Archivo diario: 15 junio 2010

Hay llamadas y llamadas…

Una llamada de teléfono te puede cambiar la vida. Sin embargo, sufro de una condición rarísima en las mujeres, y especialmente rara en las mujeres adolescentes, sino es única en sus características: odio, odio, odio el teléfono. Odio hablar por teléfono.
Quiero explicarme bien: lo o d i o y lo repudio con todo mi ser. Cada vez que el maldito aparato suena, lo miro con desdén, como si fuera un niño impertinente llorando a mares en la sala del dentista, o un boludo que chifla y baila en el estadio mientras los demás cantan el himno nacional. No, es más que desdén: es un asco inmensurable. Como si ese niño impertinente del dentista parara de llorar y se pusiera a pegar mocos en la pared. Esa, esa es la mirada que busco. Así lo miro. Frunciendo un poco el seño, entornando un ojo casi sin querer, estirando los músculos, apretando los labios crispados.
Y el tipo, ignorando mi odio que reverbera estómago arriba, suena, tan tranquilo y superado como siempre, como si su riiing fuera una melodía de Mozart y no un repulsivo chirrido…
No sólo lo odio a él, aclaro. También al celular. Es más: pocas veces atiendo cuando desconozco el número en el captor. Pienso que deben ser los de Movistar con alguna propaganda idiota, y rechazo la llamada. Bueno, es que ni siquiera cuando mis contactos me llaman me gusta atender. Los atiendo, sí, a no ser que sepa la razón exacta del llamado (una salida, por ejemplo), y no tenga ganas de hablar. Una amiga, sólo a los efectos de romperme las pelotas, me agregó como favorito. ¡Llamadas gratis de por vida, yupiii!
Ésta. Nunca la atiendo. Le corto y le mando un mensaje del estilo de: “¿Qué hablamos de las llamadas?”, o, “No te atrevas”. Já.
Algunas de las noticias emocionantes que he recibido las he escuchado en el correo de voz, por no haber atendido.

“Hola, este es un mensaje para Daniela de los Santos. Mi nombre es Gabriela, soy de la Universidad Católica, y querríamos comunicarnos contigo a la brevedad, Daniela, así que por favor, cuando recibas este mensaje llamanos al 026015452. Ganaste la beca por toda la carrera, pero hay un par de formalismos que tenemos que completar, por favor llamanos. Nos hablamos pronto, Daniela, gracias, mi nombre es Gabriela”

“Hola, Daniela, soy de Antel, esta llamada era para comunicarte que has sido seleccionada como becaria por el verano, por favor llamanos al 026005020, interno 20…”
“¡Hola Daniela! ¡Soy Titina! ¡Te ganaste el pasaje a Buenos Aires! Llamá al Instituto”

Y así. Este tipo de llamadas, por más que me pierdo de muchas por mi infantil capricho de no atender, están buenas. Más, cuando a uno lo toman completamente por sorpresa. Eso está todavía mejor.
Hay otras llamadas, también. Esas no las odio. Más bien, en esos casos, agradezco que haya teléfonos y haber atendido. Sin embargo, son más feas. Noticias feas. Esas siempre las atiendo. No sé por qué.
¿Será porque uno lo presiente? Me ha pasado: miro el captor, y me pasan por la cabeza ideas algo locas. A veces, el número de alguien que nunca te llama aparece en la pantalla…y sabes que hay algo raro en todo el tema. Especialmente porque la gente que me importa sabe que no me gusta que me llamen.
Tal vez, por eso sé a veces cuando algo anda mal.
¿Estoy divagando?

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