Archivo diario: 7 abril 2010

Mi estúpida ciudad favorita

Hace tiempo -no mucho, pero parece una eternidad- que no me siento en frente a una hoja de papel. Bueno, papel ficticio, ya saben. El punto es que extrañaba escribir: creo que no me sentía con energías de hacerlo. Estoy en una transición que más bien parece una cruzada por un pozo lodoso; eso me deprime y me agota, y si bien escribir me ayudaría, como buena mujer que soy, no me voy a facilitar las cosas. Así somos: si vamos a deprimirnos, más vale ya encerrarse a zamparse dos litros de helado en lugar de salir y tomar aire fresco.
Pero el tema de esta semana no lo podía pasar por alto. Porque la verdad es que me tocaron lo que hoy, ahora mismo, es mi punto débil. Mi estúpida y fea ciudad favorita. Cómo la extraño.

Lo admito: nunca, pero absolutamente nunca me imaginé capaz de extrañar y añorar aquella ciudad a medias, para algunos, simplemente “el pueblo”. Es aburrida, monótona, silenciosa; sus habitantes son fisgones, de mente cerrada… son jueces sin título, artistas sin talento, conformistas, metidos, burlones e irónicos… Pero divertidos. Frescos. No sé. O será que los conozco a todos, o que me acostumbré a ellos, y me acostumbré a las calles sin árboles y llenas de popó de perro y de paquetes de galletas y de alfajores que lo ensucian todo…
O será que, a fin de cuentas, es mi hogar. ¿Será?

Quién lo diría, que iba extrañarla tanto cuando me fuera. Acá en Uruguay (les cuento, para ilustrarlos), la educación terciaria está centralizada en Montevideo, mi actual y condenadamente ruidoso lugar de residencia. Entonces, todos los que vivimos en el interior, tenemos que venirnos para acá, o conformarnos con una pobre educación “descentralizada”, pero que nada se comparara a un curso terciario decente. O, claro está, asistir a algo privado, que no estaba en mis planes.
No estaba en mis planes, y sin embargo acá estoy, en Montevideo, levantándome todos los días a las siete y tomando el ómnibus que me lleva a la universidad privada más sólida del país. Aclaro: no pago un peso. Tengo una beca completa, que me “gané” haciendo una prueba algo extraña. La parte de matemáticas fue medio desastrosa, la dejé por la mitad; y en la de escritura volé tan alto que no sé como lo aceptaron como “escrito académico”, lleno como estaba de metáforas de un barco a la deriva, islotes, y de marineros sin sentimiento de pertenencia, o algo así. Por el amor de Dios, era un texto sobre Internet. Pero bueno, si les gustó…
Todo el tema de la beca fue idea de mi madre, no mía. Como dije, nunca estuvo en mis planes meterme en educación privada; no sólo porque no pudiera pagarla, sino también por un tema de “principios” o qué se yo. Pero mi madre me convenció más por cansancio que por otra cosa, y fui, resignada y mojada de pies a cabeza a hacer la prueba (me agarró el peor chaparrón de todo el año en los quince minutos de trayecto a pie).

A pesar de todo, todavía hay algo que no me convence. No es nada más el sentimiento de añoranza hacia el pueblo (al que acabo de comparar sin querer en mi cabeza, acertadamente, con un hijo feo, feo, muy feo, pero al que se lo ama igual). Me siento ajena en todos lados. Forastera en una universidad en la que todo el mundo paga platales, y yo no, y hablo distinto, me visto -obviamente- distinto, pienso muy distinto, hasta me rasco distinto. Me siento como si fuera una invitada; de todos los servicios que ofrece, yo solamente voy a clase, porque siento que es el único que me está permitido. Será que estoy acostumbrada a la educación pública, en donde no te facilitan nada. Será que, como me acostumbré al pueblo, tengo que acostumbrarme acá. No sé.

Por suerte tengo un consuelo. Unas horas al día no me siento del todo mal, porque casi (recalco, casi) me siento en casa, en mi ciudad favorita de nuevo.

¿Adivinan? De seguro que no.

Me refiero a otra facultad, a la que voy a estudiar Letras, como lo planeé yo solita. Pública, grande, media sucia y muy heterogénea. Una hermosura.
Me dicen que no voy a poder, que es mucho, que me voy a sobrecargar y me va a dar un pico de estrés y posiblemente un par de infartos simultáneos. “¡¿Dos carreras a la vez?!”, exclaman mis interlocutores, atónitos. Y pasado el asombro, sonríen con lástima, como diciendo: “No sabes en lo que te metes, niña”. Yo me río. Qué me importa. Que hagan planes por mí, que me metan a lugares extraños en los que me siento sapo de otro pozo, que me empujen nomás.
Pero yo siempre voy a ir a donde se me cante el culo, y punto.

10 comentarios

Archivado bajo Daniela_