Archivo mensual: julio 2010

Echamos el cierre hasta Septiembre

Hola a todos, en vista de que últimamente ha decaído la motivación y de que el ritmo de publicación se ha visto muy dañado, cosa que entiendo perfectamente, vamos a tomarnos unas vacaciones, un período de reflexión, una renovación de ideas, llamadlo como queráis, pero echamos el cierre hasta Septiembre. En Septiembre volveremos con ideas renovadas, nuevos proyectos, nuevas motivaciones y con las pilas cargadas. Cuando El Blogguercedario vuelva será comunicado a todos a través del facebook y del propio blog, así que si alguno no me tiene agregado en el facebook le dejo aquí mi perfil: http://www.facebook.com/sito.iglesias

Un abrazo enorme a todos y también un besazo, disfrutad del verano lo más que podáis que esta vida hay que aprovecharla al máximo no vaya a ser que después no haya nada más (aunque yo creo que sigue la fiesta) y en Septiembre los que os veáis motivados y con ganas iniciaremos una nueva andadura en un nuevo proyecto. Os sigo viendo por el facebook…

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Doce hombres sin piedad

Tras ejercer un golpe en la mesa con el martillo de madera, el juez Dickson pronunció la, para él, repetitiva frase: “Visto para sentencia”. Acompañados por el alguacil, todos los miembros del jurado se adentraron en una pequeña sala que, una vez traspasada por su último componente, inmediatamente quedó cerrada. Una larga mesa, con cinco sillas apostadas en cada uno de sus laterales más otras dos en ambas cabeceras, se encontraba ya predispuesta con el mismo número de cuadernos. Como si fuese una predicción sobre la dificultad de la decisión a tomar, los cuadernos se hallaban acompañados de unos simples lapiceros que incluían, en su parte superior, una pequeña goma de borrar. En uno de los extremos de la habitación la única puerta de la sala, excepto por la que se habían adentrado a la misma, conducía a un pequeño cuarto de baño totalmente equipado aunque, en el lugar de la bañera se había optado por ubicar una simple ducha. Una ventana que, nada más traspasar el alféizar, curiosamente estaba enrejada. Era la única salida hacia el exterior, si por exterior pudiera considerarse el patio interior del edificio que allí se mostraba. A su izquierda, vistiendo uno de los rincones de la habitación, un mueble aparador daba cobijo a dos cafeteras así como al resto del servicio suficiente para su elaboración y degustación.

La primera decisión que tuvieron que tomar era la de nombrar presidente del jurado. Aunque simple, empezaron las primeras discusiones acerca de si debía ser una votación secreta o no. Después, si tenían que escribir el nombre de cada uno de ellos en las papeletas o simplemente un número, ya previamente asignado en función de su orden de colocación en la mesa. Y la tercera, sin que todavía las dos anteriores hubiesen sido resueltas, lo fue consecuencia del absurdo acaloramiento de las intrascendentes decisiones. Así es como, el número 6, sacó un pitillo que no logró encender ante la protesta del número 10. Decidieron, esta vez por simple y escasa mayoría, y a cara descubierta, que se podría fumar. Quizá fuese el efecto placebo del ya consistente humo que pululaba en la habitación pero, cierto es, que encontraron rápidamente solución a los anteriores dilemas y, es así que, las papeletas reflejaron que el número 3 fuese nombrado presidente.

El brutal asesinato de Jimmy, un pequeño de tan solo seis años y que previamente sufrió violación sexual, había escandalizado a buena parte de la opinión pública. Desde el primer instante las sospechas apuntaron a Tobías Hindle, un grandullón de raza negra que no había desarrollado sus facultades en relación a su edad. Sin embargo Tobías, nunca había hecho mal a nadie. Es verdad que se le veía muy a menudo, en el parque, cerca de los niños; jugaba con ellos no solo por mera distracción sino, más bien, porque él era un niño embutido en un cuerpo grande. Las madres de los pequeños lo apreciaban y, en esa continua vigilancia que se efectúa al mismo tiempo que departes con las amigas sentada en uno de los bancos del parque, observaban como Tobías ayudaba a los pequeños a deslizarse por el tobogán, único sitio en el que él, por su gran cuerpo, no podía utilizar.

