Aquel pueblo

Hablan de la inocencia de la infancia. De esa inocencia que se refleja en la mirada de los niños. Supongo que cuando se refieren a este tema hablarán de los niños pequeños, de los muy pequeños.

Por lo que yo puedo recordar, cuando yo estaba en esa categoría previa a la adolescencia, la característica más distintiva, aquello por lo que se nos podría recordar sería la crueldad. Quizás crueldad con la intención no de ser malo, sino únicamente de divertirnos, pero crueldad finalmente.

Crecí en un pueblo de secano y cereal, de esos que están en medio de ninguna parte y tenían los mismos habitantes en invierno y durante el estío. Eso que se dio en llamar los veraneantes, eran una especie desconocida por aquellos lares. Éramos los que éramos, sin añadidos ni visitas. La escasa diversión procedía de todas las gamberradas que se nos ocurrían. Y por supuesto, todos los del pueblo tenían su mote, no precisamente amable.

Además del tonto, que era simplemente eso, “el Tonto”, estaba “el Cojonciano” llamado así porque era cojo y decían las malas lenguas que era por tener un testículo mucho más grande que el otro. “El Picharrota” del que se comentaba que le habían volado el pene en la guerra y por eso no tenía hijos. Su mujer, conocida como “la Famosa” porque debido posiblemente a las carencias de su marido, la conocía, en el sentido bíblico del término, todo el pueblo.

La huerta favorita para entrar a regalarnos con todo tipo de hortalizas y frutas era la del “Masca”, apócope del “más cabrón”, pues cuando te pillaba te azuzaba a los perros y si te cogía te propinaba una somanta de hostias de la que no te olvidabas, y en eso precisamente estaba el interés, en el riesgo. Y por supuesto, nada de quejarte a tu padre, porque si se enteraba, repetía la paliza, en plan educativo.

Estaban también “el Mono” (por su afición al anís), “la Gaseosa” (por su problema con la expulsión de gases) “la Puta” (la pobre se llamaba Purificación Tabernero y esas iniciales le jugaron una mala pasada) y tantos y tantos otros.

Sin embargo, nuestra favorita, aquella de la que estábamos todos enamorados era Francisca Romero: “La vaca Paca”. Era una joven al principio de la veintena, la más guapa del pueblo y que, evidentemente, destacaba por sus senos. Hablando en plata, y en el lenguaje que manejábamos en la época, tenía las tetas más gordas que jamás hubiéramos visto, o siquiera imaginado. El espiarla a través de los resquicios de las cortinas de su casa o de la ventana semiabierta en verano, era nuestro deporte preferido, al que jamás faltábamos si no era por causa de fuerza mayor. Teníamos perfectamente controlados sus horarios. Sabíamos cuando llenaba el barreño en la cocina para el baño semanal, cuando se desnudaba para acostarse, o cuando, en verano, se echaba una siesta a la hora de más calor.

En una época en que ver a una mujer desnuda era un imposible, las revistas de pornografía, o simplemente eróticas no sabíamos ni que existían y donde  todos los días a las doce de la mañana tocaban el ángelus y se rezaba el rosario después de comer en la mayoría de las casas, la existencia de la “vaca Paca” era lo mejor del mundo.

Nunca supimos si ella se percató de nuestra presencia y nos quería hacer ese regalo. O simplemente no le importaba o no se daba cuenta, pero nosotros, todos los días, a las horas previstas, allí estábamos, escondidos detrás de la valla limítrofe, mirando por los agujeros que habíamos practicado en el muro.

Lo mejor, el momento culminante era, sin dudarlo, el baño de los domingos. Desnuda, de pie, en aquel barreño de cinc, mojándose y restregándose el estropajo por todo el cuerpo… a veces si nos atrevíamos a asomarnos por encima de la valla, lográbamos verle el culo y el pelo del coño. Algo que te transportaba al paraiso. Por supuesto, con el tiempo, esas visiones provocaron las primeras masturbaciones en grupo, pero cada uno a los suyo, de todos nosotros. Realmente era un regalo del cielo.

Pero todo lo bueno se acaba. Un buen día, Francisca, la vaca, la de las tetas gordas, se casó con un piltrafilla de la capital y se fueron a vivir fuera del pueblo. Le odiamos con todas nuestras fuerzas y todas las maldiciones que sabíamos y las que nos inventamos, fueron hacia él, que nos había robado algo tan nuestro, tan propio, como a “la vaca Paca”.

Muchas poluciones nocturnas, e incluso hoy en día, muchos sueños húmedos, tuvieron y tienen como protagonistas esos pechos, esas tetas, como las que, estoy seguro, no existen otras en el mundo.

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7 comentarios

Archivado bajo Aspective_

7 Respuestas a “Aquel pueblo

  1. sonvak

    Pues… me he quedado sin palabras!!.

    Nunca hubiese imaginado que de un tema así, alguien pudiese sacar un texto tan bueno… con lo cual se nota que hay mucho talento en quien lo ha escrito.

    Cuánto echaba de menos tus post!! Muchas gracias!!

  2. sonvak

    Por cierto, Sito… ¿nadie publica los martes?… porque hace tiempo que los martes no tienen movimiento…

  3. Que historia tan buena, desde luego eres un artista de las palabras..

    Que bueno tenerte de vuelta.

    Un abrazo.

  4. Pingback: Bitacoras.com

  5. Como siempre Aspec tu llegada se nota.
    Y tu buen texto nos trae recuerdos ancestrales pero también nos consuela cuando el ADSL no va y nos planteamos por qué nos fuimos de la ciudad…
    como siempre das en el centro del alma humana.

  6. Demostrando que no hay tema que difícil, en todo caso nuestra imaginación que no llega. Bravo Aspec, me he reído mucho con los motes y me he …. con la vaca Paca. jajajajaja

  7. Esto me recuerda al viejo Blogguercedario. Títulos de cancioneros de niños; textos para mayores de 18 🙂
    Te extrañaba viejo!

    Sonvak, yo publico los martes, pero este se me pasó. También publica molinos, creo!

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