Archivo diario: 16 junio 2010

No sé hablar por teléfono

El teléfono, en general, no sólo el móvil o celular, es un invento que considero útil. Pero de lo más esclavizante.

Quizás lo primero sea decir que no sé hablar por teléfono. Entendedme bien. Por supuesto que sé responder, llamar, y mantener una conversación. Pero corta. Directa. Considero que el hablar por teléfono es un acto de transmisión inmediata de información y punto. Es decir, llamas para dar un mensaje, un recado o similar y te despides. No llamas para no decir nada y estar pegado al aparato durante ¡¡horas!! sin tener nada que contar ni que te cuenten. Para eso están los bares. Te tomas unas cañas, te ponen unas tapas y dices las chorradas que te dé la gana. Pero ¿por teléfono? ¿sentado en un sofá? O lo que es peor ¿a gritos en el autobús?

Esas llamadas que empiezan “Hola, ¿Qué tal? Bien ¿y tú? En la que es evidente que no hay nada que comunicar pero se pueden prolongar durante un tiempo indefinido es para mí algo incomprensible además de enervante. Por eso me dicen siempre que soy seco y que no sé hablar por teléfono. De acuerdo.

Sin embargo el aparatito me ha tenido, como a todos, pendiente de él, de su sonar, durante largas temporadas casi siempre cargadas de angustia: esperar una llamada de teléfono es un ejercicio pasivo capaz de dejarte agotado y con los nervios de punta si él insiste en mantener su silencio. Las llamadas de “ella”, que no se producen. Las de la entrevista de trabajo en la que te dijeron “ya le llamaremos” y tú te lo creíste. Ese “ya hemos llegado” que se va retrasando y retrasando y parece que no llegan nunca ¿les habrá pasado algo? La que te tiene que informar sobre el estado de salud o el resultado de una intervención quirúrgica y da la impresión de que el médico de turno se ha ido a tomar café porque no terminan y tú aguardas las noticias impotente… Hay muchas ocasiones en que el teléfono se ha convertido en un tirano que hace que estemos pendientes de él hasta la extenuación.

Pero quizás hay otro tipo peor. Las llamadas inesperadas que se producen en mitad de la noche. Las respondemos con angustia, además de sueño,  y con una gran aprensión mientras repasamos mentalmente la lista de enfermos y ausentes entre familia y amigos. Las veces que afortunadamente no son nada más que una equivocación, nos volvemos a dormir entre la irritación por habernos despertado y el alivio porque no ha sido nada.

Con la llegada del móvil todo esto se ha exportado a la calle, a cualquier lugar público en el que hablamos (o simplemente charlan de nada) a grito pelado delante de todos con una impudicia total.  La verdad es que no me gustan los móviles. Será por eso que siempre llevo dos que nunca apago.

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