Aquella tarde Tobías decidió acercarse al parque Larrigton. Tan solo debía atravesar la avenida Stanford y allí aparecía a su vista el mejor parque de la ciudad. Frondosos árboles salteados en una inmensa pradera verde, con césped bien cuidado. En su centro, un pequeño lago en el que plácidamente se deslizaban por sus aguas unos bellos cisnes blancos acompañados por un buen número de patos de diferentes plumajes. Se encaminó al lugar de juego de los más pequeños para, también él, disfrutar en su compañía de los columpios y toboganes. Sin embargo, la inmediata respuesta de las madres allí congregadas una vez se dieron cuenta que Tobías jugaba con los niños, fue elocuente. Había traspasado el límite de lo permitido. La avenida Stanford era la línea que dividía la ciudad según el color de la piel de sus ocupantes. Tobías no era bienvenido allí y, aún cuando el pequeño Jimmy insistía tirando de la mano de Tobías para que continuara el juego con él, debió de marcharse raudo ante la súbita aparición de un pequeño revólver sacado de uno de los bolsos de una madre.

A la mañana siguiente la noticia sobre la violación y asesinato de Jimmy produjo la inmediata detención de Tobías por la policía. Tanto es así que, suerte tuvo Tobías que el primero en llegar fuese el jefe de policía pues, pocos minutos más tarde, un buen gentío rodeaba la casa de Tobías apreciándose claramente como, en su mayoría, iban fuertemente armados.

La reunión no se hizo esperar. Alrededor de una hoguera los pitillos se consumían al mismo ritmo que las brasas siendo así que hasta difícil se hacía diferenciar el humo del tabaco del producido por la propia leña. Las túnicas blancas que envolvían los cuerpos de los asistentes fueron recompuestas añadiendo a las mismas un estilizado capirote blanco. Entre la maraña de gente surgió el definitivo grito de guerra: “Justicia para Jimmy”. El todopoderoso Ku Klux Klan había hecho acto de presencia y Tobías había sido el elegido.

( Continuará…. )

JOSE MANUEL BELTRAN

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El blogueador

La casa se encontraba envuelta en una penumbra misteriosa y atemorizante, los espectros se regocijaban de manera orgásmica ante tal ambiente. La familia no tenía tan buena cara; se encontraban desconcertados ante tal actitud. – ¡Nada le importa! Nos tiene aquí sufriendo sin que le importe ni un demonio-.

Xotchil, su mujer, a diferencia del resto de la estirpe, se mantenía callada. Ya había pasado por esto cientos de veces y sabía como lidiar con ello. Por supuesto no le gustaba la manera en que el los ignoraba ¿Pero acaso quedaba otra alternativa? No abría la boca ni para comer… ¡en 3 días!

Irma, su hija, fue la única que se atrevió, debido a su desesperación, a quebrantar las reglas y entrar a la habitación principal. Un ambiente lleno de humo, gracias a las enormes cantidades de cigarros que fueron suprimidos de manera demente, dificultaba la visión a tales magnitudes que estuvo cerca de caerse 2 veces, tropezando con libros, ropas y demás trastes viejos que se encontraban decorando el suelo de la habitación.

Entonces lo vio: Acurrucado a su bolígrafo, empedernido escritor, con el rostro desfigurado por el terrible desgaste de 3 días sin comer ni dormir, solo escribir. Le gritó, pero el no la escuchó. La visión de su padre, haciendo aquello que tantas satisfacciones económicas le habían traído a la familia, fue excitante. Un impulso eléctrico fue recorriendo todo el escultural cuerpo de la hija del escritor. Tuvo que salir corriendo, la impresión era tal que nunca quiso volver a ver un solo libro en su vida.

