Archivo diario: 22 julio 2011

Amor para el resto del día

Amor para el resto del día. No voy a negar que alguna vez me ha pasado por la cabeza la idea de meterlo en el congelador a ver si así se conserva sin corrosión hasta el milenio que viene. Claro que entonces tendría que tener en mi casa un congelador industrial para cuerpo y parásito. Le iría bien, estoy segura. Entre los guisantes, el helado de nueces de macadamia  y las cubiteras de hielo no se sentiría del todo solo. Aunque pueda parecer lo contrario me preocupo por su salud y por su bienestar y a pesar de estar tentada en alguna ocasión a condenarlo al ostracismo y a las profundidades heladas durante un tiempo (cuál ha de ser la medida de este tiempo es algo que se me resiste siempre), en el fondo digo, rara vez he querido arriesgarme a que se me muera por congelación, el pobre. Ni soy una asesina ni estoy loca.

Cuando estas ideas me atacan, siempre pienso, rebuscando en la bolsa del optimismo, que está mejor quedándose donde está, en la estantería del medio, al calorcito de los rayos solares y rodeado de las latas de atún, los espárragos y el tomate frito. Y eso aunque me haya confesado, así por lo bajo, que donde en realidad le gustaría volver es al frente, entre el salero, la pimienta negra y el azúcar, ése, me dice, es su sitio, el de los besos y las balas, aquél en el que las probabilidades de morir de éxtasis o asado como un pollo son exactamente las mismas, las mismas hasta que al éxtasis o al pollo le da por crecer exponencialmente, claro. El caso es morir de algo.  A pesar de todo, y en mi opinión, el riesgo siempre, siempre vale la pena.

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