nada con usted, no sé a qué se refiera.

– La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella. ¿Qué opinas ahora?

La última pregunta sí que la dejó helada. Ahora ella se veía como un inocente cordero acechado por un hambriento lobo. No habría más que pensar. Ese hombre la iba a poseer de cualquier forma. Así que, recuperando un poco el aliento, ella se repuso, confiando en que el diálogo podría ser todavía un recurso en su auxilio:

– La tentación, querido – improvisando una voz en tono sensual – sólo deja de serla cuando uno pasa por encima de ella. Estoy segura que lo único que se puede hacer para quitársela de encima es entregársele. Pero una vez hecho esto, no creo que el deseo se esfume, entonces volveremos al principio. Ahora dime, ¿qué es lo que deseas?

El hombre estaba loco de deseo. Ella entonces abrió ligeramente las piernas y permitió que la vista de él le traspasara las entrañas. Pero no pasó nada más, él se paró, acarició levemente la pierna izquierda de ella y salió de su habitación. Le ordenó entonces que se fuera, pues su deseo quedó satisfecho. Ahora bien sabía que la dignidad de aquella mujer estaba destrozada, y eso era lo que más anhelaba desde el principio, desde que la había escuchado decir aquella farsa. Lo demás que pudo haber pasado él le restó importancia, porque bien sabía que el sexo es algo que viene y luego se va.

 

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