A eso de las 3 de la madrugada del día 4, el salió de sus aposentos. Pulcro como nadie, son una sola ojera, ni signos visibles de tal desgaste, una sonrisa le cruzaba como rió su rostro. Se limitó a pronunciar únicamente 3 palabras: Ya esta listo. Todos lo comprendieron, su post para el blogguercerdario, por fin, lo había terminado.

*Una disculpa a los lectores y blogguers de el blogguercedario. Por motivos de fuerza mayor no logré escribir nada para el tema pasado. Les ruego, me disculpen.

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¿Quién sería?

Encendió el cigarrillo, intentado que no se le notara el temblor de las manos, y exhaló el humo con fuerza. Entre la bruma creada continuó observando, incrédulo, horrorizado, el resultado de su acción.

¿Cómo había podido hacerlo? Era necesario se decía a sí mismo una y otra vez. Era necesario. No podía apartar la mirada del cadáver. Cinco disparos a quemarropa con una S&W del 38, que ahora reposaba en el suelo, a sus pies,  habían destrozado la cara y el cuerpo de lo que había sido un hombre. Sus restos, caídos de cualquier forma delante de él, le preguntaban en silencio ¿cómo pudiste hacerlo?

El hombre. El muerto. No era culpable de nada. No le había robado, ofendido, ni le había causado mal alguno. De hecho, nunca le había visto antes. Era un hombre anónimo, un hombre cualquiera escogido al azar. Le había tocado la china. A punta de pistola le obligó a meterse en el maletero del vehículo y lo condujo hasta ese aislado y sombrío sótano sin hacer caso de sus preguntas, protestas, gritos y lloros. Sí, había llorado y eso casi le hizo imposible terminar su cometido.

Abstraído, contemplando entre el humo del cigarrillo que consumía calada tras calada, con ansiedad, los restos del hombre, no era consciente del jaleo que había a su alrededor. Con una sacudida de cabeza, como despertando y volviendo a conectar con la realidad, el volumen de su entorno fue subiendo y fue consciente de repente de las felicitaciones, bromas, enhorabuenas que todos los de su alrededor le estaban dispensando.

Sonrió como pudo, intentó hacerse cargo de la situación y volver a la realidad poniendo un gesto acorde con el festivo ambiente general. Sus colegas le felicitaban y le daban la bienvenida. ¡Lo había conseguido! ¡Había cumplido el necesario rito de iniciación y ya estaba dentro! ¡Ya era uno más del grupo! ¡Le habían aceptado!

Un grupo de motoristas. De Ángeles del Infierno, como les llamaban algunos, aunque ese no era el nombre real de la banda. Toda la parafernalia incluida: cuero, botas, gorra, y una burra de gran cilindrada que era su orgullo. Y ya estaba dentro. Ya podía comenzar a realizar su trabajo.

 Infiltrado. Era policía.

 Debía pasar informes de toda la actividad de la banda, tráfico de drogas, asesinatos por encargo, robos, chantaje… una extensa variedad de delitos que abarcaba todo el código penal.

Sabía que podía hacer mucho bien. Prevenir muchos delitos y ayudar a desmontar una de las bandas más activas del país. Pero… ¿y él? ¿Era lícito haber matado a un inocente a fin de salvar otras vidas? Podría salvar a muchos, evitar muchos males, pero ¿y el muerto? ¿y su familia? No le habrían admitido de no hacerlo, pero ¿podría vivir con ello? ¿Qué sería de sus sueños y pesadillas? ¿tenía conciencia? Muchas preguntas, angustia… volvió a mirar el cadáver de reojo, entre el humo del cigarro y las lágrimas que irrefrenables surgían de sus ojos. ¿Quién sería? ¿Cómo se llamaría?

