Archivo diario: 25 abril 2010

Empotrados.

El cielo era negro y estrellado, con un brillo como nunca lo había visto.

–Señor los Ambilones nos persiguen de cerca –oí como alguien se dirigía a mi.

Un hombre, como de unos cincuenta años, portando un uniforme de color azul turquesa, con hombreras doradas y una gran cantidad de medallas. Contrastaba con los más sencillos uniformes de los demás ocupantes de la sala, llena de ordenadores, donde me hallaba.

–¿A qué distancia se hallan? –me escuché a mi mismo preguntar.

–Unos tres años luz.

Sentí la necesidad de decir “Tres años es tiempo de sobra” recordando las clases de física, pero luego pensé en mis lecturas y extrañamente pregunté:

–Y en términos de tiempos ¿Cuánto tardaran en estar aquí?

–Estimaciones sargento –pidió mi interlocutor dirigiéndose a uno de los hombres sentados en la consola.

–Unas tres horas, general –respondió este tras teclear algo en su terminal–, quizás cuatro si nos detectan parados y tratan de frenar.

–¿Y por qué estamos parados? –inquirí yo.

–Tenemos daños en la hiperimpulsión –contestó el general– que tardaremos en arreglar. Me temo que todo está perdido.

–¿Qué pasaría si la activamos ahora?

El general miró a una mujer y esta levantándose me explicó:

–No lo sabemos. Podría producirse una fuga, que contaminaría toda la sección de motores. Por eso están ahora aislados… pero también podría explotar la nave.

–Y ¿Qué harán los Ambilones cuando lleguen?

–Nos destruirán –afirmó el general– sin piedad. Dispondremos de apenas treinta segundos una vez disparen, si salen a una distancia normal para no ser afectados por nuestra masa.

–¿Desde que disparen o desde que veamos que disparen? –pregunté pensando que si disparan rayos de luz no los veríamos hasta que los tuviéramos encima.

–Desde que disparen, señor presidente –contestó la mujer–, pues hemos dispersado sondas.

–¿Por qué no saltamos ahora? –inquirí.

–Dado el riesgo… –empezó la mujer y cambio de tono viendo mi extrañeza– y dado también el hecho que somos la última nave humana, es necesario una orden vuestra para…

–¡Los Ambilones señor! –gritó uno de los solados que estaban cara a las pantallas.

Miré al cielo y allí estaban. Un punto luminoso que crecía, agrandándose, acercándose, hasta tender a cubrir toda la ventana, anunciando el inminente impacto…

-¡Levanta! ¡Levanta! –oí en la lejanía. Luego unas manos me zarandeaban. Me desperté. Estaba soñando. Me desperté y me vestí a toda prisa. Llegaba tarde al colegio… “¿iba aún al colegio?”, me preguntaba mientras me vestía.

Salí a la calle cogí mi bicicleta y me dispuse a correr por la carretera. Mientras pedaleaba pensaba “Que hago yo aquí, si mi madre siempre me lleva en coche.” Llegué a la curva y seguí recto, hacia el camión que de cara a mi venia…

Y me desperté con el corazón a cien, y más, mientras veía que no estaba en mi habitación. Mire a mi alrededor y vi que era la habitación del piso. Recordé. Estaba en Valencia, en un piso, para estar más cerca de la universidad. Miré el despertador y noté que aún era de madrugada.

“¿Me he despertado o estoy todavía durmiendo?”, pensé.

6 comentarios

Archivado bajo Lustorgan_