Archivo diario: 12 junio 2010

Piénsatelo bien y déjame seguir pensando

Cuando despertó, todo su cuerpo se encontraba al amparo de un sudor frío. Las sábanas, que inicialmente se encontraban perfectamente plegadas al colchón, conformaban un verdadero revoltijo junto con el edredón y la almohada. Su mente, siempre intranquila, había sido el campo de batalla de un sinfín de memorias y recuerdos aunque él prefería denominarlos deseos. Otros, más realistas, le hubiesen dicho que sólo eran sueños.

No dudó ni un instante. Prefirió, para no perder más tiempo, tomar los primeros folios que encontró y el bolígrafo Bic, siempre elegantemente vestido con su caperuza, empezó a desparramar tinta sobre ellos. No le importó que las ideas expuestas no tuvieran un orden lógico –los sueños tienen esa característica- y, además, esperaba que su destinatario fuese lo suficientemente inteligente para hilvanarlas. Sin embargo, a la vista de los hechos, las dudas sobre esa inteligencia se incrementaban de la  misma forma que lo hace la distancia hasta el infinito. Aún así, inició su carta.

“Un hijo, con padres naturales conocidos, pero adoptado por un desconocido. Un alumbramiento sumido en un posterior misterio sobre las circunstancias de la madre y una infancia olvidada, han generado una leyenda sobre la que recae el juicio hacia los demás.  En su nombre se han ordenado asesinatos, efectuado intrigas políticas, permitido el acceso directo al disfrute carnal aún cuando sus propias leyes lo impedían. Dicen, que trabajó descansando un solo día de cada siete para que todo eso no fuese así; dicen, que la imagen y semejanza propuesta se dilapidó en un instante y desde ese momento acuñan la idea sobre el sexo débil. Guerras en su nombre, han llevado a la avaricia y a la codicia a ser señas de su identidad real. Quienes querían evolucionar explicando el por qué de las cosas han sufrido el castigo de las llamas; quienes decidieron apostar, en los más recónditos destinos, por una práctica efectiva de ayuda a los débiles sufrieron el olvido y la indiferencia, manteniéndose así hasta el día de hoy. Son muchos los que continúan, perfectamente encajada y sin disimulo, con la careta hipócrita del carnaval. Ostentan, amparados en una sabiduría etérea, el poder de decisión sobre sus rebaños; la dirección de las vidas de los presentes y de los que han de venir; la imposición de sus creencias a quienes, todavía, no tienen el uso de la razón por su propia inmadurez.

Tengo dudas, sí, pero no creo que pueda despejarlas ante el recuerdo de todo lo acontecido. No me sirven las parábolas, ni las buenas intenciones. No me sirven las letanías ni el recurso del perdón. No me sirve el ejemplo impuesto pues, por impuesto, deja de ser ejemplo. Me sirve mi libertad; la misma que tengo para renegarte o, por qué no, para dudar por mí mismo de esa renegación. Deja de controlar mi vida, directa o indirectamente. Dile a los tuyos, si es que existes, que empiecen ellos por sí mismos. No sigas aparentando creer ser el mismo padre desconocido que mantiene el privilegio de la adopción general. No te pido nada que no crea que puedes intentar hacer. Simplemente te pido que recapacites pues todos cometemos errores y tú, desde luego, si quieres ser creíble como director de esta orquesta, debes reconocer que también los cometes. Hasta entonces, déjame seguir pensando”.

El frío, que ya había arraigado por completo en su cuerpo, le hizo terminar de escribir aún cuando todavía le quedaban más recuerdos de su sueño. Tomó un sobre de color verde esperanza, introdujo los folios manuscritos y sin molestarse en aplicar saliva sobre la solapa del mismo, anotó la identificación de su destinatario en las letras mayúsculas: AL DIOS QUE CORRESPONDA.

JOSE MANUEL BELTRAN.

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Chop Suey!

Todos mis colegas me habían recomendado que no me ofuscara y que peleara por lo que por derecho me corresponde: el papel principal. Me exhortaron para que le escribiera una carta al director de la obra, en ella debía exponer mis argumentos para demostrarle que yo era la mejor opción para representar al protagonista.

Juan Arrabales era un pésimo actor, sin embargo tenía una enorme ventaja sobre mi: era el mejor amigo del director. Ante tan rival, yo sabía que no tenía ni la mas mínima posibilidad de competir, pero la frase que tanto me repitieron el día de hoy me dejo con la duda. “No tienes nada que perder, y si mucho que ganar”.

Decidí escribir esa carta, aunque no tenía idea de como empezarla. ‘estimado señor director’, ‘colega y amigo’, ‘hijo de la gran chingada’; nada me agradaba y terminé escribiendo una carta personal. Odio, miedo, ira, ardor, entre otros sentimientos estaban reflejados en dicha carta.

Frases como: ‘El pinche Arrabales ni hablar sabe’ o ‘ Las actrices le tiene asco’, eran bastante recurrentes. Yo, acostumbrado a ser educado y respetuoso, y a ganarme mis oportunidades en base a trabajo y esfuerzo. Pronto me di cuenta que eso no valía absolutamente nada en un mundo tan asqueroso como este en el que vivo.

Por eso estas leyendo esto mientras observas mi cuerpo con el rostro desfigurado por un balazo que yo me provoqué. No me mal interpretes, era yo o el director. Una vez leí en una gran película que uno muere como un héroe, o vive lo suficiente para convertirse en villano. No, no soy ningún héroe, por lo menos tampoco soy un villano.

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