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Malditas flores, maldito cigarrillo

Estaba sola en casa y reinaba una paz inquieta. Sentada en mi cómodo sofa, con el portátil a mi lado y un libro en las manos y una sensación molesta de intranquilidad. No era capaz de concentrarme en el libro, mi cabeza huía una y otra vez de las letras y se adentraba en túneles de imágenes, sensaciones y recuerdos. Y al final del túnel siempre aquella voz.

Medio desnuda, soportando el calor del verano con el cuerpo sudoroso recorro la cocina, abro puertas sin saber muy bien que busco y como impulsivamente, una galleta, un trozo de bizcocho, qué horror! qué sequedad! abro la nevera y primero pego mi cuerpo a ella para sentir el frescor de su invierno. Después vacío la jarra de agua fría empapando la camiseta/pijama sin importarme sabiendo que enseguida secará. Me quedo pensativa mirando las manchas y de nuevo aquella voz.

De vuelta a mi sofá con cara de pocos amigos, abandono el libro en la mesa y reinicio mi portátil, pongo aquella canción tan bohemia y decido romper con mi propósito hasta nuevas fechas en las que esa voz me deje tranquila. Enciendo un cigarro entre aliviada y confundida, y busco excusas para sentirme mejor y justificar mi poca voluntad porque de qué valdría entonces si no voy a disfrutar mi cigarrillo?

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Entre el humo del cigarro

Detesto el ambiente en los locales de fumadores, al menos en aquellos donde, efectivamente, la gente fuma. Es terrible el sentir la vista nublada por el insoportable humo que sale de esos pequeños tubitos rellenos, que quema los ojos e irrita la nariz.

Sin embargo, lo que más detesto es, lejos, el que mi vista quede distorsionada merced de una nube no precisamente llena de lluvia, que por deseo de alguien con ganas de crearla, debo soportar. Eso de ver todo como si estuviera caminando en la niebla, como si todos fueran ángeles rodeados por un aura: un aura turbia, un aura sucia, un aura contaminada.

Ese día no era diferente.

Las risas y los sonidos de voces conversando sin importar lo que ocurría alrededor, se fundían con mi sentimiento de soledad que desbordaba por mi ropa y despedía un hedor percibible a kilómetros. Había pasado a tomarme un mokaccino de esos que me hacen soñar, pero lamentablemente, entre tanto estruendo (inconcebible para las cuatro de la tarde), era difícil poder soñar algo. Además, la ya enfermante y descrita bruma ya había tomado en el cielo raso, y no tenía para cuando irse.

Miré mi taza con la esperanza de encontrar un cuento allí flotando, pero nada. Esta vez, el mokaccino a medio terminar no tenía nada que ofrecer.

No tenía como imaginar que sería la odiada bruma la que me traería algo.

Parecía un espejismo en medio de la ciudad, un reflejo perdido de cristales rotos en una vidriería antigua, que quedó por allí vagando sin saber que su tiempo había acabado. Como las gotas que caen de una ducha recién cerrada, esas que no se atreven a dejarse llevar por miedo a ser rechazadas, así salió ella de la densa neblina: tímida, mirando alrededor con cara de perdida, de haber entrado sin querer hacerlo, de querer salir inmediatamente pero sin seguridad de cómo.

Me quedé absorto un momento, pensando, solamente, que para que quería sueños con realidades como aquella.

No supe bien que hacer, si levantarme inmediatamente y decirle algo, o quedarme un rato más a observarla.

Reconozco mi error; sería inmaduro culpar al humo de mi cobardía y dejar que se marchara, aún cuando podría haberme levantado y ofrecerle la mitad del café que me quedaba, o simplemente haberla acompañado afuera e inventar alguna excusa para saber como se llamaba.

Aunque odio el humo, sigo volviendo siempre al mismo local. El ambiente sigue siendo pésimo, y el mokaccino trae sueños muy de vez en cuando; pero me encanta imaginar que, de entre la bruma, de nuevo saldrá un ángel, ese envuelto por su propia aura que de turbia no tenía nada.

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