Archivo mensual: junio 2011

El hombre propone y Dios dispone.

El hombre propone y Dios dispone  me dijo mi padre. Eran las tres de la tarde, estábamos en el campo queriendo cazar un conejo. Hacía mucho calor. Pero mi padre era terco, de esos chapeados a la antigua, conservaba unas tradiciones un poco extremas y raras, pero sobre todo pasadas de moda.

Una cosa es que te propongas a hacer algo y otra cosa que dios quiera que se realice. Por eso no se había acercado ningún conejo. Era la hora exacta, dijo mi padre. Pero entonces ¿Por qué no hemos visto ninguno?

No puedo olvidar esa tarde, es uno de los traumas más fuertes de mi niñez, apenas tan solo tenía seis años.

Cansados de esperar, de pronto se movió algo entre los matorrales, mi padre me hizo una seña para que no me moviera. Con su escopeta, apuntó a la dirección donde unas grandes orejas sobre salían de entre una malva. Mi padre disparó y el conejo cayó. Ahí estaba, tirado, ensangrentado, pero aun moviéndose.

-“Trae esa piedra”- me dijo mi padre. Yo corriendo fui y se la llevé. Se la daba en la mano, pero me dijo –“Dale tú en la cabeza y mátalo”-. Sentí mis intestinos retorcerse, temblaba. –“’ ¡Apúrale que no tengo todo el día!”-. A como pude me acerqué y entonces con todas mis fuerzas le di en la cabeza. El pobre conejo solo lanzó un chillido muy fuerte y murió.

Odié a mi padre por hacerme matarlo.

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Amar para siempre a un transexual

Amar para siempre a un transexual nunca ha sido mi intención, y tan siquiera sé si llegará a ser así. No sé cuánto durará esto… de hecho, nunca me hubiese imaginado que esto ocurriría.

El primer día que la vi, en la discoteca de moda, fue como si un caballo pasase galopando por mi corazón. Acababa de ver a mi mujer ideal: alta, rubia, y con un cuerpo de infarto. Pero, lo mejor, lo mejor de todo era que aquel espejismo de diosa hecha mujer también parecía haberse fijado en mi, un humilde mortal. Eso me envalentonó y decidí acercarme y sacar a relucir mis dudativas armas de seducción.

Cita a cita, nuestra relación avanzaba lentamente hacia la dirección que yo más deseaba. Sus besos, sus caricias sobre mi cuerpo, eran una locura, una locura que me dejaba febril cada vez que ella me decía que había que parar. Yo no lo entendía, ¿para qué parar si a ella también le consumía el mismo fuego?.

Al final, un día, me lo dijo, me lo contó. Yo me quedé confuso, por momentos enfadado… No sabía como reaccionar y en mi interior peleaban rechazo y deseo. Todo había sido tan ideal hasta ese momento. Su forma de ser era increíble, más allá de mis mejores expectativas, tal cual si ella pudiese adivinar en cada momento qué era lo que yo deseaba…

Y fue el deseo el que ganó la batalla. Quizá la naturaleza cometió una equivocación, pero quizá si esa equivocación no hubiese tenido lugar, ella no sería mi mujer ideal. La amo tal cual es. Amo el pasado que la trajo a mis brazos, y adoro esa promesa de futuro que renace con cada uno de nuestros besos. Por eso, no siendo creyente, rezo por un siempre a su lado, conocedor de que “el hombre propone y Dios dispone”.

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Era parte de la rutina.

Cuando las noticias de medianoche emitían sus títulos de crédito, comenzaba a pensar en acostarse. Le costaba. Sabía que en la cama le estaba esperando ella y que de nuevo tendría que intentar, como fuera, practicar el sexo con ella. Sexo, no amor. El amor, si alguna vez había existido, estaba muerto y desterrado de su corazón hacía mucho tiempo. Creía que tal vez…

Se obligó a abandonar la ensoñación y se dirigió hacía el cuarto de baño. Procedió a realizar las habituales abluciones nocturnas, demorándose, si cabe, unos segundos más de lo normal. Mientras se cepillaba una y otra y otra vez los dientes, se miraba en el espejo con la mirada perdida. Estaba decidiendo qué famosa, qué actriz, qué compañera del trabajo sería quien la acompañaría esa noche, quien le intentaría inspirar algo de excitación, para que la viagra pudiera hacer su efecto. Maravillosa pastilla azul sin la cual ya no habría disimulo posible. Seleccionó a una de sus favoritas y revisó, con parsimonia, una manoseada revista masculina en la cual aparecía ella, desnuda, provocativa, retándole a no fallar.

Al fin, como el condenado que se dirige al paredón, se encaminó hacia el dormitorio común. Y efectivamente, allí estaba ella, sonriente, esperándole. Se quitó la ropa, se metió en la cama e inmediatamente comenzó a oír, de fondo, el ruido que componían sus palabras, quizá cariñosas, o tal vez excitantes. No sabía. No podía escucharla, perdería la concentración y la pastilla no sería suficiente. Sin más preámbulos la abordó, volteándola hasta quedar subido en su espalda. No podía aguantar verle la cara. Maquinalmente comenzó a propinar golpes con la cadera, con los riñones, mientras con los ojos cerrados repasaba las fotos favoritas, las imágenes más atrevidas de la musa de turno. Al fin, por fin, escuchó los gemidos de ella y supo que una noche más había logrado pasar la prueba.

Sin decir palabra, se dejó caer en su lado de la cama. Aguantó, estoico, el baboseo, el manoseo que ella le concedió, agradecida y cuando al fin todo acabó y ella se giró para buscar su postura acostumbrada para dormir, unas lágrimas rodaron hacia la almohada. También esto era parte de la rutina, repitiéndose noche tras noche. Como siempre, como cada noche, se preguntaba en qué estaba pensando cuando se casaron, cuando dio el famoso “sí”, cuando creyó que podría amarla pese a todo. No era capaz de olvidarlo. Pasada la novedad, los primeros tiempos de excitación, de morbo, se había arrepentido con todas sus fuerzas y cada vez sentía más ¿asco? ¿pena? por si mismo. No sabía cómo se podía haber engañado tanto como para convencerse de que podría amar para siempre a un transexual.

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